¡Qué fea es la violencia!

(Por Clara Olivares)

Esta viñeta de Mafalda me encanta ya que ilustra muy bien el tema que voy a tratar.

Todos pensamos que somos no-violentos. El violento siempre es el otro, yo jamás!

Pero desafortunadamente, la violencia forma parte de nuestra condición humana. Es inherente a nuestra especie, qué le vamos a hacer!

La buena noticia es que podemos (y debemos) decidir si queremos destruir (permitiendo que nuestra parte violenta crezca y se desarrolle) o si queremos construir (renunciando a ella). En otras palabras, decidimos si queremos alimentar a la bestia o si la mantenemos a raya.

Cierto es que «la violencia engendra violencia». Quién ha aprendido ese funcionamiento, suele repetirlo. No ha conocido uno diferente.

Puede que en un principio no sea consciente de que está siendo violent@, pero en el momento en que alguien le señala que eso que realiza es un acto  violento, ya no puede seguir funcionando en la inconsciencia.

No es bonito, desde luego. La mirada que nos devuelve la víctima de nosotros mismos deja nuestra propia imagen muy maltrecha.

La violencia es fea!

Y después de la rabia que ésta genera viene la tristeza. Produce una pena enorme… Basta mirar la expresión de los ojos de una persona que ha sido sometida a comportamientos violentos: es triste, muy triste, o, muy rabiosa, o, una mezcla de las dos.

Existen básicamente dos tipos de violencia: la física (evidente) y la psicológica (nunca es evidente).

Si me ponen a escoger, la violencia física por lo menos implica un contacto entre agres@r-víctima. La psicológica es devastadora porque no se ve pero sí se siente, el estómago la siente.

Por regla general, la víctima cae en una locura que genera la persona que agrade, es lo que en psicología se llama una relación de tipo «doble vínculo».

A grosso modo viene a ser lo siguiente: la persona que ejerce la violencia (con quién la víctima tiene un vínculo vital, de necesidad o de supervivencia física o psicológica) lanza un mensaje verbal, un «te quiero mucho», por ejemplo, que acompaña de un gesto que desmiente lo que acaba de decir, como un bofetón. Con la particularidad añadida de que la víctima está sutilmente atada al agresor mediante el mandato implícito que este último se ha encargado de hacerle llegar indirectamente de que no puede abandonar el campo, de que no se puede ir.

Si la víctima intenta abandonar el campo, el agres@r le volverá a traer (mediante la culpa, o, la seducción, o, la amenaza). Es indispensable para este último que la víctima jamás abandone el juego.

El doble vínculo es una tela de araña que atrapa a la persona. Ésta es incapaz de ver lo que está pasando ya que duda de sus propias percepciones y piensa que quién siempre está equivocada es ella.

¿Qué hace que dude siempre de lo que percibe? Cuando se está en una relación de doble vínculo, la víctima siente y ve dos cosas contradictorias y simultáneas: por un lado la persona que le agrede dice que le ama, le protege, etc. pero inmediatamente se contradice con sus actos. ¿Qué creo? se pregunta la víctima, ¿lo que dice mi padre/madre, pareja, herman@, jefe? ¿O lo que yo estoy percibiendo/sintiendo? Cómo es impensable e inimaginable para la víctima que su padre/madre, pareja, etc. le esté mintiendo y no sea verdad que lo que dice no sea cierto, opta pues por creer que quién está equivocada es ella misma y lo que percibe y ve es producto de su propia imaginación.

Es decir, la persona percibe dos mensajes contradictorios de forma simultánea y dado que la relación que mantiene con quien la maltrata es vital, no puede ni pensar en que la persona que se equivoca es la misma que le daña, así que lo que hace es dudar siempre de sus propias percepciones, de lo que siente y nota su estómago.

Para poder salir de una relación de este tipo, es necesario un trabajo largo y doloroso gracias al cual la víctima llega a identificar el doble vínculo. Normalmente este camino se realiza a través de una psicoterapia, en la mayoría de los casos, ya que es el terapeuta quien le muestra al sujeto el tipo de relación que se ha establecido,  y, al descubrirlo, éste ya está en capacidad de desarticular el juego del maltratad@r.

Ya puede abandonar el campo, sabe que puede hacerlo a pesar de lo que «diga o haga» la persona que maltrata. Se ha liberado de la tela de araña que lo mantenía atrapad@.

Este tipo de relación se suele establecer en la infancia, o, en períodos de gran fragilidad y de soledad en la edad adulta.

Continuando con el hilo de mi artículo de la semana pasada, cuando se vulneran los límites físicos, emocionales o intelectuales de otra persona, se está siendo violento (no respetándolos, es decir, traspasándolos).

Se puede ejercer la violencia hacia otro y/o hacia uno mismo. Lo que he observado es que en los casos de maltrato, siempre la víctima de forma inconsciente, revierte la rabia que ha generado el maltrato hacia sí mism@, es decir, comienza a utilizar la misma forma de agresión que el agres@r usó con ella, pero esta vez dirigida hacia ella misma.

Cuando ya es capaz de identificar el doble vínculo, puede comenzar a tomar contacto con su rabia y puede darse cuenta de que la ha desviado ésta hacía sí mism@, en lugar de devolvérsela a quién la ha causado.

Es en este punto en el que la persona puede comenzar a decidir qué quiere hacer con esa rabia: ¿seguir volcándola hacia su persona? ¿devolvérsela a quién le maltrató? ¿usar esa energía para crear algo nuevo? ¿repetir el patrón de violencia, convirténdose ella misma en un ser violento que daña?

Él/ella es quien decide, nadie más lo puede hacer.

Quizás ahora se comprenda mejor lo que escribí en otras ocasiones: el cuerpo habla. Si enfermamos, los síntomas hablan de lo que cada uno de nosotros ha vivido, «nuestra propia historia está inscrita en nuestro cuerpo».

Repito: la violencia es muy fea, mata todo lo humano que hay en nosotros, de ahí que la encuentre tan, pero tan fea!

¿Por qué no tratamos de optar por no dañar? Mi propia experiencia me ha demostrado que siempre vale la pena y que es posible.

El próximo artículo hablará sobre cómo reconocer a una persona violenta y qué hacer frente a ella.

(Imagen: «Mafalda», Quino. Editorial Lumen, Barcelona, 1989)