La educación (la buena educación)

www.elinteriorsecreto.blogspot.com

Por Clara Olivares

Durante mucho tiempo la buena educación ha sido objeto de burla, se le ha catalogado de “caduca”, “añeja”, “rancia” por parte de aquellos que promulgaban que las muestras de buena educación expresaban una “coacción” a las libertades personales.

Como dirían en mi tierra: “no confundamos la gimnasia con la magnesia”.

¿Qué significa entonces la libertad?

Es éste un término que justifica ¿hago lo que quiero?. Si a alguien se le ocurre decirme que no puedo hacer mi voluntad, ¿realmente me está coartando mi libertad?

Me parece que no.

Si nos remitimos al diccionario de la RAE, libertad se define como:

“… el estado de libertad define la situación, circunstancias o condiciones de quien no es esclavo, ni sujeto, ni impedido al deseo de otros de forma coercitiva. En otras palabras, aquello que permite al hombre decidir si quiere hacer algo o no, lo hace libre, pero también responsable de sus actos.”

Porque, ¿de qué libertad estamos hablando entonces? ¿De la que coarta o de la que decidimos ejercer al tomar nuestras propias decisiones?.

La definición del diccionario introduce un concepto que muchas veces se nos olvida: la responsabilidad.

Si soy libre para tomar mis decisiones, así mismo es mi deber ser responsable de las consecuencias que éstas acarrean.

Sí, ya se que es más conveniente y más fácil quedarse con la parte que decide sin hacerse cargo de la responsabilidad de lo decidido.

El tránsito hacia la madurez está caracterizado por la asunción de las consecuencias de mis decisiones.

Como expresaría alguien alguna vez: “el rumbo que toma la vida de una persona lo marcan las decisiones que ésta toma en determinados momentos de su existencia”.

¿Cuáles han sido nuestras decisiones? Cuando tomamos consciencia de ello, ya no vale echarle la culpa a otro. Soy yo quién ha decidido siempre, incluso en las situaciones más adversas.

Y, en este punto es cuando irrumpe el tema principal de mi artículo: la educación.

Me remito a Wikipedia en la búsqueda de una definición, y ésta es la que he encontrado:

La educación, (del latín educere ‘sacar, extraer’ o educare ‘formar, instruir’) puede definirse como:

  • El proceso multidireccional mediante el cual se transmiten conocimeintos, valores, costumbres y formas de actuar. La educación no sólo se produce a través de la palabra, pues está presente en todas nuestras acciones, sentimientos y actitudes.
  • El proceso de vinculación y concienciación cultural, moral y conductual.  Así, a través de la educación, las nuevas generaciones asimilan y aprenden los conocimientos, normas de conducta, modos de ser y formas de ver el mundo degeneraciones anteriores, creando además otros nuevos.
  • Proceso de socialización formal de los individuos de una sociedad. (Wikipedia)

Encuentro esta definición muy completa, ya que encierra varios elementos importantes que es necesario que se tengan en cuenta.

Es más, me atrevería a decir que, el proceso educativo nunca termina, bien sea como padres, tí@s, hij@s, etc.

La educación es la herramienta que permite que una sociedad y sus individuos, o bien, se conviertan en bestias que buscan la satisfacción de sus pasiones, o bien, en una que busca encauzar el torrente pasional presente de forma natural en el ser humano para dirigirlo hacía el bien común.

El Sábado pasado aparecía un artículo muy interesante escrito por Javier Gomá Lanzón en El País a propósito de este tema. En él apuntaba: “… una sociedad será tanto más madura cuanto más respete la ley por convicción íntima de sus ciudadanos”. Y cita a Tocquerville: “… el interés reflexivo del ciudadano, ese que no niega el egoísmo individual, sino que lo civiliza para armonizarlo con el bien común…”

Habla de la ley, ese elemento que introduce el padre en la educación de toda criatura humana. Aspecto fundamental y necesario para triangular la relación simbiótica que se establece entre madre e hijo. Es indispensable que la Ley irrumpa para que un individuo o una sociedad madure.

Si observamos algunas sociedades en las que ha primado la satisfacción de las pasiones antes que el bien común, encontramos que éstas utilizan el argumento de “es mi derecho” para justificar atropellos, abusos, indignidades, etc. En otras palabras, crean una sociedad en la que la rige la “ley de la selva” en la que domina la ley del más fuerte.

Y este principio se aplica igualmente a una familia, a un colegio, a unos amig@s…

Se me viene a la mente una imagen que he observado frecuentemente durante los últimos años. La de una mujer caminando con un cochecito de bebé por la acera. Va embistiendo literalmente a cualquiera que se atreva a cruzarse en su camino. Su actitud me transmite un mensaje: mi derecho a transitar por esta acera es más importante que el tuyo.

¿Qué le hace suponer a esa mujer que ella tiene más derecho que el otro?

Mi madre siempre decía: “mi libertad termina donde comienza la del otro”.

Y con los años y gracias a la experiencia que me ha dado envejecer, cada vez estoy más de acuerdo con esta frase.

Cuando se enseña a un@ niñ@ a pedir algo con un “por favor”, o, a recibir acompañado de un “gracias”, se le está enseñando a transmitir a través de esas palabras un principio importante a la hora de aprender a vivir en sociedad: “soy consciente de que tú (el otro) existes, que te respeto y que tienes los mismos derechos que disfruto yo”.

Existe un dicho popular español que, a mi parecer, encaja a la perfección con el tema: “Es de bien nacido ser agradecido”. Una actitud agradecida por parte de alguien, muestra su reconocimiento y su gratitud hacia quien es educad@ y generos@ con él.

Para nuestra gracia o desgracia, vivimos en sociedad, es decir, con otros. Para garantizar que ésta no se convierta en un caos, es necesario que cada un@ aprenda que, aunque me caiga muy mal mi vecino y a veces tenga ganas de asesinarlo, no por eso voy y lo mato.

En este punto me parece que radica la diferencia entre la buena y la mala educación. Una lleva a la civilización, mientras que la otra conduce al caos.

¿Cuál es la que deseo?

No olvidemos jamás que siempre soy yo quién decide. Cada un@ elige si quiere construir o destruir con sus actuaciones.

Cada actuación individual repercute siempre en la colectividad. En lo bueno y en lo malo.

¿Cuál de las dos opciones estoy eligiendo?

En mi próximo artículo hablaré sobre el amor.

(Imagen: www.elinteriorsecreto.blogspot.com)

 

¿Qué es la realidad?

wwww.depoemasycorazones.blogspot1

Por Clara Olivares

La semana pasada tuve una conversación muy interesante con una buena amiga sobre este tema.

De hecho, todo lo que hablamos me inspiró escribir este artículo.

Ella es una artista plástica, que no cesa de buscar y de indagar en su campo.

Nuestra conversación giró en torno a la pregunta de ¿qué es lo que conforma la realidad? ¿Existe? y si es así, ¿quién la determina?

Lo que me pareció extremadamente interesante de la comunicación con ella, fue que cada una contemplaba la realidad desde dos ángulos diferentes: una desde la pintura y la otra desde las relaciones interpersonales.

Uso el término “comunicación” ya que fue gracias al intercambio de los dos puntos de vista que cada una aportaba, que fue surgiendo y se fue construyendo una nueva realidad.

Para mí fue un acto de comunicación y de creación en estado puro.

Lo curioso del asunto es que llegamos a la misma conclusión: la realidad es una construcción que solemos hacer en solitario.

No existe UNA sola y única realidad, aquella que cada persona percibe la componen un sinnúmero de factores.

En la mayoría de las ocasiones ni siquiera somos conscientes de ellos. Pareciera que aquello que denominamos “realidad” fuera la verdad.

Y estimo que, esta afirmación esta muy lejos de ser cierta.

Encuentro que el hecho de viajar y conocer otras culturas, nos enriquece enormemente. Simplemente el hecho de saber que existen otras “realidades” nos abre los ojos para comprender que “mi” realidad no es la única.

