La compasión

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Por Clara Olivares

La compasión (del latín cumpassio, calco semántico o traducción del vocablo griego συμπάθεια (sympathia), palabra compuesta de συν πάσχω + = συμπάσχω, literalmente «sufrir juntos», «tratar con emociones …», simpatía) es un sentimiento humano que se manifiesta a partir y comprendiendo el sufrimiento de otro ser. Más intensa que la empatía, la compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro, y el deseo de aliviar, reducir o eliminar por completo tal sufrimiento.

Wikipedia

 

Me parece perfecta para ilustrar el tema una de la primeras escenas de la película «Blade Runner» (Ridley Scott, 1982), en la que mediante un test, se busca despertar respuestas emocionales en el individuo con el fin de detectar a un tipo de robots, llamados replicantes, que han vuelto a la tierra sin permiso.

Los replicantes carecen de emociones, así que una de las preguntas que le hacen a uno de los personajes (León) es: «…ud. va caminando por un desierto y ve una tortuga patas arriba, ésta no puede girarse sola»… «Él permanece en silencio y el examinador le dice, ¿ud. no la ayuda?».

Hay personas que funcionan igual que los replicantes: no se conmueven con el dolor ajeno.

Son incapaces de sentir empatía con el otr@. A este tipo de gente la pongo en el grupo de los «corazones de piedra». Y desgraciadamente hay más de los que se desearía.

Como dice la definición: «… la compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro, y el deseo de aliviar, reducir o eliminar por completo tal sufrimiento.»

Y me pregunto: las personas compasivas, ¿nacen o se hacen?

Yo me atrevería a afirmar que nacen así, aunque la educación a veces ayuda, pero no es una garantía.

El factor cultural juega un papel primordial en este tema. Los occidentales hemos estado influidos por la religión católica durante siglos, y ésta ha dejado su impronta.

Mostrar compasión ante el sufrimiento ajeno es una de ellas, y, desde esa herencia escribo.

He conocido gente que no se conmueve con el dolor de alguien pero que llora cuando ve un perro abandonado.

Esta incongruencia me lleva al siguiente punto: ¿son humanos?

Y cuando digo humanos, me refiero a esa característica que nos es propia: ser compasivos, sentir compasión.

Un abrazo, un apretón de manos, una mirada, etc. Cualquier manifestación por nuestra parte que le haga saber al otro que le acompañamos en su dolor y que lamentamos que esté pasando por ese momento.

Por eso en España, cuando alguien muere, la frase que se le dice al deudo es : «te acompaño en el sentimiento».

Leí en algún sitio que la compasión es lo que diferencia a una persona perversa de una que no lo es.

Y comparto esta afirmación.

Ya he hablado en otros artículos sobre los perversos o «perversones», como llamo a aquellos que tienen ramalazos de perversión.

No es de sorprender que en el budismo y en otras religiones orientales exista el buda de la compasión, o, Avolokitésvara.

La historia de este buda dice que «hizo un gran voto para escuchar los ruegos de todos los seres sensibles en momentos de dificultad y posponer su propia «budeidad» hasta haber ayudado a cada ser sobre la tierra a alcanzar el nirvana«.

Me parece que su figura resume claramente el concepto de la compasión.

No se trata únicamente de resonar con el sufrimiento del otro, es dar algo de uno mismo.

Es salir de nuestro propio egoísmo para tenderle la mano a otra persona.

Pero tendérsela desde el corazón, no desde la cabeza.

Existen seres que «parecen» compasivos, pero no lo son. Aparentan y representan un papel de alguien que se conmueve y es empático, pero, es una simple actuación.

Cuando una persona de verdad es compasiva, la otra siente su cercanía.

Preguntémonos si a lo largo de nuestra vida hemos sido capaces de mostrar compasión por alguien, o, si aquellos que presumen de ser compasivos en verdad lo son. Seguramente nos llevaremos más de una sorpresa.

En mi próximo artículo hablaré sobre la imagen vs. la identidad.

(Imagen: www.coaching-tecnologico.com)

 

 

 

 

 

 

 

Relaciones fusionales

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Por Clara Olivares

No resulta tan evidente comprender el esquema de funcionamiento de una relación fusional.

El concepto parte de la idea de fusión: f. Acción y efecto de fundir o fundirse.

Real Academia de la Lengua

 

En otras palabras, las relaciones fusionales se caracterizan por el hecho de que una persona, literalmente, se «funde» con otra dando como resultado una pérdida total o parcial de la propia identidad.

Este tipo de relación se suele establecer desde la niñez hasta la adolescencia. Por lo general, se da entre padre(s) e hijo(s).

