El cuerpo: ese gran desconocido.


(Por Clara Olivares)

Nuestro cuerpo… consciente o inconscientemente es un tema que no nos deja indiferentes.

¿Qué relación establecemos con él? ¿Rechazo? ¿Incomodidad? ¿Bienestar? ¿Aceptación?

Lo vivimos “bien” o “mal” pero nunca de forma neutra.

Nuestra relación con él cambia a lo largo de nuestra vida porque nosotros cambiamos, se supone que vamos alcanzando la madurez.

No lo habitamos de igual manera cuando somos jóvenes. Durante esta época apenas somos conscientes de su existencia.

Por lo general tiramos de él abusivamente y él siempre nos responde (cuándo tenemos suerte, claro), traspasamos todos sus límites en la creencia de que siempre “seremos invencibles”.

En psicología existe un término que describe este fenómeno: la omnipotencia. Se cree que se es un dios que todo lo puede. Observando a un adolescente se comprende muy bien este concepto.

Y TOD@S hemos sido adolescentes (algunos seguimos siéndolo a los 60 años). ¿Quién no recuerda cómo nos “pasábamos de rosca” durante esa época?

Felizmente “de la juventud uno se cura”, como diría alguien famoso.

Es necesario vivir y atravesar las diferentes etapas de la vida para evitar el  riesgo de quedarnos atrapados en una de ellas o no experimentarla jamás.

Somos el reflejo de nuestra vida, y es el cuerpo el encargado de mostrarlo. En él llevamos impresa nuestra historia.

En la medida en que nos vamos haciendo mayores y en donde el ímpetu de la juventud se va transformando en una aceptación del normal deterioro físico, la imagen exterior deja de ser tan importante para nosotros, dejamos de ser sus esclavos y comenzamos a ser nosotros mismos.

Ya no dependemos que ella para que nos acepten los demás. Los dictámenes sociales tipo: tienes que estar más delgad@, más san@, más joven, más… pierden su fuerza.

Como expresaría un dicho popular: la experiencia es un estatus. Y comparto totalmente esta afirmación.

Se adquiere una autoridad dada por el hecho de haber vivido y de haber aprendido de nuestros aciertos y de nuestros errores; de haber asumido la responsabilidad de las consecuencias que nuestras propias decisiones accarean.

La impronta dejada por la educación es profunda, así como todas las creencias, las ideas, los prejuicios que durante tantos y tantos años fuimos acumulando.

Felizmente gracias al paso de los años y a la experiencia vivida, se ha construido un soporte identitario que permite que nuestro cuerpo (ya despojado de los atributos de la juventud) repose sobre él.

Ya no es necesario aparentar ser quienes no somos, y eso, creedme supone una liberación enorme. Qué descanso!

Una de las cosas que vamos aprendiendo es cómo el aspecto emocional se refleja en nuestro cuerpo.

Como diría el médico psicoanalista Willy Barral (Entretiens avec Willy Barral, Un film de Jean-Yves Bilien)  “el cuerpo piensa”.

Siempre adolecemos de algo: no es gratuito que desarrollemos una dolencia determinada y no otra.

El cuerpo siempre habla.

Esas dolencias nos muestran que aún existen aspectos internos que no hemos acabado de solucionar. Nos dan la oportunidad de volver la mirada sobre lo que estamos viviendo y hacer un balance de nosotros mismos.

Una enfermedad siempre genera una pregunta: ¿cuál es el mensaje sobre mí mism@ que me está enviando?

Las posturas que adoptamos son igualmente elocuentes: hablan de nuestras emociones y nuestra propia ubicación en el mundo.

Somos cuerpo.

Él expresa todo lo que habita en nuestro interior. Observando la relación de una persona con su propio cuerpo podremos deducir qué tipo de relación tiene consigo misma.

Muchas veces se nos “atraganta” algo o alguien, y si nos ponemos a analizar un poquito descubriremos que existe una razón de peso detrás.