Porque ¿de qué estamos hablando?

¿De uno solo de los aspectos del caleidoscopio con el que percibimos el mundo?

Si así fuera, a lo mejor nos estamos quedando cortos. Nos falta una buena parte de la información.

Como anoto más arriba, son múltiples los aspectos que se ponen en juego a la hora de sacar conclusiones.

Elementos como: la educación que hemos recibido, nuestro entorno social, el tipo de familia del que procedemos, nuestra situación laboral y personal, nuestro estado civil, nuestra profesión, etcétera, etcétera, etcétera, son algunos de los puntos de vista que sería bueno tener en cuenta.

Como reza el dicho popular: “cada uno habla de la feria según como le fue en ella”.

Los dichos encierran siempre una enorme sabiduría.

Cabría preguntarse: ¿Qué es lo que me hace afirmar que tal o cual corriente de pensamiento, o pictórica, o política, etc. es la correcta?

Me atrevería a decir que depende color del cristal con el que se esté mirando.

Muchas de las “verdades” en que se apoya aquello que conforma la llamada realidad, están legitimadas por alguien que representa el poder (presidentes, banqueros, empresarios, colectivos, padres, madres, herman@s, etc.) , y, este hecho hace que éstas se tomen como ciertas.

Entonces, ¿quién decide qué es la realidad?

Cada uno de nosotros, sin duda.

Entre mayor sea el número de aspectos que tengamos en cuenta a la hora de sacar nuestra conclusión, ésta será más rica.

Si contemplamos exclusivamente un sólo aspecto, la visión que tengamos será muy limitada.

Este fenómeno se suele observar en la visión de ciertas personas y de algunos grupos radicales. No es posible establecer un diálogo con ellos, ya que contemplan la realidad desde un solo lugar.

Si somos capaces de colocarnos en ese sitio, nos sorprenderá comprobar que lo que afirman no está exento de razón, ya que mirado desde ese ángulo, la verdad que aparece es la misma que pregonan.

Uno de los grandes aprendizajes que me permitió hacer la mediación, fue el de aprender a contemplar la realidad desde los puntos de observación de cada una de las personas implicadas en un conflicto.

La visión que tenemos de lo que llamamos realidad, cambia y se modifica a lo largo de la vida.

Cuando somos jóvenes, es habitual que seamos muy radicales y contemplemos el mundo desde una sola óptica. Esto nos suele convertir en personas muy integristas.

Pero felizmente, esta enfermedad se cura con la edad.

Entre más joven se es, menos puntos de vista se suelen contemplar. A medida que nos vamos haciendo mayores, nuestra perspectiva de la vida se va ampliando. Las cosas dejan de ser en blanco o negro para convertirse en una enorme gama de grises.

Las pasiones se van transformando, nos apaciguamos y dejamos de ser tan vehementes.

Dependiendo de la mirada que tengamos al contemplar el mundo, así será la realidad que emerja.

Si pensamos y creemos que todas las personas son retorcidas, interesadas y falsas, de esa misma forma percibiremos a la gente que nos rodea.

Solemos proyectar en el otro nuestros deseos y/o nuestras carencias, consciente o inconscientemente. Muchas veces “necesitamos” que ese otro (o el mundo) sea como yo desearía que fuera, y soy incapaz de verle como es en realidad.

Este mismo principio se aplica en función de la percepción que tenemos del mundo exterior (la sociedad y/o el otro). Si lo vivimos como una amenaza, o, como un aliad@, o, como un enemig@, estos se convertirán a su vez en una amenaza, en un aliad@, o en un enemig@.

Solemos recrear nuestra propia historia en la relación con el otro. Por lo general se hace inconscientemente: repetimos los mismos patrones de conducta que, o bien, ejercieron con nosotros, o bien, aquellos que nuestra familia utilizaba en su relación con el exterior.

Sería interesante hacer una recapitulación de nuestras relaciones para observar qué es lo que estamos repitiendo.

En mi próximo artículo hablaré sobre la forma particular que tenemos de encarar las vicisitudes de la vida.

(Imagen: www.depoemasycorazones.blogspot.com)

Control: ¿necesidad? o ¿espejismo?

www.misterapiasdelalma.blogspot1

Por Clara Olivares

Los temas que voy tratando en el blog suelen estar relacionados entre sí, siento como si cada uno de ellos estuviera encadenado al siguiente.

A raíz de los temas que he tratado sobre el miedo, ha surgido este que me parece, forma parte de nuestra naturaleza.

Se trata de la profunda e, incluso, omnipresente necesidad que tenemos todos los seres humanos de controlar.

Lo que sea: los pensamientos, los sentimientos (y no sólo los míos, los de los demás también), mis obligaciones, etc. Dos aspectos relativos al tema, son los que más me atraen. Uno es la necesidad que tenemos de controlar al otro y, dos, la manipulación que esta artimaña engendra.

Pienso que el control es una mezcla de necesidad y a la vez es un espejismo.

Me explico.

No creo que exista una persona (normal y corriente) que no necesite sentir que controla algo.

Me parece que es una necesidad muy humana, pero hasta cierto punto.

Es decir, existen parcelas en las que puedo (y es necesario que así sea) tener un control, por ejemplo, sobre las decisiones que tomo, sobre cómo es mi aspecto físico, sobre las ideas que tengo sobre determinados asuntos, sobre las amistades que elijo, etc.

Es imprescindible que siempre esté presente una noción de libertad cuando tomo una decisión. La imposición no suele dar buenos resultados.

Y lo que es más importante aún, si mi decisión depende de un tercero, más  libertad debe ofrecer éste último.

Cuando se trata de una relación entre adultos, es evidente esta opción.

En el caso de la educación de un hijo pequeño que aún está en vías de formación, esta alternativa cobra aún más relevancia.

Es importantísimo que siempre se ofrezca la posibilidad de escoger entre una o varias opciones, de manera que sea el niño, en este caso, quién escoja la alternativa que más le conviene, o más le atrae.

Evidentemente, es el adulto el que ofrece las alternativas. Pero es el niño quien toma sus decisiones.

Sobre este punto es importante señalar la diferencia entre libertad y mal crianza.

No se trata de que el niño haga su santísima voluntad, lo intentará, desde luego, pero para eso está el adulto encargado de ponerle límites.

Y la educación se traduciría como “la dotación de las herramientas que un niño necesita para desempeñarse en el mundo exterior”.

Esta labor le corresponde al adulto, o adultos que tengan a su cargo esta función.

La educación comienza desde que la criatura es un bebé hasta que sale al mundo y tiene que valerse por sí solo.

Aunque la experiencia me ha demostrado que ese proceso jamás termina.

Ser un adulto no garantiza que se esté educado. En otras palabras, que éste sea capaz de vivir en sociedad sin dañar o sin fastidiar a los que le rodean.

Me da la impresión de que el discurso social de “todo vale” que estuvo tan de moda en la década de los noventa, en especial, ha dejado su impronta.

Algunas de aquellas personas que en esa época eran niñ@s, ahora se han convertido en seres incapaces de contemplar el mundo como un lugar habitado por otros humanos. Es decir, creen que ellos son los amos del universo en el que la única ley que impera es la que ellos imponen.

Y es triste contemplar que, en realidad, no se enteran de que existen otros con los que hay que convivir de la manera más amable posible. Ese aprendizaje no lo tuvieron, nadie les enseñó.

Dejando a un lado este fenómeno puntual, cierto es que cuando un individuo no ha resuelto aún su problemática (y creedme, todos poseemos una), es decir, cuando no se han solucionado las dificultades que limitan a alguien para crecer y madurar, su necesidad de controlar se agudiza.

Algunas de estas personas hiper-desarrollan una estrategia, que todos hemos utilizado en algún momento de nuestra vida, llamada manipulación.

Es odiosa, muy odiosa. En especial cuando nos damos cuenta de que hemos sido víctimas de ella.

