La aceptación

www.ateuch.blogspot.com

Por Clara Olivares

La aceptación es un estado del espíritu que por lo general, nos cuesta conseguir.

Con ésto quiero decir que en la mayoría de los casos, suele haber una resistencia ante la nueva realidad que se dibuja en el horizonte.

Esta constatación no significa en ningún momento que no existan seres a los que les es más fácil adaptarse.

En muchas ocasiones se nos queda atragantada la nueva situación, impidiéndonos respirar y toser como si de un cuerpo extraño que se aloja en nuestra garganta se tratara. En los casos más difíciles, incluso nos ha llevado a la asfixia.

Aceptar la realidad de nuestro presente, requiere una buena dosis de humildad.

No de una falsa humildad. Es decir, de aquella que está revestida de una apariencia de mansedumbre, pero que en su interior alberga ira, rebeldía o lucha.

… Miguel de Cervantes dice en el famoso Diálogo de los Perros que “la humildad es la base y fundamento de todas virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea.” Opina así el príncipe de los ingenios que la modestia y la discreción mejora las demás virtudes y enriquece la personalidad.

El término humildad, como también lo dice la Real Academia se usa muchas veces en sentido peyorativo. Puede significar pertenecer a un hogar de recursos limitados, o incluso sumisión, dejadez o rendimiento.

Desde el punto de vista virtuoso, consiste en aceptarnos con nuestras habilidades y nuestros defectos, sin vanagloriarnos por ellos. Del mismo modo, la humildad es opuesta a la soberbia, una persona humilde no es pretenciosa, interesada, ni egoísta como lo es una persona soberbia, quien se siente auto-suficiente y generalmente hace las cosas por conveniencia.

Wikipedia

Como plantea la definición de Wikipedia, “… la aceptación de nuestras habilidades y nuestros defectos…” implica una visión desnuda, sin adornos de lo que somos.

En algunas ocasiones esta constatación resulta gratificante y, en otras, nos produce rechazo.

¿Cuál es la verdadera? ¿La que proviene de nuestra propia percepción, o, la que proviene del exterior?

Una combinación de las dos.

Aunque dos personas vivan idéntica realidad, la construcción y la vivencia que cada una haga sobre ella será distinta.

En teoría, deberíamos aceptarnos tal y como somos. Así mismo, es deseable que asumamos la situación vital que nos ha tocado en suerte. Puede tratarse de un pérdida, de un divorcio, de una bancarrota, de una enfermedad, etc.

Quizás ésta nos conduzca a rememorar situaciones pasadas dolorosas u olvidadas. Lo que constituye una verdad es que la realidad cambia, jamás permanece igual.

Ya he hablado de él en otras ocasiones, existe un adagio chino que reza así: “si estás abajo, no te preocupes demasiado; y si estás arriba, tampoco te alegres tanto. Recuerda que todo lo que sube, baja y todo lo que baja, sube”

La vida está hecha de ciclos, buenos y malos.

Es como una línea que oscila: unas veces está arriba y otras abajo, nunca es una línea recta.

En más de una ocasión nos hemos empeñado en aferrarnos a una relación, a una idea, o a una situación que en ese desesperado intento por retener, únicamente nos ha acarreado sufrimiento.

Aprender a soltar es una lección que deberíamos aprender muy pronto. Desafortunadamente, lo aprendemos cuando nos hayamos en una situación que nos obliga a hacerlo.

“Fluír”… recuerdo esa publicidad en la que aparecía Bruce Lee diciendo: “…be water my friend.” Me sonrío porque en eso precisamente consiste la vida.

Me parece que uno de los secretos de la felicidad se basa en ese principio. No resulta fácil ni evidente.

Pero si no aceptamos la propia realidad, nos va a resultar dura y pesada la existencia.

Imagino que para aquellas personas que creen en un dios les resultará más tolerable aceptar las injusticias y las desgracias; los ate@s lo tienen más complicado, les toca asumir la realidad a palo seco.

A veces resulta muy duro.

En mi próximo artículo hablaré sobre el sufrimiento.

(Imagen: www.ateuch.blogspot.com)

 

 

La ira

dos caras

(Por Clara Olivares)

La ira, al igual que muchas otras emociones, está muy mal vista y tiene muy mala prensa.

Es prácticamente impensable reconocerla y poder decir tranquilamente que uno tiene ataques de ira.

Encuentro que la leyenda del Dr. Jekyll y Mr. Hide representa a la perfección la transformación que se sufre cuando alguien es invadido por esta emoción.

Se pasa de ser un sujeto pacífico, encantador, sociable, para convertirse en un monstruo capaz de masacrar todo y a todos aquellos que se crucen en su camino.

Quienes hayan vivido esta transformación comprenderán perfectamente de lo que estoy hablando.

La persona o personas que están cerca de un individuo iracundo se quedan petrificadas del susto y solo intentar huir, y con razón! El espectáculo no es nada agradable para aquellos que lo presencian.

