El desapego

pensar-seasi-mesmo.blogspot.com

Por Clara Olivares

El concepto del desapego suele confundirse con aquello que no lo es.

El verdadero desapego es aquel que implica la liberación de un lastre que nos limita, que supone una carga (por ejemplo una relación). Se piensa y se confunde con la idea que implica un alejamiento hostil y frío en el que impera una actitud de indiferencia hacia el otro y hacia sus problemas.

El desapego es un signo de salud mental, sin embargo, la segunda idea opta por desentenderse del otro y elude cualquier responsabil

En otro artículo hablaba de la responsabilidad que conlleva el compromiso. Uno que se adquiere libremente y en el que decidimos responder ante aquello a lo que nos hemos comprometido.

Esta responsabilidad en primera instancia es hacia nosotros mismos y después hacia los demás.

No todas las relaciones son verdaderas, solemos llamarlas así cuando en realidad no lo son. La clave para diferenciarlas es el compromiso, si éste no existe, no hay relación. Hablaríamos de conocidos, pero no de verdaderas relaciones.

Algunas veces, es recomendable liberarnos y apartarnos de una persona, ya sea mental, emocional e incluso, físicamente.

Si esa persona nos causa daño hablaríamos de un apego insano.

Generalmente practicar el desapego causa dolor en un principio, pero, con el tiempo es muy liberador.

El sentido común nos aconseja alejarnos y desapegarnos de quien nos daña.

Quizás deberíamos preguntarnos si los problemas que nos genera tal persona los podemos solucionar.

Si no es así, y resulta que lo que recibimos a cambio es la imposibilidad de crear un vínculo en el que esté presente el cuidado mútuo y la responsabilidad, lo más sensato es cortar ese apego.

Como he dicho en otros artículos, las relaciones son siempre de doble dirección. Si no existe un «quid pro quo», estamos hablando de un falso apego.

Algunas veces es necesario aprender a vivir con los problemas, o a pesar de ellos.

En estas ocasiones sí practicamos un sano desapego.

Aceptar la realidad tal cual es, no siempre resulta ser un trago agradable, al contrario, puede llegar a ser muy amargo.

Cuando nos hemos empeñado en creer que ese apego equis que dábamos por verdadero, no lo es para nada, el batacazo que nos damos es doloroso.

Quizás necesitamos creer que es algo verdadero porque verlo tal cual es nos resulta insoportable y es inasumible.

Entonces ¿qué hacemos?: le ponemos un traje que nos permite creer que sí es un vínculo verdadero. Pero recordemos que sólo vemos lo que podemos ver.

Démonos permiso para estar momentáneamente ciegos. Algunas veces cargamos con los problemas de otros creyendo que de esta manera les ayudábamos. Pero, desgraciadamente, no es así

Probablemente a quien «ayudábamos» era a nosotr@s mism@s

Pero no deberíamos sentirnos culpables por ello. Somos humanos y necesitamos disfrazar la realidad para poder sobrevivir.

El desapego es una acción y es un arte. Intentemos ser lo más honestos con nosotr@s mism@s.

En mi próximo artículo hablaré sobre la moderación.

(Imagen: pensar-seasi-mesmo.blogspot.com)

Imagen e identidad

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(Por Clara Olivares)

La transformación de la apariencia física de esta actríz no ha dejado indiferente a nadie.

A mí me ha inspirado este artículo. Son muchas las preguntas que me ha suscitado: «¿Qué llevó a esta mujer a hacerse este cambio?» «¿Cuáles fueron sus motivaciones personales?».

Evidentemente son preguntas sin respuesta y tampoco me interesaría conocerlas, primero porque no soy su amiga, y segundo, porque no es asunto mío.

Pero lo que de verdad me hizo pensar fué en como se relacionan imagen e identidad. Me parece que tienen una estrecha relación.

Esta relación va mutando a lo largo de nuestra vida. Durante la niñez y en la adolescencia, al ser éstos períodos de formación, se está llevando a cabo la construcción de nuestra identidad.

En estos períodos la imagen ocupa un lugar preponderante, mientras que en la edad adulta ésta pasa a un segundo término, ya que se da por sentado que nuestra identidad está consolidada (teóricamente).

Pero antes encuentro pertinente aclarar la diferencia entre ambas:

* Imagen: es una representación visual de un objeto real o imaginario. En el caso que nos ocupa, sería la manifestación de la apariencia visual que alguien proyecta hacia el exterior así como las sensaciones y los sentimientos que transmiten.

* Identidad: es el conjunto de rasgos de un individuo o de una comunidad que les son propios y que les convierte en distintos a los demás. Es importante señalar la consciencia de unicidad y especificidad que se tiene de esos rasgos (innatos y adquiridos).

Como señalo en la definición anterior, la influencia del entorno familiar y social juegan un papel muy importante en esa construcción.

Puede que las características que son propias de una persona o de una comunidad no sean las que la sociedad acepta.

En estos casos nos encontramos ante un dilema: ¿Soy yo/nosotros mismo o me convierto en lo que el exterior me/nos pide para ser aceptado y no padecer la exclusión?