Y ese descubrimiento despierta en nosotras una furia

Cuando alguien no puede obtener todo lo que quiere, o cuando aparece otro que le pone un límite, éste suele utilizar la manipulación para salirse con la suya.

Curiosamente, este método es el “modus operandi” típico del funcionamiento mafioso. Y cuando me refiero a él, no estoy haciendo alusión a un grupo determinado que ejerce el control por la fuerza, también se utiliza como método de coacción a un compañero de trabajo, a un amigo, a la pareja, etc.

En Mayo del año pasado dediqué un artículo entero a hablar sobre este tema.

De lo que se trata es de controlar al otro para impedirle que no me deje hacer lo que yo quiero.

El chantaje es la piedra angular de este método.

Puede tratarse de hacer público un trapo sucio de otro que utilizo como baza para que éste haga lo que quiero, o, amenazo con retirarle mi cariño, o, con desprestigiarle ante el grupo o ante los hijos, o, que sea exclusivamente a través de mi persona que pueda acceder a información, un puesto de trabajo, a una relación importante, etcétera, etcétera, etcétera.

Cuando me sorprendo a mí mism@ utilizando este método de control, sería interesante que comenzara a desmenuzar el contenido del argumento que utilizo para obligar al otro a hacer lo que deseo.

En otras palabras, identificar es qué mío y qué es de otra persona. Quién en nuestro entorno operaba de forma similar a la que yo estoy utilizando ahora.

Heredamos modos de funcionamiento de otros de la misma forma que nos parecemos al tío equis, o, tenemos los mismos ojos de… Aprendimos a funcionar de manera similar y lo repetimos de forma inconsciente.

Suele ser de alguien que jugó un papel importante en nuestro pasado: un padre, una madre, un@ tí@, un@s herman@s, un@s amigo@s, etc.

El camino para detener esa herencia comienza por identificar la fuente de mi aprendizaje, comprenderla y no repetir de forma consciente la misma actuación.

La familia suele influir sobre nosotros sutilmente, de una manera tan poderosa, que a veces escapa de nuestro control.

Por eso recomiendo comprender de dónde viene ese aprendizaje.

Porque entre más miedo se tenga, la necesidad de control es mayor.

Quizás el descubrimiento más importante y más liberador que podremos hacer es el de constatar que el control total es un espejismo.

No podemos controlar lo que es incontrolable: a otro, a la vida, a la naturaleza.

(Imagen:www.misterapiasdelalma.blogspot.com)

La ira

dos caras

(Por Clara Olivares)

La ira, al igual que muchas otras emociones, está muy mal vista y tiene muy mala prensa.

Es prácticamente impensable reconocerla y poder decir tranquilamente que uno tiene ataques de ira.

Encuentro que la leyenda del Dr. Jekyll y Mr. Hide representa a la perfección la transformación que se sufre cuando alguien es invadido por esta emoción.

Se pasa de ser un sujeto pacífico, encantador, sociable, para convertirse en un monstruo capaz de masacrar todo y a todos aquellos que se crucen en su camino.

Quienes hayan vivido esta transformación comprenderán perfectamente de lo que estoy hablando.

La persona o personas que están cerca de un individuo iracundo se quedan petrificadas del susto y solo intentar huir, y con razón! El espectáculo no es nada agradable para aquellos que lo presencian.

Pero quien lo vive tampoco lo pasa mejor. Generalmente, después de un ataque de ira la persona queda agotada física y emocionalmente.

Verse reflejado en la mirada del otro no suele ser nada agradable. La imagen que recibimos de nosotros mismos cuando estamos poseídos por la ira, es horrorosa, ya que el otro a través de su expresión, nos muestra que en esos momentos damos miedo.

Una de las herencias que nos ha dejado la Iglesia católica es considerar la ira como uno de los 7 pecados capitales.

Promulga y pide al adepto que luche contra ese pecado, desafortunadamente, está comprobado que desde el combate no se logra ningún cambio verdadero, ya que se contempla la ira como algo que está fuera de uno, como si fuera un enemigo al que hay que derrotar.

Independientemente de que seamos creyentes o no, esta forma de pensar está muy arraigada en el pensamiento colectivo.

¿Cómo se hace para integrar que una de las características que yo tengo como persona, es inadecuada? Ya que es parte consustancial de mi, no la puedo extirpar como si de un grano se tratara, por más que lo desee.

En algunos casos la imposibilidad de intentar compaginar esta paradoja, genera en una disociación en el interior del sujeto.

Es interesante echarle un vistazo a otro punto que plantea la Iglesia, clasifica la ira como un vicio y, no está exenta de razón. La furia, la rabia, la ira, o como se quiera denominar, crea adicción.

Es innegable que la persona se “engancha” a reaccionar de forma airada. Su primer impulso siempre será el de enfadarse ante aquello que le disgusta.

A menos que aprenda a modificar la forma en que se relaciona con su mal humor.

De ahí la importancia de comenzar a desarrollar una consciencia de que la ira irrumpirá siempre en primera instancia como una respuesta automática ante las cosas que le resultan molestas.

El combate no es el único medio para sustraerse al impulso de enfadarse.

Si una persona cree y piensa que la forma de relacionase con él es exclusivamente desde el combate, es una batalla que está de antemano perdida; ya que desde esta perspectiva únicamente puede haber dos resultados posibles: ganar o perder, no existe un término medio.

Gana el vicio (la ira, o la botella, etc.) o, gana la persona.

Es un pulso en el que se emplea exclusivamente la fuerza de voluntad para ganar la partida.

Y la fuerza de voluntad ayuda, desde luego, pero si sólo se opera desde allí, lo más probable es que, tarde o temprano, se termine por sucumbir.

Si a la voluntad no la acompaña una comprensión de los motivos por los que se hace lo que se hace (en este caso ponerse furios@), será muy difícil llegar a modificar ese impulso.

Cada individuo posee unas características que le hacen especial, no obstante, existen personas más reactivas que otras.

Es decir, las que hay que se encienden como una cerilla pero rápidamente se apagan; también las hay que no dicen nada y van acumulando la rabia hasta que explotan.

A cada uno le enfadan cosas diferentes, dependerá de su modo de ser, de su historia familiar y social. Es decir, un mismo hecho no siempre constituye la misma fuente de rabia para dos personas distintas.

Una explosión de ira “alivia” momentáneamente, es la mirada que nos devuelve el otro y el malestar que queda en el fondo del sujeto lo que constituyen un revulsivo ante las expresiones airadas de mal humor.

Finalmente no parece que compense demasiado dejar que la ira campe a sus anchas.

A lo largo de mi experiencia he comprobado que la vía para poder modificar ese primer impulso de enfadarse es domesticarlo. Sería como apaciguar a un corcel muy brioso.

Y eso significa en primer lugar reconocer (en especial ante sí mism@) que se está furios@, que lo que se siente es rabia pura y dura.

Luego viene lo que suelo llamar “rebobinar la película”. Ésto consiste en volver hacia atrás en el tiempo un poco, para poder identificar qué fue lo que despertó la ira. Puede tratarse de un hecho, una actuación, una lectura, una palabra… e identificarlo.

Y finalmente viene la comprensión que permite descubrir para qué me enfado, en otras palabras, poder determinar cual es la función que tiene enfadarse.

Es a partir de ese punto en el que alguien puede decidir si sigue manteniendo o no su forma de reaccionar.

Una persona puede decir que tal o cual hecho le enfada sin tener la necesidad de enfadarse. Eso se llama comunicación y es una muestra de madurez emocional.

Repito, puede que el primer impulso sea el de enfadarse, creo que esa forma de ser acompañará a la persona durante toda su vida.

Pero lo interesante es saber que sí se puede hacer algo con ese impulso, ya no es necesario vivir un ataque de ira que deja agotado a quién lo sufre, asusta a los demás y, básicamente, no suele servir para nada.

Existen otras formas de vehicular la rabia, ya no hay que convertirse en Mr. Hide.

