Control: ¿necesidad? o ¿espejismo?

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Por Clara Olivares

Los temas que voy tratando en el blog suelen estar relacionados entre sí, siento como si cada uno de ellos estuviera encadenado al siguiente.

A raíz de los temas que he tratado sobre el miedo, ha surgido este que me parece, forma parte de nuestra naturaleza.

Se trata de la profunda e, incluso, omnipresente necesidad que tenemos todos los seres humanos de controlar.

Lo que sea: los pensamientos, los sentimientos (y no sólo los míos, los de los demás también), mis obligaciones, etc. Dos aspectos relativos al tema, son los que más me atraen. Uno es la necesidad que tenemos de controlar al otro y, dos, la manipulación que esta artimaña engendra.

Pienso que el control es una mezcla de necesidad y a la vez es un espejismo.

Me explico.

No creo que exista una persona (normal y corriente) que no necesite sentir que controla algo.

Me parece que es una necesidad muy humana, pero hasta cierto punto.

Es decir, existen parcelas en las que puedo (y es necesario que así sea) tener un control, por ejemplo, sobre las decisiones que tomo, sobre cómo es mi aspecto físico, sobre las ideas que tengo sobre determinados asuntos, sobre las amistades que elijo, etc.

Es imprescindible que siempre esté presente una noción de libertad cuando tomo una decisión. La imposición no suele dar buenos resultados.

Y lo que es más importante aún, si mi decisión depende de un tercero, más  libertad debe ofrecer éste último.

Cuando se trata de una relación entre adultos, es evidente esta opción.

En el caso de la educación de un hijo pequeño que aún está en vías de formación, esta alternativa cobra aún más relevancia.

Es importantísimo que siempre se ofrezca la posibilidad de escoger entre una o varias opciones, de manera que sea el niño, en este caso, quién escoja la alternativa que más le conviene, o más le atrae.

Evidentemente, es el adulto el que ofrece las alternativas. Pero es el niño quien toma sus decisiones.

Sobre este punto es importante señalar la diferencia entre libertad y mal crianza.

No se trata de que el niño haga su santísima voluntad, lo intentará, desde luego, pero para eso está el adulto encargado de ponerle límites.

Y la educación se traduciría como «la dotación de las herramientas que un niño necesita para desempeñarse en el mundo exterior».

Esta labor le corresponde al adulto, o adultos que tengan a su cargo esta función.

La educación comienza desde que la criatura es un bebé hasta que sale al mundo y tiene que valerse por sí solo.

Aunque la experiencia me ha demostrado que ese proceso jamás termina.

Ser un adulto no garantiza que se esté educado. En otras palabras, que éste sea capaz de vivir en sociedad sin dañar o sin fastidiar a los que le rodean.

Me da la impresión de que el discurso social de «todo vale» que estuvo tan de moda en la década de los noventa, en especial, ha dejado su impronta.

Algunas de aquellas personas que en esa época eran niñ@s, ahora se han convertido en seres incapaces de contemplar el mundo como un lugar habitado por otros humanos. Es decir, creen que ellos son los amos del universo en el que la única ley que impera es la que ellos imponen.

Y es triste contemplar que, en realidad, no se enteran de que existen otros con los que hay que convivir de la manera más amable posible. Ese aprendizaje no lo tuvieron, nadie les enseñó.

Dejando a un lado este fenómeno puntual, cierto es que cuando un individuo no ha resuelto aún su problemática (y creedme, todos poseemos una), es decir, cuando no se han solucionado las dificultades que limitan a alguien para crecer y madurar, su necesidad de controlar se agudiza.

Algunas de estas personas hiper-desarrollan una estrategia, que todos hemos utilizado en algún momento de nuestra vida, llamada manipulación.

Es odiosa, muy odiosa. En especial cuando nos damos cuenta de que hemos sido víctimas de ella.

Y ese descubrimiento despierta en nosotras una furia

Cuando alguien no puede obtener todo lo que quiere, o cuando aparece otro que le pone un límite, éste suele utilizar la manipulación para salirse con la suya.

Curiosamente, este método es el «modus operandi» típico del funcionamiento mafioso. Y cuando me refiero a él, no estoy haciendo alusión a un grupo determinado que ejerce el control por la fuerza, también se utiliza como método de coacción a un compañero de trabajo, a un amigo, a la pareja, etc.

En Mayo del año pasado dediqué un artículo entero a hablar sobre este tema.

De lo que se trata es de controlar al otro para impedirle que no me deje hacer lo que yo quiero.

El chantaje es la piedra angular de este método.

Puede tratarse de hacer público un trapo sucio de otro que utilizo como baza para que éste haga lo que quiero, o, amenazo con retirarle mi cariño, o, con desprestigiarle ante el grupo o ante los hijos, o, que sea exclusivamente a través de mi persona que pueda acceder a información, un puesto de trabajo, a una relación importante, etcétera, etcétera, etcétera.