Hasta hace poco tiempo, muchas generaciones nos encontramos en esa tesitura y algunos de nosotr@s optamos por intentar ser lo más fieles a nuestra identidad.

Muchas veces esta opción conduce a algunas personas a la búsqueda de un entorno en el que la exigencia para ser aceptad@ resulte más fácil. Se produce así una migración hacia sociedades más permeables y más tolerantes con la diferencia.

Pero no siempre esta opción es viable y los individuos se ven impelidos a negar su propia identidad ocultándola tras actitudes o comportamientos opuestos a su verdadero ser para poder sobrevivir.

La supervivencia física y psíquica determina casi todas nuestras decisiones.

Es deseable que durante la niñez y la adolescencia esté presente una figura adulta que pueda transmitirle al joven en qué consiste esta diferencia, de manera que pueda entender que, en determinadas ocasiones, es necesario mostrar una imagen que no esté en plena concordancia con lo que somos verdaderamente, y que, no por actuar de esa manera se es poco honesto.

He conocido casos en los que una familia «aparentaba» los comportamientos y actitudes acordes a la exigencias de la sociedad en que vivía pero que en la intimidad podía manifestar su verdadera identidad. Sin ir más lejos, recordemos que esta estrategia la utilizaron muchas familias hebreas durante el nazismo.

Ser conscientes de la diferencia entre imagen e identidad marca la frontera entre cordura y locura. Si la sociedad en que se está inmerso es demasiado rígida, no admitirá ningún desvío de las normas exigidas para ser aceptad@.

Parece una nimiedad, pero no lo es para nada.

Identidad e imagen se nutren mútuamente.

Me atrevería a afirmar que tod@s hemos recurrido a la estrategia mencionada arriba. Felizmente no nos hemos visto en una situación tan dramática como la del holocausto.

No obstante, parece que estamos siendo testigos de una época particular en la que la identidad ha quedado totalmente relegada y olvidada.

Me contaba una amiga hace unos días, que había visto un documental de Corea en el que las jóvenes de 13 a 15 años pedían «a la carta» la cirugía plástica.

Ya no decían que deseaban hacerse una rinoplastia porque no les gustaba su naríz, sino que pedían que les hicieran la frente de fulanita, la naríz de zutanita, las mejillas de tal persona y la barbilla de equis. A ésto hay que sumarle el dolor al que se someten algunas para alargarse los huesos de las piernas para ser más altas.

No sé si vosotr@s no os habéis quedado impresionados, pero yo aún no puedo salir de mi asombro.

¿Qué le está pasando a la sociedad?

Parece que estamos entrando en una era en la que la famosa pregunta de «¿quién soy yo?» ha dejado de plantearse.

Ya no «soy yo», ahora «soy otr@».

Encuentro este cambio, no sólo dramático, sino peligroso.

Las sociedades las forman individuos, si estos individuos dejan de tener una identidad que les diferencie de los otros, ¿hacía dónde nos dirigimos?

Imagino que la sociedad se convertirá en un lugar conformado por clones.

Y la pregunta que me planteo es: «¿Quién determina el/los clones a seguir?»

¡Qué miedo!

En mi próximo artículo hablaré sobre el desapego.

(Imagen: mujeractual.pe)

El arte de la discusión

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Por Clara Olivares

La palabra «discusión» en muchas ocasiones se confunde con el concepto de «pelear» o de «pelea».

Cuando se entabla una pelea, ésta sólo tiene dos finales posibles: ganar o perder. Consiste en un enfrentamiento entre dos o más personas/grupos en los cuales el objetivo que se persigue es el de combatir al otro(s) para, finalmente, imponer la propia voluntad y/o el propio punto de vista.

En otras palabras, lo que se hace es combatir. Nada más lejos del deseo de comunicar. En una pelea se emite un juicio sobre la idea o sobre la persona y se le califica: estás conmigo o contra mí.

En cambio discutir, como señalo en el título de este artículo «es un arte».

Una discusión es un discurso o una conversación en la que se intercambian puntos de vista, ponencias y críticas sobre un tema propuesto a debate. A menudo los grupos poseen ideas o visiones contrapuestas. 

Wikipedia

 La discusión enriquece.

Desgraciadamente, la educación que hemos recibido no nos enseña a discutir.

Por lo general, la curiosidad queda fuera de la ecuación, y sólo ésta permite que averigüemos de donde proviene el parecer del otr@.

Ésta (la curiosidad) hace que dejemos de mirarnos el ombligo y levantemos la vista para comenzar a «ver» al otr@.

Nos podremos plantear preguntas tales como:¿Qué ha hecho que esta persona piense de tal o cual manera? ¿De dónde provienen sus ideas? ¿Son suyas realmente o se las han transmitido?

Si ante una discusión alguien llega a tomárselo como un ataque personal, valdría la pena que se cuestionara sobre el porqué lo vive como una agresión.

Disentir con una idea jamás implica un ataque. Al contrario alguien disiente por una serie de razones que le han conducido a pensar o a sentir de esa forma.