Suelen ser la impotencia y la frustración, las fuentes que alimentan la ira.

Impotencia ante una situación que no cambia o ante una persona que no escucha, por poner dos ejemplos.

Y frustración, cuando la realidad no es como yo desearía que fuera.

Y, como siempre, la pregunta del millón sería: ¿qué deseo hacer con eso?

Siempre la decisión se toma en primera persona.

En mi próximo artículo hablaré sobre las consecuencia que acarrea ser invadido por otro.

(Imagen: www.damianoperlanatologia.it)

El miedo

(Por Clara Olivares)

Existen miedos y miedos.

Me explico. Como bien dice la definición de Wikipedia, el miedo es una respuesta natural del organismo ante un peligro. Este mecanismo permite que el sujeto entre en estado de alerta y se prepare para la acción la cual le permitirá huir del peligro.

El primero en percibir un riesgo es el cuerpo. Éste lo percibe inmediatamente y manda señales mediante una contractura muscular, o, un encogimiento en la boca del estómago, o un dolor de cabeza, o a través de un malestar masivo e indeterminado.

Estas señales le están informando a la persona que está frente a algo o a alguien que constituye una amenaza para su salud física o psíquica.

Si el sujeto está en capacidad de percibir esas señales entonces su psiquis o su mente, interpreta esas señales y reacciona para que éste se aleje del peligro.

Pero si la conexión entre su mente y su cuerpo está cortada o es defectuosa, no podrá reaccionar y alejarse de lo que le amenaza.

Es necesario que la señal de alerta pase a la consciencia para que una persona se de cuenta de que está ante un peligro y reaccione.

Podría tratarse de una amenaza física (que alguien intente pegarte) o psicológica (un intento de manipulación). Es más fácil de detectar un peligro físico que uno psicológico.

Desde el punto de vista biológico, el miedo es un esquema adaptativo, y constituye un mecanismo de supervivencia y de defensa, surgido para permitir al individuo responder ante situaciones adversas con rapidez y eficacia. En ese sentido, es normal y beneficioso para el individuo y para su especie.(Wikipedia)

El miedo permite la supervivencia. Gracias a él se preserva la vida física y la vida psíquica.

¿Pero qué pasa cuando ese mecanismo no funciona de forma correcta? Es decir, cuando una persona es incapaz de reaccionar ante un peligro protegiéndose.

Las consecuencias suelen ser desastrosas ya que la persona es incapaz de protegerse para preservar su salud física o mental.

¿Y qué hace que esta conexión se corte? Probablemente la psiquis de esa persona la esté preservando de algo mucho peor, ya que hay situaciones en las que es mejor no enterarse de lo que está sucediendo alrededor.

Existen familias y sociedades en las que se enseña y se transmite claramente ante qué es necesario tener miedo y huir. Es el caso de un aprendizaje sano en el que se identifica la fuente del peligro.

Y también existen familias y sociedades en las que aparentemente no se identifica ningún peligro de forma clara pero en cambio se transmite el miedo a través del cuerpo (se dice que no se tiene miedo pero la persona está tensa, tiembla, etc.)

Si la palabra y el acto que sustenta ese discurso están en consonancia, esta situación no desencadenará ninguna alteración en la percepción del sujeto.

Pero cuando palabra y acción son opuestas y se refuerza la palabra como fuente de la verdad, la persona crece dividida en dos. Crece haciendo caso exclusivamente al discurso, siendo incapaz de ver que los actos que la acompañan son diametralmente opuestos.

Ha crecido sin ser consciente de esa disociación.

Desde el punto de vista psicológico es un estado afectivo, emocional, necesario para la correcta adaptación del organismo al medio, que provoca angustia y ansiedad en la persona, ya que la persona puede sentir miedo sin que parezca existir un motivo claro.(Wikipedia)

Repito, el cuerpo es el primero en registrar esa incoherencia, pero la mente esta incapacitada para interpretar esos mensajes y reaccionar. Por eso digo que la comunicación entre el cuerpo y la mente está cortada o es defectuosa.

Y si éste es el caso, la persona vive en un estado de desazón permanente en el que entra en un situación emocional de ansiedad y angustia, sin comprender de dónde proviene ese estado, o incluso, sin ser consciente de que lo padece.

Por ésta razón es importante estar alerta y aprender a escuchar al cuerpo. Cuando irrumpe una enfermedad o una dolencia no es gratuita su aparición. Probablemente habrá un importante componente emocional asociado.

Desde el punto de vista social y cultural, el miedo puede formar parte del carácter de la persona o de la organización social. Se puede por tanto aprender a temer objetos o contextos, y también se puede aprender a no temerlos, se relaciona de manera compleja con otros sentimientos (miedo al miedo, miedo al amor, miedo a la muerte, miedo al ridículo) y guarda estrecha relación con los distintos elementos de la cultura. (Wikipedia)

Cada uno de nosotros ha aprendido a comportarse ante el peligro de la misma forma en que lo hacía el entorno familiar y social en que se nació.

Existe una película magnífica que muestra de forma clarísima cómo un grupo utiliza el miedo para conseguir que ninguno de los miembros abandone el grupo. Se trata de “El bosque” (The village) del director M. Night Shyamalan.

Hablamos de una película, pero si nos trasladamos a la vida real, en las familias existe el mismo tipo de funcionamiento.

El trabajo al que nos enfrentamos como adultos consiste en seguir el rastro que va dejando nuestra forma de relacionarnos con nuestro cuerpo y con los otros para poder identificar si crecimos con esta disociación o no.

Es gracias a la comprensión del funcionamiento en el que crecimos que es posible liberarse de ese lastre que arrastramos, llamado aprendizaje. Esta comprensión permite al sujeto elegir realizar un nuevo aprendizaje desde la consciencia.

Es como ir desenredando una madeja siguiendo la punta de un hilo. En este caso, el hilo lo constituye la forma que cada uno tiene de relacionarse con su cuerpo y con el otro.

Nos podríamos preguntar el lugar que ocupa nuestro cuerpo en nuestra propia vida: ¿existe?, ¿es algo de lo que abuso?, ¿lo cuido?

Y, como todo en la vida, cada uno es libre para decidir si quiere o no desenredar su propia madeja.

Yo digo que es absolutamente recomendable hacerlo, pero repito, cada uno hará lo que puede.

A lo mejor hacerlo resulta demasiado doloroso y es mejor “no revolver el avispero”.

La próxima semana hablaré sobre el estrés.

(Imagen: www.giovanny10.blogspot.com)

Celos y envidia: unos monstruos que generan mucha vergüenza.

(Por Clara Olivares)

Los celos y la envidia tienen muy mala prensa. Nadie admite abiertamente que ha sentido celos en algún momento o que envidia algo que posee otro.

Por más vergüenza que nos de sentir estos sentimientos, resulta que forman parte de nuestra naturaleza.

“…la Psicología actual explica que los celos son la respuesta natural ante la amenaza de perder una relación interpersonal importante para la persona celosa. Los celos parecen estar presentes en todas las personas, indistintamente de su condición socio-económica o forma de crianza y manifestarse en personalidades que aparentemente parecían seguras de sí mismas…

 Los celos también tienen relación con la vergüenza que es una respuesta natural del organismo. Muchas de ellas, una vez que los padecen, se sorprenden de si mismas ya que ni siquiera sospechaban que los padecieran…”  (Wikipedia)

TOD@S hemos sentido en algún momento de nuestra vida celos o envidia de alguien o de algo.

Los celos son la respuesta que damos cuando la otra persona hace cosas que los despiertan.

Excepto en los casos en que existe una patología, una persona se pone celosa porque alguien le provoca esa reacción.

Nadie se pone celoso sin razón ni es “celos@” porque sí. Repito, los celos se despiertan porque existe una causa que los ha activado.

Puede tratarse que, ya siendo adultos, nos hemos quedado en un estadío infantil y sentimos celos sin que exista una causa directa en apariencia.

