Imagen e identidad

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(Por Clara Olivares)

La transformación de la apariencia física de esta actríz no ha dejado indiferente a nadie.

A mí me ha inspirado este artículo. Son muchas las preguntas que me ha suscitado: «¿Qué llevó a esta mujer a hacerse este cambio?» «¿Cuáles fueron sus motivaciones personales?».

Evidentemente son preguntas sin respuesta y tampoco me interesaría conocerlas, primero porque no soy su amiga, y segundo, porque no es asunto mío.

Pero lo que de verdad me hizo pensar fué en como se relacionan imagen e identidad. Me parece que tienen una estrecha relación.

Esta relación va mutando a lo largo de nuestra vida. Durante la niñez y en la adolescencia, al ser éstos períodos de formación, se está llevando a cabo la construcción de nuestra identidad.

En estos períodos la imagen ocupa un lugar preponderante, mientras que en la edad adulta ésta pasa a un segundo término, ya que se da por sentado que nuestra identidad está consolidada (teóricamente).

Pero antes encuentro pertinente aclarar la diferencia entre ambas:

* Imagen: es una representación visual de un objeto real o imaginario. En el caso que nos ocupa, sería la manifestación de la apariencia visual que alguien proyecta hacia el exterior así como las sensaciones y los sentimientos que transmiten.

* Identidad: es el conjunto de rasgos de un individuo o de una comunidad que les son propios y que les convierte en distintos a los demás. Es importante señalar la consciencia de unicidad y especificidad que se tiene de esos rasgos (innatos y adquiridos).

Como señalo en la definición anterior, la influencia del entorno familiar y social juegan un papel muy importante en esa construcción.

Puede que las características que son propias de una persona o de una comunidad no sean las que la sociedad acepta.

En estos casos nos encontramos ante un dilema: ¿Soy yo/nosotros mismo o me convierto en lo que el exterior me/nos pide para ser aceptado y no padecer la exclusión?

Hasta hace poco tiempo, muchas generaciones nos encontramos en esa tesitura y algunos de nosotr@s optamos por intentar ser lo más fieles a nuestra identidad.

Muchas veces esta opción conduce a algunas personas a la búsqueda de un entorno en el que la exigencia para ser aceptad@ resulte más fácil. Se produce así una migración hacia sociedades más permeables y más tolerantes con la diferencia.

Pero no siempre esta opción es viable y los individuos se ven impelidos a negar su propia identidad ocultándola tras actitudes o comportamientos opuestos a su verdadero ser para poder sobrevivir.

La supervivencia física y psíquica determina casi todas nuestras decisiones.

Es deseable que durante la niñez y la adolescencia esté presente una figura adulta que pueda transmitirle al joven en qué consiste esta diferencia, de manera que pueda entender que, en determinadas ocasiones, es necesario mostrar una imagen que no esté en plena concordancia con lo que somos verdaderamente, y que, no por actuar de esa manera se es poco honesto.

He conocido casos en los que una familia «aparentaba» los comportamientos y actitudes acordes a la exigencias de la sociedad en que vivía pero que en la intimidad podía manifestar su verdadera identidad. Sin ir más lejos, recordemos que esta estrategia la utilizaron muchas familias hebreas durante el nazismo.

Ser conscientes de la diferencia entre imagen e identidad marca la frontera entre cordura y locura. Si la sociedad en que se está inmerso es demasiado rígida, no admitirá ningún desvío de las normas exigidas para ser aceptad@.

Parece una nimiedad, pero no lo es para nada.

Identidad e imagen se nutren mútuamente.

Me atrevería a afirmar que tod@s hemos recurrido a la estrategia mencionada arriba. Felizmente no nos hemos visto en una situación tan dramática como la del holocausto.

No obstante, parece que estamos siendo testigos de una época particular en la que la identidad ha quedado totalmente relegada y olvidada.

Me contaba una amiga hace unos días, que había visto un documental de Corea en el que las jóvenes de 13 a 15 años pedían «a la carta» la cirugía plástica.

Ya no decían que deseaban hacerse una rinoplastia porque no les gustaba su naríz, sino que pedían que les hicieran la frente de fulanita, la naríz de zutanita, las mejillas de tal persona y la barbilla de equis. A ésto hay que sumarle el dolor al que se someten algunas para alargarse los huesos de las piernas para ser más altas.

No sé si vosotr@s no os habéis quedado impresionados, pero yo aún no puedo salir de mi asombro.

¿Qué le está pasando a la sociedad?

Parece que estamos entrando en una era en la que la famosa pregunta de «¿quién soy yo?» ha dejado de plantearse.

Ya no «soy yo», ahora «soy otr@».

Encuentro este cambio, no sólo dramático, sino peligroso.

Las sociedades las forman individuos, si estos individuos dejan de tener una identidad que les diferencie de los otros, ¿hacía dónde nos dirigimos?

Imagino que la sociedad se convertirá en un lugar conformado por clones.

Y la pregunta que me planteo es: «¿Quién determina el/los clones a seguir?»

¡Qué miedo!

En mi próximo artículo hablaré sobre el desapego.

(Imagen: mujeractual.pe)

La omnipotencia

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Por Clara Olivares 

El término omnipotente o todopoderoso proviene de dos vocablos, omni, que significa todo, y potente, que significa poder. Por tanto, alguien omnipotente es una persona que es capaz de hacer todo (o casi) cualquier cosa, que lo puede todo, que lo abarca todo, que no tiene ningún tipo de dificultad. Un ser omnipotente es aquel que no necesita a nadie, es poderoso en todos los sentidos, tiene un poder inagotable y sin límites, un poder infinito e ilimitado.