Razones que, en la mayoría de los casos, no nos tomamos la molestia de indagar.

Oponerse por sistema es una actitud que adoptan algunas personas. Lo hacen porque seguramente aprendieron a funcionar así , o, por simple y llana rebeldía, o, porque esta era el único recurso de que dispusieron para sobrevivir a un entorno en donde la diferencia estaba prohibida.

Oponerse es una forma de confirmarse como individuo único e irrepetible. Ser consciente de esa unicidad es vital para la construcción de una identidad sólida.

Esta actitud hace que, por lo general, quienes poseen este tipo de funcionamiento no sean muy conscientes de éste, y que, seguramente de manera inconsciente, teman adentrarse es ese terreno.

Sin duda, llegar a saber cuáles son estas razones, requiere poseer un mínimo de auto-reflexión que le permita cuestionarse a sí mism@ sin el temor a lo que se pueda encontrar.

Repito, la discusión enriquece, no sólo porque ayuda a conocer al otro sino porque fomenta el autoconocimiento.

Quizás esta resistencia pueda deberse a la imposibilidad de soportar la diferencia. Diferencias que se expresan a través del pensamiento, las emociones, las acciones y el aspecto físico.

En algunos casos, esta imposibilidad puede ser fruto de una relación fusional con alguno de los progenitores.

Obviamente, existen grados de fusión. Quizás, el hecho de manifestar esa diferencia era penalizada en el entorno familiar y la consecuencia era la exclusión del grupo.

Hablo de la familia, pero este principio es aplicable a cualquier grupo: iguales, colegas, amigos, etc.

Ser o mostrarse diferente está mal visto.

De esta reflexión se desprende el terror que puede despertar en alguien que ha vivido esa experiencia ser protagonista de una discusión.

Me parece que cuándo descubramos lo apasionante que puede llegar a ser una discusión, seguramente nos haremos fans de ella.

En mi próximo artículo hablaré sobre las relaciones fusionales.

(Imagen: www.todoavatar.com)

La omnipotencia

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Por Clara Olivares 

El término omnipotente o todopoderoso proviene de dos vocablos, omni, que significa todo, y potente, que significa poder. Por tanto, alguien omnipotente es una persona que es capaz de hacer todo (o casi) cualquier cosa, que lo puede todo, que lo abarca todo, que no tiene ningún tipo de dificultad. Un ser omnipotente es aquel que no necesita a nadie, es poderoso en todos los sentidos, tiene un poder inagotable y sin límites, un poder infinito e ilimitado.

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Como especifica la definición, la omnipotencia se caracteriza por pensar y creer firmemente que uno puede con todo.

No importa lo que la vida nos depare, ni las dificultades que nos pongan la zancadilla, «yo puedo», así que, ¿para qué preocuparme?

Es más, ni siquiera pasa por nuestra imaginación pensar que no vayamos a ser capaces de salir siempre airosos.

Hasta que comienzan a aparecer las consecuencias de esa creencia. Puede que al principio tímidamente con síntomas que, por lo general, pasan desapercibidos y a los que más adelante diréctamente ignoramos.

Cansancio, estrés, angustia y en especial, mucha rabia.

¿Contra quién? Contra nosotr@s mism@s, contra la vida, contra «el culpable» de turno. Tristemente somos incapaces de darnos cuenta de que quién dice siempre sí, somos nosotr@s mism@s.

Como siempre en la vida, es más fácil culpar a otro de nuestras desgracias que reconocer y darnos cuenta de que quién decide siempre es uno mismo, nadie más.

El término omnipotencia generalmente se asocia a Dios, el que todo lo puede. ¿Será que en nuestra estúpida arrogancia estamos convencidos de que somos dioses?

Probablemente sí.

Es habitual observar este comportamiento en los niños y en los adolescentes en especial. En el caso de los niños éstos van aprendiendo, a medida que crecen, que existen límites que les indican que su poder no es infinito, que existen topes, gracias a ello se van formando y preparando para enfrentar la vida.

En la adolescencia el aprendizaje, muchas veces, se realiza a golpes. La vida o el otro les detienen (menos mal!)

Pero, ¿que pasa cuándo la lección no se aprendió?

La temeridad y la enorme dificultad para decir que no, constituyen dos de las consecuencias más frecuentes.

Si digo que no quizás piense de manera inconsciente que no puedo, y eso, por supuesto, es inadmisible.

La incapacidad para negarse ante cualquier cosa está ligada a una convicción profunda de creer y pensar que yo solo puedo asumir lo que venga, entonces si digo que no a alguien significaría que soy débil, que no puedo. «Yo me basto y me sobro» reza el dicho popular.

Si éste es el caso, es lógico que jamás necesite a otro, ¿para qué?

Con frecuencia nos encontramos frente a personas de 30, 40, 50 y hasta 80 años, que siguen con ese sentimiento de omnipotencia intacto. Quizás se trate de individuos que han tenido mucha suerte en la vida y en apariencia su experiencia les ha demostrado que es verdad, que son omnipotentes.

Pero, la realidad les termina por demostrar que están equivocados.

