El desapego

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Por Clara Olivares

El concepto del desapego suele confundirse con aquello que no lo es.

El verdadero desapego es aquel que implica la liberación de un lastre que nos limita, que supone una carga (por ejemplo una relación). Se piensa y se confunde con la idea que implica un alejamiento hostil y frío en el que impera una actitud de indiferencia hacia el otro y hacia sus problemas.

El desapego es un signo de salud mental, sin embargo, la segunda idea opta por desentenderse del otro y elude cualquier responsabil

En otro artículo hablaba de la responsabilidad que conlleva el compromiso. Uno que se adquiere libremente y en el que decidimos responder ante aquello a lo que nos hemos comprometido.

Esta responsabilidad en primera instancia es hacia nosotros mismos y después hacia los demás.

No todas las relaciones son verdaderas, solemos llamarlas así cuando en realidad no lo son. La clave para diferenciarlas es el compromiso, si éste no existe, no hay relación. Hablaríamos de conocidos, pero no de verdaderas relaciones.

Algunas veces, es recomendable liberarnos y apartarnos de una persona, ya sea mental, emocional e incluso, físicamente.

Si esa persona nos causa daño hablaríamos de un apego insano.

Generalmente practicar el desapego causa dolor en un principio, pero, con el tiempo es muy liberador.

El sentido común nos aconseja alejarnos y desapegarnos de quien nos daña.

Quizás deberíamos preguntarnos si los problemas que nos genera tal persona los podemos solucionar.

Si no es así, y resulta que lo que recibimos a cambio es la imposibilidad de crear un vínculo en el que esté presente el cuidado mútuo y la responsabilidad, lo más sensato es cortar ese apego.

Como he dicho en otros artículos, las relaciones son siempre de doble dirección. Si no existe un “quid pro quo”, estamos hablando de un falso apego.

Algunas veces es necesario aprender a vivir con los problemas, o a pesar de ellos.

En estas ocasiones sí practicamos un sano desapego.

Aceptar la realidad tal cual es, no siempre resulta ser un trago agradable, al contrario, puede llegar a ser muy amargo.

Cuando nos hemos empeñado en creer que ese apego equis que dábamos por verdadero, no lo es para nada, el batacazo que nos damos es doloroso.

Quizás necesitamos creer que es algo verdadero porque verlo tal cual es nos resulta insoportable y es inasumible.

Entonces ¿qué hacemos?: le ponemos un traje que nos permite creer que sí es un vínculo verdadero. Pero recordemos que sólo vemos lo que podemos ver.

Démonos permiso para estar momentáneamente ciegos. Algunas veces cargamos con los problemas de otros creyendo que de esta manera les ayudábamos. Pero, desgraciadamente, no es así

Probablemente a quien “ayudábamos” era a nosotr@s mism@s

Pero no deberíamos sentirnos culpables por ello. Somos humanos y necesitamos disfrazar la realidad para poder sobrevivir.

El desapego es una acción y es un arte. Intentemos ser lo más honestos con nosotr@s mism@s.

En mi próximo artículo hablaré sobre la moderación.

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El compromiso

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Por Clara Olivares

Ésta suele ser una de esas palabras que generan miedo y de la cual muchas personas huyen de ella como de la peste.

Me parece que salen corriendo, porque existe una enorme confusión entre la idea de comprometerse y pensar que al hacerlo se produce una pérdida de la libertad.

Algunas personas están convencidas de que si se comprometen dejan de ser libres, en otras palabras, no “quieren tener ataduras”.

Y yo me pregunto, ¿y eso qué significa exactamente?

¿Atarse a qué? ¿A una persona, o, a una situación, o, a …?

Se me ocurre este ejemplo sencillo para ilustrar el funcionamiento sobre el que se basa el compromiso (evidentemente, existen muchos grados de compromiso, desde el más simple, como el que mostraré a continuación, hasta aquel en el que se pone en juego la propia vida por una causa): imaginemos que queremos ir al cine con un amig@, entonces le llamamos y nos ponemos una cita a una hora determinada para ver la película.