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Como especifica la definición, la omnipotencia se caracteriza por pensar y creer firmemente que uno puede con todo.

No importa lo que la vida nos depare, ni las dificultades que nos pongan la zancadilla, «yo puedo», así que, ¿para qué preocuparme?

Es más, ni siquiera pasa por nuestra imaginación pensar que no vayamos a ser capaces de salir siempre airosos.

Hasta que comienzan a aparecer las consecuencias de esa creencia. Puede que al principio tímidamente con síntomas que, por lo general, pasan desapercibidos y a los que más adelante diréctamente ignoramos.

Cansancio, estrés, angustia y en especial, mucha rabia.

¿Contra quién? Contra nosotr@s mism@s, contra la vida, contra «el culpable» de turno. Tristemente somos incapaces de darnos cuenta de que quién dice siempre sí, somos nosotr@s mism@s.

Como siempre en la vida, es más fácil culpar a otro de nuestras desgracias que reconocer y darnos cuenta de que quién decide siempre es uno mismo, nadie más.

El término omnipotencia generalmente se asocia a Dios, el que todo lo puede. ¿Será que en nuestra estúpida arrogancia estamos convencidos de que somos dioses?

Probablemente sí.

Es habitual observar este comportamiento en los niños y en los adolescentes en especial. En el caso de los niños éstos van aprendiendo, a medida que crecen, que existen límites que les indican que su poder no es infinito, que existen topes, gracias a ello se van formando y preparando para enfrentar la vida.

En la adolescencia el aprendizaje, muchas veces, se realiza a golpes. La vida o el otro les detienen (menos mal!)

Pero, ¿que pasa cuándo la lección no se aprendió?

La temeridad y la enorme dificultad para decir que no, constituyen dos de las consecuencias más frecuentes.

Si digo que no quizás piense de manera inconsciente que no puedo, y eso, por supuesto, es inadmisible.

La incapacidad para negarse ante cualquier cosa está ligada a una convicción profunda de creer y pensar que yo solo puedo asumir lo que venga, entonces si digo que no a alguien significaría que soy débil, que no puedo. «Yo me basto y me sobro» reza el dicho popular.

Si éste es el caso, es lógico que jamás necesite a otro, ¿para qué?

Con frecuencia nos encontramos frente a personas de 30, 40, 50 y hasta 80 años, que siguen con ese sentimiento de omnipotencia intacto. Quizás se trate de individuos que han tenido mucha suerte en la vida y en apariencia su experiencia les ha demostrado que es verdad, que son omnipotentes.

Pero, la realidad les termina por demostrar que están equivocados.

Ay! el batacazo cuando se dan cuenta de que no es así es enorme.

Entonces aparece la rabia o se deprimen. Recordemos que rabia y depresión son las dos caras de una misma moneda.

Estas personas se encuentran ante una disyuntiva: si siempre he podido con todo, ¿por qué ahora no es así? La disonancia cognitiva está servida.

Es verdad que no entienden el porqué.

Suele suceder que un hecho o una situación en concreto les haga abrir los ojos… o no.

Si en este punto no dan el salto hacia la consciencia y se dan cuenta de que su funcionamiento infantil les ha conducido a esa situación, se les va a hacer aún más difícil el camino porque estarán cada vez más ciegos.

Recordemos que no hay que confundir la valentía con la temeridad. En el primer caso se conocen de antemano las consecuencias que trae una actuación, y aún sabiéndolo, se actúa. En el segundo caso se enfrentan al peligro ciegamente sin contemplar las consecuencias que pueden acarrear su enfrentamiento.

Están convencidos de que van a salir ilesos porque siempre ha sido de esa manera.

«Crecer duele». Aceptar que no se puede con todo y de que siempre se necesita a otro, les hace vulnerables.

El antídoto para neutralizar esta dolencia es una buena dosis de humildad.

Reconocer que nuestro cuerpo tiene límites y que es indispensable escucharlos y respetarlos, impedirá continuar actuando en un registro omnipotente a la hora de enfrentar las obligaciones y los avatares de la vida.

La humildad también nos enseña que necesitamos de otro y, que no por eso somos menos fuertes.

Para conseguir superar este funcionamiento infantil, aprendamos a decir que no, sabiendo que hay cosas que no podemos asumir porque tenemos límites. Cuando se aceptan la propia fragilidad y la propia vulnerabilidad, nos humanizamos, y, gracias a este proceso se va curando la omnipotencia.

En mi próximo artículo hablaré sobre la crueldad.

(Imagen: www.dfjr.blogspot.com)

La frustración

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Por Clara Olivares

Sucede con frecuencia que nuestros deseos y nuestras necesidades no llegan a cumplirse de la forma en que quisiéramos.

¿Cómo reacciono ante ese sentimiento?

Quizás sienta mucha rabia o tristeza, la cara b del enfado.

Si nos limitáramos exclusivamente a tener ese sentimiento, no habría problema. Éste viene cuando nuestra actuación desemboca en una pataleta, una agresión, una descalificación, etc.

En el Vigeland Park de Oslo (Noruega) hay una escultura muy elocuente de un niño teniendo un ataque de rabia (o una pataleta).

