El arte de la discusión

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Por Clara Olivares

La palabra «discusión» en muchas ocasiones se confunde con el concepto de «pelear» o de «pelea».

Cuando se entabla una pelea, ésta sólo tiene dos finales posibles: ganar o perder. Consiste en un enfrentamiento entre dos o más personas/grupos en los cuales el objetivo que se persigue es el de combatir al otro(s) para, finalmente, imponer la propia voluntad y/o el propio punto de vista.

En otras palabras, lo que se hace es combatir. Nada más lejos del deseo de comunicar. En una pelea se emite un juicio sobre la idea o sobre la persona y se le califica: estás conmigo o contra mí.

En cambio discutir, como señalo en el título de este artículo «es un arte».

Una discusión es un discurso o una conversación en la que se intercambian puntos de vista, ponencias y críticas sobre un tema propuesto a debate. A menudo los grupos poseen ideas o visiones contrapuestas. 

Wikipedia

 La discusión enriquece.

Desgraciadamente, la educación que hemos recibido no nos enseña a discutir.

Por lo general, la curiosidad queda fuera de la ecuación, y sólo ésta permite que averigüemos de donde proviene el parecer del otr@.

Ésta (la curiosidad) hace que dejemos de mirarnos el ombligo y levantemos la vista para comenzar a «ver» al otr@.

Nos podremos plantear preguntas tales como:¿Qué ha hecho que esta persona piense de tal o cual manera? ¿De dónde provienen sus ideas? ¿Son suyas realmente o se las han transmitido?

Si ante una discusión alguien llega a tomárselo como un ataque personal, valdría la pena que se cuestionara sobre el porqué lo vive como una agresión.

Disentir con una idea jamás implica un ataque. Al contrario alguien disiente por una serie de razones que le han conducido a pensar o a sentir de esa forma.

Razones que, en la mayoría de los casos, no nos tomamos la molestia de indagar.

Oponerse por sistema es una actitud que adoptan algunas personas. Lo hacen porque seguramente aprendieron a funcionar así , o, por simple y llana rebeldía, o, porque esta era el único recurso de que dispusieron para sobrevivir a un entorno en donde la diferencia estaba prohibida.

Oponerse es una forma de confirmarse como individuo único e irrepetible. Ser consciente de esa unicidad es vital para la construcción de una identidad sólida.

Esta actitud hace que, por lo general, quienes poseen este tipo de funcionamiento no sean muy conscientes de éste, y que, seguramente de manera inconsciente, teman adentrarse es ese terreno.

Sin duda, llegar a saber cuáles son estas razones, requiere poseer un mínimo de auto-reflexión que le permita cuestionarse a sí mism@ sin el temor a lo que se pueda encontrar.

Repito, la discusión enriquece, no sólo porque ayuda a conocer al otro sino porque fomenta el autoconocimiento.

Quizás esta resistencia pueda deberse a la imposibilidad de soportar la diferencia. Diferencias que se expresan a través del pensamiento, las emociones, las acciones y el aspecto físico.

En algunos casos, esta imposibilidad puede ser fruto de una relación fusional con alguno de los progenitores.

Obviamente, existen grados de fusión. Quizás, el hecho de manifestar esa diferencia era penalizada en el entorno familiar y la consecuencia era la exclusión del grupo.

Hablo de la familia, pero este principio es aplicable a cualquier grupo: iguales, colegas, amigos, etc.

Ser o mostrarse diferente está mal visto.

De esta reflexión se desprende el terror que puede despertar en alguien que ha vivido esa experiencia ser protagonista de una discusión.

Me parece que cuándo descubramos lo apasionante que puede llegar a ser una discusión, seguramente nos haremos fans de ella.

En mi próximo artículo hablaré sobre las relaciones fusionales.

(Imagen: www.todoavatar.com)

La depresión

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Por Clara Olivares

Antes de comenzar el artículo quiero aclarar que voy a hablar de la depresión vital, no de la depresión clínica, esa es otro asunto.

La depresión ha sido denostada, temida, vapuleada, degradada, descastada, pero yo soy una gran fan de ella.

Me sorprende el miedo que por lo general despierta. Es el coco, la «bicha», nadie quiere saber de ella.

¿Por qué se la teme de esa manera?

Imagino que la rodea un halo de prejuicios: «es malo deprimirse«, aunque no se dice por qué, «debes evitar deprimirte«…

Me parece que a las personas se les dispara el imaginario más catastrófico cuando se la nombra.

Pero me parece que justamente, es gracias a ella que contactamos con nuestros sentimientos más profundos.

Cierto es que cuando se destapa la caja de Pandora, no podemos saber (ni controlar) de antemano que puede salir de ella, y, eso genera mucho miedo.

Lo que no sabe la mayoría de la gente es que, deprimirse forma parte del proceso vital de crecimiento interior, en otras palabras, madurar.

Sólo cuando contactamos diréctamente con nuestros sentimientos y permitimos que éstos nos embarguen, sabremos quienes somos en realidad.

Sé de un caso en el que un señor un día se sentó en una silla (sólamente salía para ir a trabajar) y estuvo llorando durante un mes. Al cabo de ese tiempo, se levantó y retomó su vida cotidiana.

Jamás un proceso vital se completa totalmente hasta que no nos deprimimos.

Es necesaria, en algún momento de nuestra vida tenemos que deprimirnos y sentarnos a llorar.