Pero quien lo vive tampoco lo pasa mejor. Generalmente, después de un ataque de ira la persona queda agotada física y emocionalmente.

Verse reflejado en la mirada del otro no suele ser nada agradable. La imagen que recibimos de nosotros mismos cuando estamos poseídos por la ira, es horrorosa, ya que el otro a través de su expresión, nos muestra que en esos momentos damos miedo.

Una de las herencias que nos ha dejado la Iglesia católica es considerar la ira como uno de los 7 pecados capitales.

Promulga y pide al adepto que luche contra ese pecado, desafortunadamente, está comprobado que desde el combate no se logra ningún cambio verdadero, ya que se contempla la ira como algo que está fuera de uno, como si fuera un enemigo al que hay que derrotar.

Independientemente de que seamos creyentes o no, esta forma de pensar está muy arraigada en el pensamiento colectivo.

¿Cómo se hace para integrar que una de las características que yo tengo como persona, es inadecuada? Ya que es parte consustancial de mi, no la puedo extirpar como si de un grano se tratara, por más que lo desee.

En algunos casos la imposibilidad de intentar compaginar esta paradoja, genera en una disociación en el interior del sujeto.

Es interesante echarle un vistazo a otro punto que plantea la Iglesia, clasifica la ira como un vicio y, no está exenta de razón. La furia, la rabia, la ira, o como se quiera denominar, crea adicción.

Es innegable que la persona se “engancha” a reaccionar de forma airada. Su primer impulso siempre será el de enfadarse ante aquello que le disgusta.

A menos que aprenda a modificar la forma en que se relaciona con su mal humor.

De ahí la importancia de comenzar a desarrollar una consciencia de que la ira irrumpirá siempre en primera instancia como una respuesta automática ante las cosas que le resultan molestas.

El combate no es el único medio para sustraerse al impulso de enfadarse.

Si una persona cree y piensa que la forma de relacionase con él es exclusivamente desde el combate, es una batalla que está de antemano perdida; ya que desde esta perspectiva únicamente puede haber dos resultados posibles: ganar o perder, no existe un término medio.

Gana el vicio (la ira, o la botella, etc.) o, gana la persona.

Es un pulso en el que se emplea exclusivamente la fuerza de voluntad para ganar la partida.

Y la fuerza de voluntad ayuda, desde luego, pero si sólo se opera desde allí, lo más probable es que, tarde o temprano, se termine por sucumbir.

Si a la voluntad no la acompaña una comprensión de los motivos por los que se hace lo que se hace (en este caso ponerse furios@), será muy difícil llegar a modificar ese impulso.

Cada individuo posee unas características que le hacen especial, no obstante, existen personas más reactivas que otras.

Es decir, las que hay que se encienden como una cerilla pero rápidamente se apagan; también las hay que no dicen nada y van acumulando la rabia hasta que explotan.

A cada uno le enfadan cosas diferentes, dependerá de su modo de ser, de su historia familiar y social. Es decir, un mismo hecho no siempre constituye la misma fuente de rabia para dos personas distintas.

Una explosión de ira “alivia” momentáneamente, es la mirada que nos devuelve el otro y el malestar que queda en el fondo del sujeto lo que constituyen un revulsivo ante las expresiones airadas de mal humor.

Finalmente no parece que compense demasiado dejar que la ira campe a sus anchas.

A lo largo de mi experiencia he comprobado que la vía para poder modificar ese primer impulso de enfadarse es domesticarlo. Sería como apaciguar a un corcel muy brioso.

Y eso significa en primer lugar reconocer (en especial ante sí mism@) que se está furios@, que lo que se siente es rabia pura y dura.

Luego viene lo que suelo llamar “rebobinar la película”. Ésto consiste en volver hacia atrás en el tiempo un poco, para poder identificar qué fue lo que despertó la ira. Puede tratarse de un hecho, una actuación, una lectura, una palabra… e identificarlo.

Y finalmente viene la comprensión que permite descubrir para qué me enfado, en otras palabras, poder determinar cual es la función que tiene enfadarse.

Es a partir de ese punto en el que alguien puede decidir si sigue manteniendo o no su forma de reaccionar.

Una persona puede decir que tal o cual hecho le enfada sin tener la necesidad de enfadarse. Eso se llama comunicación y es una muestra de madurez emocional.

Repito, puede que el primer impulso sea el de enfadarse, creo que esa forma de ser acompañará a la persona durante toda su vida.

Pero lo interesante es saber que sí se puede hacer algo con ese impulso, ya no es necesario vivir un ataque de ira que deja agotado a quién lo sufre, asusta a los demás y, básicamente, no suele servir para nada.

Existen otras formas de vehicular la rabia, ya no hay que convertirse en Mr. Hide.

Suelen ser la impotencia y la frustración, las fuentes que alimentan la ira.

