La educación (la buena educación)

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Por Clara Olivares

Durante mucho tiempo la buena educación ha sido objeto de burla, se le ha catalogado de «caduca», «añeja», «rancia» por parte de aquellos que promulgaban que las muestras de buena educación expresaban una «coacción» a las libertades personales.

Como dirían en mi tierra: «no confundamos la gimnasia con la magnesia».

¿Qué significa entonces la libertad?

Es éste un término que justifica ¿hago lo que quiero?. Si a alguien se le ocurre decirme que no puedo hacer mi voluntad, ¿realmente me está coartando mi libertad?

Me parece que no.

Si nos remitimos al diccionario de la RAE, libertad se define como:

«… el estado de libertad define la situación, circunstancias o condiciones de quien no es esclavo, ni sujeto, ni impedido al deseo de otros de forma coercitiva. En otras palabras, aquello que permite al hombre decidir si quiere hacer algo o no, lo hace libre, pero también responsable de sus actos.»

Porque, ¿de qué libertad estamos hablando entonces? ¿De la que coarta o de la que decidimos ejercer al tomar nuestras propias decisiones?.

La definición del diccionario introduce un concepto que muchas veces se nos olvida: la responsabilidad.

Si soy libre para tomar mis decisiones, así mismo es mi deber ser responsable de las consecuencias que éstas acarrean.

Sí, ya se que es más conveniente y más fácil quedarse con la parte que decide sin hacerse cargo de la responsabilidad de lo decidido.

El tránsito hacia la madurez está caracterizado por la asunción de las consecuencias de mis decisiones.

Como expresaría alguien alguna vez: «el rumbo que toma la vida de una persona lo marcan las decisiones que ésta toma en determinados momentos de su existencia».

¿Cuáles han sido nuestras decisiones? Cuando tomamos consciencia de ello, ya no vale echarle la culpa a otro. Soy yo quién ha decidido siempre, incluso en las situaciones más adversas.

Y, en este punto es cuando irrumpe el tema principal de mi artículo: la educación.

Me remito a Wikipedia en la búsqueda de una definición, y ésta es la que he encontrado:

La educación, (del latín educere ‘sacar, extraer’ o educare ‘formar, instruir’) puede definirse como:

  • El proceso multidireccional mediante el cual se transmiten conocimeintos, valores, costumbres y formas de actuar. La educación no sólo se produce a través de la palabra, pues está presente en todas nuestras acciones, sentimientos y actitudes.
  • El proceso de vinculación y concienciación cultural, moral y conductual.  Así, a través de la educación, las nuevas generaciones asimilan y aprenden los conocimientos, normas de conducta, modos de ser y formas de ver el mundo degeneraciones anteriores, creando además otros nuevos.
  • Proceso de socialización formal de los individuos de una sociedad. (Wikipedia)

Encuentro esta definición muy completa, ya que encierra varios elementos importantes que es necesario que se tengan en cuenta.

Es más, me atrevería a decir que, el proceso educativo nunca termina, bien sea como padres, tí@s, hij@s, etc.

La educación es la herramienta que permite que una sociedad y sus individuos, o bien, se conviertan en bestias que buscan la satisfacción de sus pasiones, o bien, en una que busca encauzar el torrente pasional presente de forma natural en el ser humano para dirigirlo hacía el bien común.

El Sábado pasado aparecía un artículo muy interesante escrito por Javier Gomá Lanzón en El País a propósito de este tema. En él apuntaba: «… una sociedad será tanto más madura cuanto más respete la ley por convicción íntima de sus ciudadanos». Y cita a Tocquerville: «… el interés reflexivo del ciudadano, ese que no niega el egoísmo individual, sino que lo civiliza para armonizarlo con el bien común…»

Habla de la ley, ese elemento que introduce el padre en la educación de toda criatura humana. Aspecto fundamental y necesario para triangular la relación simbiótica que se establece entre madre e hijo. Es indispensable que la Ley irrumpa para que un individuo o una sociedad madure.