Ay! el batacazo cuando se dan cuenta de que no es así es enorme.

Entonces aparece la rabia o se deprimen. Recordemos que rabia y depresión son las dos caras de una misma moneda.

Estas personas se encuentran ante una disyuntiva: si siempre he podido con todo, ¿por qué ahora no es así? La disonancia cognitiva está servida.

Es verdad que no entienden el porqué.

Suele suceder que un hecho o una situación en concreto les haga abrir los ojos… o no.

Si en este punto no dan el salto hacia la consciencia y se dan cuenta de que su funcionamiento infantil les ha conducido a esa situación, se les va a hacer aún más difícil el camino porque estarán cada vez más ciegos.

Recordemos que no hay que confundir la valentía con la temeridad. En el primer caso se conocen de antemano las consecuencias que trae una actuación, y aún sabiéndolo, se actúa. En el segundo caso se enfrentan al peligro ciegamente sin contemplar las consecuencias que pueden acarrear su enfrentamiento.

Están convencidos de que van a salir ilesos porque siempre ha sido de esa manera.

«Crecer duele». Aceptar que no se puede con todo y de que siempre se necesita a otro, les hace vulnerables.

El antídoto para neutralizar esta dolencia es una buena dosis de humildad.

Reconocer que nuestro cuerpo tiene límites y que es indispensable escucharlos y respetarlos, impedirá continuar actuando en un registro omnipotente a la hora de enfrentar las obligaciones y los avatares de la vida.

La humildad también nos enseña que necesitamos de otro y, que no por eso somos menos fuertes.

Para conseguir superar este funcionamiento infantil, aprendamos a decir que no, sabiendo que hay cosas que no podemos asumir porque tenemos límites. Cuando se aceptan la propia fragilidad y la propia vulnerabilidad, nos humanizamos, y, gracias a este proceso se va curando la omnipotencia.

En mi próximo artículo hablaré sobre la crueldad.

(Imagen: www.dfjr.blogspot.com)

La depresión

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Por Clara Olivares

Antes de comenzar el artículo quiero aclarar que voy a hablar de la depresión vital, no de la depresión clínica, esa es otro asunto.

La depresión ha sido denostada, temida, vapuleada, degradada, descastada, pero yo soy una gran fan de ella.

Me sorprende el miedo que por lo general despierta. Es el coco, la «bicha», nadie quiere saber de ella.

¿Por qué se la teme de esa manera?

Imagino que la rodea un halo de prejuicios: «es malo deprimirse«, aunque no se dice por qué, «debes evitar deprimirte«…

Me parece que a las personas se les dispara el imaginario más catastrófico cuando se la nombra.

Pero me parece que justamente, es gracias a ella que contactamos con nuestros sentimientos más profundos.

Cierto es que cuando se destapa la caja de Pandora, no podemos saber (ni controlar) de antemano que puede salir de ella, y, eso genera mucho miedo.

Lo que no sabe la mayoría de la gente es que, deprimirse forma parte del proceso vital de crecimiento interior, en otras palabras, madurar.

Sólo cuando contactamos diréctamente con nuestros sentimientos y permitimos que éstos nos embarguen, sabremos quienes somos en realidad.

Sé de un caso en el que un señor un día se sentó en una silla (sólamente salía para ir a trabajar) y estuvo llorando durante un mes. Al cabo de ese tiempo, se levantó y retomó su vida cotidiana.

Jamás un proceso vital se completa totalmente hasta que no nos deprimimos.

Es necesaria, en algún momento de nuestra vida tenemos que deprimirnos y sentarnos a llorar.

Si no contactamos con nuestro sentir profundo y verdadero jamás conseguiremos la madurez.

Me decía una terapeuta: «para que un proceso terapéutico se complete, es indispensable que la persona viva una buena depresión«.

Gracias a ella nos humanizamos.

Es como si, de alguna forma, comenzáramos a ver el mundo desde otra óptica. Las cosas de la vida pasan de ser «blanco o negro» para adentrarnos en una visión que contempla todas las gamas del gris.

Ante cualquier evento al que nos enfrentamos podemos comenzar a mirar muchos más aspectos, aparte de lo que resulta obvio. Es como si comenzáramos a observar todo aquello que tiene lugar «tras bambalinas».

Seremos capaces de mirar «más allá» y, lo más importante, el órgano que comienza a tomar relevancia es el corazón.

Vemos con los ojos del corazón, no con los de la razón.

Y, eso, marca una diferencia abismal.

No estamos habituados a contemplar el mundo desde esta perspectiva, ni el mundo tampoco.

El corazón tiene razones poderosas para sentir lo que siente, aunque en muchas ocasiones se nos escape su significado profundo.

Podemos engañar a la razón con un discurso elaborado, pero al corazón, jamás.

Y es aquí cuando entran en juego todos los posibles sentimientos que alguien o algo nos despierta. Escapan a los juicios… se siente lo que se siente sin más.

¿Por qué no intentamos ser honestos con lo que sentimos? Hagamos la prueba. Igual nos sorprendemos.

En mi próximo artículo hablaré sobre la frustración.