Pero si ése fuera el caso, sentir esos celos “levanta la liebre” como dicen en España, es decir, es un síntoma de algo más profundo.

Es el caso de los niños pequeños cuando nace un hermanit@. Temen perder su lugar, el cariño y la atención de los padres, ahora eso que tenían de forma exclusiva lo tienen que compartir con ese intruso. Es natural que sientan celos al ver en su nuevo herman@ una amenaza que pone en peligro su estatus.

Esa es la buena noticia, la mala es que existen grados. La pregunta que surge sería¿hasta dónde me están llevando mis sentimientos de celos o envidia?

Ante el temor de perder una relación importante en mi vida, ¿qué hago? El cine está lleno de ejemplos que muestran hasta donde es capaz de llegar una persona cuando tiene un ataque de celos.

Recordemos la famosa película de Charles Vidor, Gilda, en donde los dos protagonistas (Rita Hayworth y Glenn Ford) llegan casi a destruirse mutuamente por culpa de los celos.

Celos.  4. Recelo que uno siente de que cualquier afecto o bien que disfrute o pretenda, llegue a ser alcanzado por otro. 6. sospecha, inquietud y recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariño, poniéndolo en otra. (Diccionario de la Real Academia de la lengua)

¿Y qué pasa con la envidia? Me atrevería a decir que más o menos un poco de lo mismo.

La envidia es aquel sentimiento o estado mental en el cual existe dolor o desdicha por no poseer uno mismo lo que tiene el otro, sea en bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas.La RAE la ha definido como tristeza o pesar del bien ajeno, o como deseo de algo que no se posee.

En términos médicos la envidia ha sido definida por diversos términos según los diagnósticos psiquiátricos. El que más ha marcado redundancia en los últimos tiempos es la frase citada por el Dr. Saúl F. Salischiker:

 

“Cuando una persona se obsesiona y deja de vivir por estar pendiente de tu vida o en este caso en la vida de su adversario, de su entorno, y entre otras cosas siente agobio por cada uno de sus triunfos… Aparte de mostrar signos graves de inferioridad, te muestra que estas tratando con una persona psiquiátricamente enferma.”

(Wikipedia)

Existen personas en las familias que están “enfermas de envidia“.

Es normal que en el proceso de maduración hacia la edad adulta se pasen períodos de envidia. Los problemas sobrevienen cuando nos quedamos clavados en esa etapa y no crecemos.

Sentir envidia de lo que pueda poseer otro, como belleza, dinero, éxito, etc. es lícito, somos humanos. Lo desastroso viene cuando no lo decimos abiertamente y no lo reconocemos.

Uno le puede decir tranquilamente a su mejor amiga o a su hermano que le envidia equis cosa o característica. Y no pasa nada.

Como casi todo en la vida, una vez que reconocemos y vemos cuáles son nuestros sentimientos, el siguiente paso sería hacernos esta pregunta, ¿y ahora qué hago con esto?

Puedo hacer muchas cosas: decírselo al otro, analizar si ese sentimiento me hace sentir inferior o peor persona…

O tener deseos de destruir al otro o lo que posee.

Lo dramático de la envidia es que la persona que la siente cree firmemente que en “eso” que posee el otro se centra la belleza, o, el éxito o, la popularidad…

En realidad quien sufre es el que siente la envidia, no el que es envidiado.

Se comprende que esa persona quiera poseer lo mismo que tiene a quien envidia con la esperanza de conseguir aquello que, según su creencia, le va a dar la felicidad.

Si yo llego a tener lo que el otro tiene entonces seré feliz, o, tendré valor, o, conseguiré aquello que anhelo… existen razones tan dispares y tan variadas como lo son los corazones humanos.

Quizás el “antídoto” para detener ese sentimiento es aceptar la frustración.

Sería como decirse a sí mismo: vale, yo no poseo la belleza, o, la astucia, o, el don de gentes, etc. de fulanito, ni nunca lo tendré porque yo soy distinto de él/ella y por esa razón yo poseo otras cosas que hacen que yo sea yo.

Brevemente, la frustración es aceptar que no puedo obtener lo que quiero y deseo, que mis necesidades quizás no pueden ser satisfechas o que las tengo que postergar.

Esta aceptación abre las puertas hacia la libertad, ya que la persona estaría en la capacidad de abandonar el ancla que le sujeta a la furia que le produce creer que puede poseer siempre lo que desea.

En otras palabras, ver que en tanto que seres humanos poseemos límites. Y éstos nos enseñan que existe una línea que no se puede traspasar, un “hasta aquí”.

En mi próximo artículo hablaré sobre el miedo.

(imagen: www.ideasmx.com.mx)

Ser o no ser: ¿es posible?

(Por Clara Olivares)

Aunque parezca un chiste que utiliza una expresión de Shakespeare para hacer un juego de palabras, la realidad es que de gracioso no tiene nada.

Es más, a veces resulta verdaderamente dramático el intento de tantos seres humanos que desean desesperadamente ser, es decir, poder expresar libremente lo que piensan y sienten, así como hacer lo que estiman que va en concordancia consigo mismos.

Bien sea por impedimentos familiares o sociales, la posibilidad de ser uno mismo no siempre resulta tan evidente. En algunos casos, serlo puede llegar a ser completamente inadecuado o inaceptable para el medio.

Me parece importante señalar la diferencia que existe entre una estrategia de supervivencia y una negación del otro.

Las consecuencias que acarrean estas dos opciones son muy diferentes entre sí. En el primer caso, se consigue una adaptación del individuo al entorno y en el segundo se produce una devastación psíquica que probablemente impedirá la sana construcción del soporte identitario del sujeto.

Para poder sobrevivir en cualquier ámbito es necesario que cada uno de nosotros fabrique un “otro yo” que le permita ser aceptado e incluido en la familia o en la sociedad.

Hablaríamos entonces de una “estrategia de supervivencia”, sana y necesaria por otra parte.

¿Pero que pasa cuándo los intentos por mostrar lo que uno es resulta imposibles? ¿Qué pasa si cada vez que alguien se expresa recibe una descalificación sistemática del medio?

Los padres, de forma consciente o inconsciente, albergan expectativas frente a sus hijos: desean que desarrollen tal o cual profesión, que consigan el éxito en equis campo, que se casen, que tengan hijos… etcétera.

¿Y si esas expectativas no coinciden con el deseo, con las aspiraciones y las preferencias del hij@?

Puede suceder que se trate de una familia flexible y respetuosa en la que la diferencia está permitida y ésta pueda llegar a tener un lugar. Así por ejemplo, un padre que deseaba que su hij@ fuera médic@, choca con lo que él/ella quiere ser, por ejemplo, bailarín.

Esta opción no se acerca ni por asomo a la expectativa de ese padre, sin embargo éste acepta y reconoce que si ese es el deseo de su hij@ y que además éste posee cualidades para desarrollar ese oficio, le apoya y le anima.

Pero si ese hij@ se encuentra en el seno de una familia o de una sociedad rígida en la cual no está bien vista su decisión, entonces comienzan los problemas.

Tanto para la familia como para el hijo. Nadie sale indemne.

Si alguien le niega sistemáticamente a otro el derecho que tiene éste a ser diferente y a existir, la construcción de ese soporte identitario del que hablaba más arriba, no va a ser posible.

¿Por qué? Porque todos necesitamos de la mirada del otro para poder saber quienes somos. Si el entorno nos devuelve una mirada valorizante, entonces sabremos que poseemos aspectos positivos que son admirables, que tenemos cualidades y que nuestras características personales poseen valor.

Si por el contrario la mirada que recibimos es descalificatoria, es decir, el conjunto de elementos que hacen que yo sea Pepe o María es inadecuado o es inaceptable, la imagen que tendremos de nosotros mismos será muy pobre y no será válida para construir alrededor de ella nuestra identidad.