Pués así nos ponemos cuando algo es contrario a nuestros deseos. Ya adultos no lo expresamos de una forma tan directa (¡teóricamente!), pero en nuestro interior somos igual a ese niño.

A que no resulta muy bonito, ¿cierto?

Afortunadamente en este tema la educación juega un papel esencial. Si nos dejaron silvestres y no hubo un adulto cerca que nos pusiera un límite, es decir, que detuviera ese estado emocional, lo vamos a tener muy complicado en el futuro.

No es sólo porque el espectáculo es lamentable, sino porque en el interior de esa persona la angustia se desboca.

De allí la imperiosa necesidad de aprender a parar, de desarrollar un «umbral de tolerancia a la frustración».

Entre más alto sea éste, menos sufrimiento vamos a padecer.

Si desde pequeños nos enseñan a parar y a comprender que esa desazón no dura eternamente y, más aún, que somos capaces de soportarla sin desintegrarnos, nos habrán hecho un favor enorme.

Los niños piden a gritos (literalmente) que les marquen un límite, que les paren, ya que ellos aún no son capaces de hacerlo por sí mismos.

La educación es un proceso que poco a poco permite que el individuo interiorice los límites y ya no sea necesaria la presencia de otra persona para que lo haga por él.

La desazón es tan grande y la angustia que se vive es tan insoportable que la persona hace lo que sea para que ésta cese.

El aprendizaje a realizar es «quedarse y sentir la angustia». No es agradable, evidentemente, pero la cantidad de sufrimiento que nos ahorramos bien lo vale.

Me pregunto si la tendencia social imperante de satisfacer los deseos en el instante mismo en que éstos surgen no tendrá su raíz atrapada en este estadío infantil.

Puede que nos hayamos construído ideas catastróficas de lo más descabelladas en nuestro imaginario sobre todo aquello que nos sucedería si aguantáramos el chaparrón, por eso es imprescindible para la persona que lo vive, escapar como dé lugar de ese sentimiento.

Repito, para salir del estado infantil, el antídoto para la frustración es quedarse y vivir la angustia.

Poco a poco se va aprendiendo que «no nos vamos a morir» y «que la podemos soportar». Aplazando la satisfacción inmediata de esos deseos o de esas necesidades se puede superar el sentimiento de frustración.

De otra forma me parece muy difícil.

Se trata de ir construyendo poquito a poquito ese «umbral de frustración» del que he hablado.

En mi próximo artículo hablaré sobre la omnipotencia.

(Imagen: www.guide.esntrain.org)

La depresión

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Por Clara Olivares

Antes de comenzar el artículo quiero aclarar que voy a hablar de la depresión vital, no de la depresión clínica, esa es otro asunto.

La depresión ha sido denostada, temida, vapuleada, degradada, descastada, pero yo soy una gran fan de ella.

Me sorprende el miedo que por lo general despierta. Es el coco, la «bicha», nadie quiere saber de ella.

¿Por qué se la teme de esa manera?

Imagino que la rodea un halo de prejuicios: «es malo deprimirse«, aunque no se dice por qué, «debes evitar deprimirte«…

Me parece que a las personas se les dispara el imaginario más catastrófico cuando se la nombra.

Pero me parece que justamente, es gracias a ella que contactamos con nuestros sentimientos más profundos.

Cierto es que cuando se destapa la caja de Pandora, no podemos saber (ni controlar) de antemano que puede salir de ella, y, eso genera mucho miedo.

Lo que no sabe la mayoría de la gente es que, deprimirse forma parte del proceso vital de crecimiento interior, en otras palabras, madurar.

Sólo cuando contactamos diréctamente con nuestros sentimientos y permitimos que éstos nos embarguen, sabremos quienes somos en realidad.

Sé de un caso en el que un señor un día se sentó en una silla (sólamente salía para ir a trabajar) y estuvo llorando durante un mes. Al cabo de ese tiempo, se levantó y retomó su vida cotidiana.

Jamás un proceso vital se completa totalmente hasta que no nos deprimimos.

Es necesaria, en algún momento de nuestra vida tenemos que deprimirnos y sentarnos a llorar.

Si no contactamos con nuestro sentir profundo y verdadero jamás conseguiremos la madurez.

Me decía una terapeuta: «para que un proceso terapéutico se complete, es indispensable que la persona viva una buena depresión«.

Gracias a ella nos humanizamos.

Es como si, de alguna forma, comenzáramos a ver el mundo desde otra óptica. Las cosas de la vida pasan de ser «blanco o negro» para adentrarnos en una visión que contempla todas las gamas del gris.

Ante cualquier evento al que nos enfrentamos podemos comenzar a mirar muchos más aspectos, aparte de lo que resulta obvio. Es como si comenzáramos a observar todo aquello que tiene lugar «tras bambalinas».

Seremos capaces de mirar «más allá» y, lo más importante, el órgano que comienza a tomar relevancia es el corazón.

Vemos con los ojos del corazón, no con los de la razón.

Y, eso, marca una diferencia abismal.

No estamos habituados a contemplar el mundo desde esta perspectiva, ni el mundo tampoco.

El corazón tiene razones poderosas para sentir lo que siente, aunque en muchas ocasiones se nos escape su significado profundo.

Podemos engañar a la razón con un discurso elaborado, pero al corazón, jamás.

Y es aquí cuando entran en juego todos los posibles sentimientos que alguien o algo nos despierta. Escapan a los juicios… se siente lo que se siente sin más.

¿Por qué no intentamos ser honestos con lo que sentimos? Hagamos la prueba. Igual nos sorprendemos.