Es el progenitor quien establece este tipo de vínculo, en donde al niñ@ le resulta prácticamente imposible negarse.

¿Por qué?

Básicamente por la sencilla razón de que es un niñ@, y, como tal, depende del adulto para estructurarse internamente y así poder sobrevivir.

¿Qué necesitaría un niñ@ para crear una base sólida que le permita crecer con una identidad fuerte?

Se podrían resumir en tres puntos.

  1. Sentir el amor del adulto y tener una conexión con él
  2. Recibir suficiente cuidado y nutrición (física, psíquica y emocional)
  3. Aprender las estructuras y normas necesarias para interiorizar los límites y, por lo tanto, sentirse seguro.

Desgraciadamente la totalidad de estos puntos no suelen estar presentes en este tipo de relaciones.

Un padre/madre con una débil estructura psíquica, «fagocita» al hij@ para apoyarse en él/ella con la esperanza (inconsciente) de que éste le dé todo aquello de lo que carece.

En este caso, el adulto no le proporciona ninguno de los puntos que describo más arriba, y si lo hace, es de manera muy precaria.

Así, la situación del adulto hace que éste no reconozca las necesidades ni los deseos del niño. Dicho de otra forma, le niega.

Es incapaz de permitir que las señales, necesidades y deseos del bebé/niñ@ sean los que determinan las acciones y no las necesidades y los deseos de los padres.

Los niñ@s que han sufrido este tipo de relaciones suelen repetir el mismo esquema cuando son adultos. Lo repiten porque fué ese modelo el único que tuvieron.

Para ser aceptados y queridos aprendieron a fundirse con el otro sacrificando así su propia identidad.

Más adelante, con sus parejas, vuelven a recrear el mismo patrón

Son personas que desean que sus parejas y ellas sean, literalmente, una sola persona.

No hay diferenciación entre una y otra. Les resulta imposible concebir otro tipo de relación.

Este tipo de personas suelen establecer vínculos (inconscientemente) con el otro buscando ese amor, disfrute y/o protección del cual carecieron

Este déficit hace que esta búsqueda se convierta en su meta, dándose los siguientes tipos de comportamiento:

  1. los que salen a perseguir su meta
  2. los que niegan esa meta y van en contra de ella
  3. Los que se mueven entre un extremo y el otro, o dicho de otro modo, los ambivalentes.

Como señalo más arriba, se recrea el mismo tipo de vínculo que tuvieron en su infancia con la madre. Con sus parejas expresan la misma forma de relacionarse que su propia madre tuvo con ellos.

Hablaríamos entonces de cuatro formas básicas de establecer el vínculo:

  1. Búsqueda de un apego seguro: el individuo se siente angustiado por lo que con frecuencia busca en los demás ayuda y apoyo. Se sienten cómodos con la intimidad, se dejan conocer y suelen confiar en los demás. Probablemente tuvieron una relación cálida con uno de los progenitores o con ámbos. Percibieron la relación de sus padres como buena y basan las suyas propias en la confianza.
  1. Evitación de intimidad: son individuos que les cuesta mucho reconocer su propia angustia y por ende la búsqueda de apoyo. Son personas que no se sienten cómodas con la intimidad y no les gusta depender de nadie, razón por la cual les cuesta mucho abrirse a su pareja. Han tenido madres frías con tendencia a juzgar y a rechazar al otro. No creen mucho en la durabilidad de las parejas y la intensidad de su amor decrece con el tiempo.
  1. El apego ansioso-ambivalente: son individuos que muestran una hipersensibilidad hacia las emociones con matices negativos y muestran su angustia de manera intensa. Presentan grandes dudas respecto a su propia valía y suelen sentirse incomprendidos por el otro. Buscan parejas complicadas con una carga sexual muy fuerte con las cuales puedan vivir su amor ansioso. Seguramente tuvieron un padre/madre intrusivo y/o ambivalente que fueron percibidos como injustos. Buscan relaciones fusionales basadas en la dependencia afectiva y la idealización.
  1. Apego desorganizado y desorientado: expresan conductas contradictorias, como por ejemplo, se acercan pidiendo apoyo mirando hacia otro lado, o saludan al otro girando la cabeza sin mirarle.

Abría este artículo diciendo que este tipo de relaciones no son tan evidentes de explicar. Quienes las han padecido, perciben de manera inconsciente el mundo más desde la intuición que desde la cabeza. Aunque, paradójicamente, usen la racionalización como mecanismo de defensa.

En mi próximo artículo hablaré sobre la compasión.

(Imagen: www.telejunior.blogspot.com)

El arte de la discusión

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Por Clara Olivares

La palabra «discusión» en muchas ocasiones se confunde con el concepto de «pelear» o de «pelea».

