La ansiedad: amiga (o enemiga) inseparable.

(Por Clara Olivares)

Cómo canta el bolero: “… ansiedad, angustia y desesperación!” A menudo se utilizan las palabras ansiedad y angustia como sinónimos.

Pero, ¿qué es la ansiedad? Retomando las palabras de Freud, hablaríamos de “un estado afectivo penoso”.

Y me parece que la clave la encierra el término afectivo.

Finalmente la ansiedad-angustia es un síntoma, y los síntomas indican que algo no anda bien.

Ésta se manifiesta a través de síntomas físicos tales como sudoración, palpitaciones, encogimiento en la boca del estómago, temblores y/o síntomas psicológicos como un temor indeterminado, un “no me hallo”, siento miedo pero no logro saber a qué, terror a las cucarachas… etcétera.

La ansiedad es una respuesta natural del organismo que pone al individuo en un estado de alerta que le prepara para huir de un peligro real. Puede tratarse de un peligro físico o psicológico. La ansiedad advierte al sujeto de que es mejor que salga corriendo.

Es importante no confundir la angustia vital (la que se activa ante un hecho/situación real) de la angustia neurótica (que se activa cuando inconscientemente se evita una situación en la que se pueda recrear un acontecimiento traumático, o el temor a sentir, o al placer, etc.).

La angustia vital es evidente: me van a atacar con un objeto contundente, más vale que corra si no quiero morir.

La neurótica es más compleja.

Siempre subyace un sentimiento bajo la ansiedad. Suele ser, casi siempre, miedo o rabia, o las dos.

Cuando irrumpe la angustia podemos hacer muchas cosas al respecto, evidentemente. Pero existe un tipo de personas, bastantes desagradables por cierto, que, cuando sienten angustia buscan a alguien sobre quien “vomitarla”.

Y digo vomitarla porque es eso precisamente lo que hacen. Se deshacen de ella traspasándosela a otro, quitándosela de encima y se quedan tan tranquilas.

¿O no recordamos la desagradable sensación con la que nos quedamos después de que nos la han endosado y nos han colocado encima toda esa angustia?

Como diría mi terapeuta: cada uno debe aprender a gestionar su propia angustia. Y yo añadiría: sin molestar o dañar a otro.

El título de este artículo habla de ella como de una “amiga inseparable” (aunque algunas veces se vive como una enemiga).

La llamo así porque pasará mucho tiempo hasta que descubramos cuál es el sentimiento que subyace y es este descubrimiento el que permite su tránsito hacia la consciencia. Ya  todos sabemos que es desde ese lugar en donde es posible modificar realmente este funcionamiento.

Si esto no se da, siempre estaremos a merced de lo que sentimos. Será nuestro inconsciente quien tome las riendas de nuestras vida y actúe por nosotros.

Seguramente su dominio estará apoyado por una serie de ideas catastróficas del tipo: si tomo contacto con mi angustia me enloqueceré, o, los demás se van a dar cuenta de que no estoy bien, o…

De ahí surge la mágica idea de pensar que si controlamos todo o a todos, neutralizaremos su poder. Inconscientemente, por supuesto.

¿Cuántos años de nuestra vida no hemos invertido en intentar controlar? En mi caso, muchos.

Luego, cuando nos hacemos conscientes, descubrimos que es imposible el control. Es un espejismo.

Pero volvamos al miedo. La angustia que se vivió durante las etapas anteriores de nuestra vida y que nos marcó sin lugar a dudas, se gesta en situaciones de incertidumbre o de inestabilidad casi siempre.

Y me refiero a una incertidumbre concreta y real, pero de índole psicológica y por lo general no explícita y, sobre todo, muy sutil. Es algo así “como no tener jamás la seguridad de saber si”: somos queridos, o, capaces, o, valiosos, o, somos importantes para alguien, etc.

Nos hemos inventado unas estrategias variadas y algunas estrafalarias para no sentir esa angustia: o, siempre estamos ocupados, o, acompañados, o, nos dedicamos a beber, o, comemos demasiado o no comemos, o, no paramos de hacer cosas, el abanico es tan variado como lo somos los seres humanos.

Es solo desde la consciencia que se puede hacer algo. Nosotros decidimos el que.

¿Deseamos perpetuar este comportamiento? ¿Le hacemos frente y lo vivimos, aunque hacerlo signifique pasarlo mal? ¿No deseamos hacer nada al respecto?. Cada uno de nosotros decide.

Lo que sí sé es que mientras no empecemos a tomar contacto con ese sentimiento y le reconozcamos, es decir, le aceptemos y nos digamos a nosotros mismos que sí, que ahí está, seguiremos siendo sus esclavos.

A los demás siempre les podemos contar lo que nos plazca, pero engañarnos a nosotros mismo no conduce a nada y, básicamente, no nos sirve para nada. Al contrario, es “escupir para arriba” como reza el dicho popular.

Es exclusivamente a través de la comprensión de lo que nos sucede y de los orígenes de nuestros funcionamientos que será posible liberarnos de aquello que nos limita y coarta.

No todo el mundo tiene que escoger esta alternativa, faltaría más! Siempre se puede escoger la opción de no querer hacer nada al respecto y es muy respetable.

Lo que no debemos olvidar jamás es que somos el resultado de nuestras propias decisiones y que estas decisiones traen consecuencias. No nos queda más remedio que aceptarlas, aunque sea a regañadientes.

En mi próximo artículo voy a hablar sobre los límites.

(Imagen: http://derechoanimal.es)