Cuando no se quiere ver (…o no se puede)

 

Gafas

Por Clara Olivares

El hecho de no ver lo que sucede a nuestro alrededor, o lo que hacemos sin enterarnos jamás de ello, suele observarse frecuentemente en dos situaciones muy diferentes entre sí.

En ambos casos, la ceguera es selectiva, aunque la raíz de la que nace es muy distinta.

En un lado está el que no quiere ver y en el otro está el que no puede hacerlo.

Hablaré en primer término del caso de la persona que no quiere ver.

Como reza el dicho popular: “no hay peor ciego que el que no quiere ver”.

Una muestra de este tipo de ceguera la ilustra muy bien la película de Stanley Kubrick, “Eyes wide shut”, en la que la pareja protagonista no quiere ver cómo se encuentra su propia relación, ni lo que sucede en su entorno.

Se ve únicamente aquello que conviene ver, es decir, únicamente se ven aquellas cosas que están dentro de su propia “zona de confort”, como dirían los actores. Si se sale de ella, se vería ante la tesitura de tener que cambiar algo en sí mismo/a, como por ejemplo, asumir su propia responsabilidad. Luego, es mucho mejor para esa persona no enterarse de lo que pasa, por si acaso.

Probablemente el miedo que siente es tan grande que es mejor continuar escudada en la negación y así no arriesga nada.

Claro, esta actitud puede librar a la persona de un cuestionamiento personal, pero sólo por un rato. El problema vendrá cuando la situación le estalle en la cara. Y lo que generalmente termina pasando, es que, efectivamente, le estalla.

De manera más o menos inconsciente, la persona sopesa la situación y analiza las consecuencias que le acarrearía ver. Si éstas son muy “caras”, es decir, si tuviera que hacer un esfuerzo para cambiar y ser consecuente, es preferible que sigan estando en la zona invisible.

Una de las consecuencias, por no decir LA CONSECUENCIA, es que esa persona se queda sola. Con su ceguera poco a poco se va aislando, y, termina por estar completamente sola.

El miedo es el que le impide enfrentar las situaciones. Y, en palabras de una colega, tanto el cobarde como el valiente tienen mucho miedo, la diferencia es que el valiente, a pesar del miedo, actúa, en tanto que el cobarde se queda inmóvil. Uno pensaría que el valiente no siente miedo, que si bien es una idea que está muy arraigada, está bastante alejada de la realidad.

El otro caso es el de la persona que no puede ver.

No puede hacerlo porque lo que está en juego es su salud mental, en otras palabras, su supervivencia psíquica.

Desafortunadamente, hay numerosos casos en los cuales la situación del entorno rebasa los cortafuegos que esa persona, de manera inconsciente, pone en juego y termina por perder todo el contacto con la realidad.

El mecanismo de defensa de la negación ayuda a que se pueda soportar el sufrimiento y el dolor que traería ver su propia realidad.

Tenemos ejemplos espeluznantes de este tipo, como el caso de matrimonios en los que el hombre viola a su hija y la mujer “no sabe nada”, o el del señor vienés que secuestró, encerró y violó a su hija con la que tuvo varias hijas, y su mujer jamás “supo nada”.

La realidad es tan atroz que se opta de forma inconsciente por no ver lo que está sucediendo.

En estos casos la negación viene a ser el mecanismo que le permite su supervivencia psíquica. Como ya lo dije en otro artículo, los mecanismos de defensa protegen, y, es sólo cuando la persona ya no necesita protegerse que ésta puede ver.

A continuación me parece oportuno introducir la definición de este mecanismo así como los casos en que este mecanismo se utiliza:

Para Lazarus la negación es adaptativa cuando: (1) No puede hacerse nada constructivo para vencer el daño o la amenaza, (2) Existe negación de implicación y no de hecho (por ejemplo se acepta que se tiene cáncer, aunque no que signifique sentencia de muerte) y (3) Permite reducir el nivel de activación y ser más eficiente en las soluciones.

La negación propiamente dicha, que sería un mecanismo de defensa ‘inmaduro’ por el que la persona reprime contenidos inconscientes o preconscientes desagradables o dolorosos. No es una decisión consciente de ‘posponer’ las cosas – como en la supresión- sino que éstas quedan bloqueadas en el inconsciente y se vive ajena a ellas.

Durán Pérez, Teresa et al. Muerte y Desaparición Forzada en la Araucanía: Una Aproximación Étnica KO’AGA ROÑE’ETA se.x (2000) http://www.derechos.org/koaga/x/mapuches/

Como señalo más arriba, este mecanismo preserva al sujeto de consecuencias devastadoras, como la locura, por ejemplo, en donde la realidad es inasumible.