En mi próximo artículo hablaré sobre la frustración.

(Imagen: www.revistareplicante.com)

La renuncia

 

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Por Clara Olivares

«La renuncia es el acto jurídico unilateral por el cual el titular de un derecho abdica al mismo, sin beneficiario determinado». Wikipedia.

Esta definición desde el punto de vista jurídico, creo que aclara muy bien el término.

Hace referencia al acto de dejar de ser beneficiario de algo, sin explicar las razones que han llevado a ello.

Me atrevería a afirmar que son dos las circunstancias en las que una renuncia tiene lugar: la que viene dada por una decisión personal sin hechos precedentes que la motiven; y, la que un sinnúmero de circunstancias han llevado a ella.

En el primer caso, se decide abstenerse de algo, un privilegio, una relación, dinero, una herencia, etc. por múltiples razones de índole personal.

En el segundo caso, la cosa es más compleja.

Me explico. En algunas ocasiones un ser humano se haya en una situación en la que pierde cosas… salud, justicia, bienes, y se encuentra ante la realidad que constata esa pérdida.

Como dirían es España: ¿y eso cómo se come?

La primera reacción, por lo general, es que se niegue la evidencia. Máxime cuando esa pérdida representa una parte importante de nuestra identidad.

La negación no hace que el hecho desaparezca mágicamente, ¡ojalá!

Pasada esta fase, la cruda realidad continua estando presente, y, ésta, no la podemos seguir negando. Sería como intentar tapar el sol con las manos: es imposible.

Esta constatación da paso a una época de luto. Sí, me parece que es muy importante autorizarnos a vivir el dolor que nos causa la desaparición de eso que tuvimos y ya no está.

Seguramente nos provocará mucha rabia en un principio, luego vendrá la necesidad de llorar la pérdida. Es necesario y sano hacerlo.

No podemos desvincular a nuestro corazón de nuestra vida. Lo que sentimos está ahí.

Otra cosa es que lo podamos escuchar…

Llegados a este punto, nos encontramos ante dos caminos: seguimos furiosos con la vida y nos amargamos, o, aceptamos la situación.

No es fácil, que duda cabe, pero no tenemos alternativa si decidimos que no nos queremos amargar.

Imagino que a ésto se le llama madurez.

Se requiere una gran dósis de humildad… supone un bofetón para la omnipotencia. Finalmente comprobamos que no podemos con todo, la VIDA no se puede controlar.

En mi próximo artículo hablaré sobre la necesidad de tener un sueño en la vida.

(Imagen: www.mipequeniograndiario.blogspot.com)

Los mecanismos de defensa

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Por Clara Olivares

Durante décadas los mecanismos de defensa se han percibido como algo negativo que es necesario desactivar.

Las terapias cuyo único objetivo es abolirlos pueden llegar a causar mucho daño ya que dejan al sujeto desamparado, es decir, le despojan de las muletas que le ayudan a enfrentar su vida cotidiana, aunque éstas no sean las ideales.

Darse cuenta de cuales son los mecanismos que utilizamos, no significa en ningún momento erradicarlos sin más. Antes es necesario asegurarse de que la persona ha construido un soporte identitario en el cual apoyarse para enfrentar la vida.

Hasta que no se haya construido otra forma más sana de relacionarse con los otros y con el mundo, es poco recomendable dejar desnudo psíquicamente al individuo. Si no se le ha dotado de unos mecanismos útiles para enfrentarse al mundo, es un acto de irresponsabilidad despojarle del único recurso que posee.

Descubrir de manera consciente cuales son los mecanismos que utilizamos, sólo será posible en la medida en que seamos capaces de reconocer y de asumir las actuaciones que ponemos en marcha cuando la vida nos coloca ante una dificultad.

En otras palabras, lo que percibiremos de nuestra propia realidad serán únicamente aquellos aspectos que somos capaces de ver.

En numerosas ocasiones ésta nos desborda ya que su dureza la hace inasumible.

¿Significa ésto que somos unos inútiles gestionando nuestras particularidades para conseguir la ansiada madurez? No necesariamente.

El nombre más adecuado para designar a estos mecanismos sería «mecanismos de supervivencia» más que de defensa. Quizás si no hubiéramos recurrido a ellos no habríamos preservado a nuestra psiquis de la locura.

Gracias a ellos mantuvimos un anclaje en la realidad, sin su ayuda, probablemente nos hubiéramos adentrado en un mundo del que quizás no podríamos regresar.

Ver nuestra realidad directa y claramente no siempre es posible.

¿Cómo ser consciente de que siento tanto dolor, o, de que soy víctima de tanto maltrato, o, de tanto abandono, o, de tanto abuso?¿Cómo hacer para seguir soportando esa realidad sin desear morir?

Son numerosas las situaciones en las que la única alternativa que tiene una persona es la de desaparecer (física, emocional o psíquicamente).

Felizmente la psiquis despliega unos mecanismos que preservan al individuo y le ayudan a hacer soportable su realidad.

Es como si de forma inconsciente la mente tuviera que escoger entre morir (física o psíquicamente) o recurrir a una herramienta que distorsione la realidad pero le preserve la vida.

Una vez que la situación de peligro ha desaparecido, bien porque ésta ha cesado, o bien porque ya no se está en ese entorno, o porque se ha buscado ayuda; el primer paso es asumir las propias actuaciones, luego hacerse responsable de ellas y por último decidir si se desea o no modificarlas.