Cuando se entabla una pelea, ésta sólo tiene dos finales posibles: ganar o perder. Consiste en un enfrentamiento entre dos o más personas/grupos en los cuales el objetivo que se persigue es el de combatir al otro(s) para, finalmente, imponer la propia voluntad y/o el propio punto de vista.

En otras palabras, lo que se hace es combatir. Nada más lejos del deseo de comunicar. En una pelea se emite un juicio sobre la idea o sobre la persona y se le califica: estás conmigo o contra mí.

En cambio discutir, como señalo en el título de este artículo «es un arte».

Una discusión es un discurso o una conversación en la que se intercambian puntos de vista, ponencias y críticas sobre un tema propuesto a debate. A menudo los grupos poseen ideas o visiones contrapuestas. 

Wikipedia

 La discusión enriquece.

Desgraciadamente, la educación que hemos recibido no nos enseña a discutir.

Por lo general, la curiosidad queda fuera de la ecuación, y sólo ésta permite que averigüemos de donde proviene el parecer del otr@.

Ésta (la curiosidad) hace que dejemos de mirarnos el ombligo y levantemos la vista para comenzar a «ver» al otr@.

Nos podremos plantear preguntas tales como:¿Qué ha hecho que esta persona piense de tal o cual manera? ¿De dónde provienen sus ideas? ¿Son suyas realmente o se las han transmitido?

Si ante una discusión alguien llega a tomárselo como un ataque personal, valdría la pena que se cuestionara sobre el porqué lo vive como una agresión.

Disentir con una idea jamás implica un ataque. Al contrario alguien disiente por una serie de razones que le han conducido a pensar o a sentir de esa forma.

Razones que, en la mayoría de los casos, no nos tomamos la molestia de indagar.

Oponerse por sistema es una actitud que adoptan algunas personas. Lo hacen porque seguramente aprendieron a funcionar así , o, por simple y llana rebeldía, o, porque esta era el único recurso de que dispusieron para sobrevivir a un entorno en donde la diferencia estaba prohibida.

Oponerse es una forma de confirmarse como individuo único e irrepetible. Ser consciente de esa unicidad es vital para la construcción de una identidad sólida.

Esta actitud hace que, por lo general, quienes poseen este tipo de funcionamiento no sean muy conscientes de éste, y que, seguramente de manera inconsciente, teman adentrarse es ese terreno.

Sin duda, llegar a saber cuáles son estas razones, requiere poseer un mínimo de auto-reflexión que le permita cuestionarse a sí mism@ sin el temor a lo que se pueda encontrar.

Repito, la discusión enriquece, no sólo porque ayuda a conocer al otro sino porque fomenta el autoconocimiento.

Quizás esta resistencia pueda deberse a la imposibilidad de soportar la diferencia. Diferencias que se expresan a través del pensamiento, las emociones, las acciones y el aspecto físico.

En algunos casos, esta imposibilidad puede ser fruto de una relación fusional con alguno de los progenitores.

Obviamente, existen grados de fusión. Quizás, el hecho de manifestar esa diferencia era penalizada en el entorno familiar y la consecuencia era la exclusión del grupo.

Hablo de la familia, pero este principio es aplicable a cualquier grupo: iguales, colegas, amigos, etc.

Ser o mostrarse diferente está mal visto.

De esta reflexión se desprende el terror que puede despertar en alguien que ha vivido esa experiencia ser protagonista de una discusión.

Me parece que cuándo descubramos lo apasionante que puede llegar a ser una discusión, seguramente nos haremos fans de ella.

En mi próximo artículo hablaré sobre las relaciones fusionales.

(Imagen: www.todoavatar.com)

La cobardía

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Por Clara Olivares

Popularmente se entiende la cobardía como la ausencia de valor, como la incapacidad de enfrentar los problemas.

Socialmente, a una persona cobarde se le desprecia y se le minusvalora.

Se le percibe como alguien débil y miedoso además de egoísta. Elige salvarse primero él mismo antes que a otro u otros. Antepone casi siempre su propio bienestar al de otro.

Me atrevería a afirmar que es el miedo la principal razón de su inacción. Éste le invade y en consecuencia le paraliza.

También se puede ser cobarde por puro egoísmo, aunque debajo de éste también subyace el miedo.

Alguna vez me dijo alguien: «¿sabes cuál es la diferencia entre alguien valiente y alguien cobarde? Ambos tienen mucho miedo, pero el valiente a pesar de ello, va y actúa».

Y estoy completamente de acuerdo.