Si observamos algunas sociedades en las que ha primado la satisfacción de las pasiones antes que el bien común, encontramos que éstas utilizan el argumento de «es mi derecho» para justificar atropellos, abusos, indignidades, etc. En otras palabras, crean una sociedad en la que la rige la «ley de la selva» en la que domina la ley del más fuerte.

Y este principio se aplica igualmente a una familia, a un colegio, a unos amig@s…

Se me viene a la mente una imagen que he observado frecuentemente durante los últimos años. La de una mujer caminando con un cochecito de bebé por la acera. Va embistiendo literalmente a cualquiera que se atreva a cruzarse en su camino. Su actitud me transmite un mensaje: mi derecho a transitar por esta acera es más importante que el tuyo.

¿Qué le hace suponer a esa mujer que ella tiene más derecho que el otro?

Mi madre siempre decía: «mi libertad termina donde comienza la del otro».

Y con los años y gracias a la experiencia que me ha dado envejecer, cada vez estoy más de acuerdo con esta frase.

Cuando se enseña a un@ niñ@ a pedir algo con un «por favor», o, a recibir acompañado de un «gracias», se le está enseñando a transmitir a través de esas palabras un principio importante a la hora de aprender a vivir en sociedad: «soy consciente de que tú (el otro) existes, que te respeto y que tienes los mismos derechos que disfruto yo».

Existe un dicho popular español que, a mi parecer, encaja a la perfección con el tema: «Es de bien nacido ser agradecido». Una actitud agradecida por parte de alguien, muestra su reconocimiento y su gratitud hacia quien es educad@ y generos@ con él.

Para nuestra gracia o desgracia, vivimos en sociedad, es decir, con otros. Para garantizar que ésta no se convierta en un caos, es necesario que cada un@ aprenda que, aunque me caiga muy mal mi vecino y a veces tenga ganas de asesinarlo, no por eso voy y lo mato.

En este punto me parece que radica la diferencia entre la buena y la mala educación. Una lleva a la civilización, mientras que la otra conduce al caos.

¿Cuál es la que deseo?

No olvidemos jamás que siempre soy yo quién decide. Cada un@ elige si quiere construir o destruir con sus actuaciones.

Cada actuación individual repercute siempre en la colectividad. En lo bueno y en lo malo.

¿Cuál de las dos opciones estoy eligiendo?

En mi próximo artículo hablaré sobre el amor.

(Imagen: www.elinteriorsecreto.blogspot.com)

 

Cuando la sinceridad es un caramelo envenenado

(Por Clara Olivares)

Si repasamos un poco la historia de la humanidad veremos que se han cometido atrocidades y atropellos en nombre de «Dios», o, de «la Verdad».

Es triste, pero la historia se sigue repitiendo una y otra vez, perece que jamás aprenderemos.

El artículo que escribo hoy nace del mismo principio: en nombre de la «sinceridad» algunas personas destilan su agresividad, su mala conciencia y su mala educación.

Es un término que utilizado como argumento de apertura en una charla hace que el otro baje sus defensas y crea que es sincero lo que va a escuchar.

Desafortunadamente, no siempre es así.

Algunas personas se amparan en ese término para dañar al otro, puede que de forma consciente, o, de forma inconsciente.

Y uno se pregunta: ¿por qué y para qué lo hacen? ¿se dan cuenta de su actuación?

Yo me atrevería a afirmar que, en la mayoría de los casos, ni se enteran!

Si interrogáramos a alguna de esas personas y le preguntáramos si considera que podría tener un poco de «mala leche» con su comentario ya que éste quizás vaya cargado de veneno, nos miraría extrañad@ y pensaría: «con lo buen@ y estupend@ que soy, esta persona está loca…»

Puede que ante la evidencia, comience a anidar en él/ella la duda, o, puede que no sea así. Como dicen en mi pueblo: «no hay mejor estrategia que una cara de idiota bien administrada».

Como siempre, depende de la consciencia que una persona posea y/o del deseo real que tenga de poseerla.