Evidentemente existen grados de gravedad. No es lo mismo olvidar el cumpleaños de un conocido a olvidar una violación sufrida.

Son numerosos los mecanismos de defensa que utilizamos. Desarrollamos aquellos que nos permiten sobrellevar las frustraciones y las amenazas que nos circundan.

Evidentemente, es el inconsciente quien se encarga de activarlos. El ejercicio de cada persona es el de llevar esos mecanismos inconscientes a la consciencia. Sólo en la medida en que alguien ejercita la introspección conseguirá el éxito en esta tarea.

He escogido cuatro de ellos, ya que me parecen que son los que la mayoría de nosotros utilizamos.

  1. 1.    Disociación: se refiere al mecanismo mediante el cual el inconsciente nos hace olvidar enérgicamente eventos o pensamientos que serían dolorosos si se les permitiese acceder a nuestro pensamiento consciente. Ejemplo: olvidarnos del cumpleaños de antiguas parejas, fechas, etc.
  2. 2.    Negación: se denomina así al fenómeno mediante el cual el individuo trata factores obvios de la realidad como si no existieran. Ejemplo: cuando una persona pierde a un familiar muy querido, como por ejemplo su madre, y se niega a aceptar que ella ya ha muerto y se convence a sí mismo de que sólo está de viaje u otra excusa.
  3. 3.    Proyección: es el mecanismo por el cual sentimientos o ideas dolorosas son proyectadas hacia otras personas o cosas cercanas pero que el individuo siente ajenas y que no tienen nada que ver con él.
  4. Racionalización: es la sustitución de una razón inaceptable pero real, por otra aceptable. Ejemplo: un estudiante no afronta que no desea estudiar para el examen. Así decide que uno debe relajarse para los exámenes, lo cual justifica que se vaya al cine a ver una película cuando debería estar estudiando.

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Estos mecanismo son muletas que ayudan a hacerle frente a la realidad. Cuando llegan a convertirse en elementos que perjudican a quien los utiliza, entonces ha llegado el momento de cambiarlos por otros que no sean limitantes para el individuo.

Finalmente el objetivo que se desea alcanzar es relacionarse con los otros y con el mundo sin causar daño.

Lo que quiero decir es que estos mecanismos cumplen una función, generalmente de preservación. Todos los recursos que desplegamos en determinado momento de nuestra vida, no son un acto caprichoso; tienen una razón de ser, lo importante es descubrir cuál es.

Me gustaría dedicarle un espacio especial a la sublimación.

Un proceso psíquico algo diferente, aunque suela confundírsele erróneamente con los mecanismos de la defensa psíquica, constituye la sublimación. Aquí el impulso es canalizado a un nuevo y más aceptable destino. Se dice que la pulsión se sublima en la medida en que es derivada a un nuevo fin, no sexual, y busca realizarse en objetos socialmente valorados, principalmente la actividad artística y la investigación intelectual. Ejemplo: el deseo de un niño de exhibirse puede sublimarse en una carrera vocacional por el teatro.

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Como bien reza su definición se utiliza esa energía para convertirla en algo más productivo para el individuo y quienes le rodean.

Parece que todos nuestros actos creativos se apoyan sobre este mecanismo. Cualquier manifestación de la creatividad en cualquier terreno: el lenguaje, el artístico, e incluso la solución que alguien encuentra para un problema es de origen creativo.

Si no sublimáramos toda la rabia, la frustración y la impotencia que nos causa la vida, probablemente nos convertiríamos en seres muy destructivos.

Al sublimar estamos alimentando la creatividad, y, ésta es una opción mucho más sana y constructiva.

En mi próximo artículo hablaré sobre los pervers@s.

(Imagen: www.visionpsicologicablogspot.com)

 

El sufrimiento

 

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Por Clara Olivares

El sufrimiento es la sensación motivada por cualquier condición que someta a un sistema nervioso al desgaste. El sufrimiento, como cualquier otra sensación, puede ser consciente o inconsciente. Cuando se manifiesta de forma consciente lo hace en forma de dolor o infelicidad, cuando es inconsciente se traduce en agotamiento o cansancio.

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sufrimiento s. m.

1   Dolor o padecimiento físico o psíquico que experimenta una persona.

2   Paciencia con que se sufre o se soporta una desgracia.

 Diccionario Manual de la Lengua Española

 No sé porqué últimamente tengo la sensación de que estamos viviendo una época en la que se buscara conscientemente el sufrimiento físico y la proliferación de gimnasios me ha dado qué pensar.

Si bien es una alternativa atractiva para todas aquellas personas que, de no existir esos lugares, no sacarían el tiempo ni el espacio para hacer ejercicio. Dejando de lado este aspecto, me pregunto si esta súper-abundancia de ofertas no estará mostrando algo más profundo (socialmente hablando) que el simple deseo de estar en forma.  

Me pregunto si quizás no se estará buscando de manera inconsciente llenar un vacío, la falta de contacto con las emociones y por lo tanto la imposibilidad de sentirlas y expresarlas.

Ante una persona que a través del ejercicio físico somete a su cuerpo al dolor de forma consciente, me asalta la duda de si no se está sobrepasando los límites internos con el fin de conseguir esa apariencia física perfecta a toda costa, aquella que difunden los medios de comunicación.

¿Un dolor como recompensa?

Los cuerpos que nos muestran son cuerpos ideales, perfectos, con el plus de haber sido sometidos a largas sesiones de photoshop.