Impotencia ante una situación que no cambia o ante una persona que no escucha, por poner dos ejemplos.

Y frustración, cuando la realidad no es como yo desearía que fuera.

Y, como siempre, la pregunta del millón sería: ¿qué deseo hacer con eso?

Siempre la decisión se toma en primera persona.

En mi próximo artículo hablaré sobre las consecuencia que acarrea ser invadido por otro.

(Imagen: www.damianoperlanatologia.it)

Socorro: ¡acabo de descubrir que soy idéntica a mi madre!

(Por Clara Olivares)

En Colombia hay una expresión popular que dice: “a la oveja por la lana y a la mujer por la mama”.

Si un hombre o una mujer están enamorados de una bella joven y quieren hacerse una idea de cómo va a ser ésta de mayor, el dicho recomienda que giren la cabeza y miren a la madre de la joven, verán la versión envejecida de la niña.

¿Sucede lo mismo con el mundo masculino? Lanzo una invitación a todos los hombres que lean este artículo para que nos cuenten qué es lo que ellos viven. ¿Es igual? ¿Qué les pasa respecto a ese tema?

Muchas de nosotras hemos hecho de todo durante la adolescencia-juventud para no llegar a parecernos JAMÁS a nuestra madre.

Hasta que un día se nos revela, mediante un gesto, a través de la imagen que nos devuelve el espejo o de una actitud, que dentro de nosotras habita nuestra propia madre.

Este descubrimiento supone un shock, en especial cuándo se ha puesto tanta energía y empeño para conjurar la realidad.

Creo que, hasta la actualidad, no he conocido ninguna mujer a la que no le espante este descubrimiento y no quede horrorizada con él.

Me parece que a casi todas nos ha sucedido que, indefectiblemente, más tarde o más temprano en la medida en que envejecemos, vamos reconociendo en nuestros gestos, posturas, dichos, el aspecto físico, etc., a nuestra propia madre.

Para muchas de nosotras no ha sido un plato que se haya aceptado con gusto. Al contrario, ha causado indigestión.

Imagino que existirá un grupo privilegiado de féminas que no han experimentado este susto.

A lo mejor este trauma lo viven sólamente las mujeres que han sido muy desvalorizadas y poco reconocidas por su propia madre.

Me pregunto si ¿no será debido a que ellas practicaron con sus propias hijas (inconscientemente, por supuesto) un combate sin cuartel, el mismo que les aplicaron a ellas en su juventud?

¿Qué era lo que tanto criticaban, descalificaban, envenenaban con sus destructivos comentarios, en esas hijas?

Yo sospecho que todo aquello que les recordaba su propia experiencia, además de la propia incapacidad para reconocer en sí mismas esa parte. Es necesario realizar un largo camino de aceptación y de perdón para hacer las paces con una misma.

Cuando una persona critica con saña a otra persona, suele tratarse de una proyección en el otro de su propia incapacidad para ver y hacer consciente la parte de ella misma que tanto rechaza.

Imagino que ellas padecieron ese mismo mal. Cierto es que cuando se ha tenido una madre que desvaloriza sistemáticamente a su hija, la mirada que ésta última desarrolla sobre su propia valía es muy pobre. En otras palabras, crece con su autoestima por los suelos.

En la medida en que uno puede ver qué fue lo que le sucedió a la propia madre, es capaz de comprender que, seguramente, este aprendizaje viene de muy atrás, es decir, proviene de las generaciones anteriores, la mirada que se comienza a tener de estas mujeres cambia y se torna más humana.

Debieron vivir un infierno, al igual que se lo hicieron vivir a sus hijas.

Difícil labor la de ser madre! ¿Cómo se puede ejercer de madre buena, es decir, aquella que protege, cuida, es cariñosa, acepta al otro como es y no le critica, cuando se tiene el alma llena de odio y de resentimiento?

Para quienes han emprendido un camino en la búsqueda de la consciencia, han descubierto que ya no se es igual a ellas, han conseguido que la “maldición” sea conjurada.

El hecho de comprender para modificar, es el (creo que único) camino para no continuar transmitiendo el funesto aprendizaje.

Esta comprensión permite que la ira acumulada desaparezca, ya carece de sentido.

Sí, es cierto que no ejercieron de madres amorosas y buenas, no pudieron. Repitieron el mismo patrón que aprendieron con sus propias madres, no conocieron otro distinto.

Somos sus hijas, esa es la realidad.

Lo que hace viable otra mirada, es que, desde esta nueva óptica, es posible rescatar todo lo bueno y valioso que ellas tuvieron.

Y tuvieron muchas cosas. Guardemos en nuestros recuerdos éstas imágenes y éstos valores. No olvidemos nunca que nosotras también somos eso.

En mi próximo artículo quiero abordar un tema: “la niñez: la fuente que alimenta nuestra creatividad”.

(Imagen: www.emi.cdef.com)