(Imagen: www.revistareplicante.com)

La renuncia

 

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Por Clara Olivares

«La renuncia es el acto jurídico unilateral por el cual el titular de un derecho abdica al mismo, sin beneficiario determinado». Wikipedia.

Esta definición desde el punto de vista jurídico, creo que aclara muy bien el término.

Hace referencia al acto de dejar de ser beneficiario de algo, sin explicar las razones que han llevado a ello.

Me atrevería a afirmar que son dos las circunstancias en las que una renuncia tiene lugar: la que viene dada por una decisión personal sin hechos precedentes que la motiven; y, la que un sinnúmero de circunstancias han llevado a ella.

En el primer caso, se decide abstenerse de algo, un privilegio, una relación, dinero, una herencia, etc. por múltiples razones de índole personal.

En el segundo caso, la cosa es más compleja.

Me explico. En algunas ocasiones un ser humano se haya en una situación en la que pierde cosas… salud, justicia, bienes, y se encuentra ante la realidad que constata esa pérdida.

Como dirían es España: ¿y eso cómo se come?

La primera reacción, por lo general, es que se niegue la evidencia. Máxime cuando esa pérdida representa una parte importante de nuestra identidad.

La negación no hace que el hecho desaparezca mágicamente, ¡ojalá!

Pasada esta fase, la cruda realidad continua estando presente, y, ésta, no la podemos seguir negando. Sería como intentar tapar el sol con las manos: es imposible.

Esta constatación da paso a una época de luto. Sí, me parece que es muy importante autorizarnos a vivir el dolor que nos causa la desaparición de eso que tuvimos y ya no está.

Seguramente nos provocará mucha rabia en un principio, luego vendrá la necesidad de llorar la pérdida. Es necesario y sano hacerlo.

No podemos desvincular a nuestro corazón de nuestra vida. Lo que sentimos está ahí.

Otra cosa es que lo podamos escuchar…

Llegados a este punto, nos encontramos ante dos caminos: seguimos furiosos con la vida y nos amargamos, o, aceptamos la situación.

No es fácil, que duda cabe, pero no tenemos alternativa si decidimos que no nos queremos amargar.

Imagino que a ésto se le llama madurez.

Se requiere una gran dósis de humildad… supone un bofetón para la omnipotencia. Finalmente comprobamos que no podemos con todo, la VIDA no se puede controlar.

En mi próximo artículo hablaré sobre la necesidad de tener un sueño en la vida.

(Imagen: www.mipequeniograndiario.blogspot.com)

El sufrimiento

 

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Por Clara Olivares

El sufrimiento es la sensación motivada por cualquier condición que someta a un sistema nervioso al desgaste. El sufrimiento, como cualquier otra sensación, puede ser consciente o inconsciente. Cuando se manifiesta de forma consciente lo hace en forma de dolor o infelicidad, cuando es inconsciente se traduce en agotamiento o cansancio.

Wikipedia

sufrimiento s. m.

1   Dolor o padecimiento físico o psíquico que experimenta una persona.

2   Paciencia con que se sufre o se soporta una desgracia.

 Diccionario Manual de la Lengua Española

 No sé porqué últimamente tengo la sensación de que estamos viviendo una época en la que se buscara conscientemente el sufrimiento físico y la proliferación de gimnasios me ha dado qué pensar.

Si bien es una alternativa atractiva para todas aquellas personas que, de no existir esos lugares, no sacarían el tiempo ni el espacio para hacer ejercicio. Dejando de lado este aspecto, me pregunto si esta súper-abundancia de ofertas no estará mostrando algo más profundo (socialmente hablando) que el simple deseo de estar en forma.  

Me pregunto si quizás no se estará buscando de manera inconsciente llenar un vacío, la falta de contacto con las emociones y por lo tanto la imposibilidad de sentirlas y expresarlas.

Ante una persona que a través del ejercicio físico somete a su cuerpo al dolor de forma consciente, me asalta la duda de si no se está sobrepasando los límites internos con el fin de conseguir esa apariencia física perfecta a toda costa, aquella que difunden los medios de comunicación.

¿Un dolor como recompensa?

Los cuerpos que nos muestran son cuerpos ideales, perfectos, con el plus de haber sido sometidos a largas sesiones de photoshop.

El impacto viene cuando te miras al espejo y te encuentras con un cuerpo real, que en la mayoría de los casos, no coincide con aquel que se empeñan en mostrarnos hasta la saturación.

¿Y cuál es la reacción inconsciente que se experimenta ante esa constatación? Seguramente el sufrimiento, grande o pequeño.

Entonces, ¿no será esta práctica un mecanismo para acallar de forma inconsciente el sufrimiento psíquico que produce intentar alcanzar la perfección el todas las facetas de su vida?

Porque ¿qué sucedería si me dejo sentir el dolor que tengo en el alma?

Recordemos que cuando alguien se permite sentir se hace más humano.  Pareciera que mostrarse vulnerable, frágil, fuese algo prohibido.

Está demostrado que negar lo que se siente lleva a que se disparen las alertas emocionales de ansiedad y frustración, hasta llegar a la pérdida de la consciencia del dolor, es decir, no admitir su existencia.

