¿Cómo encaramos las vicisitudes de la vida?

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Por Clara Olivares

La vida no da tregua.

Suele estar plagada de contratiempos, cambios, sorpresas, unas agradables y otras desagradables, alegrías, tristezas, pérdidas, ganancias, etcétera.

No os cuento nada que ya no sepáis.

Pero, ¿cómo las encaramos? ¿de qué forma las percibimos? ¿cómo las vivimos?

En otras palabras, ¿cuál es el lugar en que me coloco cuándo éstas aparecen en el horizonte?

No siempre somos conscientes de nuestra actuación. De ahí que resulte muy importante, tanto para la propia persona como para las que conviven con ella, que ésta comience a observar y a darse cuenta de sus propias actuaciones.

Si no es así, lo más probable es que continúe siendo presa de sus hábitos, y, algunos de éstos a veces se convierten en un obstáculo más que en una ayuda para el propio sujeto.

Y no de forma exclusiva para la persona en cuestión, también para quienes están a su lado. Las limitaciones y dificultades que tiene afectan siempre la relación con el otro.

Puede que éstas incidan levemente, lo que no causará conflictos en la relación.

Pero cuando se convierten en algo que afecta el vínculo, me parece que es muy necesario que se haga algo por parte de quien origina la causa del problema, así como por parte de la otra persona, aunque ésta última ocupe un lugar secundario en el asunto.

Como he venido repitiendo en todos los artículos que he escrito, son múltiples los factores que se ponen en juego. Los que me parecen más relevantes a la hora de efectuar un análisis son: la historia familiar y la personal.

Sería interesante que nos planteáramos estas preguntas: ¿qué papel es el que he desempeñado en mi familia? ¿Cuál ha sido la constante en mi vida? ¿Quiénes desencadenan en mi ese funcionamiento?

He asumido el rol de: ¿el/la salvador@?, o, ¿el de víctima?, o, ¿el de sacrificad@?…

A todos nos han asignado un personaje, lo trágico del asunto, es que irrumpimos en una obra de teatro que ya había comenzado.

Puede que estemos de acuerdo, o no, con el personaje que nos dieron.

Si lo aceptamos, lo llevamos a cabo con esmero. Pero si no es así, nos rebelamos.

Quizás fuimos personas conflictivas, o, una que cuestionaba cualquier decisión u opinión, o, la que se oponía sistemáticamente… el abanico es tan amplio como lo son los seres humanos.

Solemos repetir de forma inconsciente aquello que aprendimos. Esta forma de funcionar se recrea una y otra vez en nuestras relaciones de adult@: en el trabajo, con los amig@s, con la pareja…

Volviendo a la auto-observación: ¿qué actitud suelo tomar?

Existen muchas y muy variadas, pero sólo voy a abordar las que aparecen con más frecuencia.

La víctima: es una de las actitudes que suele generar más rabia en los otros.

  • La frase que define esta modalidad es toda aquella que encierra el mensaje de: “pobrecit@ yo”.
  • Como por ejemplo: “qué injusta es la vida conmigo, que injust@ eres tú, con todo lo que siempre he hecho por ti, ¿así me pagas?, siempre me estás criticando, etc.
  • Genera rabia ya que la persona está haciendo un chantaje afectivo. Se coloca en el lugar del “mundo y todos están en mi contra, con lo intachable y buen@ que soy”.
  • Suele ser una maniobra para hacer sentir culpable al otro de forma que el que tiene el “problema” jamás es él o ella.
  • Y ésta no es una práctica reservada en exclusividad al género femenino. También hay hombres que interpretan este papel con maestría.

El salvador@: por todos los medios de que dispone, es su obligación salvar a cualquiera que esté en dificultades.