Cuando me sorprendo a mí mism@ utilizando este método de control, sería interesante que comenzara a desmenuzar el contenido del argumento que utilizo para obligar al otro a hacer lo que deseo.

En otras palabras, identificar es qué mío y qué es de otra persona. Quién en nuestro entorno operaba de forma similar a la que yo estoy utilizando ahora.

Heredamos modos de funcionamiento de otros de la misma forma que nos parecemos al tío equis, o, tenemos los mismos ojos de… Aprendimos a funcionar de manera similar y lo repetimos de forma inconsciente.

Suele ser de alguien que jugó un papel importante en nuestro pasado: un padre, una madre, un@ tí@, un@s herman@s, un@s amigo@s, etc.

El camino para detener esa herencia comienza por identificar la fuente de mi aprendizaje, comprenderla y no repetir de forma consciente la misma actuación.

La familia suele influir sobre nosotros sutilmente, de una manera tan poderosa, que a veces escapa de nuestro control.

Por eso recomiendo comprender de dónde viene ese aprendizaje.

Porque entre más miedo se tenga, la necesidad de control es mayor.

Quizás el descubrimiento más importante y más liberador que podremos hacer es el de constatar que el control total es un espejismo.

No podemos controlar lo que es incontrolable: a otro, a la vida, a la naturaleza.

(Imagen:www.misterapiasdelalma.blogspot.com)

La culpabilización paterna: enseña la sumisión a la norma

(Por Clara Olivares)

Tal y como anunciaba en el artículo que escribí antes de vacaciones, continúo hablando sobre la tesis que el Dr. Neuburger expone en su libro «L’art de culpabiliser». (Petite Bibliothèque Payot, París, 2008).

Recordábamos el hecho de que previamente era necesario aprender a auto-culpabilizarse para que la experiencia de la culpabilización fuera efectiva.

También hablaba sobre el hecho de que este aprendizaje se llevaba a cabo en la infancia y, luego, cuando nos hacíamos adultos, recreábamos el mismo esquema una y otra vez de forma inconsciente con las personas que teníamos cerca.

La educación (padres y profesores en la mayoría de los casos) se ha apoyado en estos mecanismos aprendidos para transmitir los valores necesarios para que un individuo aprenda a vivir en sociedad, es decir, educarse para conseguir «no pasar al acto» y asesinar al que se tiene cerca.

Verdad es que los roces que produce la convivencia con los otros nos provocan sentimientos y sensaciones poco amables en ocasiones, pero lo interesante es que podamos diferenciar nuestros sentimientos de nuestras acciones.

En otras palabras, aprender primero, que es una realidad que vivimos con otros y segundo, que es necesario y deseable desarrollar unas mínimas normas de convivencia para hacer más llevadera la coexistencia.

«Toda educación no es más que una empresa más o menos exitosa de prohibiciones, escribía André Hesnard en 1950 en la revista «La evolución psiquiátrica».

Si aprendemos a diferenciar qué es lo que sentimos (rabia, deseos de asesinar, cariño, repulsión, etc.) frente a alguien o algo, de lo que hacemos con estos sentimientos, podremos hacer uso de la palabra para expresar lo que sentimos sin necesidad de convertir nuestros sentimientos en actos.

En otras palabras, puedo sentir ganas de «asesinar» a otro pero no lo «asesino». En este pequeño detalle radica la diferencia.

«La educación se apoya sobre la capacidad de anudar una relación culpabilizador-culpabilizado».

Y considero que es necesario este aprendizaje. Desafortunadamente el ser humano aún no ha desarrollado la capacidad de manejar sus pasiones y sus deseos de tal manera que no dañen a otro.

Mientras sigamos viviendo en comunidad es necesario establecer unas normas que necesitan ser respetadas para poder garantizar una convivencia pacífica.

Ahora, cuando se infantiliza a una persona se la está incapacitando para que funcione como un ser autónomo con la capacidad de desarrollar su auto-estima y asumir sus propias responsabilidades.

«Es necesario que se den ciertas condiciones, aquello que se convierte en culpabilizable es la necesidad de recibir estima, el amor de una persona o de un grupo».

«No cualquier persona o grupo es susceptible de culpabilizar a alguien, sólamente aquellos con los que se dé una relación de dependencia afectiva permiten que se cree esa correlación: padres o sus sustitutos (maestros, sacerdotes, médicos), madres y sus sustitutos y hermanos y sus sustitutos (miembros del grupito, comunidades religiosas, deportivas o de otra clase)».

Cuando se considera a un ser humano como a un niño pequeño, se le está sumiendo en un esquema de dependencia que le llevara sin remisión a aceptar cada vez más los dictámenes de la sociedad, o de la prensa, o los que dicten aquellas personan que estén avaladas como autoridades.