Hay quien opina que todas las personas utilizamos la negación en nuestra cotidianeidad. No estoy muy segura de esta afirmación, simplemente creo que aprendemos a ser selectivos. Entre más conscientes seamos, más cuenta nos daremos de las cosas que nuestra psíquis considera importantes y nos será más fácill desechar aquellas que han dejado de serlo.

Imagino que existirán seres humanos extraordinarios que abarcan muchas más cosas de manera consciente, pero creo que para las personas corrientes ser absolutamente conscientes de todo, es imposible.

En mi próximo artículo hablaré sobre el sarcasmo.

 

(Imagen: www.platenesigloxxi.com )

Relaciones fusionales

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Por Clara Olivares

No resulta tan evidente comprender el esquema de funcionamiento de una relación fusional.

El concepto parte de la idea de fusión: f. Acción y efecto de fundir o fundirse.

Real Academia de la Lengua

 

En otras palabras, las relaciones fusionales se caracterizan por el hecho de que una persona, literalmente, se “funde” con otra dando como resultado una pérdida total o parcial de la propia identidad.

Este tipo de relación se suele establecer desde la niñez hasta la adolescencia. Por lo general, se da entre padre(s) e hijo(s).

Es el progenitor quien establece este tipo de vínculo, en donde al niñ@ le resulta prácticamente imposible negarse.

¿Por qué?

Básicamente por la sencilla razón de que es un niñ@, y, como tal, depende del adulto para estructurarse internamente y así poder sobrevivir.

¿Qué necesitaría un niñ@ para crear una base sólida que le permita crecer con una identidad fuerte?

Se podrían resumir en tres puntos.

  1. Sentir el amor del adulto y tener una conexión con él
  2. Recibir suficiente cuidado y nutrición (física, psíquica y emocional)
  3. Aprender las estructuras y normas necesarias para interiorizar los límites y, por lo tanto, sentirse seguro.

Desgraciadamente la totalidad de estos puntos no suelen estar presentes en este tipo de relaciones.

Un padre/madre con una débil estructura psíquica, “fagocita” al hij@ para apoyarse en él/ella con la esperanza (inconsciente) de que éste le dé todo aquello de lo que carece.

En este caso, el adulto no le proporciona ninguno de los puntos que describo más arriba, y si lo hace, es de manera muy precaria.

Así, la situación del adulto hace que éste no reconozca las necesidades ni los deseos del niño. Dicho de otra forma, le niega.

Es incapaz de permitir que las señales, necesidades y deseos del bebé/niñ@ sean los que determinan las acciones y no las necesidades y los deseos de los padres.

Los niñ@s que han sufrido este tipo de relaciones suelen repetir el mismo esquema cuando son adultos. Lo repiten porque fué ese modelo el único que tuvieron.

Para ser aceptados y queridos aprendieron a fundirse con el otro sacrificando así su propia identidad.

Más adelante, con sus parejas, vuelven a recrear el mismo patrón

Son personas que desean que sus parejas y ellas sean, literalmente, una sola persona.

No hay diferenciación entre una y otra. Les resulta imposible concebir otro tipo de relación.

Este tipo de personas suelen establecer vínculos (inconscientemente) con el otro buscando ese amor, disfrute y/o protección del cual carecieron

Este déficit hace que esta búsqueda se convierta en su meta, dándose los siguientes tipos de comportamiento:

  1. los que salen a perseguir su meta
  2. los que niegan esa meta y van en contra de ella
  3. Los que se mueven entre un extremo y el otro, o dicho de otro modo, los ambivalentes.

Como señalo más arriba, se recrea el mismo tipo de vínculo que tuvieron en su infancia con la madre. Con sus parejas expresan la misma forma de relacionarse que su propia madre tuvo con ellos.