Ser consciente del dolor emocional nos hace humanos y ésta particularidad permite que establezcamos conexiones con otros, que creemos vínculos afectivos. Sin ellos terminaríamos por convertirnos en seres fríos, distantes y sin emociones, incapaces de ser empáticos, en otras palabras, nos volveríamos personas perversas.

El antídoto para evitar que esa transformación se lleve a cabo consiste es reestablecer la conexión con nuestra parte emocional, con el sentir. Parece que para algunas personas el experimentar ese dolor físico supliera su incapacidad para conectar y expresar su dolor emocional.

El hecho de desplegar las antenas que nos permiten captar la alegría y el dolor propio y ajeno, hace que entremos en contacto con el sufrimiento.

Sería interesante analizar cómo gestiono mi propio sufrimiento.

¿Soy consciente de él?

¿Se manifiesta a través de la ansiedad, la frustración o el agotamiento?

¿Le estoy dando un espacio a mis emociones?

Creo que éste sería un buen momento para superar el miedo que produce el sufrimiento. Si no somos capaces de experimentarlo nos iremos muriendo poco a poco interiormente.

En mi próximo artículo hablaré sobre los hijos parentalizados.

(Imagen: www.a-different-way.blogspot.com)

 

 

La arrogancia

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Por Clara Olivares

Es un hecho que cada un@ de nosotr@s ha desarrollado una destreza o una habilidad que nos caracteriza y que nos hace poseedores de un saber.

Bien sea en la fontanería, en la psicología, en la carpintería, etc. Aprendimos un oficio equis, la manera de desempeñarlo nos definirá como alguien muy buen@ en su oficio, o, buen@, o, normal.

El hecho de poseer ese saber no nos autoriza a sentirnos superiores a los demás, aunque se sea muy buen@.

Esto no quiere decir que en nuestro fuero interno al pensar en ello, una sonrisa de satisfacción aparezca en nuestra cara.

En mayor o en menor medida, todos hemos experimentado esa sensación en alguna ocasión.

Los problemas aparecen cuando estamos convencidos de que por ello somos superiores y mejores a los demás.

En algunos casos, esta creencia se forja en la niñez. Quizás fuimos niñ@s a los que se les exigió demasiado y a los que nunca se les dio un feed-back que les ayudara a valorarse.

La arrogancia podría ser el mecanismo de defensa que se creó para soportar no alcanzar jamás la perfección. Aunque se hiciera muy bien, siempre te exigían más, nunca era suficiente.

Me pregunto cuál es el tope, ¿hasta dónde se le puede exigir a alguien sin caer en la desmesura?

Esta creencia de ser mejor que los demás, bien sea en el campo de las habilidades y las destrezas, o, en el mundo de las ideas, genera personas que se sienten por encima de los otr@s.

¿Cómo se forja esta creencia?

Por lo general, la familia y el entorno ayudan a construir esa visión. En ocasiones, es la propia observación la que permite que ésta se descubra.

Los antiguos griegos acuñaron el término «mesura«, precisamente para evitar que nos envileciéramos.

En otras palabras la mesura lleva a practicar la moderación.

Conseguir el «justo medio» es un arte.

A lo largo de la vida pasamos por diferentes períodos en los que se alternan los dos extremos del término. Hay edades en las que se exacerba el creerse mejor que todo el mundo, en especial en la adolescencia. Felizmente de esta enfermedad, más tarde o más temprano, tod@s nos curamos.

Desafortunadamente, la curación no suele ser completa.

Muchas personas, al igual que algunos países, están convencidos de que su cultura es la correcta y la mejor. Consideran que quienes no comparten su punto de vista están en un error.

¡Cuántas guerras y cuántos desencuentros se han iniciado partiendo de esta premisa!

Pareciera un chiste, pero, por desgracia, esta actitud florece por doquier como la mala hierba.

Nos preguntaríamos: ¿qué hace que se llegue a poseer esa certeza?

Seguramente muchos factores, sólo me interesa destacar uno de ellos: la posesión de una mente estrecha que conlleva a una falta de miras y de humildad enormes.

Si contemplo otros puntos de vista ¿quizás el mío se tambalea y se resquebraja? Puede que descubra que a lo mejor no tiene una base sólida en la que sustentarse.

¿Será simple cuestión de miedo? A lo mejor se piense que si me aferro con pies y manos a lo mío no tengo que plantearme interrogantes incómodos, no tengo que cuestionarme.

Desgraciadamente, esta postura nos aboca a caer en el fundamentalismo.

Aquello que ha sido bueno para mi no tiene necesariamente que ser bueno para los otros.

Se puede sugerir, se puede plantear, se puede mostrar pero cuidando mucho de no caer en la imposición.

El antídoto para no pecar de arrogante es el respeto.

Una de las alternativas que ayudan a cultivar y a desarrollar una mente abierta es viajar.

Cierto es que esta actividad no está al alcance de todos los bolsillos, pero fomentando el espíritu que alimenta los viajes, habremos ganado mucho.