Si no contactamos con nuestro sentir profundo y verdadero jamás conseguiremos la madurez.

Me decía una terapeuta: «para que un proceso terapéutico se complete, es indispensable que la persona viva una buena depresión«.

Gracias a ella nos humanizamos.

Es como si, de alguna forma, comenzáramos a ver el mundo desde otra óptica. Las cosas de la vida pasan de ser «blanco o negro» para adentrarnos en una visión que contempla todas las gamas del gris.

Ante cualquier evento al que nos enfrentamos podemos comenzar a mirar muchos más aspectos, aparte de lo que resulta obvio. Es como si comenzáramos a observar todo aquello que tiene lugar «tras bambalinas».

Seremos capaces de mirar «más allá» y, lo más importante, el órgano que comienza a tomar relevancia es el corazón.

Vemos con los ojos del corazón, no con los de la razón.

Y, eso, marca una diferencia abismal.

No estamos habituados a contemplar el mundo desde esta perspectiva, ni el mundo tampoco.

El corazón tiene razones poderosas para sentir lo que siente, aunque en muchas ocasiones se nos escape su significado profundo.

Podemos engañar a la razón con un discurso elaborado, pero al corazón, jamás.

Y es aquí cuando entran en juego todos los posibles sentimientos que alguien o algo nos despierta. Escapan a los juicios… se siente lo que se siente sin más.

¿Por qué no intentamos ser honestos con lo que sentimos? Hagamos la prueba. Igual nos sorprendemos.

En mi próximo artículo hablaré sobre la frustración.

(Imagen: www.revistareplicante.com)

Cómo decir las cosas

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Por Clara Olivares

Cuentan que Winston Churchill tenía una estrategia cuando estaba muy enfadado con alguien y le tenía que decir algo. Ésta consistía en coger papel y lápìz y escribir todas las cosas que deseaba decirle a esa persona «en caliente»: quejas, insultos, exabruptos, palabras malsonantes, descalificaciones, etc. Una vez que había descargado todo su enfado en el papel, quemaba la carta y, ya sereno, escribía aquello que necesitaba decirle a la persona sin que sus emociones tomaran el mando.

Sabia estrategia, ¿cierto?

Yo siempre he creído que se pueden decir todas las cosas, incluso las más duras, sin necesidad de dañar al otro.

Felizmente los humanos poseemos el lenguaje, ¡no desperdiciemos ese privilegio! Lo he dicho en otras ocasiones, y lo vuelvo a repetir, quizás el secreto radica en aprender a decir las cosas sin lastimar.

Es un arte sin duda y, como todas las artes, éstas se perfeccionan con la práctica.

Es recomendable alejarnos de las artimañas barriobajeras y retorcidas que much@s de nosotr@s hemos aprendido a utilizar de manera automática para conseguir nuestros propósitos.

Huyamos de la manipulación y de las estrategias culpabilizadoras y perversas, aunque éstas sean las que se hayan popularizado y su contagio se propague por doquier.

¿Qué tipo de sociedad queremos ayudar a crear? ¿Nos interesa fomentar intercambios basados en la agresividad y en la destrucción? Me imagino que no.

La estrategia de Winston Churchill me parece muy útil. Claro que nos enfadamos con el otro y que el primer impulso que tenemos es el de atacar. Pero si permitimos que éste prime, ¿a dónde se han ido tantos siglos de evolución?

Sería una pena desecharlos sin más.

¿Qué hacer? Lo primero es permitir la expresión de nuestras emociones, bien sea escribiéndolas o diciéndolas ante un espejo, o saliendo a correr, etc. El objetivo es evacuarlas SIN negarlas y, especialmente, sin causar daño.

Una vez calmadas nuestras ansias de sangre, analizar la situación, sin olvidar jamás que siempre son dos partes implicadas: el otro y yo.

Una fórmula eficaz es la de «ponerse en los zapatos del otro».

Nuestras abuelas siempre nos lo decían. Para poder prever las posibles reacciones del otro, es muy útil ponerse del otro lado y hacer el ejercicio de escuchar lo que tenemos pensado decir.

¿Cómo lo recibo? ¿Es una agresión? ¿Estoy descalificando a la persona?  ¿La estoy manipulando? ¿Le estoy haciendo sentir culpable?

Es muy importante utilizar un lenguaje neutro carente de carga emocional.

Os remito a algunos de los artículos que he escrito, como «los mensajes yo», «la culpabilización y todos sus derivados». En ellos expongo claves que nos permiten hacer un pequeño auto-análisis de nuestro comportamiento y aplicar conceptos sencillos y claros.

No sólo es importante analizar QUÉ digo sino CÓMO lo digo.

Es fácil enmascarar nuestro enfado detrás de palabras bonitas.

Los que utilizan las estrategias pasivo-agresivas son unos maestros en este arte. Sutilmente consiguen sus objetivos manipulando.

Hacerse la víctima o inocular la culpa suelen dar unos resultados muy efectivos.

Intentemos ser honestos con nosotr@s mism@s y no nos contemos historias. Podemos engañar a todo el mundo, pero no a nosotr@s mism@s.

Hagamos un ejercicio de empatía: pensemos en el otro como nuestro interlocutor, no como nuestro enemig@.

Me parece que no llegamos a ser del todo conscientes de la gran herramienta que poseemos. Utilicémosla para construír, no para destruír.