El impacto viene cuando te miras al espejo y te encuentras con un cuerpo real, que en la mayoría de los casos, no coincide con aquel que se empeñan en mostrarnos hasta la saturación.

¿Y cuál es la reacción inconsciente que se experimenta ante esa constatación? Seguramente el sufrimiento, grande o pequeño.

Entonces, ¿no será esta práctica un mecanismo para acallar de forma inconsciente el sufrimiento psíquico que produce intentar alcanzar la perfección el todas las facetas de su vida?

Porque ¿qué sucedería si me dejo sentir el dolor que tengo en el alma?

Recordemos que cuando alguien se permite sentir se hace más humano.  Pareciera que mostrarse vulnerable, frágil, fuese algo prohibido.

Está demostrado que negar lo que se siente lleva a que se disparen las alertas emocionales de ansiedad y frustración, hasta llegar a la pérdida de la consciencia del dolor, es decir, no admitir su existencia.

Ser consciente del dolor emocional nos hace humanos y ésta particularidad permite que establezcamos conexiones con otros, que creemos vínculos afectivos. Sin ellos terminaríamos por convertirnos en seres fríos, distantes y sin emociones, incapaces de ser empáticos, en otras palabras, nos volveríamos personas perversas.

El antídoto para evitar que esa transformación se lleve a cabo consiste es reestablecer la conexión con nuestra parte emocional, con el sentir. Parece que para algunas personas el experimentar ese dolor físico supliera su incapacidad para conectar y expresar su dolor emocional.

El hecho de desplegar las antenas que nos permiten captar la alegría y el dolor propio y ajeno, hace que entremos en contacto con el sufrimiento.

Sería interesante analizar cómo gestiono mi propio sufrimiento.

¿Soy consciente de él?

¿Se manifiesta a través de la ansiedad, la frustración o el agotamiento?

¿Le estoy dando un espacio a mis emociones?

Creo que éste sería un buen momento para superar el miedo que produce el sufrimiento. Si no somos capaces de experimentarlo nos iremos muriendo poco a poco interiormente.

En mi próximo artículo hablaré sobre los hijos parentalizados.

(Imagen: www.a-different-way.blogspot.com)

 

 

La orfandad

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Por Clara Olivares

Se sabe que los padres morirán algún día, es ley de vida. Aún así, jamás se está preparado para esa pérdida.

En el momento en que uno se queda huérfano, da igual la edad que se tenga, el sentimiento de desamparo que se experimenta es el mismo.

Puede que hayamos creado una nueva familia, que tengamos hijos que ya sean mayores de edad, que dispongamos de un sólido grupo de amigos, etc. La intensidad de la tristeza que nos embarga no disminuye.

Muchas veces desplegamos un recurso mental para amortiguar el golpe: la racionalización. Esta consiste en analizar la situación desde un distanciamiento emocional, de manera que este análisis se convierta en algo «objetivo» desprovisto de emociones.

¿Significa eso que, ya pasó el dolor? NO, desde luego.

Cada un@ de nosotr@s necesita un tiempo, su tiempo, para poder procesar el nuevo estado y aceptarlo.

No es únicamente el hecho de haber perdido al otro padre, sino el de verse abocad@ al estado de orfandad.

Aunque «sepamos» que llegará el día en el que ya no van a estar, la pérdida es doble: por un lado está la de los padres y, por el otro, la de ese paraguas bajo el cual nos guarecíamos.

De un momento a otro nos hayamos «solos» ante el mundo y ante la vida.

Quizás siempre lo hayamos estado, pero lo que adquiere relevancia es como se vive esa nueva realidad.

Aunque nuestros padres no hayan sido protectores, la sensación que experimentamos es la de habernos quedado desprotegidos.

Ya no disponemos del refugio al cual acudíamos cuando las tempestades de la vida nos azotaban.

En él encontrábamos un techo bajo el cual protegernos mientras se calmaba el temporal.

De pronto nos encontramos sin ese amortiguador que permitía minimizar la fuerza con la que nos golpeaban las vicisitudes de la existencia.

Es como si nos encontráramos en la primera línea de fuego en un batalla.

A partir de ese momento, nos tenemos que enfrentar a los peligros a pecho descubierto. Somos nosotros quienes vamos a sentir toda la fuerza de la embestida.

Y esa sensación asusta.

¿Cómo voy a hacer para encajar los nuevos golpes yo sol@?¿Seré capaz de hacerlo?

Se disparan en nuestro interior todos nuestros miedos, se desata el imaginario que hasta la fecha pasaba desapercibido.

No es fácil ni se puede aceptar esta nueva realidad con rapidez.

Contactamos de golpe con esos monstruos que estaban agazapados y que, por esa misma razón, no estaban a la vista.

Parece que al ser un hecho asumido social y personalmente, pasa sin grandes estruendos, se ha banalizado con el tiempo.

Pero si rascamos un poquito, nos encontraremos con los sentimientos y con las emociones que despertaron en nosotr@s, el hecho de haber perdido a nuestr@s padres.

Y curiosamente, es en ese instante en el que se pone de manifiesto un cambio: aflora el bagaje que ellos depositaron en nosotr@s. Surge el legado que nos dejaron.

Y éste, no deja de sorprendernos. De golpe, o de forma paulatina, vamos descubriendo quienes fueron ellos.