La actitud que impide que caigamos en una postura rígida es la curiosidad.

Ésta nos salva de convertirnos en seres dogmáticos.

La curiosidad nos lleva a salir de nosotros mismos para contemplar al otro.

Preguntas tales como ¿por qué, cuándo, cómo, qué, dónde? son las que harán que dejemos de contemplar nuestro ombligo y dirijamos la mirada hacia el mundo exterior.

Viajar amplía nuestro horizonte y nuestro mundo. Aprendemos que existen otras culturas, otro modo de contemplar la vida y de relacionarse con el otro.

Permite que nuestra mente se ensanche, hace de nosotros personas más tolerantes y abiertas.

Los factores social y cultural juegan un papel importante en nuestra manera de considerar el mundo que nos rodea, que duda cabe. Sin embargo, una mente abierta permite escuchar el discurso de otro sin juzgarlo.

No se tiene que determinar si «es correcto o incorrecto», simplemente es. No debería descalificarlo simplemente por el simple hecho de que es diferente al mío.

Lo interesante es ir descubriendo las razones que han llevado a ese alguien a pensar de esta o de aquella manera. Siempre son razones de peso las que le han conducido a esas conclusiones.

Cuando rascamos un poco, descubrimos que para esa persona su postura es la correcta. De ahí la necesidad de indagar las razones que le llevaron a tener esa actitud.

Ésto no quiere decir que no nos topemos con personas herméticas que son impermeables al diálogo. Por más que intentemos abrir puertas, éstas seguirán cerradas.

Quizás el aprendizaje que tenemos que hacer es el de aceptar que son así, aunque no compartamos sus creencias.

Practicar la mesura no es una tarea fácil… pero en el camino se aprenderá mucho sobre nosotr@s mism@s y sobre el mundo.

Es un camino apasionante que nos deparará más de una sorpresa.

En mi próximo artículo hablaré sobre el sufrimiento.

(Imagen: www.memegenerator.es)

La aceptación

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Por Clara Olivares

La aceptación es un estado del espíritu que por lo general, nos cuesta conseguir.

Con ésto quiero decir que en la mayoría de los casos, suele haber una resistencia ante la nueva realidad que se dibuja en el horizonte.

Esta constatación no significa en ningún momento que no existan seres a los que les es más fácil adaptarse.

En muchas ocasiones se nos queda atragantada la nueva situación, impidiéndonos respirar y toser como si de un cuerpo extraño que se aloja en nuestra garganta se tratara. En los casos más difíciles, incluso nos ha llevado a la asfixia.

Aceptar la realidad de nuestro presente, requiere una buena dosis de humildad.

No de una falsa humildad. Es decir, de aquella que está revestida de una apariencia de mansedumbre, pero que en su interior alberga ira, rebeldía o lucha.

… Miguel de Cervantes dice en el famoso Diálogo de los Perros que «la humildad es la base y fundamento de todas virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea.» Opina así el príncipe de los ingenios que la modestia y la discreción mejora las demás virtudes y enriquece la personalidad.

El término humildad, como también lo dice la Real Academia se usa muchas veces en sentido peyorativo. Puede significar pertenecer a un hogar de recursos limitados, o incluso sumisión, dejadez o rendimiento.

Desde el punto de vista virtuoso, consiste en aceptarnos con nuestras habilidades y nuestros defectos, sin vanagloriarnos por ellos. Del mismo modo, la humildad es opuesta a la soberbia, una persona humilde no es pretenciosa, interesada, ni egoísta como lo es una persona soberbia, quien se siente auto-suficiente y generalmente hace las cosas por conveniencia.

Wikipedia

Como plantea la definición de Wikipedia, «… la aceptación de nuestras habilidades y nuestros defectos…» implica una visión desnuda, sin adornos de lo que somos.

En algunas ocasiones esta constatación resulta gratificante y, en otras, nos produce rechazo.

¿Cuál es la verdadera? ¿La que proviene de nuestra propia percepción, o, la que proviene del exterior?

Una combinación de las dos.

Aunque dos personas vivan idéntica realidad, la construcción y la vivencia que cada una haga sobre ella será distinta.

En teoría, deberíamos aceptarnos tal y como somos. Así mismo, es deseable que asumamos la situación vital que nos ha tocado en suerte. Puede tratarse de un pérdida, de un divorcio, de una bancarrota, de una enfermedad, etc.

Quizás ésta nos conduzca a rememorar situaciones pasadas dolorosas u olvidadas. Lo que constituye una verdad es que la realidad cambia, jamás permanece igual.

Ya he hablado de él en otras ocasiones, existe un adagio chino que reza así: «si estás abajo, no te preocupes demasiado; y si estás arriba, tampoco te alegres tanto. Recuerda que todo lo que sube, baja y todo lo que baja, sube»

La vida está hecha de ciclos, buenos y malos.

Es como una línea que oscila: unas veces está arriba y otras abajo, nunca es una línea recta.

En más de una ocasión nos hemos empeñado en aferrarnos a una relación, a una idea, o a una situación que en ese desesperado intento por retener, únicamente nos ha acarreado sufrimiento.