Se da por sentado que tanto esa persona como yo mism@ acudiremos a la sala a la hora que comienza el pase que amb@s escogimos.

Tomamos la decisión de ir a ver esa película en ese cine porque simplemente nos apeteció.

¿Esto quiere decir que me obligaron a ir? o, que ¿perdí mi libertad personal al decidir ir al cine?

Es decir, me comprometí a acudir a la cita que concretamos. Doy por hecho que la otra persona va a acudir, de la misma forma en que yo voy a hacerlo.

Tanto esa persona como yo, hemos organizado nuestro tiempo y nuestras actividades en función del cine.

No acudir a la cita sería un acto de descortesía y de mala educación enorme con la otra persona. Descortesía porque no he pensado en ningún momento que él o ella va a estar esperándome en el cine.

La única parte que he tenido en cuenta es la mía.

¿En que momento y con qué acción se cree que se ha perdido la libertad?

Yo no veo ninguna: decidí ir al cine con esa persona en particular simplemente porque me dio la gana.

Luego la hipótesis de la pérdida de la libertad ha quedado descartada.

Ahora analicemos la idea de “quedar atad@”.

¿Cómo me puede atar a algo que yo he escogido en plena libertad?

Acudir al sitio y a la hora prevista significa que ¿”me até” por acordar esa cita, y acudir a ella?

Un compromiso implica unos derechos y unos deberes.

En el caso que nos ocupa, tengo el derecho de ir a ver esa película, y no otra, con tal persona y no sol@ o en otra compañía. Mi deber es acudir a la cita.

Claro, habrá quién sólo desea disfrutar de los derechos sin asumir los deberes, por ejemplo, comprometiendo el tiempo de la otra persona, pero reservándose el deber de acudir o no a la cita (sin comunicárselo al otro, evidentemente).

Me parece que este tipo de comportamiento no es jugar limpio. Porque no es justo con el otro ni significa hacer lo correcto.

¿Y que pasaría si yo acudo a la cita y la otra persona no va? Seguro que me sentará como una patada en el estómago y que me enfadaré mucho.

El compromiso funciona exactamente de la misma forma.

En primer lugar es algo que adquiero de forma libre. Es cuando me comprometo cuando ejerzo mi completa libertad.

En segundo término disfrutaré de los beneficios que dan los derechos, pero también, en contrapartida, responderé asumiendo los deberes que se derivan de mis privilegios.

Relacionarse desde esta forma de operar no es lo más recomendable, ya que despierta la suspicacia en cada persona, y, ésta invita a no creer jamás en lo que otro promete. Indefectiblemente, esta actitud lleva a que las relaciones se resquebrajen y se rompan.

Si no puedo confiar ni puedo creer en lo que el otro me dice, ¿sobre qué bases se va a cimentar esa relación?

Existen personas que a causa de la confusión que menciono unas líneas más arriba, se mueven dentro de una zona de “no posicionamiento“. Es decir, jamás se definen por una postura en concreto.

Sí, este lugar pareciera más misterioso y más atractivo, pero lo que no saben es que esa actitud solo despierta la desconfianza en el otro.

Si desconozco qué piensa y qué siente la persona con la que tengo o voy a tener una relación, nunca voy a pisar terreno firme. Ese vínculo se cimentará sobre terreno fangoso.

Luego estas personas se sorprenden de que no se confíe en ellas. Y no es porque sean malas personas, es porque no se definen.

Probablemente no lo hagan porque creen que haciéndolo dejan de ser interesantes, o, es como si creyeran que siendo honestos perdieran el poder.

Y, ser honesto no significa en ningún momento ser tonto o ingenuo.

Quienes no se posicionan en la vida, quitando el caso de los psicópatas, probablemente se trate de personas muy inseguras de sí mism@s.

La falta de compromiso en una sociedad me indica que sus ciudadanos operan en un nivel muy infantil en el que prima la conservación y la justificación de sus privilegios.