En mi próximo artículo voy a hablar sobre la renuncia.

(Imagen: www.venyve.com)

El valor terapéutico de la palabra

 mujer bla, bla, bla

Por Clara Olivares

No soy la primera ni seré la última en escribir sobre los enormes beneficios que tiene hablar sobre lo que nos inquieta y perturba.

La palabra posee la peculiaridad de liberar el alma.

En incontables ocasiones callamos. Por miedo, por creer que de nada sirve decir las cosas, por evitar conflictos, etc. Las causas por las que guardamos silencio son muy variadas.

Pero lo que no solemos pensar es que, precisamente, si hablamos, si nombramos las cosas, los fantasmas que albergamos en nuestro interior pueden encarnarse a través de la palabra y dejar de asustarnos.

No en vano, el eje central de las terapias consiste en poner en palabras lo que nos asusta o molesta, y al hacerlo, el poder que ésto poseía de perturbarnos y sumirnos en las brumas del mundo fantasmal, desaparece.

Si conseguimos expresar esos miedos, esos temores, esos secretos, etc. nos liberaremos de esa carga y seremos más libres.

La palabra, siendo algo aparentemente banal, encierra tal riqueza que al hacer uso de ella, actúa como un bálsamo.

Por esa razón es tan terapéutica, nos libera y dejamos de estar prisioneros por el mundo de los fantasmas y de las creencias, entre otras cosas.

También es cierto que algunas palabras están envenenadas, se utilizan para causar daño y para dominar.

Es importante estar alerta para detectar el veneno. Como lo he dicho en otras ocasiones, la «tripa» nunca miente. El cuerpo es el primero en registrar la agresión. Por eso es primordial que se abran los canales de percepción y se desplieguen las antenas para captar las actuaciones de ese tipo.

El cambio que ocurre cuando podemos poner en palabras y nombrar aquello que nos tiene paralizados, o atemorizados, es que aquello que vive en nuestro interior actuando como un veneno que nos carcome, se neutralice.

Recordemos que lo que no se nombra, no existe. Precisamente, es gracias a la palabra que el mundo se encarna.

Existen muchas familias en las que la palabra está secuestrada.

La regla imperante es el silencio. Sus miembros son capaces de ver y sentir lo que está sucediendo en su entorno pero al no nombrarlo, se enferma (física y psíquicamente).

Es como si a través de los síntomas se representara el drama familiar.

El trabajo a realizar es el de liberar la palabra permitiendo que las personas hablen.

No me cansaré de repetir, una y otra vez, la enorme importancia que tiene hablar para poseer un buena salud mental y mejorar la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Es muy fácil caer en las garras de la interpretación y de los malos entendidos por no decir las cosas. Con esta actuación sólo conseguiremos llenarnos de ira y resentimiento, perjudicando seriamente la relación con el otro.

El malestar que podemos llegar a sentir es muy grande. Me pregunto por qué no somos capaces de hablar la mayoría de las veces y optamos por permanecer en silencio.

Desde aquí os invito a intentar hablar. Los beneficios que obtendréis con ésta práctica siempre serán enormes.

Puede que al principio resulte difícil superar los prejuicios, pero sin duda el esfuerzo redundará en ventajas tanto para el que nombra como para el que escucha.

En mi próximo artículo hablaré sobre cómo decir las cosas.

(Imagen: www.reflejounpensamiento.blogspot.com)

Comunicación perversa (3)

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Por Clara Olivares

Antes de abordar el tema, considero que es necesario tener en cuenta algunos conceptos fundamentales de la comunicación.

Todo mensaje presenta dos aspectos: el contenido y la relación. El contenido hace referencia a la palabra, y la relación es todo lo que se comunica a través del lenguaje no verbal y que determina el tipo de vínculo que se crea entre ambas personas.

Por ejemplo, alguien puede decir «te quiero» mientras lee el periódico o mira para otro lado, o bien, acompañar la palabra con un beso. ¿Cuál de los dos casos confirmaría esa declaración?

Si el contenido y la definición de la relación concuerdan, es decir, ante una afirmación amorosa existe una expresión que la confirma, entonces no se crea confusión.

Es en el intercambio de la comunicación entre dos personas como se define el tipo de relación. La naturaleza de una relación queda condicionada por la valoración de los procesos comunicativos por parte de los interlocutores.

Todos los intercambios de comunicación son simétricos o complementarios en función del principio en el que están basados, así serán intercambios cimentados en la igualdad o en la complementariedad.

Por ejemplo, una madre con su hij@, o un jef@ con su emplead@, (complementaria) o dos amig@s, o compañeros de juego (simétrica).

Una relación puede ser simétrica en unos aspectos y complementaria en otros. Imaginemos una relación trabajador-patrón. En el aspecto laboral es una relación complementaria, pero si salen al campo de fútbol a jugar un partido, mientras juegan se transformará en una relación simétrica.

En el caso de la comunicación perversa se emiten mensajes contradictorios y simultáneos, es decir, se dice una cosa con la palabra y al mismo tiempo se niega lo dicho con el lenguaje no-verbal.

Ésta recibe el nombre de comunicación paradójica y el efecto que produce en el otro es la parálisis. Órdenes del tipo: «debes amarme, o, sé espontáneo», son en sí mismas una paradoja que impide una elección entre dos alternativas.