Al atreverse a actuar uno se expone y se posiciona. Se adopta una postura y ésta nos define.

Puede ser que la propia vulnerabilidad quede a la vista de todos.

Si alguien siente que no puede aceptar del todo esa debilidad o que el temor a quedar desprotegido es más fuerte, lo más probable es que intente esconderla.

La cobardía hace que se evite a toda costa comprometerse, bien sea por las responsabilidades que conlleva, o por el riesgo que ésto implica.

Se trata del riesgo que se corre al adoptar una postura.

Existen familias en las que la norma implícita es la de no posicionarse ni tomar partido por nada. Si uno de sus miembros lo hace, lo más probable es que sea castigado por ello.

Quizás si se ahonda en la historia familiar se descubrirá que era una estrategia de supervivencia.

Pero, ¿y esas personas que a pesar de los peligros decidieron seguir adelante y actuar?

Entonces estamos ante una persona valiente. La valentía no implica no tener miedo, ya lo dije más arriba.

Quizás esa persona en cuestión se preguntó: ¿y si ésta vez me quedo y no huyo?

Porque una de las características de la cobardía es la huída.

Se huye de las situaciones difíciles… o se busca a otro que las enfrente en su lugar.

No salir corriendo puede traer descubrimientos sorprendentes sobre uno mismo.

Recordemos que huír es un mecanismo de defensa, desde ésa óptica quizás una actitud cobarde sea más fácil de comprender.

¿Y si por una vez nos quedamos a ver qué pasa?

¡A lo mejor no son tan catastróficas las consecuencias!

En mi próximo artículo hablaré sobre el arte de la discusión.

(Imagen: www.mediacablogs.diariomedico.com)

¿Por qué una persona necesita mentir?

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Por Clara Olivares

Diría que la principal razón por la que alguien miente es el miedo, ¿a qué?

Probablemente a no cumplir con las expectativas que se tiene de ell@s. O, las que ell@s creen que los demás tienen.

Esto no quiere decir que en un momento dado de su vida sí hubo alguien que esperaba tal o cual logro por su parte.

Depende de la manera en que esas expectativas fueron transmitidas, el daño causado varía. Si se dijeron de forma directa, la persona afectada probablemente no se vió atrapada en un doble mensaje: con la palabra te digo una cosa pero con mi lenguaje corporal te digo lo contrario. Es esta manera indirecta y retorcida la que causa un daño mayor.

Cualquier mensaje que se expresa con una descalificación afecta la autoestima de quien lo recibe. Máxime si se trata de un niño que aún no tiene formada una estructura psíquica sólida.

Éste suele tratarse de un comentario en apariencia inocuo e inocente pero que va cargado de veneno.

Ese alguien que se sintió desencantado le transmite al sujeto su frustración y su decepción.

No es de extrañar que el receptor de esa descalificación comience a mentir como una respuesta de supervivencia. Es decir, al mentir intenta ofrecer una imagen de sí mismo lo más parecida posible a la de alguien que sí sería aceptado y admirado.

Alguien que necesita mentir constantemente suele ser una persona con una baja autoestima.

Es como si se dijeran a sí mismos: «si me muestro tal y como soy, no voy a ser aceptado, así que mejor fabrico una imagen ideal de mí, una imagen que pienso que sí va a gustar, y, así, me aceptan«.

Estos seres poseen una fragilidad interior muy grande. Es como si su sustento psíquico se hubiera quedado a medio construir.

Necesitan causar admiración en sus seguidores, así que se crean otro yo. Uno más interesante, más atractivo, uno al que la gente llegue a amar.

Porque tristemente, muchos de ellos no se creen dignos de amor. Les resulta imposible creer que los puedan amar tal y como son.

Como en la mayoría de los casos, la problemática se inicia en la niñez con alguno de sus progenitores o con la persona que constituyó un referente identitario fuerte para ell@s.

Lo terrible de este recurso es que llegan a creer que ese otro yo inventado es real, hasta el punto de que éste llega a anular su verdadera personalidad.

Llegados a ese punto la confusión es tremenda. Entonces, ¿quién soy?

Y ya hemos visto que si una persona no puede contestar a esa pregunta, no pueden colocarse los cimientos sobre los cuales se construya la propia identidad.

Seguramente cuando la vida nos coloca cara a cara frente a esa pregunta tengamos una buena crísis.

¿Y si lo que descubrimos no nos gusta? ¿Seremos capaces de soportar esa imagen?

Si no llegamos a aceptarla vamos a tener más de un problema, eso seguro.

Aceptar que no somos seres extraordinarios, es más, que somos iguales a cualquiera, es el primer paso.

Una buena dosis de humildad no viene nada mal.