A lo mejor comenzamos a darnos cuenta de que vivieron una vida intensa, o, por el contrario, que tuvieron una existencia anodina. Descubrimos que tuvieron una vida propia antes de ser padres.

Os invito a descubrir quienes han sido (o fueron) vuestros padres. Es un viaje apasionante.

A través de ese periplo se comienza a comprender un sinfín de cosas relacionadas con nosotros mismos.

Incluso, se llega a «saber» que aquellas cosas que uno percibía y que eran «innombrables», tenían una razón de ser, no eran una invención de nuestra propia cosecha.

Es entonces cuando se comienza a respirar más tranquilamente.

En mi próximo artículo hablaré sobre la nostalgia.

(Imagen: www.pelotadetrapo.org.ar)

 

Cuando nos rompen el corazón

www.doctorpercyzapata.blogspot.com

Por Clara Olivares

Esta idea se asocia, casi exclusivamente, con un amor no correspondido. Desafortunadamente, no es un patrimonio exclusivo de la pareja.

Todos los seres humanos creamos vínculos afectivos e identitarios con otras personas o con otros grupos.

Puede tratarse de la familia, de los amigos y/o de una institución.

Depositamos en ellos unas expectativas que nacen de múltiples factores, como por ejemplo, de la educación recibida y de la experiencia vivida.

Uno de los aspectos que juega un papel importante en este terreno, son los valores morales que cada uno de nosotr@s posee.

Éstos los vamos forjando a lo largo de nuestra vida.

En función de lo que consideramos que «debe» ser un amig@, o, una familia, o, un grupo, esperamos tal o cual respuesta.

Generalmente se sabe de qué material estamos hechos cuando nos encontramos en una situación de necesidad.

Y, también nos damos cuenta de la generosidad o del egoísmo de los otros.

Cuando se atraviesa una situación difícil y le pedimos a otro que nos socorra, esperamos que nos tienda la mano de la misma forma en que nosotros lo haríamos con él.

Cuando constatamos que priman los propios intereses sobre nuestra llamada de auxilio, se nos rompe el corazón.

La idea que nos habíamos hecho de esa persona se rompe estrepitosamente.

Como en casi todo, hay unas roturas más dolorosas que otras.

Algunas nos dejan herid@s de muerte.

En estos casos, no nos queda más remedio que recoger los trozos de nuestro corazón destrozado y recomponerlo.

De lo que no somos demasiado conscientes es de que, en algunos casos, nos rompieron el corazón siendo muy jóvenes, incluso niñ@s.

Situaciones de abandono psicológico (no necesariamente físico), desamparo y desprotección dejan huellas imborrables en el alma y en la psiquis de una persona.

Descubrir, de adulto, que nos dejaron solos ante nuestra suerte, o, que incluso fuimos nosotr@s mism@s quienes cuidamos y protegimos a nuestros padres es un duro golpe.

Con el paso de tiempo nos vamos dando cuenta de que nos hicieron añicos el corazón. Hay personas que buscan la manera de recomponerlo buscando el contacto con otros ajenos al entorno familiar y creando vínculos profundos.

Estos vínculos se van convirtiendo en una pertenencia que provee al sujeto del sostén identitario necesario para poder sobrevivir.

Cada uno de nosotr@s nace en un entorno en el que no existe ninguna posibilidad de elegir a su propia familia. Felizmente, en el caso de las amistades gozamos de un amplio margen de elección.

En la convivencia se ponen de manifiesto las cualidades y los defectos más llamativos de cada un@ de los miembr@s de nuestras familias y de nuestros allegados.

Hay quienes nacen con una predisposición innata que le impulsa a dar, es decir, a poder anteponer las necesidades de otra persona a las suyas propias.

En otras palabras, éstas son aquellas personas que poseen un corazón generoso.

Pero, de igual manera, están quienes son incapaces de dar y priman en cada ocasión sus intereses personales a los de alguno o algunos de los de la familia o de los amig@s.

Suelen ser personas egoístas, centradas en sí mism@s.

Puede que hasta que no se presenta una situación que brinda la oportunidad de mostrarse generos@ (o no), no llegamos a conocer el corazón de estas personas.

Surge entonces una pregunta: ¿Por qué no me ha ayudado cuando le necesité?

Constatar que un miembro de la familia, o alguien cercano, nos niega una ayuda cuando puede darla, hace que se nos encoja el corazón.

Es una actuación inesperada, y quizás por esa misma razón, es que nos rompe el corazón.

Finalmente, buscamos en la familia y en las personas cercanas ese gesto que nos indica que nos encontramos ante alguien que sabe dar, que puede ver más allá de sus narices, y contemplar al otro.

Podemos no estar de acuerdo con sus ideas o con su forma de vivir, pero por encima de estos aspectos está la capacidad de compadecernos de ese otro que sufre o que nos necesita.

En este punto radica la diferencia entre una persona egoísta o una persona generosa.

En algún momento de nuestra vida decidimos que tipo de interacción estableceremos con otro.

Nuestros actos revelarán cuál fue nuestra decisión.

En el próximo artículo hablaré sobre lo que implica cuidar de otro.

(Imagen: www.doctorpercyzapata.blogspot.com)

El sentido de la vida

 Coscarmauricioysusnotas.blogspot.com1

 

Por Clara Olivares

¿Para qué vivir?

Esta es una pregunta que, si bien no nos la hacemos constantemente, sí nos la planteamos en algún momento de nuestra vida.

El cine, la literatura, la filosofía, la religión, la teología, etcétera, etcétera, etcétera, han intentado dar una respuesta.