Si alguien ama a otra persona es porque lo desea, no porque se lo ordenan. Así mismo, si me imponen ser espontáneo, si intento serlo automáticamente dejo de serlo.

La persona en cuestión se encuentra ante una disyuntiva: ¿a quién creo? ¿A la persona que significa mucho para mí? o ¿le hago caso a mi percepción?.

En la mayoría de los casos, aparece este maltrato en el seno de una relación vital (bien sea amorosa, laboral, etc.). Ésto hace que para quien la sufre sea inasumible dudar de lo que esa persona dice, en consecuencia se piensa que quién está equivocad@ es él e irremediablemente se duda de la propia percepción.

¿Cómo pensar que una madre miente? o ¿que una pareja maltrata?

De esta forma se afianza la relación asimétrica entre ambas personas. No hay que olvidar que el perverso busca establecer una relación dominad@r-dominad@ basada en el poder y el dominio.

Pero volvamos a las estrategias que despliega.

Una de ellas es rechazar la comunicación directa: elude las preguntas directas, no nombra nada pero lo insinúa todo (levanta los hombros, suspira,…) de forma que la víctima se pregunte «¿qué habré hecho? o, ¿qué tendrá?. Como nada se habla claramente, lo reprochado puede ser cualquier cosa. Su comunicación verbal es escasa.

Niega la existencia del reproche y del conflicto, así paraliza a la víctima (es absurdo defenderse de algo que no existe).

Deforma el lenguaje: utiliza una voz monocorde, insulsa, ausente de cualquier tonalidad afectiva y por la que asoma el desprecio y la burla. Es muy importante abrir la escucha para detectar el tono y no quedarse en el contenido.

Utiliza mensajes vagos, imprecisos y contradictorios, como por ejemplo, «imposible!, o, ya debería ud. saberlo». Nunca va a explicar por qué es imposible ni qué es lo que debería saber.

También miente, es sarcástic@, se burla del otr@ y lo desprecia.

Suele descalificar constantemente, privando al otro de todas sus cualidades: «lo haces mal, eres inept@…»

También le fascina enfrentar a unos y otros sembrando cizaña, provoca celos y rivalidades mediante alusiones que siembran la duda: «¿No crees que fulano es así o asá?».

Así mismo, suele generar rumores falsos sobre el otr@ de forma tal que este último no pueda identificar su origen.

Por último, suelen ser dogmáticos e impositivos. La verdad es su privilegio, todo lo que no se acerque a su discurso no existe.

Como podréis comprobar, lo más prudente es alejarse de estos seres lo más rápidamente posible, y si esto no es posible, hay que neutralizarlos.

Recordad que con un pervers@ NO HAY CASO!!!! Descartad cualquier intento de salvarles… son casos perdidos.

A menos, claro, que por un milagro pudieran deprimirse y se volvieran human@s, sintiendo.

En mi próximo artículo hablaré sobre el valor terapéutico de la palabra.

(Imagen: www.estarguapas.com)

¿Qué hacer ante un@ pervers@? (2)

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Por Clara Olivares

Como ilustra la imagen, si un perverso se cruza en nuestro camino lo aconsejable es alejarse.

A ser posible, literalmente, es decir, poniendo tierra por medio. Y si no lo es, es aconsejable buscar un alejamiento en la relación, de forma que se circunscriba de forma exclusiva al contexto de la misma (trabajo, vínculo de sangre, amistad, etc.) sin buscar ni esperar jamás una cercanía emocional.

¿Que hacer para escapar de sus garras?

Nunca hay que olvidar que con un perverso es IMPOSIBLE establecer un vínculo de igual a igual, más aún, ningún tipo de relación interpersonal.

Ellos sólo buscan las relaciones de fuerza en las que se crea un intercambio del tipo dominador-dominado. Evidentemente, ya sospechamos quién se ubicará en el lugar dominante.

Cree firmemente que cualquier relación parte de la desconfianza y la manipulación. Piensa que nadie escapa a este principio.

El perverso abortará sistemáticamente cualquier intento que la persona haga porque aflore el conflicto (contrariamente a lo que está en el imaginario de mucha gente, el conflicto es sano y necesario).

Con él se reconoce al otro como interlocutor con el que puedes estar o no de acuerdo, pero siempre se parte del hecho que el otro EXISTE. El conflicto permite establecer una relación simétrica (las dos personas están al mismo nivel y se reconocen mútuamente como seres humanos).

Recordemos que para un@ pervers@ el otro no existe, es un objeto.

Por eso es tan importante lograr que no consiga su objetivo al lograr que el otro funcione de la misma forma que él. En el momento en que respondemos utilizando su mismo esquema, él ha ganado.

Su objetivo primordial es destruir al otro y que mejor forma de hacerlo que pervirtiéndolo, es decir convirtiéndolo en alguien semejante a él.

Es importante recordar que un@ pervers@ no siente culpa, por eso no hay que caer en el juego de hacerlo sentir culpable con recriminaciones, acusaciones, etc.

Desde el principio, tenemos la partida perdida. Ell@s son tremendamente hábiles para convertir en culpable a quien le hace un reproche. Ell@s nunca son culpables de nada, el problema siempre es del otro.

En cuanto a la descalificación sistemática que hace, es recomendable no caer en ese juego.