En el momento en que se descubre y se acepta quienes somos, se tiene un terreno firme y real del cual partir.

Este proceso no se hace de un día para otro, puede que no se sepa o que quizás se de cuenta de que es diferente a la persona que construyó para que le supliera.

Entonces ahí comienza la verdadera aventura: descubrir quién soy yo.

Me parece que ese descubrimiento nos llevará toda la vida… creo que es un camino que vale la pena recorrer.

Una estrategia que funciona muy bien para comenzar esa andadura es la de hacer bien lo que se me de bien hacer. Conseguir una excelencia profesional alrededor de la cual comenzar la construcción de una verdadera autoestima.

En mi próximo artículo hablaré sobre la cobardía.

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La omnipotencia

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Por Clara Olivares 

El término omnipotente o todopoderoso proviene de dos vocablos, omni, que significa todo, y potente, que significa poder. Por tanto, alguien omnipotente es una persona que es capaz de hacer todo (o casi) cualquier cosa, que lo puede todo, que lo abarca todo, que no tiene ningún tipo de dificultad. Un ser omnipotente es aquel que no necesita a nadie, es poderoso en todos los sentidos, tiene un poder inagotable y sin límites, un poder infinito e ilimitado.

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Como especifica la definición, la omnipotencia se caracteriza por pensar y creer firmemente que uno puede con todo.

No importa lo que la vida nos depare, ni las dificultades que nos pongan la zancadilla, «yo puedo», así que, ¿para qué preocuparme?

Es más, ni siquiera pasa por nuestra imaginación pensar que no vayamos a ser capaces de salir siempre airosos.

Hasta que comienzan a aparecer las consecuencias de esa creencia. Puede que al principio tímidamente con síntomas que, por lo general, pasan desapercibidos y a los que más adelante diréctamente ignoramos.

Cansancio, estrés, angustia y en especial, mucha rabia.

¿Contra quién? Contra nosotr@s mism@s, contra la vida, contra «el culpable» de turno. Tristemente somos incapaces de darnos cuenta de que quién dice siempre sí, somos nosotr@s mism@s.

Como siempre en la vida, es más fácil culpar a otro de nuestras desgracias que reconocer y darnos cuenta de que quién decide siempre es uno mismo, nadie más.

El término omnipotencia generalmente se asocia a Dios, el que todo lo puede. ¿Será que en nuestra estúpida arrogancia estamos convencidos de que somos dioses?

Probablemente sí.

Es habitual observar este comportamiento en los niños y en los adolescentes en especial. En el caso de los niños éstos van aprendiendo, a medida que crecen, que existen límites que les indican que su poder no es infinito, que existen topes, gracias a ello se van formando y preparando para enfrentar la vida.

En la adolescencia el aprendizaje, muchas veces, se realiza a golpes. La vida o el otro les detienen (menos mal!)

Pero, ¿que pasa cuándo la lección no se aprendió?

La temeridad y la enorme dificultad para decir que no, constituyen dos de las consecuencias más frecuentes.

Si digo que no quizás piense de manera inconsciente que no puedo, y eso, por supuesto, es inadmisible.

La incapacidad para negarse ante cualquier cosa está ligada a una convicción profunda de creer y pensar que yo solo puedo asumir lo que venga, entonces si digo que no a alguien significaría que soy débil, que no puedo. «Yo me basto y me sobro» reza el dicho popular.

Si éste es el caso, es lógico que jamás necesite a otro, ¿para qué?

Con frecuencia nos encontramos frente a personas de 30, 40, 50 y hasta 80 años, que siguen con ese sentimiento de omnipotencia intacto. Quizás se trate de individuos que han tenido mucha suerte en la vida y en apariencia su experiencia les ha demostrado que es verdad, que son omnipotentes.

Pero, la realidad les termina por demostrar que están equivocados.

Ay! el batacazo cuando se dan cuenta de que no es así es enorme.

Entonces aparece la rabia o se deprimen. Recordemos que rabia y depresión son las dos caras de una misma moneda.

Estas personas se encuentran ante una disyuntiva: si siempre he podido con todo, ¿por qué ahora no es así? La disonancia cognitiva está servida.

Es verdad que no entienden el porqué.

Suele suceder que un hecho o una situación en concreto les haga abrir los ojos… o no.

Si en este punto no dan el salto hacia la consciencia y se dan cuenta de que su funcionamiento infantil les ha conducido a esa situación, se les va a hacer aún más difícil el camino porque estarán cada vez más ciegos.

