Marcar límites: una necesidad vital

(Por Clara Olivares)

Soy consciente de que me he metido en un tema difícil y espinoso. He de confesar que pasó mucho tiempo antes de que llegara a comprender del todo el concepto, quizás porque mi propio aprendizaje se llevó a cabo dentro de un contexto en el que había una total ausencia de límites.

Me parece que nunca nos llegamos a imaginar lo indispensables que pueden llegar a ser. Es más, muchas veces ni nos enteramos en qué consisten y porqué son tan necesarios.

Pero la buena noticia es que de forma inconsciente los establecemos (en la mayoría de los casos).

Sin ellos no es posible para un individuo la construcción de su propia identidad. Es gracias a su existencia que un ser humano puede construirse un soporte identitario alrededor del cual apoya su ser, en otras palabras, llega a saber quién es.

Un límite es ese punto en el que se dice: hasta aquí puedes. Normalmente es el otro quien se lo marca a uno y es gracias al intercambio que genera una relación que se lleva a cabo esa construcción.

Hablo de TODAS la relaciones posibles: entre padres-hijos, con los amigos, los parientes, la pareja, etc. Y por supuesto, consigo mismo.

Sin la presencia de un límite es imposible establecer y construir una relación verdadera con otro. Y hablo de una relación que, con el tiempo, se llega a convertir en un apoyo, en una pertenencia y que, además, contribuirá al crecimiento mutuo.

Decir sistemáticamente que no o prohibir algo, no es poner un límite. Y me parece que a veces se confunden estos conceptos.

Cuando el otro nos transmite el mensaje de: ésto te lo permito, ésto no, o, ésto lo acepto y ésto no, etcétera, nos está marcando un límite. Ya sabemos hasta donde podemos llegar con esa persona.

Imaginaros por un momento que circuláis por una autopista en la que no existe ninguna señal: ¿cómo sé que estoy circulando en el sentido correcto y así evitar tener un accidente? ¿Y si voy a una velocidad mayor de la que permite el diseño de la carretera y me desbarranco? ¿Cómo me entero? ¿Cómo sé que se aproxima una curva cerrada?

Así sucede en las relaciones interpersonales. Si no se marcan los límites no podemos saber cuáles son las reglas del juego para poder aprenderlas.

Cuando existe una ausencia de límites, reina el caos. Siempre su inexistencia pasa una factura, así como también la rigidez.

Se puede pecar de exceso o de defecto. O nos quedamos cortos (ausencia) o nos pasamos (rigidez).

Mensajes del tipo: todo vale, o, nada está permitido, ilustran los extremos en que se puede caer.

Un ejemplo que muestra este tipo de funcionamiento es cuando un niño pequeño (y no tan pequeño) tiene una pataleta y el adulto no hace nada. Los que observamos desde fuera el espectáculo nos subimos por las paredes y normalmente comentamos: ese crío se merece una palmada.

Una reacción por parte del adulto que sirva para marcarle un límite a ese niño le está enviando un mensaje que diría: hasta aquí puedes seguir la pataleta, no te permito continuarla. Si le establece un límite, observará atónito que el niño se calma. Éste ha aprendido qué puede hacer y qué no, ya lo sabe. Y es precisamente ese conocimiento el que le permite calmarse y estructurarse internamente.

Porque el no saber hasta dónde se puede llegar (en otras palabras, aprender las reglas del juego) genera una angustia devastadora. Todos los seres humanos necesitamos que nos pongan límites.

Me pregunto si la parálisis que observamos en algunos adultos no proviene del miedo de marcar un límite claro. Miedo a no ser un padre/madre «enrollado o cool», o, a pensar que el otro va a dejar de admirarlo o de quererlo, o, pensar que «qué va a pensar de mí», etcétera.

En el caso de la relación con otro, lo dramático es que sino existen límites, nunca se llega a comprender qué pasa. Es como intentar jugar un juego nuevo sin un manual de instrucciones.

Y como señalo más arriba, el hecho de sobrepasar los límites personales también pasa una factura.

Todos poseemos un límite físico, emocional e intelectual. Cuando se sobrepasa cualquiera de ellos, se enferma, se tiene un ataque de furia o se disparan una serie de ideas catastróficas, por ejemplo.

