La culpabilización paterna: enseña la sumisión a la norma

(Por Clara Olivares)

Tal y como anunciaba en el artículo que escribí antes de vacaciones, continúo hablando sobre la tesis que el Dr. Neuburger expone en su libro «L’art de culpabiliser». (Petite Bibliothèque Payot, París, 2008).

Recordábamos el hecho de que previamente era necesario aprender a auto-culpabilizarse para que la experiencia de la culpabilización fuera efectiva.

También hablaba sobre el hecho de que este aprendizaje se llevaba a cabo en la infancia y, luego, cuando nos hacíamos adultos, recreábamos el mismo esquema una y otra vez de forma inconsciente con las personas que teníamos cerca.

La educación (padres y profesores en la mayoría de los casos) se ha apoyado en estos mecanismos aprendidos para transmitir los valores necesarios para que un individuo aprenda a vivir en sociedad, es decir, educarse para conseguir «no pasar al acto» y asesinar al que se tiene cerca.

Verdad es que los roces que produce la convivencia con los otros nos provocan sentimientos y sensaciones poco amables en ocasiones, pero lo interesante es que podamos diferenciar nuestros sentimientos de nuestras acciones.

En otras palabras, aprender primero, que es una realidad que vivimos con otros y segundo, que es necesario y deseable desarrollar unas mínimas normas de convivencia para hacer más llevadera la coexistencia.

«Toda educación no es más que una empresa más o menos exitosa de prohibiciones, escribía André Hesnard en 1950 en la revista «La evolución psiquiátrica».

Si aprendemos a diferenciar qué es lo que sentimos (rabia, deseos de asesinar, cariño, repulsión, etc.) frente a alguien o algo, de lo que hacemos con estos sentimientos, podremos hacer uso de la palabra para expresar lo que sentimos sin necesidad de convertir nuestros sentimientos en actos.

En otras palabras, puedo sentir ganas de «asesinar» a otro pero no lo «asesino». En este pequeño detalle radica la diferencia.

«La educación se apoya sobre la capacidad de anudar una relación culpabilizador-culpabilizado».

Y considero que es necesario este aprendizaje. Desafortunadamente el ser humano aún no ha desarrollado la capacidad de manejar sus pasiones y sus deseos de tal manera que no dañen a otro.

Mientras sigamos viviendo en comunidad es necesario establecer unas normas que necesitan ser respetadas para poder garantizar una convivencia pacífica.

Ahora, cuando se infantiliza a una persona se la está incapacitando para que funcione como un ser autónomo con la capacidad de desarrollar su auto-estima y asumir sus propias responsabilidades.

«Es necesario que se den ciertas condiciones, aquello que se convierte en culpabilizable es la necesidad de recibir estima, el amor de una persona o de un grupo».

«No cualquier persona o grupo es susceptible de culpabilizar a alguien, sólamente aquellos con los que se dé una relación de dependencia afectiva permiten que se cree esa correlación: padres o sus sustitutos (maestros, sacerdotes, médicos), madres y sus sustitutos y hermanos y sus sustitutos (miembros del grupito, comunidades religiosas, deportivas o de otra clase)».

Cuando se considera a un ser humano como a un niño pequeño, se le está sumiendo en un esquema de dependencia que le llevara sin remisión a aceptar cada vez más los dictámenes de la sociedad, o de la prensa, o los que dicten aquellas personan que estén avaladas como autoridades.

En otras palabras, se le está arrebatando la libertad.

«Sólamente este tipo de vínculos permiten que se lleve a cabo con relativo éxito las tres técnicas educativas: la Ley, la deuda de amor y la solidaridad».

«La culpabilización paterna enseña la sumisión a la norma».

Como cualquier cosa en la vida, si nos situamos en los extremos se cae en los fundamentalismos y, éstos han demostrado a lo largo de la historia que jamás traen consigo nada bueno.