Me explico: ante una descalificación (sin base real, nunca la tiene) lo habitual y lo normal es que la persona agraviada proteste e intente justificar que ella no es así. El perverso no lo reconocerá nunca y lo seguirá descalificando, entonces la persona se esforzará por aportar más pruebas, pero él seguirá negándolo.

Este intercambio desembocará en un juego infernal en el que el agraviado NUNCA va a ganar. Por esta razón lo más inteligente es renunciar a modificar la imagen negativa que de nosotros nos devuelve el perverso.

Con decirle: «sí, quizás soy aburrida (o una nulidad, o, una calamidad, etc.) «, le cortamos de raíz su juego. Pensemos que al buscar destruir al otro, ataca su imagen devolviéndole un retrato negativo de sí mismo. Nadie soporta tener una auto-imagen negativa, por esa razón es fácil caer en su juego.

Va destruyendo poco a poco la valía del otro hasta conseguir que pierda toda su autoestima.

Es importante no creer lo que nos dice sobre nosotros. Busca el lugar que más le duele al otro y es allí donde asesta el golpe.

De ahí la inmensa importancia que tiene estar alerta para reconocer lo más rápido posible el veneno que intenta inocular y desactivarle el juego.

Los pasos a seguir se podrían resumir en cuatro puntos:

1. Identificar

2. Actuar

3. Resistir psicológicamente

4. intervención de la justicia, si es necesario.

La descripción que he venido haciendo de ell@s, posee varios elementos que permiten identificar con mayor rapidez a estos personajes. Soy consciente que hacerlo no siempre es evidente, ell@s saben muy bien cómo camuflarse. Pero también sé que una vez que se ha sufrido a uno de ellos se desarrolla un olfato muy fino para poder identificarlos.

La acción es el siguiente paso, para ello es primordial parar inmediatamente sus juegos.

La resistencia psicológica es importantísima a la hora de atravesar esa situación. Lo más probable es que las personas cercanas tomen partido e incluso lleguen a pensar que uno exagera.

Buscar apoyo en aquellos amigos incondicionales, éstos son aquellos que no juzgan y que están ahí.

Si fuese necesario, se debe buscar la ayuda profesional.

Lo importante es no quedarse aislado (eso será lo que buscará el perverso) y encontrar arropamiento y apoyo.

Es lamentable constatar la proliferación de estos personajes. Parece que la sociedad en que vivimos favorece su expansión. Confiemos en que no durará mucho tiempo.

Concluyo afirmando que un perverso actúa porque puede, es decir, ejerce su perversión porque el entorno social y familiar lo permite.

En mi próximo artículo hablaré sobre la comunicación perversa.

(Imagen: www.muyalfondodemi.blogspot.com)

El sufrimiento

 

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Por Clara Olivares

El sufrimiento es la sensación motivada por cualquier condición que someta a un sistema nervioso al desgaste. El sufrimiento, como cualquier otra sensación, puede ser consciente o inconsciente. Cuando se manifiesta de forma consciente lo hace en forma de dolor o infelicidad, cuando es inconsciente se traduce en agotamiento o cansancio.

Wikipedia

sufrimiento s. m.

1   Dolor o padecimiento físico o psíquico que experimenta una persona.

2   Paciencia con que se sufre o se soporta una desgracia.

 Diccionario Manual de la Lengua Española

 No sé porqué últimamente tengo la sensación de que estamos viviendo una época en la que se buscara conscientemente el sufrimiento físico y la proliferación de gimnasios me ha dado qué pensar.

Si bien es una alternativa atractiva para todas aquellas personas que, de no existir esos lugares, no sacarían el tiempo ni el espacio para hacer ejercicio. Dejando de lado este aspecto, me pregunto si esta súper-abundancia de ofertas no estará mostrando algo más profundo (socialmente hablando) que el simple deseo de estar en forma.  

Me pregunto si quizás no se estará buscando de manera inconsciente llenar un vacío, la falta de contacto con las emociones y por lo tanto la imposibilidad de sentirlas y expresarlas.

Ante una persona que a través del ejercicio físico somete a su cuerpo al dolor de forma consciente, me asalta la duda de si no se está sobrepasando los límites internos con el fin de conseguir esa apariencia física perfecta a toda costa, aquella que difunden los medios de comunicación.

¿Un dolor como recompensa?

Los cuerpos que nos muestran son cuerpos ideales, perfectos, con el plus de haber sido sometidos a largas sesiones de photoshop.

El impacto viene cuando te miras al espejo y te encuentras con un cuerpo real, que en la mayoría de los casos, no coincide con aquel que se empeñan en mostrarnos hasta la saturación.

¿Y cuál es la reacción inconsciente que se experimenta ante esa constatación? Seguramente el sufrimiento, grande o pequeño.

Entonces, ¿no será esta práctica un mecanismo para acallar de forma inconsciente el sufrimiento psíquico que produce intentar alcanzar la perfección el todas las facetas de su vida?

Porque ¿qué sucedería si me dejo sentir el dolor que tengo en el alma?

Recordemos que cuando alguien se permite sentir se hace más humano.  Pareciera que mostrarse vulnerable, frágil, fuese algo prohibido.

Está demostrado que negar lo que se siente lleva a que se disparen las alertas emocionales de ansiedad y frustración, hasta llegar a la pérdida de la consciencia del dolor, es decir, no admitir su existencia.

