La nostalgia

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Por Clara Olivares

La nostalgia (griego clásico νόστος «regreso» y ἄλγος «dolor») es descrita como un sentimiento o necesidad de anhelo por un momento, situación o acontecimiento pasado.

La nostalgia es referida comúnmente no como una enfermedad ni un campo del estudio, sino como un sentimiento que cualquier persona puede atravesar en cualquier etapa biológica. La nostalgia es el sufrimiento de pensar en algo que se ha tenido o vivido en una etapa y ahora no se tiene, está extinto o ha cambiado. La nostalgia se puede asociar a menudo con una memoria cariñosa de la niñez, un ser querido, un cierto juego o un objeto personal estimado, o un suceso en la vida del individuo.

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Encuentro muy interesante esta definición. Las raíces griegas que conforman el término son muy precisas.

«Regreso» y «dolor». Se anhela volver a ese lugar, o, a esa situación, o, a esa relación, o, a esa edad… en que se vivió algo que nos marcó y que en el momento actual echamos de menos.

El presente no se puede comprender sin viajar al pasado.

¿Qué situación estoy atravesando en la actualidad que me lleva a suspirar por el pasado?

Puede tratarse de una carencia, o, de una sensación de protección, o, de un momento de inconsciencia en el cual aún estaban lejos las responsabilidades y la seriedad de la vida.

Es como si se cayera en una lamentación por la pérdida de un «tiempo mejor», o, simplemente, la ausencia de «ese momento».

Valdría la pena preguntarse que significa el «tiempo mejor». ¿Cómo era? ¿Qué sensaciones viví que en el momento presente no estoy viviendo?

Quizás la nostalgia irrumpe porque alguna historia pasada se ha quedado inconclusa.

Encuentro que la nostalgia es un síntoma que aparece en el momento en que nos está sucediendo algo muy concreto en el presente.

¿Que dejé a medias? o, simplemente quedó así porque en el momento en el que sucedió ¿no era posible actuar de otra manera?

El dicho de «cualquier tiempo pasado fue mejor» es muy ambiguo. ¿De que pasado estamos hablando? ¿Qué es exactamente lo que añoro?

Como me diría mi psicoterapeuta: «crecer duele». Y estoy de acuerdo.

Abandonar la niñez o la adolescencia y encararse a la edad adulta a veces puede vivirse como algo traumático. Desde luego, agradable no resulta.

Pero la vida es así. Pretender refugiarnos en el pasado, sólo nos va a causar dolor.

Seguramente se trate de una estrategia de supervivencia que es útil para combatir la fealdad o la dureza del presente.

O, quizás estamos frente a una necesidad profunda de control. Ésta es un espejismo que nos da seguridad, pero la realidad es que el margen que tenemos de controlar la vida es mínimo.

¿No se ha empeñado el hombre denostadamente en controlar la naturaleza, a otros hombres o a la vida?

Han pasado yo no sé cuántos milenios y sigue sin conseguir su objetivo.

Menos mal! Felizmente la vida es un torrente que irrumpe y nos atraviesa. ¿Para qué nos empeñamos con tanto furor en combatirla?

¿Quizás porque en el fondo de nuestro corazón nos asusta y por esa misma razón necesitamos controlarla?

Frente a los avatares de la vida podemos escoger varios caminos: la resignación, el combate y la aceptación.

En el caso de la resignación, la actitud que se adopta es la de bajar los brazos, no luchar. Quizás se percibe como algo demasiado fuerte ante lo cual yo no tengo la menor oportunidad de ganar.

No me queda otra alternativa que la de «aceptarla» aunque esta aceptación se haga a contrapelo y me llene de rabia.

Otra postura es la del combate. Se lucha, se pelea por cambiar o por modificar la realidad.

Esta actitud encierra una trampa: la lucha no siempre garantiza el cambio. Cierto es que se tiene la sensación de que no se permanece impasible ante las dificultades, nos aporta el sentimiento de estar activo y de estar combatiendo la pasividad.

Pero finalmente, se descubre que no por luchar con más ahínco, la realidad va a ser diferente.

Lo que nos conduce a la tercera opción: la aceptación.

En mi próximo artículo hablaré sobre ella.

(Imagen: wwww.pedacitossinpapel.com)

 

¿Quién soy yo?

identidad

Por Clara Olivares

Seguramente en algún momento de nuestra vida nos hemos hecho esta pregunta.

Puede que hayamos intentado encontrar la respuesta a través de diversos caminos.

A lo mejor encontramos la respuesta, o, a lo mejor no. O, quizás aún la estamos buscando.