Honestamente, no sé si lo han conseguido o no, dejando a quien pregunta satisfecho con su respuesta.

Pero el objetivo de mi escrito no pretende contestar a esa pregunta, creo que sería una gran pretensión por mi parte intentar hacerlo.

Lo que me interesa, es que independientemente de las creencias personales,  cada un@ de nosotr@s necesita algo que le dé sentido a su propia existencia.

La única realidad que conocemos es que nacimos, estamos vivos. ¿Lo pedimos? ¿Lo escogimos? ¿Fué el azar quién nos colocó en este mundo?

Cada persona tendrá su propia lectura.

Puede que se tenga una relación transcendente o inmanente con la vida.

Lo que sí es cierto, es que los momentos de sufrimiento y de gozo, vienen a ser idénticos para TOD@S.

No creo que exista una forma mejor que otra. Cada un@ se crea la suya propia, ésa que le anima a levantarse todas las mañanas y salir de la cama.

Para algunos será una utopía, o, un sueño, o, un Dios, o, un@s hij@s, o, una pareja, o, una familia.

Lo que cuenta es que le sirva.

¿Qué hace que desee continuar viv@? Me parece que la pregunta es ésa.

Ya sabéis que me encanta partir de una definición para desarrollar un tema. Y, este artículo no va a ser la excepción.

Hay personas que tiene una relación con la vida desde la transcendencia, y otras, desde la inmanencia.

Wikipedia las define y señala la diferencia entre ámbas.

El sentido más inmediato y elemental de la voz trascendencia se refiere a una metáfora espacial. Trascender (de trans, más allá, y scando, escalar) significa pasar de un ámbito a otro, atravesando el límite que los separa. Desde un punto de vista filosófico, el concepto de trascendencia incluye además la idea de superación o superioridad. En la tradición filosófica occidental, la trascendencia supone un «más allá» del punto de referencia. Trascender significa la acción de «sobresalir», de pasar de «dentro» a «fuera» de un determinado ámbito, superando su limitación o clausura.

Así, Agustín de Hipona (San Agustín) pudo decir, refiriéndose a los platónicos: «trascendieron todos los cuerpos buscando a Dios». Trascendencia se opone, entonces, a inmanencia. Lo trascendente es aquello que se encuentra «por encima» de lo puramente inmanente. Y la inmanencia es, precisamente, la propiedad por la que una determinada realidad permanece como cerrada en sí misma, agotando en ella todo su ser y su actuar. La trascendencia supone, por tanto, la inmanencia como uno de sus momentos, al cual se añade la superación que el trascender representa.

Lo inmanente se toma entonces como el mundo, lo que vivimos en la experiencia, siendo lo trascendente la cuestión sobre si hay algo más fuera del mundo que conocemos. Es decir afrontar lo que es el universo. Las respuestas a esta cuestión tienen un origen cultural en lo mágico-religioso y su reflexión crítica en la filosofía.

La filosofía tradicional orienta la cuestión de la trascendencia hacia una demostración o prueba de la inmortalidad del alma y de la existencia de Dios. Para ello se recurre a la analogía del Ser.

En otras palabras, se tiene una visión transcendente (se cree en un Dios) o inmanente (tengo la convicción de que ésta es la única vida que voy a vivir) de la existencia.

Para aquellas personas que creen en un Dios, la tarea de sobrellevar su propia vida resulta menos difícil de gestionar. Finalmente, su paso por la tierra tiene un sentido claro gracias a las respuestas que hallan en su Dios.

En cambio, para los que no creen en él la cosa no está tan clara.

Éstos tienen que inventarse en qué creer y agarrarse a ello para poder sobrellevar su propia existencia.

¿En qué creo? Esta pregunta me recuerda la fabulosa película de Woody Allen, «Love and death» que plantea muy claramente todos estos mismos interrogantes.

Como planteo más arriba, el dolor y la incertidumbre que suponen estar vivo son los mismos para todos los seres humanos, creyentes y no creyentes.

La existencia es como subirse en un tobogán, en un instante estás arriba eufórico y feliz, y al siguiente vas en picado hacia abajo sintiendo un gran vacío en el estómago.

El sentido que un@ va dándole a su propia vida varía a lo largo de la misma.

Hoy soy un ate@ recalcitrante y mañana me convierto en un creyente devoto.

Creo que jamás podemos pensar y creer que tenemos todas las respuestas y que éstas permanecerán idénticas hasta que muramos.

Nos puede sobrevenir una enfermedad, o, un accidente, o, lo que sea que hace que nuestra concepción de la existencia cambie por completo.

La vida es tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo. Es una paradoja andante.

¿Cómo la resuelvo? ¿De qué me aferro para soportarla?

Me parece que la creatividad juega un papel muy importante en este aspecto.

Estoy convencida de que todo muta, se transforma y no nos queda más remedio que aceptarlo y adaptarnos.

¿Merece la pena combatir todo y a todos para que no nada cambie?

Creo que ésta actitud supone un gasto enorme de energía. ¿Y si utilizamos esa fuerza para reinventarnos? o, ¿Aprendemos un nuevo oficio? o, ¿Intentamos hacernos la vida más llevadera (a nosotr@s mism@s y a los demás?

En fin, las alternativas son infinitas.

En mi próximo articulo hablaré de lo que nos sucede cuando nos rompen el corazón. 

(Imagen: www.oscarmauricioysusnotas.blogspot.com)