Una forma de descalificar a otro, muy utilizada por lo demás, es la de emitir un juicio sobre lo que el otro es. El juicio valora al sujeto y lo aboca exclusivamente a dos salidas: aceptable o inaceptable.

Puede que si al tercer juicio (por poner un número) la persona sigue obteniendo un resultado de “soy inaceptable o inadecuado”, entonces lo que probablemente sucederá es que esta actitud favorezca la creación de “otro yo” que obedezca a las expectativas del entorno para conseguir convertirse en un ser aceptable y adecuado.

Esta situación es especialmente dramática en edades tempranas durante las cuales el individuo está en un “proceso de formación”.

No es posible construir una identidad sobre un elemento negativo.

Y si ese “otro yo” es diametralmente opuesto a lo que una persona es, las consecuencias a nivel psíquico pueden llegar a ser desastrosas.

Por eso es tan importante ser muy cuidadosos para no emitir juicios sobre otro, ya que el hecho de enjuiciar significa dar una aprobación o una desaprobación sobre lo que ese otro es.

Me pregunto si en el fondo y de forma inconsciente, quien enjuicia no se coloca en un lugar de superioridad frente al que tiene enfrente y le transmite sutilmente su desprecio, quizás en un intento inconsciente de compensar el daño que le causaron en algún momento de su vida y así “sanar” la herida que tiene.

Sentirse juzgado por alguien puede llegar a ser verdaderamente antipático, éste juicio va a desencadenar rabia y resentimiento producidos por la negación de que son objeto estas personas.

La persona que emite el juicio quizás haya padecido en su infancia la misma descalificación que luego aplica con el otro.

Existen muchas formas para transmitirle al otro una crítica sin dañarle.

Puede que muchos padres, abuelos y hermanos no se den cuenta de la importancia que sus comentarios pueden llegar a tener en el desarrollo emocional y psíquico de un ser humano.

Felizmente nunca es tarde para aprender y reconocer a otro siempre es posible.

El desafío sería el de plantearse qué camino tomar: ¿Despierto mi curiosidad por el otro y descubro quien es?, o, ¿Me dedico a enjuiciarle y le clasifico en el grupo de los aceptables o en el de los inaceptables?

La semana próxima hablaré sobre la envidia y los celos.

(Imagen: www.people.tribe.net)

El deseo

(Por Clara Olivares)

A menudo la palabra deseo suele asociarse a su componente sexual casi exclusivamente.

Pero el deseo es mucho más que eso.

Me gusta recurrir al diccionario para ver cuál es el significado de una palabra. En éste caso, el diccionario de la Real Academia de la Lengua dice: (Del lat. desidium) m. Movimiento enérgico de la voluntad hacia el conocimiento, posesión o disfrute de una cosa.

Sería interesante ir desgranando cada uno de los elementos de su significado.

“Movimiento enérgico de la voluntad”: el deseo es el impulso que mueve hacia algo, activa al sujeto para que se ponga en movimiento y vaya a conseguir aquello que desea.

En otras palabras, es un motor que genera la fuerza necesaria para ir hacia ese algo que despierta mi deseo.

Desde el psicoanálisis se habla de pulsión, entendida como “el proceso dinámico consistente en un empuje (carga energética, factor de motilidad) que hace tender al organismo hacia un fin. Según Freud, una pulsión tiene su fuente en una excitación corporal (estado de tensión); su fin es suprimir el estado de tensión que reina en la fuente pulsional; gracias al objeto, la pulsión puede alcanzar su fin”. (Diccionario de psicoanálisis, J. Laplanche y B . Pontalis, Paidós, 1993).

Si revisamos nuestra trayectoria de vida nos daremos cuenta de que hemos llevado a cabo sólo aquello que realmente hemos deseado, aunque en muchas ocasiones ni siquiera lo hemos hecho de forma consciente.

Pero el deseo no se puede exigir, aparece o no aparece. No hay que olvidarlo.

Si no existiese un deseo subyacente que alimentara el movimiento, estaríamos muertos. En otras palabras, ha sido el deseo el que ha propiciado que desarrollemos un proyecto, o, que construyamos una relación con otro, o, que seamos creativos.

“…hacia el conocimiento, posesión o disfrute de una cosa” Y esta segunda parte de la definición acaba de aclarar la dirección hacia la cual nuestro deseo nos encamina. Correspondería al “objeto” del cual habla el psicoanálisis.

Finalmente es energía con la que cada persona puede, de forma consciente o inconsciente, construir o destruir. Hablaríamos entonces de la pulsión de vida (Eros) y la pulsión de muerte (Tánatos).

La ausencia de deseo significa la muerte.

Si nos vamos a la mitología griega encontramos que Eros es el dios de la atracción sexual, el amor y el sexo.

Fue concebido por Poros (la abundancia) y Penia (la pobreza). (“El Banquete” de Platón).

Es muy elocuente el origen de Eros. Éste nos habla de las dos fuerzas opuestas que existen en el deseo. Podríamos afirmar que la abundancia representaría el deseo de vida, en tanto que la pobreza iría dirigida hacia el deseo de muerte.

Quisiera unir este concepto de deseo a la naturaleza. ¿Por qué? Porque la naturaleza es al mismo tiempo constructora y destructora. Su fuerza es arrolladora.

Me viene a la mente la imagen de una pequeñísima planta que brota a través del asfalto. La pujanza que la vida tiene se da la maña para atravesar una materia inerme como es el asfalto y crecer.

Es más fuerte la pulsión de vida que la pulsión de muerte.

En una ocasión me dijo una psicóloga: “ábrete a la vida y deja que ésta te atraviese”.

Sí, ¿cuántos años de nuestra vida hemos invertido en negarnos la vida? Nos hemos cerrado a cualquier evento que nos conduzca a entregarnos a la vida, a esa fuerza extraordinaria que nos permite transformarnos y que nos conecta con nuestro instinto.

El instinto siempre va encaminado hacia la vida, es muy raro que conduzca hacia la muerte.

¿Y por qué no comenzamos a abrirnos a la vida y nos dejamos guiar por ella?

Finalmente de nada sirve resistirnos, peleamos y peleamos y ésta pelea nos desgasta ya que desde su inicio es una batalla que está perdida.

Nos tenemos por seres muy racionales y muy controladores pero la realidad es bien distinta.

A la larga terminamos llevando a cabo sólo aquello que en el fondo de nuestro corazón deseabamos.

¿Qué hace que nos resistamos tanto a la vida?

“El deseo reivindica la vida, el placer, la autorrealización, la libertad. Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo“. (“El alma está en el cerebro”, Eduard Punset).

En mi próximo artículo hablaré sobre la viabilidad de ser o no ser.

(Imagen: www.alemdodivan.blogspot.com)

 

Conclusiones: los beneficios de la educación culpabilizante

(Por Clara Olivares)

“Si se hace una clasificación burda de la culpabilidad en relación con los problemas mórbidos, ¿por qué no se arregla igualmente lo que se ha vivido desde el punto de vista afectivo e íntimo, la indignación, el amor, el gozo y la alegría? Escribe Jean Delumeau en “El pecado y el miedo. La culpabilización en Occidente entre los siglos XIII y XVII”, París, Fayard, 1994″

Comparto la idea de Delumeau, pero para llegar a ese punto hay que “empezar por el principio”.

Y el principio consistiría en darse permiso a uno mismo para que la duda entre en el sistema, es decir, que pueda cuestionarme a mí mism@.

“Para conseguir esos fines, la educación utiliza las disposiciones previas del niño para culpabilizarse en diferentes terrenos y bajo diferentes formas.”

Estoy completamente de acuerdo con Neuburger cuando afirma que todos somos culpables (artículo de la semana pasada).

Valdría la pena preguntarse cuál estilo de culpabilización es el que prima en nuestra vida.

Lo planteo, ya que se suele recrear el mismo esquema de culpabilización al que fuimos sometidos en la relación de pareja o en la de amistad cuando somos adultos.

