La culpabilización materna: enseña a someterse al otro

(Por Clara Olivares)

Como vengo haciendo en los dos últimos artículos, continúo desarrollando los interesantes y muy útiles planteamientos que hace el Dr. Neuburger en su libro «L’art de culpabiliser».

Así como la culpabilización paterna enseñaba la sumisión a la norma, la culpabilización materna enseña la sumisión al otro.

Como reza el dicho: «ni tan cerca al santo que lo queme, ni tan lejos que no lo alumbre».

Vuelvo a repetir que cualquier extremo no es saludable, bien sea por ausencia o por exceso.

«Un maestro debe ser temido, escribía Rousseau; para ello hace falta que el alumno esté completamente convencido de que éste tiene el derecho de castigarle pero al mismo tiempo, y en especial, el maestro debe ser amado por su pupilo».

Y la culpabilización materna funciona exactamente igual.

«La búsqueda del amor, o más bien el temor a perder ese amor, son resortes lo suficientemente fuertes como para obtener la sumisión del otro«.

Cuando el adulto (en este caso la madre) ha abusado de ésta herramienta para poder someter y controlar a sus hijos, hace que éstos corran hacia el extremo opuesto.

Me explico, sería como decir lo siguiente: si me intentas someter a cualquier precio, yo me rebelaré con todas mis fuerza para impedirlo. Es el caso que los hijos de unos padres que comulgan con la extrema derecha o la izquierda, más adelante cuando son adolescentes  se vayan al extremo completamente opuesto al de sus padres.

«Se trata de un espacio suficientemente grande como para dar cabida a todos aquell@s que buscan herramientas para hacer sentir culpables a sus hijos o a sus parejas».

«Y es quizás la técnica más explotada actualmente, o por lo menos la más eficaz, ya que la técnica de auto-culpabilización por la vía paterna tiende a desacreditarse por el debilitamiento considerable de la noción de norma.»

Lo curioso del asunto es que, cuando se crece se termina repitiendo el mismo patrón, al menos, claro, que la persona realice un trabajo de apertura de su consciencia a través de un trabajo personal.

Si nos paramos un momento a revisar la historia de nuestra familia, y luego la nuestra, descubriremos atónitos que estamos haciendo exactamente lo mismo que hicieron con nosotros y a lo cual nos oponíamos con manos  y pies.

«La diferencia entre los dos tipos de culpabilización la ilustran muy bien estas dos propuestas: Si me dejas, yo te mato (culpabilización paterna), y, Si me dejas, yo me mato (culpabilización materna).»

«El tipo de culpabilización materna reposa sobre la deuda de amor

Difícil y pesada carga. Si no se entra dentro de los esquemas rígidos de esa madre inconsciente, el precio a pagar suele ser alto. Probablemente se reciba una dosis doble de culpabilización.

«Por lo general ésta tiene una relación directa con las madres, pero contrariamente a lo que podríamos imaginar, su uso no está reservado exclusivamente a las mujeres, los hombres le utilizan casi con el mismo talento».

Sin duda alguna, es una técnica muy efectiva.

«Podríamos resumirla en la siguiente frase: tú debes sentirte culpable frente a tu madre que ha sufrido tanto para tenerte y que tanto ha sacrificado por tí».

» En la literatura ejemplos no faltan. Gisèle Halimi en Fritna (París, Pocket, 2001), escribe: Yo (su madre), ¿que no te amo? Yo que siempre te he cuidado, tú que siempre estabas enfermo. Con fiebre, tus sábanas mojadas, en la noche yo me levantaba para cambiártelas… No tienes vergüenza, yo que hubiera muerto por ti».

Cuando el otro no se somete o no se consiguen los resultados deseados (estoy hablando de un hijo o de una pareja), rápidamente se enarbola la bandera de «… y todo lo que yo he hecho por ti».