Estimo que es necesario seguir la norma siempre y cuando no atente contra la propia libertad o la ajena.

«El mito que nace es el de respetar la Ley, en éste caso La Ley del Padre, que es el origen de toda ley».

Si no entrara en acción la ley a través del padre no sería posible triangular la relación madre-hij@ y la fusión entre ambos sería eterna.

Si no se lleva a cabo la separación en la relación fusional con la madre, jamás se alcanzaría el estatus de adulto y con él, la consecuente autonomía, por otra parte necesaria para funcionar de forma sana con uno mismo y con los otros.

«Una Ley no funciona si ésta no reposa sobre un consenso social o religioso, como por ejemplo, Dios o El Estado y sus representantes son los jueces, así como los políticos o la policía, y a un nivel más privado, sería la opinión que manifiestan los más cercanos, o la familia, o los amigos, o el compañer@ de su vida.»

«A través de todos nuestros gestos o actuaciones, escribe Alice Miller, estamos atrapados no solamente por nuestros padres naturales sino además por el Padre supremo omnipresente al que nosotros no podemos ofender sin pagar el precio con un sentimiento de culpabilidad».

En la medida en que vayamos ganándonos nuestra propia libertad, podremos decidir si estamos dispuestos o no a pagar el precio por nuestra trasgresión.

«Es menos doloroso someterse».

Vuelvo a repetir: ¿qué precio estoy pagando al someterme?

«… ¿y qué hace que obedezcamos? La respuesta no se hace esperar: hemos aprendido  a escuchar a nuestros padres ya que ellos han sido nuestros maestros».

«Para nosotros, su autoridad viene dada no tanto por ellos mismos sino por su situación respecto a nosotros«.

Vuelve a surgir el viejo tema del poder. En toda relación interpersonal está presente el poder como un elemento necesario para el desarrollo de la identidad de cada uno de los miembros de la relación.

El problema aparece cuando el poder permanece siempre en las mismas manos.

Cabría preguntarse: ¿quién es el que dicta las normas?

«… en algunos casos aparece una auto-culpabilización complementaria como por ejemplo cuando aparecen comportamientos sexuales vividos como anormales (masturbación) o cuando emergen fantasmas que despiertan los deseos que son percibidos como problemáticos».

«Actualmente, son menos las prohibiciones que la norma, es decir, la norma que se transmite a través de la prensa, la televisión, las obras psicológicas de divulgación masiva, así como el discurso de ciertos médicos, ha reemplazado el lugar que antes estaba ocupado por los padres«.

«En la culpabilización de tipo paternal, el principio que opera es el de hacer referencia a una instancia superior, ya sea moral o religiosa, o de índole social, médica, psicológica, psiquiátrica, sexológica para denunciar un comportamiento «anormal» respecto a una «norma» generalmente establecida por un médico o un psiquiatra».

«Es propio a esta forma de culpabilización enseñar a ser sumiso a la ley, a no transgredir las reglas ya que uno se arriesgaría no solamente a condenarse e ir al infierno, a terminar en el cadalso, o a sufrir una castración y, sobre todo, a ser denunciado como anormal«.

«La sanción, en este caso, es la necesidad de ser curado, o la de tomar los medicamentos que normalizan…».

Lo interesante de estos planteamientos es que podamos alejarnos del discurso reinante para poder observar qué es lo que se considera como «normal» o «aceptable» y preguntarse si estamos o no de acuerdo con lo que plantea y, si además está atentando o no contra la libertad y la integridad de cualquier ser humano.

«… las terapias han reemplazado la confesión y la posibilidad de recibir la absolución a cambio de reconocer las culpas propias y de demostrar sumisión...»

Afortunadamente no todas las terapias son de ese tipo.

Creo que lo que nos viene a decir el Dr. Neuburger es que la familia y más tarde la sociedad utilizan los aprendizajes que se llevaron a cabo en la niñez para educarnos.