En cualquier caso, independientemente de los caminos elegidos, una cosa si es cierta: nadie puede vivir sin tener una idea (aunque sea precaria e imprecisa) de quién es.

Para ir construyendo esta idea es necesario que nos adentremos en tres áreas básicas: la familiar, la social y la profesional (o el oficio que nos define en este campo).

Si no sé de dónde vengo es muy difícil que llegue a saber quién soy. Esta dirección nos llevará a indagar en el pasado familiar.

Probablemente será necesario que averigüemos quiénes fueron nuestros abuelos y nuestros padres.

En algunas familias la memoria familiar no está muy clara ni es fácil acceder a ella.

Cabría preguntarse sobre qué bases fue construida la identidad familiar, en otras palabras, contestar a preguntas como: ¿Qué tipo de familia éramos? ¿Cómo nos veía el entorno? ¿Éramos aceptados?, o, por el contrario nos criticaban, etc.

¿Cuál era la mirada que tenía cada uno de los miembros de mi familia sobre nuestros orígenes? ¿Se percibía admiración, o, desprecio, o, vergüenza?

La respuesta que demos a cada una de estas preguntas nos marcará la dirección a seguir.

Todo grupo se crea y se construye alrededor de un mito: «somos los Pérez, los más inteligentes», o, «los más graciosos», o, «los más hábiles para los negocios»…

Da lo mismo que se trate de una familia, una pareja, una amistad o un partido político. El mito fundador (en la mayoría de los casos, inconsciente) es el núcleo alrededor del cual se fundamenta una relación.

Y, en este punto, es cuando «la puerquita torció el rabo», como reza el dicho.

En algunas ocasiones ese mito nace de una carencia.

Me explico: si, por ejemplo, una familia es tremendamente anodina y común, es necesario que se construya un mito que enaltezca y transforme esta carencia. Y entonces se crea el mito de un pasado familiar épico, noble, fuera de lo común para poder dotar a los miembros del grupo de una identidad fuerte.

Pero, desafortunadamente en este caso, se ha creado una leyenda sobre algo irreal.

¿Por qué? Os preguntaréis. Pues por la profunda necesidad de tener algo de valor al rededor de lo cual construirse identitariamente.

Ningún ser humano puede estructurar su identidad sobre algo negativo.

Este podría ser el nacimiento de un miedo: ¿y si el desfase que existe entre mito y realidad es demasiado grande? ¿Dónde queda mi identidad?

No olvidemos que el mito tiene una función: la de aglutinar a los miembros de un grupo y proveerles de identidad.

En ningún momento el mito es fiel a la realidad (o, por lo menos en la mayoría de los casos). Por eso es un mito.

El miedo surge de forma inconsciente porque, en algún lugar dentro de cada uno de nosotros, se «sabe» que lo que cuenta el mito, no se apoya en una verdad.

Entonces, ¿qué hago? ¿hacia dónde me dirijo? ¿y si resulta que las bases de lo que yo soy no existen?.

Este planteamiento me sugiere una imagen:¿recordáis esos programas sobre la naturaleza en los que un miembro de una manada se pierde y queda a merced de los elementos? Ha perdido el arropamiento y la protección que le da el hecho de «pertenecer» a un grupo.

Pareciera algo banal y anodino, pero por desgracia no lo es.

Pienso en esas personas que, para salvar su vida, han tenido que huir de una persecución, o, de un desastre natural, y, que de un día a otro, se encuentran despojadas de todo aquello que representaba su propia identidad: un idioma, un lugar geográfico, una etnia, un paisaje, una familia, un oficio, una pareja…

En otras palabras, el individuo está en un momento de gran fragilidad. Es más vulnerable a los arañazos y a las embestidas de la vida o de los otros. De la misma forma que sucedía con el individuo apartado de su manada.

Saber quién se es, o, dicho de otra forma, poseer una identidad, es, a la vez, algo muy frágil y al mismo tiempo algo muy poderoso.

Se «está» frágil, no se «es» frágil. Felizmente la identidad puede volver a construirse cuando resulta devastada.

Es importante acudir a las diferentes fuentes de las que se alimenta para nutrirse de ellas y reinventarse.

La vida es cambio y es movimiento. Nada permanece igual.

Sí, ésta idea a veces asusta, pero si conseguimos perderle el miedo, nos volveremos a inventar.

Así ha sido la historia de la humanidad, y, la humanidad está hecha de individuos, no lo olvidemos.

En mi próximo artículo hablaré sobre los buenos modales o la llamada buena educación

(Imagen:www.identidadrobada.com)