Frases del tipo: «he abandonado mi profesión para estar contigo», o, «me deslomo a trabajar para darte una buena vida«, o, «últimamente solo sales con tus amig@s«, suelen desencadenar el mecanismo para hacer sentir culpable al otro. Y lo triste es que funciona.

«Y continúa más adelante: Mi madre se vivía como una víctima. Una víctima del deber religioso, de la moral conyugal y de la abnegación maternal».

«… así yo aprendí muy pronto una regla universal: dentro del cercano entorno de víctimas, no importa lo que yo diga o haga, forzosamente seré culpable. Culpable a todos los niveles, culpable porque se está dentro del universo de la víctima».

Ya lo escribía en otro artículo, las personas que se hacen las víctimas son realmente odiosas.

«Milan Kundera («La vida está en otra parte», París, Gallimard colección Folio, 1976) no desmerece al afirmar que se encuentra dentro del club de culpables que están bajo la modalidad materna: «… El día fue bello y la noche también pero cuando regresa a su casa sobre la medianoche, su madre iba y venía nerviosa a través de la habitaciones de la villa. «Tú no tienes ninguna consideración por mí, tú me asesinas» gritaba ella con una voz histérica, yendo hacía la habitación contigua. Jaromil se quedó clavado en el lugar, espantado y con el sentimiento de haber cometido una gran falta. (Ah, pequeño, jamás podrás deshacerte de ese sentimiento. Eres culpable, eres culpable»)».

«Y sigue: «… y será igual cuando tú pases tu tiempo con otras mujeres, cuando estés en su cama, habrá una larga correa atada a tu cuello y en alguna parte en la lejanía tu madre sostendrá del otro extremo y notará a través de la cuerda el movimiento brusco y obsceno al cual te abandonas».

Este tipo de madres no puede soportar que su hij@ (o su pareja) disfrute de un momento de diversión o de expansión fuera del entorno familiar y, evidentemente, que éste esté lejos del control que ellas puedan ejercer.

Si la pareja o el/la hij@ se divierte y pasa un momento agradable, cae sobre el/la rebeld@ con todo su peso para que éste último se auto-culpabilice, por una parte, y por otra, evidentemente lo castiga retirándole su amor.

Este juego tiene un doble objetivo: no permitir jamás que el/la hij@ abandone el hogar rompiéndose así la relación fusional con la madre e impedir que éste se independice y sea autónom@.

«Quienes lo han padecido pueden tener más tarde reacciones violentas frente a todo aquello que se parezca de cerca o de lejos a una culpabilización materna

Previsible, ¿no?

«Así mismo Thomas Bernhard escribe en su obra «Béton»: … yo no fui atormentado como mi hermana por el astuto ardid de obtener reconocimiento (un sub-producto de la culpabilidad).»

Familias enteras que han estado sumidas, generación tras generación, en este tipo de funcionamiento, generan miembr@s que se embarcan en una búsqueda imposible de conseguir un reconocimiento de su entorno (pareja, amigos, trabajo).

Es como si padecieran de una necesidad insaciable de reconocimiento, hasta que pueden ver y comprender de dónde proviene esta sed.

Aquello que nunca se obtuvo de pequeño es lo que se busca de adulto con más ahínco. Las consecuencias que arrastra una persona a lo largo de su vida por una falta de reconocimiento en su niñez, constituyen una herida profunda y dolorosa que suele impedir la construcción sana y necesaria de una identidad psíquica.

Entre mayor haya sido la presión que una persona ha padecido en su infancia/adolescencia para ser sometida por medio de la culpa, así será la rebeldía que manifieste para impedir el ejercicio de este tipo de violencia.

«… y Béton continúa (hablando de personas que dicen todo el tiempo que están dispuestas a sufrir todos los sacrificios y a sacrificar su vida por los demás): Estas personas no tienen otra cosa en la cabeza que hacerse cubrir de elogios y condecoraciones a costa de la carga de aquellos que claman su ayuda y les tienden las manos con un grito que pide seguridad»

«Son personas peligrosas, más egoístas y déspotas que cualquiera, ávidas de poder… y que diariamente juguetean en numerosas asociaciones religiosas y políticas a lo largo del mundo entero, con el único deseo de su gloria personal,  yo las aborrezco».