Recordemos que no hay que confundir la valentía con la temeridad. En el primer caso se conocen de antemano las consecuencias que trae una actuación, y aún sabiéndolo, se actúa. En el segundo caso se enfrentan al peligro ciegamente sin contemplar las consecuencias que pueden acarrear su enfrentamiento.

Están convencidos de que van a salir ilesos porque siempre ha sido de esa manera.

«Crecer duele». Aceptar que no se puede con todo y de que siempre se necesita a otro, les hace vulnerables.

El antídoto para neutralizar esta dolencia es una buena dosis de humildad.

Reconocer que nuestro cuerpo tiene límites y que es indispensable escucharlos y respetarlos, impedirá continuar actuando en un registro omnipotente a la hora de enfrentar las obligaciones y los avatares de la vida.

La humildad también nos enseña que necesitamos de otro y, que no por eso somos menos fuertes.

Para conseguir superar este funcionamiento infantil, aprendamos a decir que no, sabiendo que hay cosas que no podemos asumir porque tenemos límites. Cuando se aceptan la propia fragilidad y la propia vulnerabilidad, nos humanizamos, y, gracias a este proceso se va curando la omnipotencia.

En mi próximo artículo hablaré sobre la crueldad.

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La depresión

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Por Clara Olivares

Antes de comenzar el artículo quiero aclarar que voy a hablar de la depresión vital, no de la depresión clínica, esa es otro asunto.

La depresión ha sido denostada, temida, vapuleada, degradada, descastada, pero yo soy una gran fan de ella.

Me sorprende el miedo que por lo general despierta. Es el coco, la «bicha», nadie quiere saber de ella.

¿Por qué se la teme de esa manera?

Imagino que la rodea un halo de prejuicios: «es malo deprimirse«, aunque no se dice por qué, «debes evitar deprimirte«…

Me parece que a las personas se les dispara el imaginario más catastrófico cuando se la nombra.

Pero me parece que justamente, es gracias a ella que contactamos con nuestros sentimientos más profundos.

Cierto es que cuando se destapa la caja de Pandora, no podemos saber (ni controlar) de antemano que puede salir de ella, y, eso genera mucho miedo.

Lo que no sabe la mayoría de la gente es que, deprimirse forma parte del proceso vital de crecimiento interior, en otras palabras, madurar.

Sólo cuando contactamos diréctamente con nuestros sentimientos y permitimos que éstos nos embarguen, sabremos quienes somos en realidad.

Sé de un caso en el que un señor un día se sentó en una silla (sólamente salía para ir a trabajar) y estuvo llorando durante un mes. Al cabo de ese tiempo, se levantó y retomó su vida cotidiana.

Jamás un proceso vital se completa totalmente hasta que no nos deprimimos.

Es necesaria, en algún momento de nuestra vida tenemos que deprimirnos y sentarnos a llorar.

Si no contactamos con nuestro sentir profundo y verdadero jamás conseguiremos la madurez.

Me decía una terapeuta: «para que un proceso terapéutico se complete, es indispensable que la persona viva una buena depresión«.

Gracias a ella nos humanizamos.

Es como si, de alguna forma, comenzáramos a ver el mundo desde otra óptica. Las cosas de la vida pasan de ser «blanco o negro» para adentrarnos en una visión que contempla todas las gamas del gris.

Ante cualquier evento al que nos enfrentamos podemos comenzar a mirar muchos más aspectos, aparte de lo que resulta obvio. Es como si comenzáramos a observar todo aquello que tiene lugar «tras bambalinas».

Seremos capaces de mirar «más allá» y, lo más importante, el órgano que comienza a tomar relevancia es el corazón.

Vemos con los ojos del corazón, no con los de la razón.

Y, eso, marca una diferencia abismal.

No estamos habituados a contemplar el mundo desde esta perspectiva, ni el mundo tampoco.

El corazón tiene razones poderosas para sentir lo que siente, aunque en muchas ocasiones se nos escape su significado profundo.

Podemos engañar a la razón con un discurso elaborado, pero al corazón, jamás.

Y es aquí cuando entran en juego todos los posibles sentimientos que alguien o algo nos despierta. Escapan a los juicios… se siente lo que se siente sin más.

¿Por qué no intentamos ser honestos con lo que sentimos? Hagamos la prueba. Igual nos sorprendemos.

En mi próximo artículo hablaré sobre la frustración.

(Imagen: www.revistareplicante.com)

La renuncia

 

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Por Clara Olivares

«La renuncia es el acto jurídico unilateral por el cual el titular de un derecho abdica al mismo, sin beneficiario determinado». Wikipedia.

Esta definición desde el punto de vista jurídico, creo que aclara muy bien el término.

Hace referencia al acto de dejar de ser beneficiario de algo, sin explicar las razones que han llevado a ello.