¿Es este modelo el que deseamos fomentar con nuestras actuaciones?

En el siguiente artículo hablaré sobre la generosidad.

(Imagen: www.restsuraacciondelootro.com)

 

Del amplio espectro que encierra la palabra “amistad”.

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(Por Clara Olivares)

Por lo general, esta palabra no significa lo mismo para todas las personas.

Por eso creo que es importante tener en cuenta este punto cuando se esperan determinadas cosas de la persona a la cual consideramos amiga.

Soy consciente de que, en la mayoría de las ocasiones, se da por sentado que el otro está en la misma frecuencia que uno y, desafortunadamente, no suele ser así.

De ahí la necesidad de indagar si las dos personas están hablando de lo mismo cuando se toca el tema de la amistad (o del amor).

El abanico que se abre ante nuestros ojos cuando expresamos que alguien es nuestro amigo, es bastante ámplio.

Puede tratarse de una persona con la que salimos una vez al año a tomar una copa o a cenar, o, a aquella a la que le contamos nuestros secretos más íntimos.

Es decir, que existen diferentes clases o tipos de amistades.

Creo que los malos entendidos sobrevienen cuando metemos en el mismo saco a todas las personas a las que llamamos “amigas”.

Existen grados de compromiso, en otras palabras, con el/ amig@ que sólo quedamos para tomar un copa de vez en cuando, probablemente no exista el mismo grado de compromiso que con la persona a la que voy a cuidar cuando se enferma.

Cuando irrumpe en la relación un compromiso, es decir, cuando se establece un “quid pro quo” (reciprocidad), en un terreno equis, cada un@ se compromete con el otro a responder de la misma forma que él lo haría.

Por ejemplo, si el amigo está enfermo y vive solo, yo voy a cuidarle y a prepararle la comida; o, si está atravesando un duelo por una pérdida, el otro va a estar ahí acompañándole y consolándole, o, si está pasando por un momento difícil económicamente, miro si le puedo o no echar una mano.

No se esperará ni se exigirá el mismo comportamiento del amig@ con quién sólo quedo para ir a bailar.

Estos compromisos generalmente se establecen de forma tácita, pero si por una casualidad no se hacen tácitos, entonces hay que explicitarlos de forma que se oficialicen.

El terreno amoroso opera de la misma forma. La amistad y el amor vienen a ser manifestaciones diferentes del mismo sentimiento.

Sin embargo, nunca dejamos de sorprendernos con los comportamientos de la gente. Por ejemplo, alguien al que considerábamos un amigo a secas, con el que compartíamos pocas cosas, de pronto tiene un gesto de cercanía y bondad que nos deja anonadados y gratamente sorprendidos.

Ahora hablaré de los puntos en los que, según mi parecer, se apoya una verdadera amistad.

Ésta de apoya sobre tres patas: la incondicionalidad, un “estar ahí” y por último en esos gestos que le transmiten a la otra persona que ella está presente en su vida cotidiana.

A que me refiero con cada punto:

Incondicionalidad: viene a traducirse por un “puedes contar conmigo” para lo que precises, dentro de las limitaciones que cada uno tiene, por supuesto. Sería como decirle al otro que “estaré contigo cada vez que lo necesites o que yo perciba que lo necesitas”.

Estar ahí: significaría que el amig@ estará a mi lado cuando yo esté atravesando un momento difícil en mi vida, o, cuando tenga una alegría. “En las buenas y en las malas”, cómo reza el dicho.

Me alegraré por tí si tienes un proyecto nuevo, o, si tienes un reconocimiento en tu trabajo, o, si te ganas la lotería, etc., etc.

El sentir que el amig@ está presente para el otro en su vida cotidiana, ¿cómo?, a través de pequeños gestos, que le manifiestan al otro que éste forma parte de su vida.

Un ejemplo simple de este punto sería el siguiente: un día voy por la calle y me encuentro una pastelería que vende un exquisito pastel de chocolate. En ese instante pienso que a mi amig@ le fascina el chocolate, así que entro y le compro un trocito para regalárselo.