Y con esta elocuente descripción nos adentramos en el «maravilloso» mundo de los/a salvador@s.

Identificarlos lleva más tiempo pero resultan casi igual de pesad@s que las personas que se hacen las víctimas.

Acuden raudos y veloces a «salvar» y a «rescatar» a todo aquel que necesite ayuda. Lo problemático del asunto es que nunca esperan a que la persona implicada pida ayuda.

La dan, muchas veces y de forma inconsciente, imponiéndosela al otro.

Si alguien necesita ayuda, simplemente la pide. O, si no está clara su solicitud, se aclara preguntando.

El/la salvad@r n-e-c-e-s-i-t-a- salvar, es mediante este mecanismo que su maltrecha identidad y su herida por la falta de reconocimiento se compensa.

«Como lo he señalado más arriba, dice Neuburger, los hombres utilizan esta técnica de la culpabilización materna con un talento casi igual al de las mujeres

«La Iglesia católica también ha hecho un uso de este recurso de forma palpable… en cuanto a los terapeutas, solamente me basta reproducir la respuesta que uno de ellos, psicoanalista, le dio a una de sus pacientes cuando ésta expuso su deseo de interrumpir la terapia:»no todo el mundo es analizable». El efecto culpabilizador de sus palabras, que difícilmente enmascaraban su decepción, no escaparon a la paciente!».

Resumiendo, me atrevería a afirmar que TODOS hemos utilizado esta técnica en algún momento de nuestra vida.

Quizás lo importante es que nos demos cuenta de ello e intentemos no repetirla de forma consciente, es odiosa.

(Imagen: www.amigo.webhog.com)

Manipulación: estrategia odiosa!

 

(Por Clara Olivares)

Como diría la Biblia: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».

¿Cuántos de nosotros no hemos utilizado ésta estrategia para conseguir lo que queremos?

Como decía en mi artículo de la semana pasada, decir que no sería faltar a la verdad.

Pero primero recordemos en qué consiste la manipulación: es utilizar a otros, (sin que ellos se den cuenta, por supuesto) para conseguir nuestros objetivos o para satisfacer nuestros deseos.

Nos valemos de distintas formas para ver satisfecho nuestro anhelo: desde desplegar una amplia sonrisa al tendero para que nos sirva su mejor pieza, hasta conseguir que el otro firme un acuerdo que en un principio rechazaba.

Por lo general, nos valemos siempre de las mismas maneras para llevar a cabo la manipulación: las mentiras o la seducción. En los casos que se está más cerca de la perversión que de la normalidad, ya hablamos de coacción o de amenazas. Pero ese es otro tema!

Las ventas y la publicidad están apoyadas en esta estrategia. Muchas veces nos hemos visto comprando algo que no necesitábamos, preguntándonos cuando llegamos a casa qué fue lo que nos llevó a tirar ese dinero de forma tan tonta!

Sobra decir, que los medios de comunicación son los reyes cuando de esta estrategia se trata.

Pero me estoy desviando del tema.

Lo que hace que esta estrategia resulte tan odiosa, es que nos sentimos utilizados, y esto, ya lo sabemos, genera muchísima rabia y resentimiento.

Es como si nos metieran un gol y no nos hayamos enterado de cómo ni dónde. La cara de tontos que se nos pone refleja a la perfección cómo nos estamos sintiendo.

Con este tema no puedo dejar de hablar de las personas pasivo-agresivas.

Ellas constituyen la élite de la manipulación. La película de Woody Allen «Anything Else», retrata a una pasivo-agresiva-perversona, de libro.