Ser consciente del dolor emocional nos hace humanos y ésta particularidad permite que establezcamos conexiones con otros, que creemos vínculos afectivos. Sin ellos terminaríamos por convertirnos en seres fríos, distantes y sin emociones, incapaces de ser empáticos, en otras palabras, nos volveríamos personas perversas.

El antídoto para evitar que esa transformación se lleve a cabo consiste es reestablecer la conexión con nuestra parte emocional, con el sentir. Parece que para algunas personas el experimentar ese dolor físico supliera su incapacidad para conectar y expresar su dolor emocional.

El hecho de desplegar las antenas que nos permiten captar la alegría y el dolor propio y ajeno, hace que entremos en contacto con el sufrimiento.

Sería interesante analizar cómo gestiono mi propio sufrimiento.

¿Soy consciente de él?

¿Se manifiesta a través de la ansiedad, la frustración o el agotamiento?

¿Le estoy dando un espacio a mis emociones?

Creo que éste sería un buen momento para superar el miedo que produce el sufrimiento. Si no somos capaces de experimentarlo nos iremos muriendo poco a poco interiormente.

En mi próximo artículo hablaré sobre los hijos parentalizados.

(Imagen: www.a-different-way.blogspot.com)

 

 

El cuidado

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Por Clara Olivares

¿Qué significa realmente cuidar de otro?

Probablemente se nos vienen a la cabeza infinidad de ideas e imágenes que ilustran este concepto.

Una cosa si tenemos muy clara,  jamás olvidaremos aquella ocasión en que nos sentimos cuidados por alguien. Son momentos que seguramente quedaron grabados en nuestro corazón de manera indeleble.

Casi tod@s hemos estado en una situación en la que hemos necesitado que otro nos cuide y se haga cargo de nosotr@s.

Quizás atravesamos una época de indefensión y de vulnerabilidad (una enfermedad, una pérdida, un apuro económico, etc.) en la que agradecimos la ayuda que otra persona nos prestó.

De igual manera, esta experiencia nos capacitó para detectar cuándo otro precisa de nuestro apoyo.

Sería interesante plantearse varias preguntas al respecto: ¿verdaderamente esa persona necesita ayuda? o, ¿es mi propia necesidad la que me urge a actuar?

En algunas ocasiones tenemos enfrente de nuestras narices a alguien que nos necesita y, sin embargo, por razones que seguramente están más en relación con nuestra propia historia, somos incapaces de percibir sus mensajes de socorro.

Estos mensajes se expresan a través de gestos, de ademanes, de palabras, de miradas, etc.

Nos pueden indicar que precisan de un abrazo, o, de que le lancemos un salvavidas porque se está ahogando.

Desgraciadamente, existen personas que no son capaces de identificar una situación en la que alguien les envía una señal de socorro.

Recuerdo un ejemplo que encuentro muy ilustrativo. imaginemos que una persona se está ahogando en un lago. Estamos viendo que se ahoga, sin embargo, no le socorremos porque no nos ha pedido expresamente que le lancemos un salvavidas.

Pareciera que los actos de otro y la palabra que los acompaña estuvieran disociadas en nuestra cabeza. Es como si no fuéramos capaces de relacionar acto y palabra para poder comprender que ese alguien nos necesita.

No somos capaces de entender que quizás no nos pide que le lancemos un salvavidas porque no puede, se está ahogando. Si alguien nos pregunta por qué no le socorrimos podríamos responder que como no nos lo pidió de manera explícita, no lo hicimos.

Dicho así suena irrisorio, pero os sorprendería constatar que son muchos los sujetos que poseen ese tipo de funcionamiento.

Para desarrollar la habilidad para captar los gritos de socorro de otro es primordial que aprendamos a desplazar el centro de nuestra atención de nosotr@s mism@s hacia el otro.

No es un trabajo que se realiza automáticamente según nuestro deseo. Requiere de un arduo trabajo interior, no siempre agradable, mediante el cual aprendemos que el universo deje de girar sobre nuestro propio ombligo.

Este aprendizaje nos capacita para escuchar las señales de otro y al mismo tiempo, poder descifrar cuales son las necesidades que su mensaje encierra.

En algunas ocasiones lo que percibimos no necesariamente es lo que el otro quiere tansmitir.

Fruto de esta discrepancia nace la importancia de PREGUNTAR si eso que nosotros estamos percibiendo corresponde a la realidad: ¿el mensaje que el otro nos ha enviado es lo que esa persona quería pedirnos?

La teoría de la comunicación plantea un principio básico: el de comprobar que el mensaje transmite realmente lo que se desea decir.

Parece una tontería pero no lo es para nada.

La cantidad de malos entendidos que surgen de la falta de comunicación es pasmosa.

Es habitual que se confundan cuáles son los mensajes que nacen de mi propia necesidad y cuáles son de la otra persona.

Por esa razón es importante que se identifique rápidamente a quién pertenece la demanda: ¿de quién es?, ¿es la mía o la del otro?

No es raro que proyectemos sobre el otro nuestras propias expectativas y necesidades.

Recuerdo un chiste al respecto: «¿cuál es la definición de jersey? Eso que le ponen a un niño cuando la madre tiene frío».

¿Cuál es la forma habitual que tenemos de reaccionar? ¿Es la misma con todas las personas?

En mi próximo artículo hablaré sobre la orfandad.