Lo que va tejiendo el tapiz de una relación, son esos pequeños gestos y el paso del tiempo.

Es muy difícil que una relación se construya de un día para el otro. Únicamente el tiempo permite crear una historia hecha de momentos, gestos, comportamientos que terminan por confirmar (o no) que se posee un amig@.

El tema hace que se me vengan a la cabeza varios dichos populares, como: “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”, o, “hecho son amores y no buenas razones”, por nombrar solo dos.

Estoy completamente de acuerdo en que si uno posee un solo amig@ verdadero en la vida, ya puede considerarse alguien muy afortunado.

Menciono el siguiente dicho, ya que, solemos hacer más caso a las palabras que a los hechos. Y son éstos últimos los que permiten constatar y sopesar quién es un buen amig@ y quién no lo es.

Otros aspectos de índole fundamental en este tema y a los que he decidido dedicarles un espacio aparte, serían, la ausencia de un juicio y la capacidad para decir las cosas.

Un amig@ de verdad es aquel que no suele emitir juicios de valor gratuitos sobre lo que hace, piensa o siente la otra persona. En otras palabras, acepta a su amig@ como es.

Puede no estar de acuerdo pero no por eso deja de apoyarle. Acepta las extravagancias que tiene la otra persona, porque sabe que él también las posee.

En el terreno de la amistad se suele ser más tolerante con los defectos que en el del amor. Aceptamos mejor las debilidades del amigo que las de la pareja.

Tanto en el amor como en la amistad, la relación llega a convertirse en una pertenencia sobre la cual nos apoyamos y que sustenta nuestra identidad.

Llega a convertirse en un lugar en el cual nos refugiamos cuando el resto del mundo es duro y áspero.

Curiosamente en la amistad suelen recrearse los mismos conflictos que se tuvieron en el núcleo familiar con los hermanos. Campan las mismas pasiones que se sentían en el pasado: celos, envidias, competividad, etc. por nombrar sólo algunas.

Pero volviendo al punto que estaba tratando, el amig@ le dice al otro cuando se equivoca o cuando ha metido la pata. Precisamente se lo puede decir porque se ha creado una base que lo permite y segundo porque, aunque sea más cómodo mirar para otro lado, le muestra su equivocación aunque no siempre le resulte fácil hacerlo.

Es gracias a las relaciones verdaderas que se crece como persona y se madura. Éstas nos enfrentan a nuestros demonios y nos hacen mirar los aspectos que menos nos gustan de nosotros mismos.

Dicho de otro modo, nos colocan enfrente un espejo en el cual vemos nuestro reflejo. Reflejamos lo bello y también lo menos bello de nosotros mismos, incluso aquello que no queremos ver.

Cuando tenemos el privilegio de contar con una relación de este tipo en nuestra vida, es indispensable que la cuidemos y la mimemos con nuestro cariño, si no se morirá como una planta a la que no se la riega ni se le quitan las hojas muertas.

Lo que puede llegar a estructurar y a sostener un buen amigo es inapreciable, así que invito a la gente que me lee a que mire más de cerca a los que tiene a su alrededor y descubra a aquellas personas que aún no ha visto y valore la riqueza que posee.

En mi próximo artículo hablaré sobre el miedo que produce sentirse y ser una persona vulnerable.

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¿Nos sigue costando negarnos? ¿Qué hacer o qué decir cuando somos criticados?

(Por Clara Olivares)

En mi artículo del 13 de Marzo hablaba sobre la estrategia del disco rayado para negarse a hacer algo sin decir que no abiertamente.

Cierto es, que cuando se presentan situaciones en las que un no abierto va a generar un conflicto innecesario, resulta útil utilizar otras formas menos contundentes pero que, gracias a ellas, se consigue el mismo fin.

Estoy hablando de otra estrategia llamada el “compromiso viable“.