Su objetivo es el de controlar y/o dominar las respuestas y/o los comportamientos del otro en su propio beneficio.

Suele tratarse de personas, o bien, con una herida narcisista importante, o que sufren de un egoísmo pasmoso.

Como muchas de las cosas que hacemos en nuestra vida, actuamos así de forma consciente o inconsciente.

Creo que la imagen que mejor refleja a este tipo de persona es un titiritero. Es él quien dirige y maneja los movimientos de la marioneta (el otro) a través de los hilos que la sustentan.

De ahí sale la expresión popular «moviendo los hilos».

¿Cómo identificamos a un pasivo-agresivo?

A través de funcionamientos como, por ejemplo, la ambigüedad en su forma de hablar. Nunca se posiciona abiertamente ante nada ni ante nadie, o, nunca termina una frase que pueda comprometerle.

También con un «se me olvidó«, o, culpando a otro de su propio error, o, mostrando una ineficacia de forma intencionada: con suerte lo «hace tan mal» que no se lo volverán a pedir, o, tardando un siglo en arreglarse para la fiesta a la cual no deseaba ir, o, utilizando los sarcasmos, por poner varios ejemplos.

El punto central es que no expresa de manera abierta su hostilidad o su enfado y lo desvía para que no «parezca» jamás que está furios@, o, que no desea hacer algo, o, que no le gusta alguien. Disfraza su furia, para que ésta pase desapercibida.

Ya hemos visto que bonito no es y que, además, genera mucha agresividad en el otro.

Con el tiempo, acaba destruyendo las relaciones. Se ha acumulado tanto que ya no es posible una vuelta atrás.

¿Y cómo se puede salir de ese funcionamiento?

Renunciando a los beneficios que éste genera en primera instancia, y en segunda instancia, aprendiendo a pedir las cosas que necesita, desea o quiere de forma clara y directa, en otras palabras, adoptando una posición frente a la vida.

Si es el otro es que funciona así, la forma en que se corta de raíz su juego es destapándolo, es decir, mostrándole directamente qué es lo que está haciendo.

En mi artículo de la semana que viene hablaré del « El cuerpo, ese gran desconocido».

(Imagen: eumlugarosul.blogspot.com)

¿Por qué resultará tan difícil decir NO?

(Por Clara Olivares)

Muchas más veces de las que desearíamos, terminamos diciendo que , cuando en realidad lo que nos apetece es decir que no.

Es una dificultad generalizada: mujeres, hombres, padres, madres, amigos, etc. la padecemos.

¿Qué nos lleva a funcionar así? Me parece que un buen número de razones, pero me atrevería a afirmar que la principal está cimentada en la educación recibida.

Decir que no, al igual que manifestar el enfado, tienen muy mala prensa.

En el caso de las mujeres, podría tener que ver con la educación para complacer y para anteponer siempre las necesidades de otro a las propias. Y en el de los hombres, el hecho de negarse es visto como un acto de muy mala educación.

Tanto los unos como las otras fuimos «adiestrados» y «condicionados» como el perro de Pavlov (aquel al que cada vez que le presentaban un plato de comida sonaba una campanilla, de tal forma que cuando el perro escuchaba el sonido de la campanilla comenzaba a salivar) para decir siempre sí.

Lo curioso es que este «condicionamiento operante» se usa en las relaciones interpersonales más de lo que podemos imaginar. Sin duda, es muy efectivo.

¿Qué ha pasado? Que en la mayoría de los casos se termina por recurrir a la fabricación de una disculpa para salir airos@s.

No es un mal recurso ni muchos menos, el problema viene cuando no sabemos si el otro nos dice la verdad o no.

Evidentemente, existen personas que se aprovechan de eso. Suelen utilizar las palabras mágicas que funcionan como un ábrete sésamo: «necesito» y «tienes que«.

Saben perfectamente que la otra persona no va a negarse a su petición, y, abusan.