(Imagen: www.dospuntodios.com)

El sentido de la vida

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Por Clara Olivares

¿Para qué vivir?

Esta es una pregunta que, si bien no nos la hacemos constantemente, sí nos la planteamos en algún momento de nuestra vida.

El cine, la literatura, la filosofía, la religión, la teología, etcétera, etcétera, etcétera, han intentado dar una respuesta.

Honestamente, no sé si lo han conseguido o no, dejando a quien pregunta satisfecho con su respuesta.

Pero el objetivo de mi escrito no pretende contestar a esa pregunta, creo que sería una gran pretensión por mi parte intentar hacerlo.

Lo que me interesa, es que independientemente de las creencias personales,  cada un@ de nosotr@s necesita algo que le dé sentido a su propia existencia.

La única realidad que conocemos es que nacimos, estamos vivos. ¿Lo pedimos? ¿Lo escogimos? ¿Fué el azar quién nos colocó en este mundo?

Cada persona tendrá su propia lectura.

Puede que se tenga una relación transcendente o inmanente con la vida.

Lo que sí es cierto, es que los momentos de sufrimiento y de gozo, vienen a ser idénticos para TOD@S.

No creo que exista una forma mejor que otra. Cada un@ se crea la suya propia, ésa que le anima a levantarse todas las mañanas y salir de la cama.

Para algunos será una utopía, o, un sueño, o, un Dios, o, un@s hij@s, o, una pareja, o, una familia.

Lo que cuenta es que le sirva.

¿Qué hace que desee continuar viv@? Me parece que la pregunta es ésa.

Ya sabéis que me encanta partir de una definición para desarrollar un tema. Y, este artículo no va a ser la excepción.

Hay personas que tiene una relación con la vida desde la transcendencia, y otras, desde la inmanencia.

Wikipedia las define y señala la diferencia entre ámbas.

El sentido más inmediato y elemental de la voz trascendencia se refiere a una metáfora espacial. Trascender (de trans, más allá, y scando, escalar) significa pasar de un ámbito a otro, atravesando el límite que los separa. Desde un punto de vista filosófico, el concepto de trascendencia incluye además la idea de superación o superioridad. En la tradición filosófica occidental, la trascendencia supone un «más allá» del punto de referencia. Trascender significa la acción de «sobresalir», de pasar de «dentro» a «fuera» de un determinado ámbito, superando su limitación o clausura.

Así, Agustín de Hipona (San Agustín) pudo decir, refiriéndose a los platónicos: «trascendieron todos los cuerpos buscando a Dios». Trascendencia se opone, entonces, a inmanencia. Lo trascendente es aquello que se encuentra «por encima» de lo puramente inmanente. Y la inmanencia es, precisamente, la propiedad por la que una determinada realidad permanece como cerrada en sí misma, agotando en ella todo su ser y su actuar. La trascendencia supone, por tanto, la inmanencia como uno de sus momentos, al cual se añade la superación que el trascender representa.

Lo inmanente se toma entonces como el mundo, lo que vivimos en la experiencia, siendo lo trascendente la cuestión sobre si hay algo más fuera del mundo que conocemos. Es decir afrontar lo que es el universo. Las respuestas a esta cuestión tienen un origen cultural en lo mágico-religioso y su reflexión crítica en la filosofía.

La filosofía tradicional orienta la cuestión de la trascendencia hacia una demostración o prueba de la inmortalidad del alma y de la existencia de Dios. Para ello se recurre a la analogía del Ser.

En otras palabras, se tiene una visión transcendente (se cree en un Dios) o inmanente (tengo la convicción de que ésta es la única vida que voy a vivir) de la existencia.

Para aquellas personas que creen en un Dios, la tarea de sobrellevar su propia vida resulta menos difícil de gestionar. Finalmente, su paso por la tierra tiene un sentido claro gracias a las respuestas que hallan en su Dios.

En cambio, para los que no creen en él la cosa no está tan clara.

Éstos tienen que inventarse en qué creer y agarrarse a ello para poder sobrellevar su propia existencia.

¿En qué creo? Esta pregunta me recuerda la fabulosa película de Woody Allen, «Love and death» que plantea muy claramente todos estos mismos interrogantes.

Como planteo más arriba, el dolor y la incertidumbre que suponen estar vivo son los mismos para todos los seres humanos, creyentes y no creyentes.

La existencia es como subirse en un tobogán, en un instante estás arriba eufórico y feliz, y al siguiente vas en picado hacia abajo sintiendo un gran vacío en el estómago.

El sentido que un@ va dándole a su propia vida varía a lo largo de la misma.

Hoy soy un ate@ recalcitrante y mañana me convierto en un creyente devoto.

Creo que jamás podemos pensar y creer que tenemos todas las respuestas y que éstas permanecerán idénticas hasta que muramos.

Nos puede sobrevenir una enfermedad, o, un accidente, o, lo que sea que hace que nuestra concepción de la existencia cambie por completo.

La vida es tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo. Es una paradoja andante.

¿Cómo la resuelvo? ¿De qué me aferro para soportarla?

Me parece que la creatividad juega un papel muy importante en este aspecto.

Estoy convencida de que todo muta, se transforma y no nos queda más remedio que aceptarlo y adaptarnos.

¿Merece la pena combatir todo y a todos para que no nada cambie?