Partiendo de nuestro legítimo derecho a decir que no, a diferencia del disco rayado, con el compromiso viable le ofrecemos una alternativa a nuestro interlocutor, es decir, asumimos una parte de su petición y le hacemos una propuesta basada exclusivamente en esa parte de su petición.

Es importante tener en cuenta dos aspectos: el primero, que NO es una negociación, y segundo, que no supone nuevas concesiones.

Volvamos al ejemplo de Juan: nos pide prestado nuestro coche pero no lo devuelve jamás cuándo dice que lo va a hacer.

Esta vez nos apetece ayudarle pero no deseamos que se quede con el coche, entonces le ofrecemos sólo una parte de su petición, en este caso ir a dejar el impreso. Como tenemos una cita cerca del lugar, no nos cuesta nada dejarle en el sitio, y nosotros continuamos con el coche en nuestro poder.

El diálogo que se establecería sería algo así:

Juan: ¿me prestas tu coche para ir a dejar este impreso para la beca, que hoy termina el plazo?

Nosotros: No, esta vez no me apetece prestártelo, pero en cambio te puedo acercar al lugar porque tengo mi cita cerca y me pilla de paso.

Juan: ah! genial, más bien yo te dejo a tí en tu cita y me quedo con el coche para recogerte más tarde.

Nosotros: ésta es la alternativa que te ofrezco. Si quieres te acerco para que puedas dejar tu impreso pero yo continuo en mi coche para llegar a mi cita. Tú decides.

Con esta estrategia la polémica termina en ese punto, la “pelota queda en su tejado“.

Cuando una persona percibe una dosis de libertad personal en las propuestas de los otros, no le queda más remedio que elegir, y hacerlo implica que está asumiendo su propia responsabilidad ya que ha sido la propia elección la que se llevará a cabo y no una impuesta por otro.

¿Y que nos sucede cuando somos el objeto de una crítica por parte de otro? A nadie le resulta agradable recibir una crítica, pero la realidad nos demuestra que siempre hay alguien que señala nuestra actuación y la cuestiona.

Podemos reaccionar de un sinfín de formas, por lo general la primera suele ser el enfado y el ataque, pero quizás si indagamos un poco nos enteraremos sobre el motivo de ese enfado, crítica o molestia del otro.

Existe una fórmula que suele ser muy efectiva para conseguir este fin, es la llamada “acuerdo parcial o total”.

Consiste simple y llanamente en preguntarle al otro qué es lo que ha motivado su comentario con preguntas del tipo: “no dudo que tendrá sus razones para hacer esa valoración, no obstante me gustaría conocer los puntos con los que no está de acuerdo”, o, “¿… qué es lo que realmente le tiene molesto?”, o, “¿… a cuáles aspectos se refiere concretamente?, también se pueden indagar si siempre ha sido así y cuáles son las alternativas que plantea.

A continuación determinamos si la crítica que nos hace esa persona es justa o no a través del razonamiento.

Se llama “acuerdo total o parcial” ya que asumimos solo una parte o toda la crítica que se nos hace. Es gracias al diálogo y al descubrimiento por ambas partes si lo criticado era o no reprochable.

Ya lo he planteado otras veces: hablando se entiende la gente.

Si conseguimos superar el primer obstáculo que supone la primera reacción emocional que tenemos y vamos un poco más allá, nos sorprenderá descubrir que la gente por lo general no suele tener la mala intención que le atribuimos  ni tampoco que está obsesionada con hacernos daño.

Solemos olvidarnos del valiosísimo atributo que posee la palabra para liberarnos de las garras de la emoción en las que nos quedamos atrapados.

¿Y si somos nosotros quienes lanzamos una crítica?

Es fundamental tener en cuenta que se critica la actuación de la persona pero JAMÁS a la persona. Si seguimos este principio no cerraremos el diálogo y la receptividad del otro se abrirá.

En mi próximo artículo me gustaría hablar de la diferencia que existe entre culpabilidad y responsabilidad.

(Imagen: www.kinialohaguy.wordpress.com)