El problema surge cuando una vez adultos, formamos una pareja o una familia, y continuamos utilizando estos mismos mecanismos para hacer sentir culpable al otro de manera que colocamos nuestro propio malestar fuera de nosotros, es decir, lo desviamos mediante el mecanismo de la culpabilización para que recaiga sobre el que tenemos al lado.

La próxima semana hablaré de la culpabilización que se adquiere por la vía materna.

(Imagen: www.awas.up.nic.in)

¡Qué fácil resulta culpabilizar a otro y qué poca consciencia tenemos de ello!

(Por Clara Olivares)

El artículo con el que inauguré este blog hablaba sobre la retorsión en las parejas.

Hoy planteo otra forma en la que se puede llegar a manifestar el descontento y la angustia: haciendo sentir culpable a otro, o dicho de otro modo, culpabilizándolo.

Los problemas entre los individuos se deben, entre muchas otras razones, al mayor o menor grado que cada uno de nosotros posea para darse cuenta de aquello que siente y hace.

Entre más consciente sea una persona mejor se va a comunicar con el otro transmitiéndole su sentir mediante la palabra. Lo que no se dice, por lo general se actúa, como por ejemplo, culpabilizando.

Como dice la Biblia: «el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».

Todos hemos hecho sentir culpable a otro, bien sea a una pareja, a un amigo, o a un desconocido.

En múltiples ocasiones, no llegamos a ser conscientes de nuestras actuaciones, bien sea porque nos atemorizan sus consecuencias, o, porque nos da miedo no tener la certeza de saber con qué nos vamos a encontrar, o, simplemente porque no podemos controlar al otro.

Cuando alguien en nuestro entorno transgrede las normas establecidas, su transgresión nos genera angustia e inconscientemente necesitamos que rápidamente «vuelva al redil», así cesaría la angustia y el sentimiento de culpa que su comportamiento nos provoca.

La clave radica en la pregunta: el comportamiento de fulanit@ ¿a quién está angustiando? ¿a quién pertenece ese sentimiento? ¿es el mío o es del otro?

A mayor consciencia, menor es la culpabilización que ejercemos y viceversa.

Me gustaría hablar de un libro que ha escrito el Dr. Robert NEUBURGER y que viene muy a cuento con el tema.

Se llama «L’art de culpabiliser» (Petite Bibliothèque Payot, 2008).

A manera de presentación el libro dice: «Culpabilizar al otro es, hoy en día la manera de expresar el descontento en las parejas, Neuburger propone aquí las claves para darse cuenta de las tentativas de culpabilización antes de padecer sus efectos. Muestra igualmente que la supervivencia de una pareja se consigue en menor medida a las facultades para culpabilizar que a su capacidad de inventar compromisos, a ser tolerante y, sobre todo, a su capacidad para desarrollar y conservar el sentido de relatividad, el de reírse de sí mismo, y del humor.

No olvidemos jamás que los conflictos aparecen si ambos miembros de la pareja piensan que tienen la razón, y, como dice el poeta: allí en donde tenemos la razón jamás volverán a crecer las flores».

Este libro plantea que «las parejas no desperdician la ocasión para que las quejas y los reproches mutuos conviertan al otro en el responsable de todos sus males: …es tu culpa cuando: el coche de ha estropeado, estamos perdidos, el lava-vajillas no funciona, nuestro hijo ha suspendido matemáticas, ya no tenemos amigos, etc., etc

Pregunto: ¿no nos sentimos plenamente identificad@s? ¿no nos vemos retratados?

«Su objetivo es el de centrarse en la forma en que se utiliza el arma de la culpabilización más que en el sentimiento de culpabilidad«.

Por esta razón encuentro tan refrescante este libro, nos muestra de forma clara y amena cómo usamos la culpabilización con más frecuencia de lo que desearíamos.

«Cada persona y cada pareja ha establecido qué está permitido y qué no en su pareja y en su propia familia (hijos y/o familia de origen), en otras palabras, dónde están establecidas las fronteras«.