Hablaríamos entonces de cuatro formas básicas de establecer el vínculo:

  1. Búsqueda de un apego seguro: el individuo se siente angustiado por lo que con frecuencia busca en los demás ayuda y apoyo. Se sienten cómodos con la intimidad, se dejan conocer y suelen confiar en los demás. Probablemente tuvieron una relación cálida con uno de los progenitores o con ámbos. Percibieron la relación de sus padres como buena y basan las suyas propias en la confianza.
  1. Evitación de intimidad: son individuos que les cuesta mucho reconocer su propia angustia y por ende la búsqueda de apoyo. Son personas que no se sienten cómodas con la intimidad y no les gusta depender de nadie, razón por la cual les cuesta mucho abrirse a su pareja. Han tenido madres frías con tendencia a juzgar y a rechazar al otro. No creen mucho en la durabilidad de las parejas y la intensidad de su amor decrece con el tiempo.
  1. El apego ansioso-ambivalente: son individuos que muestran una hipersensibilidad hacia las emociones con matices negativos y muestran su angustia de manera intensa. Presentan grandes dudas respecto a su propia valía y suelen sentirse incomprendidos por el otro. Buscan parejas complicadas con una carga sexual muy fuerte con las cuales puedan vivir su amor ansioso. Seguramente tuvieron un padre/madre intrusivo y/o ambivalente que fueron percibidos como injustos. Buscan relaciones fusionales basadas en la dependencia afectiva y la idealización.
  1. Apego desorganizado y desorientado: expresan conductas contradictorias, como por ejemplo, se acercan pidiendo apoyo mirando hacia otro lado, o saludan al otro girando la cabeza sin mirarle.

Abría este artículo diciendo que este tipo de relaciones no son tan evidentes de explicar. Quienes las han padecido, perciben de manera inconsciente el mundo más desde la intuición que desde la cabeza. Aunque, paradójicamente, usen la racionalización como mecanismo de defensa.

En mi próximo artículo hablaré sobre la compasión.

(Imagen: www.telejunior.blogspot.com)

¿Qué hacer ante un@ pervers@? (2)

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Por Clara Olivares

Como ilustra la imagen, si un perverso se cruza en nuestro camino lo aconsejable es alejarse.

A ser posible, literalmente, es decir, poniendo tierra por medio. Y si no lo es, es aconsejable buscar un alejamiento en la relación, de forma que se circunscriba de forma exclusiva al contexto de la misma (trabajo, vínculo de sangre, amistad, etc.) sin buscar ni esperar jamás una cercanía emocional.

¿Que hacer para escapar de sus garras?

Nunca hay que olvidar que con un perverso es IMPOSIBLE establecer un vínculo de igual a igual, más aún, ningún tipo de relación interpersonal.

Ellos sólo buscan las relaciones de fuerza en las que se crea un intercambio del tipo dominador-dominado. Evidentemente, ya sospechamos quién se ubicará en el lugar dominante.

Cree firmemente que cualquier relación parte de la desconfianza y la manipulación. Piensa que nadie escapa a este principio.

El perverso abortará sistemáticamente cualquier intento que la persona haga porque aflore el conflicto (contrariamente a lo que está en el imaginario de mucha gente, el conflicto es sano y necesario).

Con él se reconoce al otro como interlocutor con el que puedes estar o no de acuerdo, pero siempre se parte del hecho que el otro EXISTE. El conflicto permite establecer una relación simétrica (las dos personas están al mismo nivel y se reconocen mútuamente como seres humanos).

Recordemos que para un@ pervers@ el otro no existe, es un objeto.

Por eso es tan importante lograr que no consiga su objetivo al lograr que el otro funcione de la misma forma que él. En el momento en que respondemos utilizando su mismo esquema, él ha ganado.

Su objetivo primordial es destruir al otro y que mejor forma de hacerlo que pervirtiéndolo, es decir convirtiéndolo en alguien semejante a él.

Es importante recordar que un@ pervers@ no siente culpa, por eso no hay que caer en el juego de hacerlo sentir culpable con recriminaciones, acusaciones, etc.

Desde el principio, tenemos la partida perdida. Ell@s son tremendamente hábiles para convertir en culpable a quien le hace un reproche. Ell@s nunca son culpables de nada, el problema siempre es del otro.

En cuanto a la descalificación sistemática que hace, es recomendable no caer en ese juego.

Me explico: ante una descalificación (sin base real, nunca la tiene) lo habitual y lo normal es que la persona agraviada proteste e intente justificar que ella no es así. El perverso no lo reconocerá nunca y lo seguirá descalificando, entonces la persona se esforzará por aportar más pruebas, pero él seguirá negándolo.

Este intercambio desembocará en un juego infernal en el que el agraviado NUNCA va a ganar. Por esta razón lo más inteligente es renunciar a modificar la imagen negativa que de nosotros nos devuelve el perverso.

Con decirle: “sí, quizás soy aburrida (o una nulidad, o, una calamidad, etc.) “, le cortamos de raíz su juego. Pensemos que al buscar destruir al otro, ataca su imagen devolviéndole un retrato negativo de sí mismo. Nadie soporta tener una auto-imagen negativa, por esa razón es fácil caer en su juego.