No todo el mundo se quiere mirar en el espejo y están en su legítimo derecho  de no hacerlo.

Pero encuentro moralmente reprochable causar daño a otro, ya sea de manera consciente o inconsciente. Si es consciente, estamos frente a alguien muy retorcido, y, si es inconsciente pero otro se lo hace ver, YA ha sido informado y es difícil que lo ignore.

Lo que he observado es que este tipo de personas, por la razón que sea, no han querido o no han podido desarrollar su consciencia. Abrir la caja de Pandora produce miedo. Si se destapa no sabes con qué te puedes encontrar.

Y hay personas que optan por mantenerla cerrada, por si acaso.

Y no las culpo, seguramente encontrarán tesoros pero también verán sus propios demonios.

Pero lo que he visto es que existe un tipo de persona que al obrar mal con otro y realizar o decir cosas que «saben» que no son correctas, comienzan a sentir un malestar que es incómodo y del cual se quieren librar lo antes posible.

El malestar lo produce aquello que de pequeños nos enseñaron que se llamaba «la conciencia», «Pepe Grillo», «hacer lo correcto», etc.

Todos sabemos en el fondo de nuestro corazón cuándo hemos obrado correctamente y cuándo no. No nos engañemos.

Otra cosa es que lo admitamos. Y menos aún ante nosotros mismos.

Puede que el tipo de persona del que hablo, haya hecho, o, haya leído, o, haya dicho algo que sabe que no era lo correcto y, para deshacerse del malestar que éste hecho le causa, literalmente lo «vomita» encima de la persona que ha agraviado.

Y es en ese instante en que enarbolan la bandera de la sinceridad para depositar en ese otro su desazón y así quedarse «tranquil@s».

Qué feo es, cierto?

Y resulta que es más frecuente de lo que imaginamos.

El problema con estas personas puede ser que se niegan a crecer, es decir, quieren continuar siendo unos niños que no asumen las consecuencias de lo que hacen o dicen, en otras palabras, no desean asumir su propia responsabilidad en sus relaciones.

Suelen comenzar a decir que van a dar su opinión (aunque nadie se la haya pedido) para disparar su agresividad y su mala educación.

Desde luego no aplican lo que en otro tiempo se llamaba «mano izquierda», «delicadeza», «tacto». Hoy en día a esto mismo se le llama «asertividad».

Consiste en «ponerse en los zapatos del otro», ni más ni menos. ¿Cómo me sentaría a mí que alguien me diga esto? ¿Me enfadaría? ¿Me dolería?, etc.

Ya en otros artículos hablo sobre la manera de decir las cosas sin dañar. Me parece que es bueno recordarlo: ser sincero no tiene nada que ver con ser agresivo.

Probablemente la agresividad la esconden bajo una forma amable y honesta llamada sinceridad.

Hay muchas formas de decir cosas duras sin necesidad de dañar al otro. Podemos decir: «te favorecía más el peinado que tenías antes» a: «con ese corte de pelo te ves horroros@».

La llamada «buena educación» es, sencilla y claramente, ser asertiv@, en otras palabras, ponerse en los zapatos del otro.

Cierto es que, algunas veces hemos sido agresivos con otra persona, quizás un amig@, o un tercero que nada tenía que ver con nuestro enfado. Ése no es el problema: lo importante es darse cuenta y reparar el daño que hemos causado.

Cuando podemos hablar desde nuestro corazón no dañamos. Decirle a alguien: «me siento como un completo idiota por…, discúlpame», es un argumento que nadie puede rebatir.

¿Por qué no intentamos convertir en más amables las relaciones con las personas que están a nuestro alrededor? ¿Y si nos miramos a ver si estamos siendo agresivos y no nos damos cuenta?

A lo mejor así, poquito a poquito, este mundo va dejando de ser un lugar despiadado e inhumano.

En mi próximo artículo hablaré sobre las pérdidas y la necesidad de atravesar un duelo.

(Imagen:www.heraldodeoregon.wordpress.com)