Me atrevería a afirmar que son dos las circunstancias en las que una renuncia tiene lugar: la que viene dada por una decisión personal sin hechos precedentes que la motiven; y, la que un sinnúmero de circunstancias han llevado a ella.

En el primer caso, se decide abstenerse de algo, un privilegio, una relación, dinero, una herencia, etc. por múltiples razones de índole personal.

En el segundo caso, la cosa es más compleja.

Me explico. En algunas ocasiones un ser humano se haya en una situación en la que pierde cosas… salud, justicia, bienes, y se encuentra ante la realidad que constata esa pérdida.

Como dirían es España: ¿y eso cómo se come?

La primera reacción, por lo general, es que se niegue la evidencia. Máxime cuando esa pérdida representa una parte importante de nuestra identidad.

La negación no hace que el hecho desaparezca mágicamente, ¡ojalá!

Pasada esta fase, la cruda realidad continua estando presente, y, ésta, no la podemos seguir negando. Sería como intentar tapar el sol con las manos: es imposible.

Esta constatación da paso a una época de luto. Sí, me parece que es muy importante autorizarnos a vivir el dolor que nos causa la desaparición de eso que tuvimos y ya no está.

Seguramente nos provocará mucha rabia en un principio, luego vendrá la necesidad de llorar la pérdida. Es necesario y sano hacerlo.

No podemos desvincular a nuestro corazón de nuestra vida. Lo que sentimos está ahí.

Otra cosa es que lo podamos escuchar…

Llegados a este punto, nos encontramos ante dos caminos: seguimos furiosos con la vida y nos amargamos, o, aceptamos la situación.

No es fácil, que duda cabe, pero no tenemos alternativa si decidimos que no nos queremos amargar.

Imagino que a ésto se le llama madurez.

Se requiere una gran dósis de humildad… supone un bofetón para la omnipotencia. Finalmente comprobamos que no podemos con todo, la VIDA no se puede controlar.

En mi próximo artículo hablaré sobre la necesidad de tener un sueño en la vida.

(Imagen: www.mipequeniograndiario.blogspot.com)

Cómo decir las cosas

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Por Clara Olivares

Cuentan que Winston Churchill tenía una estrategia cuando estaba muy enfadado con alguien y le tenía que decir algo. Ésta consistía en coger papel y lápìz y escribir todas las cosas que deseaba decirle a esa persona «en caliente»: quejas, insultos, exabruptos, palabras malsonantes, descalificaciones, etc. Una vez que había descargado todo su enfado en el papel, quemaba la carta y, ya sereno, escribía aquello que necesitaba decirle a la persona sin que sus emociones tomaran el mando.

Sabia estrategia, ¿cierto?

Yo siempre he creído que se pueden decir todas las cosas, incluso las más duras, sin necesidad de dañar al otro.

Felizmente los humanos poseemos el lenguaje, ¡no desperdiciemos ese privilegio! Lo he dicho en otras ocasiones, y lo vuelvo a repetir, quizás el secreto radica en aprender a decir las cosas sin lastimar.

Es un arte sin duda y, como todas las artes, éstas se perfeccionan con la práctica.

Es recomendable alejarnos de las artimañas barriobajeras y retorcidas que much@s de nosotr@s hemos aprendido a utilizar de manera automática para conseguir nuestros propósitos.

Huyamos de la manipulación y de las estrategias culpabilizadoras y perversas, aunque éstas sean las que se hayan popularizado y su contagio se propague por doquier.

¿Qué tipo de sociedad queremos ayudar a crear? ¿Nos interesa fomentar intercambios basados en la agresividad y en la destrucción? Me imagino que no.

La estrategia de Winston Churchill me parece muy útil. Claro que nos enfadamos con el otro y que el primer impulso que tenemos es el de atacar. Pero si permitimos que éste prime, ¿a dónde se han ido tantos siglos de evolución?

Sería una pena desecharlos sin más.

¿Qué hacer? Lo primero es permitir la expresión de nuestras emociones, bien sea escribiéndolas o diciéndolas ante un espejo, o saliendo a correr, etc. El objetivo es evacuarlas SIN negarlas y, especialmente, sin causar daño.

Una vez calmadas nuestras ansias de sangre, analizar la situación, sin olvidar jamás que siempre son dos partes implicadas: el otro y yo.

Una fórmula eficaz es la de «ponerse en los zapatos del otro».

Nuestras abuelas siempre nos lo decían. Para poder prever las posibles reacciones del otro, es muy útil ponerse del otro lado y hacer el ejercicio de escuchar lo que tenemos pensado decir.