Va destruyendo poco a poco la valía del otro hasta conseguir que pierda toda su autoestima.

Es importante no creer lo que nos dice sobre nosotros. Busca el lugar que más le duele al otro y es allí donde asesta el golpe.

De ahí la inmensa importancia que tiene estar alerta para reconocer lo más rápido posible el veneno que intenta inocular y desactivarle el juego.

Los pasos a seguir se podrían resumir en cuatro puntos:

1. Identificar

2. Actuar

3. Resistir psicológicamente

4. intervención de la justicia, si es necesario.

La descripción que he venido haciendo de ell@s, posee varios elementos que permiten identificar con mayor rapidez a estos personajes. Soy consciente que hacerlo no siempre es evidente, ell@s saben muy bien cómo camuflarse. Pero también sé que una vez que se ha sufrido a uno de ellos se desarrolla un olfato muy fino para poder identificarlos.

La acción es el siguiente paso, para ello es primordial parar inmediatamente sus juegos.

La resistencia psicológica es importantísima a la hora de atravesar esa situación. Lo más probable es que las personas cercanas tomen partido e incluso lleguen a pensar que uno exagera.

Buscar apoyo en aquellos amigos incondicionales, éstos son aquellos que no juzgan y que están ahí.

Si fuese necesario, se debe buscar la ayuda profesional.

Lo importante es no quedarse aislado (eso será lo que buscará el perverso) y encontrar arropamiento y apoyo.

Es lamentable constatar la proliferación de estos personajes. Parece que la sociedad en que vivimos favorece su expansión. Confiemos en que no durará mucho tiempo.

Concluyo afirmando que un perverso actúa porque puede, es decir, ejerce su perversión porque el entorno social y familiar lo permite.

En mi próximo artículo hablaré sobre la comunicación perversa.

(Imagen: www.muyalfondodemi.blogspot.com)

Los mecanismos de defensa

 www.visionpsicologica.blogspot.com

Por Clara Olivares

Durante décadas los mecanismos de defensa se han percibido como algo negativo que es necesario desactivar.

Las terapias cuyo único objetivo es abolirlos pueden llegar a causar mucho daño ya que dejan al sujeto desamparado, es decir, le despojan de las muletas que le ayudan a enfrentar su vida cotidiana, aunque éstas no sean las ideales.

Darse cuenta de cuales son los mecanismos que utilizamos, no significa en ningún momento erradicarlos sin más. Antes es necesario asegurarse de que la persona ha construido un soporte identitario en el cual apoyarse para enfrentar la vida.

Hasta que no se haya construido otra forma más sana de relacionarse con los otros y con el mundo, es poco recomendable dejar desnudo psíquicamente al individuo. Si no se le ha dotado de unos mecanismos útiles para enfrentarse al mundo, es un acto de irresponsabilidad despojarle del único recurso que posee.

Descubrir de manera consciente cuales son los mecanismos que utilizamos, sólo será posible en la medida en que seamos capaces de reconocer y de asumir las actuaciones que ponemos en marcha cuando la vida nos coloca ante una dificultad.

En otras palabras, lo que percibiremos de nuestra propia realidad serán únicamente aquellos aspectos que somos capaces de ver.

En numerosas ocasiones ésta nos desborda ya que su dureza la hace inasumible.

¿Significa ésto que somos unos inútiles gestionando nuestras particularidades para conseguir la ansiada madurez? No necesariamente.

El nombre más adecuado para designar a estos mecanismos sería “mecanismos de supervivencia” más que de defensa. Quizás si no hubiéramos recurrido a ellos no habríamos preservado a nuestra psiquis de la locura.

Gracias a ellos mantuvimos un anclaje en la realidad, sin su ayuda, probablemente nos hubiéramos adentrado en un mundo del que quizás no podríamos regresar.

Ver nuestra realidad directa y claramente no siempre es posible.

¿Cómo ser consciente de que siento tanto dolor, o, de que soy víctima de tanto maltrato, o, de tanto abandono, o, de tanto abuso?¿Cómo hacer para seguir soportando esa realidad sin desear morir?

Son numerosas las situaciones en las que la única alternativa que tiene una persona es la de desaparecer (física, emocional o psíquicamente).

Felizmente la psiquis despliega unos mecanismos que preservan al individuo y le ayudan a hacer soportable su realidad.

