Las secuelas de la banalización

 

La banalización

Por Clara Olivares

Me parece que todos hemos sido testigos y víctimas a la vez de la era de la banalización.

He acudido a diferentes diccionarios (el de la RAE, de filosofía, de psicología y de psicopatología) buscado una definición del término «banalización».

Sorprendentemente, en ninguno de ellos aparece el término. Curioso, pensé.

Entonces acudí a Internet y allí sí aparecían varias definiciones. La que me pareció más completa fué la que encontré en un enlace de ABC:

El concepto de banalización es aquel que se utiliza cuando se busca a hacer referencia a la actitud de banalizar algo, es decir, volverlo banal, superficial o poco importante. Si partimos de la idea de que algo banal es algo superficial y poco importante, entenderemos entonces que la banalización de algo sea justamente transformar a esa cosa, situación o fenómeno del cual se hace referencia en algo poco importante. En muchos casos, la banalización de algo es entendida como algo negativo ya que se está transformando algo que debería preocupar a la gente, en algo banal y superficial.

Más adelante habla de la repercusión de este fenómeno en la sociedad.

No me parece que sea casualidad que se escriba sobre el tema. Los medios, en teoría, deberían reflejar lo que está sucediendo en la sociedad.

Y lo hacen, entre comillas: por un lado se diría que sí, pero por el otro, manipulan la información.

Hace muchos años, alguien me decía que cuando se comienza a hablar profusamente de algo, este fenómeno es un síntoma evidente de que ese algo ha dejado de existir.

Y, con los años he llegado a constatar que así es. Sucede en las familias y en la sociedad.

Por esa razón comienzo este artículo diciendo que todos hemos sido víctimas de este fenómeno.

Como he repetido en numerosas ocasiones, es imposible abstraerse del todo a lo que está pasando fuera, en este caso, a lo social.

Existen familias en donde los límites (llamémoslos también fronteras) que las delimitan son muy rígidos, lo que las convierte en impermeables ante el intercambio que debería llevarse a cabo entre el afuera (el mundo, la sociedad) y el adentro (la familia).

Pero, afortunadamente, siempre aparece un miembro del grupo que saca la cabeza y mira hacia el exterior.

Creo que Internet ha roto las barreras que hacían que una persona, una familia o una sociedad, no pudieran acceder al mundo externo.

Por eso creo que, no en vano algunos regímenes totalitarios han buscado y siguen buscando desesperadamente bloquear el acceso a la información impidiendo que los ciudadanos «salgan y miren afuera».

Pongo como ejemplo a los dirigentes de alguna nación, pero, en el entorno familiar sucede otro tanto de lo mismo.

Algunas personas ubican este fenómeno dentro de la llamada post-modernidad, aunque hay otras que dicen que esta era nunca existió.

Yo personalmente, ni soy filósofa ni socióloga, por lo que no poseo la autoridad necesaria para decantarme hacia un lado o hacia el otro.

De lo único que puedo hablar es de lo que observo, en mí y en otros y en la sociedad.

Y, he visto que durante unos años, la banalización era una práctica habitual. En el círculo de amigos, la familia y la pareja, así como en el mundo laboral y profesional.

La profusión de programas de televisión llamados «tele-realidad», que en mi opinión son «tele-basura», en los que se explota y se ofrece como entretenimiento el dolor ajeno, se le manosea, se le banaliza y se le desprecia.

Hay una película que muestra muy bien este fenómeno: «Volver» de Pedro Almodóvar. No me canso de verla una y otra vez.

Uno de sus personajes es una mujer enferma de cáncer a la que su hermana presiona para que ésta última hable sobre su intimidad en el programa de tele-realidad que dirige. A cambio de ofrece pagarle el viaje a Estados Unidos para realizar un tratamiento que le puede ayudar a combatir su enfermedad. Cuando la mujer llega al plató y comienzan a emitir el programa, se da cuenta de la situación humillante y degradante en que se encuentra y, sencillamente, se levanta y abandona el lugar.

Esta misma perplejidad la he llegado a observar en ese grupo de personas quienes no llegaban a comprender qué era lo que estaba pasando. No entendían cómo personas que les eran cercanas, se rieran o le restaran importancia a su sufrimiento, llegando incluso a mofarse de ellas considerándolas «raritas».

Y, felizmente lo eran. Me explico: raras en cuanto no se dejaron absorber por la corriente imperante y apostaron por seguir siendo humanas, es decir, seguir sintiendo compasión por el otro y dirigirles una mirada que llevaba el mensaje de «no estás loc@».

Lo sorprendente del asunto es que poco a poco, ha surgido un pequeño (o grande) grupo de personas que comienzan a echar en falta la necesidad de una estructura social.

El «todo vale» comienza a perder su fuerza, porque no es cierto que ésto sea así. Todo ser humano necesita de una contención que le permita construirse una estructura interna.

De otra forma, simplemente, no existe.

Si todos los límites han saltado y ya no se ofrece una herramienta que le permita a cada sujeto establecer en su mente una diferencia entre lo de afuera y lo de adentro, se consigue una sociedad sin identidad.

Y me parece que con la «era de la banalización» eso fué, precisamente, lo que se consiguió.

Pero como el ser humano es tan increíble y siempre renace de sus cenizas, ha comenzado a clamar por un orden que permita la estructura.

Así, estamos presenciado manifestaciones multitudinarias pidiendo la instauración de nuevo de mecanismos que fomenten la contención: bien sea a través de la religión, o de iniciativas privadas que promuevan lugares que ofrezcan la instauración nuevamente de valores.

En otras palabras, se pide a gritos la vuelta de la ética.

El todo vale jamás fué un valor, aunque se disfrazó de ello. Quizás gracias a esa estrategia consiguió instaurarse durante un tiempo.

Los estragos que produce la banalización son enormes. Bien sea a nivel personal, o social.

Si se coloca en el mismo nivel un tema banal con uno que no lo es, el resultado será, en primera instancia, la confusión y, en segundo, la escisión interna, y de ahí a la creación de una sociedad de psicópatas, sólo hay un paso.

Mis preguntas son: ¿realmente ya dejaron de existir los valores?, o, ¿surgen pequeños grupos que intentan volver a instaurarlos?, o, ¿estamos ante un recurso colectivo de banalizar para no sufrir?

Espero y voto por la segunda opción.

El sufrimiento jamás es banal. Forma una parte consustancial a la especie humana.

Si permitimos que se pierda la característica que nos hace humanos, ¿qué nos queda?

La semana que viene hablaré sobre la necesidad vital de cada individuo de saber quién es.

(Imagen: http://pijamasurf.com)