  • Jamás tienen en cuenta lo que la persona afectada necesita, o, desea, o, quiere. Ell@s determinan qué es lo que (de acuerdo a su percepción) alguien en esa situación precisaría, y, sin más lo llevan a cabo.
  • De nada sirve que el sujeto afectado les haga saber que NO es eso lo que precisa, es otra cosa, o, simplemente no necesita nada.
  • Pero estos ruegos suelen caer en saco roto.
  • No escuchan, pero no porque sean malas personas, ni mucho menos. Me parece que es tan grande su necesidad de sentir que salvan que son incapaces de VER al otro.
  • En algunas ocasiones se sienten realmente impotentes al ver que “no son útiles” y este sentimiento es tan poderoso que suele enmascarar cualquier otro.

El que niega: la frase “aquí no pasa nada”, creo que resume esta actitud.

  • Cuando hablo de negación me refiero a la percepción que se tiene de que no está sucediendo nada.
  • Y como nada pasa, ¿para qué tanto revuelo?
  • Lo increíble de esta postura es que, aunque se le pongan enfrente las evidencias, su actitud no cambia. No las ven.
  • Funcionan como las avestruces: meten la cabeza en un hoyo.
  • Desde su óptica (el hoyo) no hay nada de qué preocuparse.

El/la héroe/ína: es la persona que asume que “ella/él puede con todo”.

  • Como siempre hemos visto, esta creencia tiene puntos a favor y puntos en contra para quien la asume.
  • A favor: sabe desenvolverse con bastante solvencia cuando se trata de resolver problemas. Enfrentan la vida y sus dificultades diréctamente.
  • Suelen ser personas bastante resolutivas e independientes.
  • En contra: no es verdad que alguien pueda con todo. Nadie es Atlas, sólo en la mitología Griega, las evidencias de la vida son bien diferentes.
  • Cuando estas personas se estrellan con la realidad, suelen salir dañadas (física o emocionalmente).
  • Quizás lo más perjudicial que tiene para ellas, es que piensan que NO necesitan de nadie. ¿Para qué, sin son omnipotentes?

Independientemente de la modalidad que hayamos escogido o heredado, subyace la problemática que causa esta dificultad: la incapacidad para asumir la propia responsabilidad en una situación.

O en la vida.

Y cuando digo “responsabilidad” me estoy refiriendo a una que comprende exclusivamente la PROPIA, no la ajena.

Hay que ser muy cuidadosos a la hora de diferenciar una de otra. O bien nos pasamos (asumimos la propia, la del otro, la de la humanidad…) o, nos quedamos cortos (no asumo NADA).

Creo que en más de una ocasión, todos hemos padecido a alguien con alguna de estas características.

Dándonos cuenta de ello, quizás comencemos a comprender lo que cualquiera de estas actitudes genera. Sabemos de lo que estamos hablando.

Es importante que despertemos las alarmas para comenzar a percibir cual es nuestra propia actitud.

¿Cómo? Observando cómo reaccionan las personas que están a nuestro lado para luego preguntarnos: ¿esa reacción guarda alguna relación conmigo, o, con lo que hago?

En mi próximo artículo hablaré sobre cómo el hecho de interactuar con otros potencia nuestra creatividad.

(imagen: www.recursosdeautoayuda.com)

La víctima: ¿realidad o papel?

(Por Clara Olivares)

¿Cómo discernir si estamos frente a una auténtica víctima o a una que “se hace la víctima“?

La persona que de verdad está siendo dañada, o, ultrajada, o, perseguida, por poner unos ejemplos, en nuestras entrañas notamos y percibimos su dolor.

Éste en la mayoría de los casos, suele ir acompañado de un sentimiento de vergüenza. Es como si se sintieran responsables del maltrato que han sufrido.

Ante estas personas, lo que podemos hacer es mostrar toda la empatía de que seamos capaces y reconocerles sus sentimientos. Lo que les ha sido  arrebatado no se lo podemos devolver… una violación, un ultraje, la inocencia perdida. Nadie puede y, esto merece toda nuestra compasión.

Parece que lo que alivia un poco su dolor es hablar con otras víctimas. Para quienes no lo hemos vivido nos es prácticamente inimaginable e impensable aquello por lo que ellas han pasado.

Pero, ¿y si es el caso de una persona que juega a ser una víctima?

En esta ocasión nuestras tripas se rebelarán y comenzaremos a sentir una rabia descomunal. Porque nuestro cuerpo es sabio y reconoce antes que nuestra mente, que estamos frente a una persona que daña o que manipula.