Es como si de forma inconsciente la mente tuviera que escoger entre morir (física o psíquicamente) o recurrir a una herramienta que distorsione la realidad pero le preserve la vida.

Una vez que la situación de peligro ha desaparecido, bien porque ésta ha cesado, o bien porque ya no se está en ese entorno, o porque se ha buscado ayuda; el primer paso es asumir las propias actuaciones, luego hacerse responsable de ellas y por último decidir si se desea o no modificarlas.

Evidentemente existen grados de gravedad. No es lo mismo olvidar el cumpleaños de un conocido a olvidar una violación sufrida.

Son numerosos los mecanismos de defensa que utilizamos. Desarrollamos aquellos que nos permiten sobrellevar las frustraciones y las amenazas que nos circundan.

Evidentemente, es el inconsciente quien se encarga de activarlos. El ejercicio de cada persona es el de llevar esos mecanismos inconscientes a la consciencia. Sólo en la medida en que alguien ejercita la introspección conseguirá el éxito en esta tarea.

He escogido cuatro de ellos, ya que me parecen que son los que la mayoría de nosotros utilizamos.

  1. 1.    Disociación: se refiere al mecanismo mediante el cual el inconsciente nos hace olvidar enérgicamente eventos o pensamientos que serían dolorosos si se les permitiese acceder a nuestro pensamiento consciente. Ejemplo: olvidarnos del cumpleaños de antiguas parejas, fechas, etc.
  2. 2.    Negación: se denomina así al fenómeno mediante el cual el individuo trata factores obvios de la realidad como si no existieran. Ejemplo: cuando una persona pierde a un familiar muy querido, como por ejemplo su madre, y se niega a aceptar que ella ya ha muerto y se convence a sí mismo de que sólo está de viaje u otra excusa.
  3. 3.    Proyección: es el mecanismo por el cual sentimientos o ideas dolorosas son proyectadas hacia otras personas o cosas cercanas pero que el individuo siente ajenas y que no tienen nada que ver con él.
  4. Racionalización: es la sustitución de una razón inaceptable pero real, por otra aceptable. Ejemplo: un estudiante no afronta que no desea estudiar para el examen. Así decide que uno debe relajarse para los exámenes, lo cual justifica que se vaya al cine a ver una película cuando debería estar estudiando.

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Estos mecanismo son muletas que ayudan a hacerle frente a la realidad. Cuando llegan a convertirse en elementos que perjudican a quien los utiliza, entonces ha llegado el momento de cambiarlos por otros que no sean limitantes para el individuo.

Finalmente el objetivo que se desea alcanzar es relacionarse con los otros y con el mundo sin causar daño.

Lo que quiero decir es que estos mecanismos cumplen una función, generalmente de preservación. Todos los recursos que desplegamos en determinado momento de nuestra vida, no son un acto caprichoso; tienen una razón de ser, lo importante es descubrir cuál es.

Me gustaría dedicarle un espacio especial a la sublimación.

Un proceso psíquico algo diferente, aunque suela confundírsele erróneamente con los mecanismos de la defensa psíquica, constituye la sublimación. Aquí el impulso es canalizado a un nuevo y más aceptable destino. Se dice que la pulsión se sublima en la medida en que es derivada a un nuevo fin, no sexual, y busca realizarse en objetos socialmente valorados, principalmente la actividad artística y la investigación intelectual. Ejemplo: el deseo de un niño de exhibirse puede sublimarse en una carrera vocacional por el teatro.

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Como bien reza su definición se utiliza esa energía para convertirla en algo más productivo para el individuo y quienes le rodean.

Parece que todos nuestros actos creativos se apoyan sobre este mecanismo. Cualquier manifestación de la creatividad en cualquier terreno: el lenguaje, el artístico, e incluso la solución que alguien encuentra para un problema es de origen creativo.

Si no sublimáramos toda la rabia, la frustración y la impotencia que nos causa la vida, probablemente nos convertiríamos en seres muy destructivos.

Al sublimar estamos alimentando la creatividad, y, ésta es una opción mucho más sana y constructiva.

En mi próximo artículo hablaré sobre los pervers@s.

(Imagen: www.visionpsicologicablogspot.com)

 

Miedo a la muerte

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Por Clara Olivares

Imagino que recordaréis la segunda entrega de la saga “Piratas del Caribe” en la que el personaje de Davy Jones le preguntaba a todas sus víctimas: ¿Temes a la muerte?

Más que temerla pienso que la respuesta que todos daríamos sería que ninguno de nosotros desearía morir.