“En efecto, es gracias a que hemos recibido una culpabilización de tipo paterno que hemos adquirido el sentido de la justicia, del bien y del mal, así como el aprendizaje encaminado a mantener la palabra dada y a comprometernos”.

“Así mismo, gracias a que la madre o sus sustitutos amenazaban con retirarnos su afecto, sabemos que es amar y ser amado“.

“Y debido a que fuimos culpabilizados al ser acusados de egoístas, de no tener en cuenta al otro, aprendimos a ser solidarios, a compartir y a fraternizar.”

“La culpabilización conlleva así mismo una reflexión sobre la libertad que tenemos de utilizar nuestro cuerpo y sobre sus límites: sexo, masturbación, drogas, alcohol, tabaco (actualmente se culpabiliza mucho el hábito de fumar).”

“También invita a reflexionar sobre lo que cada uno de nosotros debe tener o no como creencias, como opiniones, como saber, como pensamientos. ¿Tengo el derecho a pensar de forma diferente a mi propia madre? se pregunta el niño.”

La forma de culpabilización a la que estuvimos expuestos ha formado parte integrante de lo que somos y en lo que nos hemos convertido.

En otras palabras, ha venido a formar parte de nuestra estructura psíquica. Somos el conjunto resultante de las características que nos son propias, de la herencia familiar y social así como la particularidad que ha marcado la época en la que nacimos.

“Es una reflexión sobre el futuro: ¿qué se espera de mí? a nivel de mis ambiciones, de mi profesión”.

“Partiendo de estas hipótesis, todos los factores culpabilizantes entran en juego, en un sentido o en otro. Existen familias en las que uno no puede ser otra cosa diferente a un político, y existen familias en las que serlo se considera casi una traición”.

Insisto: ¿cuál es la ingerencia que mi familia tiene en mis decisiones y cuál es mía? ¿Qué me hizo tomar tal o cual decisión y no otra?

“Los fenómenos de culpabilización familiar y social juegan un papel importante en la elección de los propios objetos sexuales: escoger entre la homosexualidad o la heterosexualidad, y en especial en la elección de la pareja.”

Permitir que la duda entre, consigue que se pueda separar de forma consciente aquello que me pertenece, qué es mío, de lo que no lo es.

Y este ejercicio abre el camino hacia la libertad (o por lo menos a ir despejando el camino para llegar a ella).

“Se trata de una culpabilización vital y necesaria porque ella va a marcar un límite y este límite es susceptible de ser transgredido“.

“La culpabilización nos estructura. Ella ofrece una especie de pilar mítico que crea una serie de convicciones sobre lo que está bien o está mal, sabiendo que nuestro libre albedrío funcionará mejor si disponemos de puntos de referencia claros para decidir si los seguimos o si los transgredimos.”

Es importantísimo que se haga consciente la noción de límites, sin ellos no es posible que se lleve a cabo una construcción psíquica interna.

Si éstos no existen o son demasiado rígidos, nos moveremos en la vida ciegos, sin comprender muy bien de dónde proviene nuestro malestar ni del porqué de las reacciones que tienen las personas que están a nuestro lado en relación con nosotros.

La transgresión de esas fronteras siempre trae consecuencias, bien sea para nosotros mismos o para otros.

“Esta culpabilización educativa o la educación culpabilizante, influye igualmente en el tipo de relación que establecemos con el otro: altruísta, egoísta, etc.”

“… la educación es la transmisión del mito familiar y el mito social de una época determinada. Este conjunto va a construír una neurosis normal, es decir, aquella que hace que un individuo se haga preguntas“.

Preguntémonos si era posible o no cuestionar nuestro entorno, más específicamente a nuestros padres y a nuestra familia.

¿Qué consecuencias traía ese cuestionamiento? A mayor fragilidad menor espacio para la duda, es decir, entre más frágil esté una familia o un individuo, menor será la posibilidad de cuestionarle nada. En muchos casos esta fragilidad viene dada por el miedo.

“No hay que olvidar las ventajas y las desventajas que la culpabilización conlleva si se aplica en exceso o en defecto, es decir, si se centra exclusivamente en una sola técnica, puede igualmente tener efectos patógenos dando lugar a neurosis, fobias, inhibiciones y síntomas.

Neuburger expone de manera clara y contundente las consecuencias que conlleva una culpabilización demasiado laxa o demasiado estricta.

El hecho de poder ir identificando elementos de nuestra propia historia nos aportará una información muy valiosa sobre lo que somos. La información desemboca en la comprensión y ésta en la apertura de la consciencia.

“Resumiendo: para alguien para quien la culpabilización paterna es la que está más presente, diría: quiero ser respetado. La culpabilización materna, expresaría: quiero ser amado, y la fraternal: quiero ser apreciado, estimado y reconocido.”

“Nace así la pregunta, ¿pero estas personas son capaces de escuchar al otro, de interesarse verdaderamente por él, de amarle?

Y con éste planteamiento se iría al siguiente paso: ya tengo identificado el tipo de culpabilización en el cual crecí, y ahora, ¿qué hago con ello?

Decidir qué me apetecería hacer con esta información. Puedo utilizarla para dominar a otros, o, puedo utilizarla como punto de partida para un viaje personal hacia la consciencia.

Me parece que lo importante es que seamos nosotros quienes tomemos la decisión. Quizás en el pasado no tuvimos la oportunidad de elegir pero hoy sí.

“Porque mostrar interés por el otro cobra sentido cuando se obtiene con la reciprocidad aquello que cada uno espera. Por ejemplo, yo amo en el otro su capacidad  para demostrarme, mediante su testimonio, que me respeta, o, que me ama, o, que me da un reconocimiento.”

“En el primer caso (vía paterna) las personas con este tipo de culpabilización aman a la familia, el segundo grupo (vía materna) aman a la pareja y el tercero (vía fraternal) aman los grupos asociativos no importa de qué índole sean.”

La clave radica en la pregunta: ¿con que técnica estoy funcionando hoy? Si comprendo de dónde vengo podré entender lo que ahora soy y decidiré hacía dónde me quiero dirigir.

Encuentro el viaje de inmersión fascinante y por el hecho de emprenderlo vale la pena estar vivo. ¿No os parece?

En mi próxima entrega hablaré sobre el deseo.

(Imagen: www.blogs.periodistadigital.com)

 

La culpabilización materna: enseña a someterse al otro

(Por Clara Olivares)

Como vengo haciendo en los dos últimos artículos, continúo desarrollando los interesantes y muy útiles planteamientos que hace el Dr. Neuburger en su libro “L’art de culpabiliser”.

Así como la culpabilización paterna enseñaba la sumisión a la norma, la culpabilización materna enseña la sumisión al otro.

Como reza el dicho: “ni tan cerca al santo que lo queme, ni tan lejos que no lo alumbre”.

Vuelvo a repetir que cualquier extremo no es saludable, bien sea por ausencia o por exceso.

Un maestro debe ser temido, escribía Rousseau; para ello hace falta que el alumno esté completamente convencido de que éste tiene el derecho de castigarle pero al mismo tiempo, y en especial, el maestro debe ser amado por su pupilo”.

Y la culpabilización materna funciona exactamente igual.

“La búsqueda del amor, o más bien el temor a perder ese amor, son resortes lo suficientemente fuertes como para obtener la sumisión del otro“.

Cuando el adulto (en este caso la madre) ha abusado de ésta herramienta para poder someter y controlar a sus hijos, hace que éstos corran hacia el extremo opuesto.

Me explico, sería como decir lo siguiente: si me intentas someter a cualquier precio, yo me rebelaré con todas mis fuerza para impedirlo. Es el caso que los hijos de unos padres que comulgan con la extrema derecha o la izquierda, más adelante cuando son adolescentes  se vayan al extremo completamente opuesto al de sus padres.

“Se trata de un espacio suficientemente grande como para dar cabida a todos aquell@s que buscan herramientas para hacer sentir culpables a sus hijos o a sus parejas”.