Puede que tardemos un rato en reconocer esa rabia, sobretodo cuando la persona en cuestión acompaña su papel de un discurso que justifica su posición.

Suelen ser frases del tipo: “pobrecit@ yo, con todo lo que yo he hecho por ésa persona”, “cómo sufro, nadie me quiere!”, “siempre todo el mundo se quiere aprovechar de mí“, “qué mal@ es esa persona conmigo, con lo irreprochable que he sido yo”. Y podría continuar con una cantidad innumerable de ejemplos!

Esto no quiere decir que TODOS (me atrevería a afirmar que sin excepción) hemos utilizado ésta estrategia en algún momento de nuestra vida. Me parece que negarlo sería faltar a la verdad!

Sabemos perfectamente cuándo estamos poniéndonos en el papel de víctimas, aunque no lo reconozcamos jamás. Pero a nosotros mismos es difícil engañarnos… en lo más profundo de nuestro corazón sabemos que estamos haciendo un papel.

Es una estrategia muy útil a la hora de conseguir lo que queremos. Siempre se obtienen más cosas si despertamos lástima en los otros, la lástima hace a las personas más vulnerables.

Aunque ya algun@s rayan en el descaro! Recuerdo una señora que hace años se subía al metro con cara de dolor, encorvada y con los ojos entrecerrados soltaba un discurso sobre “lo que sufría” y a continuación, de pié pedía dinero a cada una de las personas que estábamos en el vagón.

Claro, esto es un ejemplo que apenas nos toca. Pero y ¿cuándo se trata de nuestr@s padres, o herman@s o la pareja?

En éste caso es “cuándo la puerquita torció el rabo”, cómo dicen!

¿Cómo no caer en esa tela de araña que nos envuelve?

Cómo les suelo decir a mis pacientes, “rebobinemos” la película. ¿Qué pasó antes?, ¿cómo reaccioné?, ¿qué dijo/hizo el otro?, hasta llegar a determinar el momento exacto en el que comenzamos a sentir el malestar, la rabia, para ser más exactos.

Las tripas jamás mienten. Éstas nos muestran, cómo en una radiografía, cuál fue el momento preciso en que comenzamos a cabrearnos y qué fue lo que lo causó.

La clave la tienen las tripas. Si retrocedemos la película podremos contactar con el momento del enfado, la causa, quién lo provocó y cuál fue nuestra reacción.

Como decía más arriba, la mente es más lenta que el cuerpo en captar el juego. Normalmente ésta nos “engatuza” con un discurso, pero el cuerpo jamás miente.

Si logramos identificar el juego al que somos sometidos, ya hemos adelantado la mitad del camino.

El siguiente paso consiste en desbaratarle el andamiaje a quien juega a hacerse la víctima.

¿Cómo? Yo he descubierto con el paso de los años que, un medio muy efectivo es, el de tomarle el pelo a la persona en cuestión.

Es una forma elegante de hacerle saber al otro que vemos lo que hace y que no le causaremos daño.

Tomar del pelo no es lo mismo que burlarse de ella. La burla es una agresión, en tanto que tomar del pelo es enviar el siguiente mensaje: “vale, ya me he dado cuenta de tu juego pero no cuentas conmigo para seguirlo”.

Cada uno de nosotros encontrará la fórmula que mejor se adecúe al modo de ser nuestro, de la otra persona y a las circunstancias en que se dé el juego.

Podemos utilizar frases del tipo: “es verdad, hace 10 años estabas en la misma situación límite que ahora pero milagrosamente has sobrevivido”, o, “la vida es injusta, no sé cómo una persona tan buena como tú tiene una amiga tan horrorosa como yo”.

En fin, que a veces nos hemos visto envueltos en este juego, bien como protagonistas o como actores. Quizás lo importante es identificar qué es lo que sucede y desarticular el juego.

En mi próximo artículo y, siguiendo con el tema, hablaré sobre la “manipulación: estrategia odiosa”.

(Imagen: profimagenes.ru)