Quizás la única certeza que tenemos en la vida es que vamos a morir.

Hacemos muchas cosas para conjurar a la muerte: tenemos hijos, escribimos libros, creamos obras de arte, etc., etc., etc.

Morir asusta.

Hace poco volví a ver la maravillosa película de Woody Allen, “Hanna y sus hermanas”. El personaje que hace Woody Allen, un hipocondríaco obsesionado con la muerte, busca desesperadamente creer en algo para poder sobrellevar la existencia y la angustia que ésta le genera.

Busca en las religiones la respuesta y no la haya. Finalmente acaricia la idea de suicidarse y por un accidente fortuito con su arma se ve cara a cara con la posibilidad de morir. Le asusta tanto esa realidad que sale a la calle y, agotado de tanto andar, se mete a un cine en donde proyectaban una película de los hermanos Marx.

La visión del baile que realizan los Marx, le aleja de sus obsesiones y le lleva a reconciliarse con la vida y comprender que solamente viviéndola y aceptándola, su angustia de estar vivo cesará.

Desperdiciamos tantos años de nuestra vida combatiendo nuestra angustia vital, cuando podríamos invertir ese tiempo en festejar cada instante en que seguimos vivos.

Como reza el dicho popular: “mientras haya vida, hay esperanza”.

Con esta frase quiero decir que mientras sigamos vivos, siempre dispondremos de la posibilidad de abrazar la vida. Una vez muertos, no hay vuelta atrás.

Nos resistimos con tanto ahínco a entregarnos a la vida y a que ésta nos atraviese, que nos perdemos todas aquellas pequeñas cosas que hacen que ésta sea tan maravillosa.

Sí, nos moriremos algún día. Pero, mientras tanto ¿por qué nos cuesta tanto vivir plenamente?

Imagino que dejar que entre sin oponer resistencia nos lleva a perder el control, y, a eso no estamos dispuestos.

Dejar de controlar significa que ya dejo de ser yo quién  dice la última palabra.

Y la realidad es que a la vida no se la puede controlar, como tampoco a la muerte.

Intentamos desesperadamente evitar ambas opciones, o bien, resistiéndonos a la vida, o, negando la muerte.

Una de las formas que adopta la negación, y que representa de manera simbólica  la muerte, es el hecho de envejecer.

Mostrar signos externos de vejez, como por ejemplo tener canas o arrugas, perder el tono muscular, ser flácid@, etc., se combate sistemáticamente.

El empeño que tiene nuestra sociedad en detener el paso del tiempo y no envejecer, es sorprendente.

¿Os habéis fijado en la proliferación de cremas, tratamientos milagrosos, cirugías, etc. que prometen la eterna juventud?

Como si eso fuera posible!

La vida y la muerte son las dos caras de la misma moneda.

Claro que envejecemos y moriremos. Como señala la segunda ley de la termodinámica: “todo tiende a destruirse”. Y nosotros también.

Creo que no existe una visión más patética que la de una persona, hombre o mujer que se niega a envejecer.

Me parece que las vías que hacen soportable la existencia y que le confieren sentido a la vida, son la creatividad y el amor.

El acto de crear calma la angustia. Bien sea a través de un soporte artístico (pintura, escultura, escritura) o mediante un acto de amor, como por ejemplo, tener un hijo, dedicar la vida a una causa, etc.

Y hablo del amor en mayúsculas, es decir, amar a secas. Bien sea a una pareja, un herman@, una amig@, etc.

Como el personaje de Woody Allen en la película, la necesidad de creer en algo a lo que aferrarse es lo que dota de sentido una vida.

No sabemos si existirá otra vida después de muertos, nadie ha regresado para confirmarlo, entonces, aprovechemos la oportunidad que nos brinda el hecho de estar vivos para vivir amando, riendo, celebrando la vida y no la muerte.

Hoy no voy a anunciar de qué se tratará mi próximo artículo. Nos vemos el domingo… sorpresa!

(Imagen: www.oshodespierta.blogspot.com)

Las pérdidas y la necesidad de atravesar un duelo

(Por Clara Olivares)

Este es un tema que por lo general, la gente evita tratar.

Está muy afianzada en nuestra sociedad la negación de cualquier cosa que represente una “muerte”: envejecer, tener una dolencia física, cumplir años, perder una relación, etc., o dicho de otra forma todo aquello que signifique una pérdida.

Se penaliza duramente mostrar signos de “debilidad” de cualquier índole. Siempre se debe y se tiene que ser “fuerte”.