Creo que ésta actitud supone un gasto enorme de energía. ¿Y si utilizamos esa fuerza para reinventarnos? o, ¿Aprendemos un nuevo oficio? o, ¿Intentamos hacernos la vida más llevadera (a nosotr@s mism@s y a los demás?

En fin, las alternativas son infinitas.

En mi próximo articulo hablaré de lo que nos sucede cuando nos rompen el corazón. 

(Imagen: www.oscarmauricioysusnotas.blogspot.com)

La generosidad

www.cosetasdeadelita.blogspot1Por Clara Olivares

Una persona generosa, ¿nace o se hace?

Creo que ambas cosas.

Me explico: la naturaleza de aquel que ha nacido generoso le impulsará siempre a dar, mientras que el que se hace, aunque su primer impulso sea el de retener para sí, puede ir aprendiendo a dar, gracias al ejemplo de quien es generoso con él/ella.

En éste terreno la religión juega un papel importante. Para quienes crecimos en un entorno católico, éste promulga el desprendimiento material. Es decir, si con mis actos no demuestro que doy, significa que «no soy un buen cristiano».

Pero el hecho de dar, va más allá de lo material y, evidentemente de los credos.

Se es generoso con el dinero, que usualmente, resulta la demostración más tangible. Sin embargo, el hecho de dar dinero no significa necesariamente un acto de generosidad. Cierto es que, para quien mucho tiene, desprenderse de un poco no le supone un gran esfuerzo.

El reto surge cuando, al no poseer excedentes, damos y ayudamos a otro.

También se manifiesta esta cualidad a través del tiempo que dedicamos a otro y a la calidad de esa dedicación, o, al interés que demostramos por su estado en general, o, a la capacidad de escuchar sus aflicciones y al acompañamiento y cercanía que le proferimos, así mismo, se demuestra la generosidad socorriendo a quien necesita apoyo.

Puede que éste último, pida o no ayuda. Si alguien nos la pide y no se la damos, dudo mucho que seamos generos@s. Pasa un tanto de lo mismo cuando nos aprovechamos de la situación de esa persona para conseguir un beneficio para nosotros mismos.

«Obras son amores y no buenas razones», dicen en mi pueblo.

Aquello que nos mueve a dar, no tiene que ver con las motivaciones internas de cada un@. Lo que cuenta a la hora de la verdad, son los actos que ejecutamos.

Lo que finalmente nos define como seres humanos son nuestras actuaciones, y, éstas, pueden ser generosas o no.

Para la persona que nace siendo generosa, su deseo de dar aparece de forma natural. En cambio, quien carece de ese impulso, en algún momento de su vida decide, de forma conciente o inconsciente, primar siempre sus propios intereses a los del otro y actuar en consecuencia.

No creo que quienes funcionan en ese registro de forma consciente sean del todo inocentes.

Puede que uno actúe de una manera egoísta sin darse cuenta, pero, en el momento en que el otro nos señala nuestra actitud, ésta cambia (si se quiere, evidentemente).

Siempre me he preguntado la razón por la cual una persona que está en capacidad de tenderle la mano a otro, no lo hace.

No puedo evitar pensar que estoy frente a alguien egoísta, y llevado al extremo, miserable.

Quien busca de manera consciente aprovecharse de la situación desfavorable de otra persona, me habla de un individuo que opta por darle más importancia a su propio bienestar que al del otro.

Por ésta razón afirmo que no es del todo inocente, es decir, sabe lo que está haciendo de forma consciente.

Basta mirar cómo está el mundo actualmente para confirmar ésta teoría.

Quienes más, quienes menos, ha sido un pequeño grupo de avariciosos los que han propiciado la situación de debacle económico en que estamos sumidos.

«La avaricia rompe el saco», reza el dicho. Este tipo de personas me recuerda al personaje de Manolito de las tiras cómicas de Mafalda. Éste siempre quiere más.

Los antiguos griegos acuñaron el concepto de mesura. Gracias a él se mantiene un equilibrio personal y, por ende, social.

Vendría a significar la búsqueda de ese término medio que impide irse a los extremos.

Y, me parece que los tiempos que vivimos carecen de mesura.

La generosidad es una cualidad del corazón. Es desde ese lugar que se mueve un ser humano hacia la generosidad o hacia la avaricia.

Cada un@ de nosotr@ decide en un determinado momento de su vida cuál es el tipo de relación que desea entablar con el mundo y con el otro.

Ser generoso significa adelantarse a la necesidad del otro y ofrecerle lo que precisa.

Cierto es que, a veces, alguien que sufrió un chantaje afectivo por parte de otra persona que jugaba el papel de víctima para conseguir sus objetivos, le resulte confuso descifrar los mensajes de socorro que otro le envía.

El hecho de desatender esas llamadas no le convierte necesariamente a uno en una persona egoísta que sólo vela por sus propios intereses.

En su interior puede surgir la duda respecto al fin que esa persona necesitada persigue: ¿es cierto que necesita mi ayuda? o ¿me está manipulando y se está aprovechando de mí?

El momento que vivimos está sacando a la luz lo mejor y lo peor que cada un@ tiene en su interior.

Me parece que la vida nos está brindando una oportunidad para observar lo que realmente alberga nuestro corazón.

La próxima semana hablaré sobre la obediencia.

(Imagen: www.cosetasdeadelita.blogspot.com )