Y todos sabemos por experiencia propia que cuando alguien abusa de nosotros la rabia que genera ese abuso es enorme!

Una sociedad o una familia que no contempla la necesidad de establecer unos límites claros entre los individuos para garantizar una convivencia sin atropellos, llevará indefectiblemente al caos.

Cómo reza el dicho: «Ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre».

En toda relación (pareja, paterno-filial, familiar, amigable, etc.), la ausencia de límites (bien sea por exceso o por defecto) siempre es nefasta. Decir  no, es establecer un límite entre el uno y el otro.

Significa marcar el lugar donde termina la libertad de una de las personas y comienza la libertad de la otra.

La ausencia o la poca claridad de límites causan en cualquier ser humano una angustia insoportable e insostenible.

Una persona necesita saber hasta dónde puede llegar. Cuando le marcan  un límite, la angustia cesa y puede comenzar a estructurarse como individuo.

El ejercicio de la autoridad es una forma de establecer límites.

Sin embargo, es muy importante señalar la enorme diferencia que existe entre autoridad (presencia de un límite) y autoritarismo (ausencia de un límite).

Desafortunadamente, se suelen confundir estos dos conceptos con demasiada frecuencia.

En mi próximo artículo propongo estrategias para decir que NO sin necesidad de negarse abiertamente.

(Imagen: www.fotolog.com)

Retorsión: una deuda con cobro diferido

(Por Clara Olivares)

¿Qué hace que una mujer se apodere de las tarjetas de crédito de su pareja y salga a gastar sin límites cuando ésta duerme la borrachera de la noche anterior?

¿O que un hombre se vuelva impotente al ceder ante la insistencia de su pareja para que describa cómo fueron sus relaciones sexuales con su ex-marido ?

Quizás están realizando actos de retorsión a sus parejas…

Nadie dijo que las relaciones interpersonales fueran fáciles… sobretodo las de pareja!

Con una frecuencia mayor de lo que nos imaginamos, se utiliza la retorsión para cobrar el daño que se ha recibido, pero sin que el otro sea consciente de que está «pagando» por algo que hizo.

El término significa: «Acción de devolver o inferir a uno el mismo daño o agravio que de él se ha recibido» y proviene del mundo jurídico. La diferencia radica en que se devuelve el agravio recibido en un terreno diferente  y sin que la otra persona se de cuenta.

¿Se puede evitar?

Se castiga al otro por algo que no le gusta, o, que le ha asustado, o, que le ha hecho sentir inseguridad… el abanico es amplio. El hecho de que se lleve a cabo el «cobro» en un terreno diferente, confunde al otro miembro de la pareja y hace que le sea difícil darse cuenta de lo que está sucediendo. El castigado no entiende de donde proviene lo que su pareja está haciendo y, como no se da cuenta, piensa que el problema radica en el otro y que las causas que lo motivan son otras bien distintas.

Lo que sucede con la retorsión es que se desvían los sentimientos de rabia e impotencia que han despertado las acciones del otro y se le hace pagar por ello, pero de forma indirecta.

Toda la ira y la frustración que alberga en su interior la vuelca para agredir al otro y hacerle daño. Así, gastando el dinero de su pareja «compensa» el agravio que ha padecido, o, volviéndose impotente castiga a su mujer por las prácticas sexuales que ella ha vivido con otra persona.

Si se les hace ver a las parejas que algunos de sus actuaciones con sus compañeros/as tienen que ver con la rabia que han acumulado en otros terrenos, la mayoría asentirá con la cabeza mientras escucha.

Darse cuenta de lo que hacemos permite evitar el mal trago que le hacemos pasar a la persona que queremos…

Existen otras vías menos agresivas para las dos personas que  compensan el daño… utilizándolas ya no es necesario realizar un «cobro diferido» mediante la retorsión.

En mi próxima entrega, hablaré de las estrategias que se pueden utilizar para mejorar la calidad de la relación!

(Imagen tomada de blogs.rpp.com)