¿Y eso qué significa?

Pareciera que mostrarse humano, es decir, expresar los sentimientos, los miedos y las angustias estuviera prohibido.

Ser y mostrarse vulnerable está vetado. Es como si el fin último a alcanzar fuese el de convertirse en una máquina tipo replicante en el más puro estilo de la película “Blade Runner”.

Pero lo paradójico del asunto es que esta imposición de silencio y de negación es imposible de llevar a cabo, ya que siempre lo emocional busca la manera de expresarse.

Puede ser a través de una dolencia física (como un dolor de espalda, por ejemplo), o de una depresión, o de una contractura, o de una dermatitis, etc.

Es imposible negar una parte que conforma nuestra propia naturaleza, el ser humano es cuerpo, mente y emoción.

Hay pérdidas reales (una muerte, una bancarrota, un empleo) y pérdidas simbólicas (cambiar de década, una amistad, estatus).

Lo interesante es que, por lo general, toda pérdida real va asociada a una simbólica.

¿Qué representaba eso para mí? El hecho de saber que nunca más voy a volver a ver a esa persona, o que no voy a rejuvenecer, etc. ¿me resulta insoportable? ¿Qué hago con el desgarro que siento por dentro?

Es más fácil barrer esos sentimientos y meterlos debajo de la alfombra, a lo mejor, con suerte desaparecen.

Pero desafortunadamente no es así.

Siempre vuelven a aparecer, de forma enmascarada en la mayoría de los casos.

De ahí el título de este artículo, es necesario que se viva el duelo por esa pérdida. Es importante que se tome contacto con nuestro sentir y se atraviese el dolor.

Si no es así, es imposible que se pueda liberar el dolor, siempre permanecerá allí agazapado. Lo puedo negar, esconder, enmascarar, pero continuará existiendo y hasta que no contacte con él no me podré liberar de su influencia.

Perder siempre produce dolor.

Las personas con creencias religiosas lo tienen muy presente y su religión les ofrece fórmulas para poder hacerlo soportable: obtener méritos para la vida eterna. Es una alternativa muy útil para los creyentes.

Para aquellos que no creen en un dios, la alternativa que queda es la de la introspección.

Bucear en el síntoma que se manifiesta (migrañas, erupciones, hernias discales, etc.) hasta descubrir la emoción que subyace.

Se impone realizar un doble trabajo: el personal y el que va en contra de los dictados sociales que banalizan el dolor.

Si cogemos un periódico o vemos un telediario, descubriremos asombrados el incremento de productos y de ofertas que se ofrecen para “conjurar” la “muerte”: cremas, tratamientos, terapias para ser feliz, cómo conseguir la pareja perfecta para siempre, etc.

Pero se está olvidando algo fundamental: todas éstas mercancías las diseñan personas para personas.

Somos seres humanos, es decir, sentimos. Y lo que sentimos se expresa siempre, nos guste o no.

Por eso creo que es de crucial importancia darse permiso para vivir y atravesar el duelo que genera una pérdida. Es necesario que lloremos y que seamos conscientes de nuestra fragilidad y de nuestra condición de humanos.

Si nos empeñamos en seguir negando esta realidad, estaremos a un paso de convertirnos en seres duros y despiadados, lo que ya está contribuyendo  a la transformación de la sociedad, cada vez más inhumana.

¿Eso es lo que queremos para nuestra vejez y es el legado que le queremos dejar a nuestros hijos y a nuestros nietos?

No deja de sorprenderme aún la transformación que se opera en un desconocido cuando se le reconoce su sentir: es como si recuperara su dignidad y comenzara a brillar de nuevo.

No es tan complicado, basta con un “tiene razón, eso que cuenta es injusto”, o “entiendo que esa situación le moleste o le enfade” por poner dos ejemplos.

El punto central es trasmitirle a esa persona que “tiene derecho a existir”, es decir, es legítimo que sienta lo que siente. Si alguien está enfadado o triste, lo está sin más.

¿Qué sentido tiene decirle que no puede sentir lo que siente si lo siente?

Es de locos.

¿Por qué nos asusta tanto la expresión de nuestros sentimientos? En especial aquellos que han sido catalogados como “negativos” (como si existieran sentimientos y emociones positivas y/o negativas).

Los sentimientos y las emociones son eso: sentimientos y emociones, nada más. Cada uno siente lo que siente: dolor, ira, tristeza, etc.