«Cuando alguno de los miembros de la pareja transgrede esta frontera, aparece la culpabilización del grupo o del otro miembro de la pareja«.

Es decir, cuando se traspasan los límites que un grupo o una persona ha establecido, lo natural es que su actuación despierte rabia. Muchas veces ésta se manifiesta a través de lo «no dicho».

«Está claro que esta capacidad no es una invención de la pareja. Uno de los componentes de la misma, apela a aquello que cada uno de los miembros de la pareja ha aportado a la cesta nupcial (reglas explícitas o no) de manera simbólica«.

Esta frase explica muy bien cuando me refiero a la relación de pareja como un hecho «a dos». Es decir, son las dos personas las que van aportando elementos a esa «cesta» que representa a la pareja.

«La capacidad para culpabilizar las transgresiones no nace con la pareja, más bien es reactivada por ella«.

En uno de mis artículos anteriores hablaba sobre cómo proyectábamos en la pareja o en los amigos la problemática personal que aún no hemos resuelto con nuestra propia familia (padres y hermanos) y que arrastrábamos como un peso muerto.

Neuburger arroja mucha luz sobre el origen de esta tendencia. Son unos mecanismos que se aprenden en la infancia (primero en la familia y más tarde con la escolarización) y que están muy arraigados en cada uno de nosotros.

«Para tener acceso a la culpabilización es indispensable que antes uno se sienta culpable. El origen de esta capacidad no se debe a la naturaleza o al entorno, sino a la experiencia personal del niño que le conduce a la auto-culpabilización«.

«Esta era la hipótesis de Freud y de Melanie Klein, que luego Donald W. Winnicott retoma y afirma que el proceso de culpabilización es, en un principio, de auto-culpabilización«.

«Es importante hacer la distinción entre culpabilidad, sentimiento de culpabilidad y complejo de culpa. La culpabilidad es un estado ligado a un acto en donde el autor ha sido juzgado como responsable de él. El sentimiento de culpabilidad es aquel que aparece cuando un sujeto ha trasgredido una regla establecida, ya sea a nivel de la sociedad, de la familia, o de la pareja. El complejo de culpa es un sentimiento irracional de ser culpable, sin causa aparente. Generalmente conllevan comportamientos auto-punitivos, incluso masoquistas«.

«… existen dos formas de auto-culpabilización: una de origen paterno y la otra de origen materno. Podemos completar este cuadro con una tercera fuente de auto-culpabilización, que interviene más tarde en la vida de una persona, más o menos sobre los 6-9 años de edad, y que está ligada a la adquisición por el niño de la capacidad de pensar en términos de grupo (en este caso de los iguales, llámense amigos o hermanos)«.

Neuburger vuelve a confirmar lo que ya sabíamos, bien porque se lo hemos aplicado a otros o lo han aplicado con nosotros.

«Cuando nos convertimos en adultos, llegamos al mundo de la pareja con estas tres capacidades adquiridas desde nuestra infancia: la que nace de sentirse culpable al transgredir la norma (auto-culpabilización vía paterna), aquella que se origina al sentir que se ha realizado un acto de desamor (vía materna) y la que nace de sentirse culpable por un acto en el que se viola la lealtad al grupo (auto-culpabilización frente al grupo de iguales y en este caso, al grupo-pareja)«.

«Más adelante, en nuestra propia vida, hemos encontrado adultos (padres, profesores y educadores) que han utilizado estos tres registros de auto-culpabilización que hemos aprendido para transmitirnos lo que está prohibido, los principios y los valores«.

«Este proceso, que constituye el llamado «superyó», se llama educación«.

En los siguientes artículos seguiré hablando sobre cada una de las tres modalidades, ya que nos guste o no, repetimos una y otra vez los modelos que aprendimos de pequeños.

(Imagen: Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll. Edhasa, 2002)