Estrés

(Por Clara Olivares)

Al igual que con el miedo, el estrés es una respuesta adaptativa del organismo que permite entrar en acción.

La primera persona en utilizar el concepto en el campo de la salud fué el fisiólogo Hans Selye en los años 30 del siglo XX.

Definió el estrés (stress en inglés) como “una respuesta adaptativa del organismo ante situaciones estresantes, una respuesta no específica del organismo ante cualquier demanda”.

Se asocia la palabra estrés con algo que no va bien, con un problema. Y no es así: es necesario el estrés para que nos pongamos en movimiento. Sin él quizás nos moriríamos…

Etimológicamente, la palabra “stress” significa fuerza que provoca tensión y deforma los cuerpos.

En éste caso, las fuerzas serían las demandas a las que un sujeto se ve expuesto en su vida cotidiana.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) lo define como el conjunto de reacciones fisiológicas que preparan al organismo para la acción.

El entorno espera que el individuo se adapte a las demandas que van apareciendo y dé una respuesta.

Y es allí en donde radica el núcleo que hace que el estrés se convierta en algo negativo para el sujeto o en algo que le ayude.

Es un baile entre el mundo exterior y el mundo interior. Dependiendo del tipo de relación que tenemos con los dos mundos, así serán las respuestas que demos.

Una persona responde a la demanda desde diversos frentes: el fisiológico, el cognitivo, el emocional y el conductual.

Todos estos elementos se mezclan y se influyen mútuamente. No es posible trazar una línea que separe uno de otro.

Lo que pensamos y sentimos repercute en lo que nuestro cuerpo hace. Si estamos en una situación de indefensión o de intrusión, lo más probable es que aparezca un herpes en el labio o nos “peguen” una gripe.

El cuerpo habla y lo hace con síntomas. Probablemente éstos digan qué es lo que la persona necesita en ese momento o denuncien precisamente aquello de lo que carece en un momento dado.

Es decir, que si de pronto alguien comienza a tener una gripe, quizás está necesitando aislarse del entorno.

No soy de la opinión de que lo que manifieste nuestro cuerpo sea caprichoso o casual. Estoy firmemente convencida de que a nivel simbólico existe una estrecha relación.

No soy ni la primera ni la única que ha observado éste fenómeno. Existen muchos autores que han escrito sobre el tema.

Como decía antes, cada uno de nosotr@s da una respuesta equis ante las demandas que nos exige el medio.

El problema aparece cuando no es posible recuperarse de la respuesta que en un momento dado se ofreció porque hay que atender la siguiente demanda. Es como si se cayera en un túnel del cual no podemos salir y tenemos que seguir respondiendo.

Es en ese punto cuándo el estrés se convierte en algo nocivo para un sujeto.

Fisiológicamente las glándulas suprarrenales secretan adrenalina al torrente sanguíneo para que la persona tenga la energía necesaria para dar la respuesta que se le exige.

Pero si una vez que ha pasado la emergencia el cuerpo no puede regresar a un estado de reposo (recuperar la homeostasis) se cae en un círculo infernal que llevará indefectiblemente a que la persona enferme.

Lo importante es aprender a manejar el estrés de forma que no nos enferme. ¿Y cómo hacerlo?

Antes que nada, empezar por analizar las características del entorno y la forma en que nosotr@s nos relacionamos con ellas. Es decir, preguntándonos qué exige de nosotros el medio en el que estamos y si estamos o no en condiciones de responder adecuadamente a lo que nos está pidiendo.

¿Cómo vivo las demandas que me piden? ¿Me siento demasiado exigid@? ¿Supone en esfuerzo superior a mis fuerzas?

No siempre se está en las condiciones óptimas para hacerlo, o no podemos hacerlo, para poder dominar el estrés que nos hace daño es necesario trabajar sobre nosotr@s mism@s y sobre los acontecimientos del entorno.

Y aquí es cuándo son tan necesarios los límites. No somos dioses, somos simples mortales y como tales es imposible estar en todos los lugares y responder a todas las demandas.

Esta constatación impone dos preguntas: ¿hasta donde? y ¿a qué precio?

Primero investiguemos cuáles son las fuentes que nos generan estrés, si logramos identificarlas la mitad del trabajo está hecho.

Es cierto que soy yo quien decide, no es esa fuerza que me posee y decide por mí y ante la cuál yo no puedo hacer nada.

Sí puedo hacer y decidir, quizás la confusión proviene de una creencia personal de que esto no es posible.

Seguramente esa creencia tiene un origen más que justificado y quizás ni siquiera nos hemos dado cuenta de que nos la han transmitido y que no es nuestra.

Es como si creyéramos firmemente que no podemos hacer nada y que estamos impotentes y desarmados ante ese “sino”.

Siempre se puede hacer algo. Excepto si estamos muertos, siempre existe algo que podamos hacer.

Me parece que la clave radica en ir viendo el tipo de relación que yo mantengo con el entorno, y cuando digo relación me refiero a lo que siento, a lo que pienso y a cómo actúo ante lo que se pide de mí.

El estrés se puede manejar y controlar a condición de que lo deseemos de verdad y a que nos comprometamos con las medidas que imponen los cambios.

En el próximo artículo hablaré sobre la necesidad que tenemos del otro.

(Imagen: www.benews.it)