Yo me sonreía cuando dictaba cursos en los que este tema afloraba: nunca fallaba, la gente siempre calificaba los sentimientos y las emociones en “positivos” y “negativos”, en donde el objetivo a conseguir, por supuesto, era el de extinguir aquellos que pertenecían a los negativos.

Es hilarante, como si eso fuera posible. Alguien está triste o enfadado y eso es lo que siente. ¿Y qué puede hacer si es lo que siente, por mucho que ponga todo el empeño en no sentir lo que siente?

Qué discurso más loco…

No es de extrañar que comiencen a aparecer cada vez más personas escindidas y haya un enorme florecimiento de narcisistas.

Quizás la resistencia pasa por luchar para evitar caer en alguna de estas dos alternativas.

¿Y por qué no comenzamos a darnos permiso para sentir?

En el próximo artículo voy a continuar hablando de la culpabilización.

(Imagen: www.inpsico.com)

¿Y por qué a mí?

(Por Clara Olivares)

La enfermedad... difícil trago de tomar!

Si es la de un ser querido, duro, difícil, triste… y si es la de uno mismo, igual de duro, de difícil y de triste, con el plus añadido de que soy yo el enfermo y no otro.

A algunas personas nos enseñaron de niños que la vida era fácil y nos lo creímos. En primer lugar, pensábamos que los contratiempos que pudieran suceder eran otros quienes los sufrían, y en segundo lugar, aquello que nos pudiera suceder NUNCA iba a ser ni tan grave, ni tan serio.

Hasta que nos pasa, claro.

Y llegados a este punto, ¿qué?

Como todo en la vida es necesario un tiempo para asimilar esa nueva situación. Cada uno de nosotros precisa de “Un tiempo, NUESTRO propio tiempo“.

Son demasiados los aspectos que se movilizan en el interior de cada uno cuando sucede algo así y, precisamente es su complejidad lo que hace imposible muchas veces asimilar y aceptar esa nueva situación de forma inmediata.

Cierto es que muchas veces la vida no da tregua y, hay que operar ya, o, hay que iniciar un tratamiento, o… Pero eso no quiere decir que se haya asimilado y se haya aceptado… ni para quien lo padece ni para las personas que están a su alrededor.

Si logramos comprender que necesitamos TIEMPO para integrarlo, quizás no fabriquemos síntomas nuevos a través de los cuales toda nuestra angustia y nuestro miedo hablen.

Intentemos relacionarnos con esa enfermedad desde la comprensión: ¿qué función tiene? ¿qué es lo que la vida desea que aprenda? ¿por qué precisamente esa enfermedad y no otra? ¿por qué ahora?

Muchas veces se mira la enfermedad como un enemigo al cual hay que batir, al que hay que aniquilar. Desde esta óptica, la situación se nos convierte en algo con lo que hay que pelearse, y ya sabemos todos que desde ese lugar sólo existen dos únicas alternativas: se gana o se pierde.

La vida con una mano da y con otra retira. Quizás el aprendizaje consiste en irse convirtiendo en un junco, el cual gracias a su  flexibilidad puede doblarse hasta el suelo sin romperse, y, es esta característica la que le permite volver a enderezarse.

La vida no es fácil, eso lo vamos descubriendo en la medida en que la vivimos. Quizás el truco para sobrevivir radique en ir dejando atrás la rigidez. Si a causa del miedo nos colocamos en una postura rígida e inamovible, lo más probable es que ante el primer embate fuerte de la existencia nos rompamos.

Si para nosotros la enfermedad, propia o ajena, se convierte en un enemigo, la única alternativa que nos queda es acabar con ella, eliminarla. Y lo que no sabemos es que esa pelea está eliminando y aniquilando una parte de nosotros mismos.

Porque su aniquilación supone vivir la enfermedad como algo ajeno a sí mismo y no como algo que forma parte de mi persona. Eso, en otras palabras es una forma de negación.

Y todos tenemos derecho a negar una situación que nos es dolorosa y difícil, lo peligroso es que nos quedemos anclados en ese registro y no evolucionemos hacia la comprensión de lo que nos pasa. Si no escogemos ese camino nos va a ser tremendamente difícil integrar esa situación y aceptarla.

Creo que es solo desde la aceptación que es posible evolucionar.

Sé que no es fácil, ¿pero que otra alternativa nos queda si queremos salir del malestar que esta situación nos provoca?

La semana que viene deseo abordar un tema que, creo, nos afecta a todos: la velocidad del desarrollo tecnológico vs. nuestra naturaleza humana.

(Imagen: muzic-word.com)