En otras palabras, se le está arrebatando la libertad.

«Sólamente este tipo de vínculos permiten que se lleve a cabo con relativo éxito las tres técnicas educativas: la Ley, la deuda de amor y la solidaridad».

«La culpabilización paterna enseña la sumisión a la norma».

Como cualquier cosa en la vida, si nos situamos en los extremos se cae en los fundamentalismos y, éstos han demostrado a lo largo de la historia que jamás traen consigo nada bueno.

Estimo que es necesario seguir la norma siempre y cuando no atente contra la propia libertad o la ajena.

«El mito que nace es el de respetar la Ley, en éste caso La Ley del Padre, que es el origen de toda ley».

Si no entrara en acción la ley a través del padre no sería posible triangular la relación madre-hij@ y la fusión entre ambos sería eterna.

Si no se lleva a cabo la separación en la relación fusional con la madre, jamás se alcanzaría el estatus de adulto y con él, la consecuente autonomía, por otra parte necesaria para funcionar de forma sana con uno mismo y con los otros.

«Una Ley no funciona si ésta no reposa sobre un consenso social o religioso, como por ejemplo, Dios o El Estado y sus representantes son los jueces, así como los políticos o la policía, y a un nivel más privado, sería la opinión que manifiestan los más cercanos, o la familia, o los amigos, o el compañer@ de su vida.»

«A través de todos nuestros gestos o actuaciones, escribe Alice Miller, estamos atrapados no solamente por nuestros padres naturales sino además por el Padre supremo omnipresente al que nosotros no podemos ofender sin pagar el precio con un sentimiento de culpabilidad».

En la medida en que vayamos ganándonos nuestra propia libertad, podremos decidir si estamos dispuestos o no a pagar el precio por nuestra trasgresión.

«Es menos doloroso someterse».

Vuelvo a repetir: ¿qué precio estoy pagando al someterme?

«… ¿y qué hace que obedezcamos? La respuesta no se hace esperar: hemos aprendido  a escuchar a nuestros padres ya que ellos han sido nuestros maestros».

«Para nosotros, su autoridad viene dada no tanto por ellos mismos sino por su situación respecto a nosotros«.

Vuelve a surgir el viejo tema del poder. En toda relación interpersonal está presente el poder como un elemento necesario para el desarrollo de la identidad de cada uno de los miembros de la relación.

El problema aparece cuando el poder permanece siempre en las mismas manos.

Cabría preguntarse: ¿quién es el que dicta las normas?

«… en algunos casos aparece una auto-culpabilización complementaria como por ejemplo cuando aparecen comportamientos sexuales vividos como anormales (masturbación) o cuando emergen fantasmas que despiertan los deseos que son percibidos como problemáticos».

«Actualmente, son menos las prohibiciones que la norma, es decir, la norma que se transmite a través de la prensa, la televisión, las obras psicológicas de divulgación masiva, así como el discurso de ciertos médicos, ha reemplazado el lugar que antes estaba ocupado por los padres«.

«En la culpabilización de tipo paternal, el principio que opera es el de hacer referencia a una instancia superior, ya sea moral o religiosa, o de índole social, médica, psicológica, psiquiátrica, sexológica para denunciar un comportamiento «anormal» respecto a una «norma» generalmente establecida por un médico o un psiquiatra».

«Es propio a esta forma de culpabilización enseñar a ser sumiso a la ley, a no transgredir las reglas ya que uno se arriesgaría no solamente a condenarse e ir al infierno, a terminar en el cadalso, o a sufrir una castración y, sobre todo, a ser denunciado como anormal«.

«La sanción, en este caso, es la necesidad de ser curado, o la de tomar los medicamentos que normalizan…».

Lo interesante de estos planteamientos es que podamos alejarnos del discurso reinante para poder observar qué es lo que se considera como «normal» o «aceptable» y preguntarse si estamos o no de acuerdo con lo que plantea y, si además está atentando o no contra la libertad y la integridad de cualquier ser humano.

«… las terapias han reemplazado la confesión y la posibilidad de recibir la absolución a cambio de reconocer las culpas propias y de demostrar sumisión...»

Afortunadamente no todas las terapias son de ese tipo.

Creo que lo que nos viene a decir el Dr. Neuburger es que la familia y más tarde la sociedad utilizan los aprendizajes que se llevaron a cabo en la niñez para educarnos.

El problema surge cuando una vez adultos, formamos una pareja o una familia, y continuamos utilizando estos mismos mecanismos para hacer sentir culpable al otro de manera que colocamos nuestro propio malestar fuera de nosotros, es decir, lo desviamos mediante el mecanismo de la culpabilización para que recaiga sobre el que tenemos al lado.

La próxima semana hablaré de la culpabilización que se adquiere por la vía materna.

(Imagen: www.awas.up.nic.in)