¿Cómo lo recibo? ¿Es una agresión? ¿Estoy descalificando a la persona?  ¿La estoy manipulando? ¿Le estoy haciendo sentir culpable?

Es muy importante utilizar un lenguaje neutro carente de carga emocional.

Os remito a algunos de los artículos que he escrito, como «los mensajes yo», «la culpabilización y todos sus derivados». En ellos expongo claves que nos permiten hacer un pequeño auto-análisis de nuestro comportamiento y aplicar conceptos sencillos y claros.

No sólo es importante analizar QUÉ digo sino CÓMO lo digo.

Es fácil enmascarar nuestro enfado detrás de palabras bonitas.

Los que utilizan las estrategias pasivo-agresivas son unos maestros en este arte. Sutilmente consiguen sus objetivos manipulando.

Hacerse la víctima o inocular la culpa suelen dar unos resultados muy efectivos.

Intentemos ser honestos con nosotr@s mism@s y no nos contemos historias. Podemos engañar a todo el mundo, pero no a nosotr@s mism@s.

Hagamos un ejercicio de empatía: pensemos en el otro como nuestro interlocutor, no como nuestro enemig@.

Me parece que no llegamos a ser del todo conscientes de la gran herramienta que poseemos. Utilicémosla para construír, no para destruír.

En mi próximo artículo voy a hablar sobre la renuncia.

(Imagen: www.venyve.com)

El valor terapéutico de la palabra

 mujer bla, bla, bla

Por Clara Olivares

No soy la primera ni seré la última en escribir sobre los enormes beneficios que tiene hablar sobre lo que nos inquieta y perturba.

La palabra posee la peculiaridad de liberar el alma.

En incontables ocasiones callamos. Por miedo, por creer que de nada sirve decir las cosas, por evitar conflictos, etc. Las causas por las que guardamos silencio son muy variadas.

Pero lo que no solemos pensar es que, precisamente, si hablamos, si nombramos las cosas, los fantasmas que albergamos en nuestro interior pueden encarnarse a través de la palabra y dejar de asustarnos.

No en vano, el eje central de las terapias consiste en poner en palabras lo que nos asusta o molesta, y al hacerlo, el poder que ésto poseía de perturbarnos y sumirnos en las brumas del mundo fantasmal, desaparece.

Si conseguimos expresar esos miedos, esos temores, esos secretos, etc. nos liberaremos de esa carga y seremos más libres.

La palabra, siendo algo aparentemente banal, encierra tal riqueza que al hacer uso de ella, actúa como un bálsamo.

Por esa razón es tan terapéutica, nos libera y dejamos de estar prisioneros por el mundo de los fantasmas y de las creencias, entre otras cosas.

También es cierto que algunas palabras están envenenadas, se utilizan para causar daño y para dominar.

Es importante estar alerta para detectar el veneno. Como lo he dicho en otras ocasiones, la «tripa» nunca miente. El cuerpo es el primero en registrar la agresión. Por eso es primordial que se abran los canales de percepción y se desplieguen las antenas para captar las actuaciones de ese tipo.

El cambio que ocurre cuando podemos poner en palabras y nombrar aquello que nos tiene paralizados, o atemorizados, es que aquello que vive en nuestro interior actuando como un veneno que nos carcome, se neutralice.

Recordemos que lo que no se nombra, no existe. Precisamente, es gracias a la palabra que el mundo se encarna.

Existen muchas familias en las que la palabra está secuestrada.

La regla imperante es el silencio. Sus miembros son capaces de ver y sentir lo que está sucediendo en su entorno pero al no nombrarlo, se enferma (física y psíquicamente).

Es como si a través de los síntomas se representara el drama familiar.

El trabajo a realizar es el de liberar la palabra permitiendo que las personas hablen.

No me cansaré de repetir, una y otra vez, la enorme importancia que tiene hablar para poseer un buena salud mental y mejorar la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Es muy fácil caer en las garras de la interpretación y de los malos entendidos por no decir las cosas. Con esta actuación sólo conseguiremos llenarnos de ira y resentimiento, perjudicando seriamente la relación con el otro.

El malestar que podemos llegar a sentir es muy grande. Me pregunto por qué no somos capaces de hablar la mayoría de las veces y optamos por permanecer en silencio.

Desde aquí os invito a intentar hablar. Los beneficios que obtendréis con ésta práctica siempre serán enormes.

Puede que al principio resulte difícil superar los prejuicios, pero sin duda el esfuerzo redundará en ventajas tanto para el que nombra como para el que escucha.

En mi próximo artículo hablaré sobre cómo decir las cosas.

(Imagen: www.reflejounpensamiento.blogspot.com)