Aprender a soltar es una lección que deberíamos aprender muy pronto. Desafortunadamente, lo aprendemos cuando nos hayamos en una situación que nos obliga a hacerlo.

«Fluír»… recuerdo esa publicidad en la que aparecía Bruce Lee diciendo: «…be water my friend.» Me sonrío porque en eso precisamente consiste la vida.

Me parece que uno de los secretos de la felicidad se basa en ese principio. No resulta fácil ni evidente.

Pero si no aceptamos la propia realidad, nos va a resultar dura y pesada la existencia.

Imagino que para aquellas personas que creen en un dios les resultará más tolerable aceptar las injusticias y las desgracias; los ate@s lo tienen más complicado, les toca asumir la realidad a palo seco.

A veces resulta muy duro.

En mi próximo artículo hablaré sobre el sufrimiento.

(Imagen: www.ateuch.blogspot.com)

 

 

La nostalgia

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Por Clara Olivares

La nostalgia (griego clásico νόστος «regreso» y ἄλγος «dolor») es descrita como un sentimiento o necesidad de anhelo por un momento, situación o acontecimiento pasado.

La nostalgia es referida comúnmente no como una enfermedad ni un campo del estudio, sino como un sentimiento que cualquier persona puede atravesar en cualquier etapa biológica. La nostalgia es el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado. La nostalgia se puede asociar a menudo con una memoria cariñosa de la niñez, un ser querido, un cierto juego o un objeto personal estimado, o un suceso en la vida del individuo.

 Wiipedia

Encuentro muy interesante esta definición. Las raíces griegas que conforman el término son muy precisas.

«Regreso» y «dolor». Se anhela volver a ese lugar, o, a esa situación, o, a esa relación, o, a esa edad… en que se vivió algo que nos marcó y que en el momento actual echamos de menos.

El presente no se puede comprender sin viajar al pasado.

¿Qué situación estoy atravesando en la actualidad que me lleva a suspirar por el pasado?

Puede tratarse de una carencia, o, de una sensación de protección, o, de un momento de inconsciencia en el cual aún estaban lejos las responsabilidades y la seriedad de la vida.

Es como si se cayera en una lamentación por la pérdida de un «tiempo mejor», o, simplemente, la ausencia de «ese momento».

Valdría la pena preguntarse que significa el «tiempo mejor». ¿Cómo era? ¿Qué sensaciones viví que en el momento presente no estoy viviendo?

Quizás la nostalgia irrumpe porque alguna historia pasada se ha quedado inconclusa.

Encuentro que la nostalgia es un síntoma que aparece en el momento en que nos está sucediendo algo muy concreto en el presente.

¿Que dejé a medias? o, simplemente quedó así porque en el momento en el que sucedió ¿no era posible actuar de otra manera?

El dicho de «cualquier tiempo pasado fue mejor» es muy ambiguo. ¿De que pasado estamos hablando? ¿Qué es exactamente lo que añoro?

Como me diría mi psicoterapeuta: «crecer duele». Y estoy de acuerdo.

Abandonar la niñez o la adolescencia y encararse a la edad adulta a veces puede vivirse como algo traumático. Desde luego, agradable no resulta.

Pero la vida es así. Pretender refugiarnos en el pasado, sólo nos va a causar dolor.

Seguramente se trate de una estrategia de supervivencia que es útil para combatir la fealdad o la dureza del presente.

O, quizás estamos frente a una necesidad profunda de control. Ésta es un espejismo que nos da seguridad, pero la realidad es que el margen que tenemos de controlar la vida es mínimo.

¿No se ha empeñado el hombre denostadamente en controlar la naturaleza, a otros hombres o a la vida?

Han pasado yo no sé cuántos milenios y sigue sin conseguir su objetivo.

Menos mal! Felizmente la vida es un torrente que irrumpe y nos atraviesa. ¿Para qué nos empeñamos con tanto furor en combatirla?

¿Quizás porque en el fondo de nuestro corazón nos asusta y por esa misma razón necesitamos controlarla?

Frente a los avatares de la vida podemos escoger varios caminos: la resignación, el combate y la aceptación.

En el caso de la resignación, la actitud que se adopta es la de bajar los brazos, no luchar. Quizás se percibe como algo demasiado fuerte ante lo cual yo no tengo la menor oportunidad de ganar.

No me queda otra alternativa que la de «aceptarla» aunque esta aceptación se haga a contrapelo y me llene de rabia.

Otra postura es la del combate. Se lucha, se pelea por cambiar o por modificar la realidad.

Esta actitud encierra una trampa: la lucha no siempre garantiza el cambio. Cierto es que se tiene la sensación de que no se permanece impasible ante las dificultades, nos aporta el sentimiento de estar activo y de estar combatiendo la pasividad.

Pero finalmente, se descubre que no por luchar con más ahínco, la realidad va a ser diferente.

Lo que nos conduce a la tercera opción: la aceptación.

En mi próximo artículo hablaré sobre ella.

(Imagen: wwww.pedacitossinpapel.com)