“Y es quizás la técnica más explotada actualmente, o por lo menos la más eficaz, ya que la técnica de auto-culpabilización por la vía paterna tiende a desacreditarse por el debilitamiento considerable de la noción de norma.”

Lo curioso del asunto es que, cuando se crece se termina repitiendo el mismo patrón, al menos, claro, que la persona realice un trabajo de apertura de su consciencia a través de un trabajo personal.

Si nos paramos un momento a revisar la historia de nuestra familia, y luego la nuestra, descubriremos atónitos que estamos haciendo exactamente lo mismo que hicieron con nosotros y a lo cual nos oponíamos con manos  y pies.

“La diferencia entre los dos tipos de culpabilización la ilustran muy bien estas dos propuestas: Si me dejas, yo te mato (culpabilización paterna), y, Si me dejas, yo me mato (culpabilización materna).”

“El tipo de culpabilización materna reposa sobre la deuda de amor.”

Difícil y pesada carga. Si no se entra dentro de los esquemas rígidos de esa madre inconsciente, el precio a pagar suele ser alto. Probablemente se reciba una dosis doble de culpabilización.

“Por lo general ésta tiene una relación directa con las madres, pero contrariamente a lo que podríamos imaginar, su uso no está reservado exclusivamente a las mujeres, los hombres le utilizan casi con el mismo talento”.

Sin duda alguna, es una técnica muy efectiva.

“Podríamos resumirla en la siguiente frase: tú debes sentirte culpable frente a tu madre que ha sufrido tanto para tenerte y que tanto ha sacrificado por tí”.

” En la literatura ejemplos no faltan. Gisèle Halimi en Fritna (París, Pocket, 2001), escribe: Yo (su madre), ¿que no te amo? Yo que siempre te he cuidado, tú que siempre estabas enfermo. Con fiebre, tus sábanas mojadas, en la noche yo me levantaba para cambiártelas… No tienes vergüenza, yo que hubiera muerto por ti”.

Cuando el otro no se somete o no se consiguen los resultados deseados (estoy hablando de un hijo o de una pareja), rápidamente se enarbola la bandera de “… y todo lo que yo he hecho por ti”.

Frases del tipo: “he abandonado mi profesión para estar contigo”, o, “me deslomo a trabajar para darte una buena vida“, o, “últimamente solo sales con tus amig@s“, suelen desencadenar el mecanismo para hacer sentir culpable al otro. Y lo triste es que funciona.

“Y continúa más adelante: Mi madre se vivía como una víctima. Una víctima del deber religioso, de la moral conyugal y de la abnegación maternal”.

“… así yo aprendí muy pronto una regla universal: dentro del cercano entorno de víctimas, no importa lo que yo diga o haga, forzosamente seré culpable. Culpable a todos los niveles, culpable porque se está dentro del universo de la víctima”.

Ya lo escribía en otro artículo, las personas que se hacen las víctimas son realmente odiosas.

“Milan Kundera (“La vida está en otra parte”, París, Gallimard colección Folio, 1976) no desmerece al afirmar que se encuentra dentro del club de culpables que están bajo la modalidad materna: “… El día fue bello y la noche también pero cuando regresa a su casa sobre la medianoche, su madre iba y venía nerviosa a través de la habitaciones de la villa. “Tú no tienes ninguna consideración por mí, tú me asesinas” gritaba ella con una voz histérica, yendo hacía la habitación contigua. Jaromil se quedó clavado en el lugar, espantado y con el sentimiento de haber cometido una gran falta. (Ah, pequeño, jamás podrás deshacerte de ese sentimiento. Eres culpable, eres culpable”)”.

“Y sigue: “… y será igual cuando tú pases tu tiempo con otras mujeres, cuando estés en su cama, habrá una larga correa atada a tu cuello y en alguna parte en la lejanía tu madre sostendrá del otro extremo y notará a través de la cuerda el movimiento brusco y obsceno al cual te abandonas”.

Este tipo de madres no puede soportar que su hij@ (o su pareja) disfrute de un momento de diversión o de expansión fuera del entorno familiar y, evidentemente, que éste esté lejos del control que ellas puedan ejercer.

Si la pareja o el/la hij@ se divierte y pasa un momento agradable, cae sobre el/la rebeld@ con todo su peso para que éste último se auto-culpabilice, por una parte, y por otra, evidentemente lo castiga retirándole su amor.

Este juego tiene un doble objetivo: no permitir jamás que el/la hij@ abandone el hogar rompiéndose así la relación fusional con la madre e impedir que éste se independice y sea autónom@.

“Quienes lo han padecido pueden tener más tarde reacciones violentas frente a todo aquello que se parezca de cerca o de lejos a una culpabilización materna.”

Previsible, ¿no?

“Así mismo Thomas Bernhard escribe en su obra “Béton”: … yo no fui atormentado como mi hermana por el astuto ardid de obtener reconocimiento (un sub-producto de la culpabilidad).”

Familias enteras que han estado sumidas, generación tras generación, en este tipo de funcionamiento, generan miembr@s que se embarcan en una búsqueda imposible de conseguir un reconocimiento de su entorno (pareja, amigos, trabajo).

Es como si padecieran de una necesidad insaciable de reconocimiento, hasta que pueden ver y comprender de dónde proviene esta sed.

Aquello que nunca se obtuvo de pequeño es lo que se busca de adulto con más ahínco. Las consecuencias que arrastra una persona a lo largo de su vida por una falta de reconocimiento en su niñez, constituyen una herida profunda y dolorosa que suele impedir la construcción sana y necesaria de una identidad psíquica.

Entre mayor haya sido la presión que una persona ha padecido en su infancia/adolescencia para ser sometida por medio de la culpa, así será la rebeldía que manifieste para impedir el ejercicio de este tipo de violencia.

“… y Béton continúa (hablando de personas que dicen todo el tiempo que están dispuestas a sufrir todos los sacrificios y a sacrificar su vida por los demás): Estas personas no tienen otra cosa en la cabeza que hacerse cubrir de elogios y condecoraciones a costa de la carga de aquellos que claman su ayuda y les tienden las manos con un grito que pide seguridad”

“Son personas peligrosas, más egoístas y déspotas que cualquiera, ávidas de poder… y que diariamente juguetean en numerosas asociaciones religiosas y políticas a lo largo del mundo entero, con el único deseo de su gloria personal,  yo las aborrezco”.

Y con esta elocuente descripción nos adentramos en el “maravilloso” mundo de los/a salvador@s.

Identificarlos lleva más tiempo pero resultan casi igual de pesad@s que las personas que se hacen las víctimas.

Acuden raudos y veloces a “salvar” y a “rescatar” a todo aquel que necesite ayuda. Lo problemático del asunto es que nunca esperan a que la persona implicada pida ayuda.

La dan, muchas veces y de forma inconsciente, imponiéndosela al otro.

Si alguien necesita ayuda, simplemente la pide. O, si no está clara su solicitud, se aclara preguntando.

El/la salvad@r n-e-c-e-s-i-t-a- salvar, es mediante este mecanismo que su maltrecha identidad y su herida por la falta de reconocimiento se compensa.

“Como lo he señalado más arriba, dice Neuburger, los hombres utilizan esta técnica de la culpabilización materna con un talento casi igual al de las mujeres.”

“La Iglesia católica también ha hecho un uso de este recurso de forma palpable… en cuanto a los terapeutas, solamente me basta reproducir la respuesta que uno de ellos, psicoanalista, le dio a una de sus pacientes cuando ésta expuso su deseo de interrumpir la terapia:”no todo el mundo es analizable”. El efecto culpabilizador de sus palabras, que difícilmente enmascaraban su decepción, no escaparon a la paciente!”.

Resumiendo, me atrevería a afirmar que TODOS hemos utilizado esta técnica en algún momento de nuestra vida.

Quizás lo importante es que nos demos cuenta de ello e intentemos no repetirla de forma consciente, es odiosa.

(Imagen: www.amigo.webhog.com)