El inconsciente y el cuerpo son sabios y mandan mensajes sutiles que informan cuándo se han sobrepasado los límites personales.

Los traspasamos por un sinnúmero de razones, la inmensa mayoría proviene del tipo de aprendizaje que hicimos en nuestro entorno familiar.

Podemos venir de una familia en donde se exigía demasiado, o de una en donde nunca era suficiente, o de una que descalificaba sistemáticamente, o de una en donde no había límites

Quizás lo importante es tener presente que el aprendizaje que hicimos es el que es, en el pasado hicimos lo que pudimos e intentamos comprenderlo, pero HOY sí podemos hacer algo.

Esa perspectiva permite dos cosas: una, a ser más compasivos e indulgentes con los pecados ajenos y con los propios, a dejar de ser tan rígidos y, dos, a que lo podemos cambiar, podemos construir otra realidad.

No sé a vosotros, pero a mí me llena de esperanza.

Y continuándo esta reflexión, el próximo artículo tratará de un tema diréctamente asociado con éste: la violencia.

(Imagen: www.skacat.com)

¿Por qué resultará tan difícil decir NO?

(Por Clara Olivares)

Muchas más veces de las que desearíamos, terminamos diciendo que , cuando en realidad lo que nos apetece es decir que no.

Es una dificultad generalizada: mujeres, hombres, padres, madres, amigos, etc. la padecemos.

¿Qué nos lleva a funcionar así? Me parece que un buen número de razones, pero me atrevería a afirmar que la principal está cimentada en la educación recibida.

Decir que no, al igual que manifestar el enfado, tienen muy mala prensa.

En el caso de las mujeres, podría tener que ver con la educación para complacer y para anteponer siempre las necesidades de otro a las propias. Y en el de los hombres, el hecho de negarse es visto como un acto de muy mala educación.

Tanto los unos como las otras fuimos «adiestrados» y «condicionados» como el perro de Pavlov (aquel al que cada vez que le presentaban un plato de comida sonaba una campanilla, de tal forma que cuando el perro escuchaba el sonido de la campanilla comenzaba a salivar) para decir siempre sí.

Lo curioso es que este «condicionamiento operante» se usa en las relaciones interpersonales más de lo que podemos imaginar. Sin duda, es muy efectivo.

¿Qué ha pasado? Que en la mayoría de los casos se termina por recurrir a la fabricación de una disculpa para salir airos@s.

No es un mal recurso ni muchos menos, el problema viene cuando no sabemos si el otro nos dice la verdad o no.

Evidentemente, existen personas que se aprovechan de eso. Suelen utilizar las palabras mágicas que funcionan como un ábrete sésamo: «necesito» y «tienes que«.

Saben perfectamente que la otra persona no va a negarse a su petición, y, abusan.

Y todos sabemos por experiencia propia que cuando alguien abusa de nosotros la rabia que genera ese abuso es enorme!

Una sociedad o una familia que no contempla la necesidad de establecer unos límites claros entre los individuos para garantizar una convivencia sin atropellos, llevará indefectiblemente al caos.

Cómo reza el dicho: «Ni tan cerca que queme al santo, ni tan lejos que no lo alumbre».

En toda relación (pareja, paterno-filial, familiar, amigable, etc.), la ausencia de límites (bien sea por exceso o por defecto) siempre es nefasta. Decir  no, es establecer un límite entre el uno y el otro.

Significa marcar el lugar donde termina la libertad de una de las personas y comienza la libertad de la otra.

La ausencia o la poca claridad de límites causan en cualquier ser humano una angustia insoportable e insostenible.

Una persona necesita saber hasta dónde puede llegar. Cuando le marcan  un límite, la angustia cesa y puede comenzar a estructurarse como individuo.

El ejercicio de la autoridad es una forma de establecer límites.

Sin embargo, es muy importante señalar la enorme diferencia que existe entre autoridad (presencia de un límite) y autoritarismo (ausencia de un límite).

Desafortunadamente, se suelen confundir estos dos conceptos con demasiada frecuencia.

En mi próximo artículo propongo estrategias para decir que NO sin necesidad de negarse abiertamente.

(Imagen: www.fotolog.com)