Repito: el cuerpo jamás miente. ¿Y si comenzamos a escucharlo?

En mi próximo artículo hablaré de la ansiedad, a veces una compañera inseparable.

(Imagen: htpp://www.ebay.com)

¿Y por qué a mí?

(Por Clara Olivares)

La enfermedad... difícil trago de tomar!

Si es la de un ser querido, duro, difícil, triste… y si es la de uno mismo, igual de duro, de difícil y de triste, con el plus añadido de que soy yo el enfermo y no otro.

A algunas personas nos enseñaron de niños que la vida era fácil y nos lo creímos. En primer lugar, pensábamos que los contratiempos que pudieran suceder eran otros quienes los sufrían, y en segundo lugar, aquello que nos pudiera suceder NUNCA iba a ser ni tan grave, ni tan serio.

Hasta que nos pasa, claro.

Y llegados a este punto, ¿qué?

Como todo en la vida es necesario un tiempo para asimilar esa nueva situación. Cada uno de nosotros precisa de “Un tiempo, NUESTRO propio tiempo“.

Son demasiados los aspectos que se movilizan en el interior de cada uno cuando sucede algo así y, precisamente es su complejidad lo que hace imposible muchas veces asimilar y aceptar esa nueva situación de forma inmediata.

Cierto es que muchas veces la vida no da tregua y, hay que operar ya, o, hay que iniciar un tratamiento, o… Pero eso no quiere decir que se haya asimilado y se haya aceptado… ni para quien lo padece ni para las personas que están a su alrededor.

Si logramos comprender que necesitamos TIEMPO para integrarlo, quizás no fabriquemos síntomas nuevos a través de los cuales toda nuestra angustia y nuestro miedo hablen.

Intentemos relacionarnos con esa enfermedad desde la comprensión: ¿qué función tiene? ¿qué es lo que la vida desea que aprenda? ¿por qué precisamente esa enfermedad y no otra? ¿por qué ahora?

Muchas veces se mira la enfermedad como un enemigo al cual hay que batir, al que hay que aniquilar. Desde esta óptica, la situación se nos convierte en algo con lo que hay que pelearse, y ya sabemos todos que desde ese lugar sólo existen dos únicas alternativas: se gana o se pierde.

La vida con una mano da y con otra retira. Quizás el aprendizaje consiste en irse convirtiendo en un junco, el cual gracias a su  flexibilidad puede doblarse hasta el suelo sin romperse, y, es esta característica la que le permite volver a enderezarse.

La vida no es fácil, eso lo vamos descubriendo en la medida en que la vivimos. Quizás el truco para sobrevivir radique en ir dejando atrás la rigidez. Si a causa del miedo nos colocamos en una postura rígida e inamovible, lo más probable es que ante el primer embate fuerte de la existencia nos rompamos.

Si para nosotros la enfermedad, propia o ajena, se convierte en un enemigo, la única alternativa que nos queda es acabar con ella, eliminarla. Y lo que no sabemos es que esa pelea está eliminando y aniquilando una parte de nosotros mismos.

Porque su aniquilación supone vivir la enfermedad como algo ajeno a sí mismo y no como algo que forma parte de mi persona. Eso, en otras palabras es una forma de negación.

Y todos tenemos derecho a negar una situación que nos es dolorosa y difícil, lo peligroso es que nos quedemos anclados en ese registro y no evolucionemos hacia la comprensión de lo que nos pasa. Si no escogemos ese camino nos va a ser tremendamente difícil integrar esa situación y aceptarla.

Creo que es solo desde la aceptación que es posible evolucionar.

Sé que no es fácil, ¿pero que otra alternativa nos queda si queremos salir del malestar que esta situación nos provoca?

La semana que viene deseo abordar un tema que, creo, nos afecta a todos: la velocidad del desarrollo tecnológico vs. nuestra naturaleza humana.

(Imagen: muzic-word.com)