Conclusiones: los beneficios de la educación culpabilizante

(Por Clara Olivares)

«Si se hace una clasificación burda de la culpabilidad en relación con los problemas mórbidos, ¿por qué no se arregla igualmente lo que se ha vivido desde el punto de vista afectivo e íntimo, la indignación, el amor, el gozo y la alegría? Escribe Jean Delumeau en «El pecado y el miedo. La culpabilización en Occidente entre los siglos XIII y XVII», París, Fayard, 1994″

Comparto la idea de Delumeau, pero para llegar a ese punto hay que «empezar por el principio».

Y el principio consistiría en darse permiso a uno mismo para que la duda entre en el sistema, es decir, que pueda cuestionarme a mí mism@.

«Para conseguir esos fines, la educación utiliza las disposiciones previas del niño para culpabilizarse en diferentes terrenos y bajo diferentes formas

Estoy completamente de acuerdo con Neuburger cuando afirma que todos somos culpables (artículo de la semana pasada).

Valdría la pena preguntarse cuál estilo de culpabilización es el que prima en nuestra vida.

Lo planteo, ya que se suele recrear el mismo esquema de culpabilización al que fuimos sometidos en la relación de pareja o en la de amistad cuando somos adultos.

«En efecto, es gracias a que hemos recibido una culpabilización de tipo paterno que hemos adquirido el sentido de la justicia, del bien y del mal, así como el aprendizaje encaminado a mantener la palabra dada y a comprometernos».

«Así mismo, gracias a que la madre o sus sustitutos amenazaban con retirarnos su afecto, sabemos que es amar y ser amado«.

«Y debido a que fuimos culpabilizados al ser acusados de egoístas, de no tener en cuenta al otro, aprendimos a ser solidarios, a compartir y a fraternizar.»

«La culpabilización conlleva así mismo una reflexión sobre la libertad que tenemos de utilizar nuestro cuerpo y sobre sus límites: sexo, masturbación, drogas, alcohol, tabaco (actualmente se culpabiliza mucho el hábito de fumar).»

«También invita a reflexionar sobre lo que cada uno de nosotros debe tener o no como creencias, como opiniones, como saber, como pensamientos. ¿Tengo el derecho a pensar de forma diferente a mi propia madre? se pregunta el niño.»

La forma de culpabilización a la que estuvimos expuestos ha formado parte integrante de lo que somos y en lo que nos hemos convertido.

En otras palabras, ha venido a formar parte de nuestra estructura psíquica. Somos el conjunto resultante de las características que nos son propias, de la herencia familiar y social así como la particularidad que ha marcado la época en la que nacimos.

«Es una reflexión sobre el futuro: ¿qué se espera de mí? a nivel de mis ambiciones, de mi profesión».

«Partiendo de estas hipótesis, todos los factores culpabilizantes entran en juego, en un sentido o en otro. Existen familias en las que uno no puede ser otra cosa diferente a un político, y existen familias en las que serlo se considera casi una traición».

Insisto: ¿cuál es la ingerencia que mi familia tiene en mis decisiones y cuál es mía? ¿Qué me hizo tomar tal o cual decisión y no otra?

«Los fenómenos de culpabilización familiar y social juegan un papel importante en la elección de los propios objetos sexuales: escoger entre la homosexualidad o la heterosexualidad, y en especial en la elección de la pareja.»

Permitir que la duda entre, consigue que se pueda separar de forma consciente aquello que me pertenece, qué es mío, de lo que no lo es.

Y este ejercicio abre el camino hacia la libertad (o por lo menos a ir despejando el camino para llegar a ella).

«Se trata de una culpabilización vital y necesaria porque ella va a marcar un límite y este límite es susceptible de ser transgredido«.

«La culpabilización nos estructura. Ella ofrece una especie de pilar mítico que crea una serie de convicciones sobre lo que está bien o está mal, sabiendo que nuestro libre albedrío funcionará mejor si disponemos de puntos de referencia claros para decidir si los seguimos o si los transgredimos.»

Es importantísimo que se haga consciente la noción de límites, sin ellos no es posible que se lleve a cabo una construcción psíquica interna.

Si éstos no existen o son demasiado rígidos, nos moveremos en la vida ciegos, sin comprender muy bien de dónde proviene nuestro malestar ni del porqué de las reacciones que tienen las personas que están a nuestro lado en relación con nosotros.

La transgresión de esas fronteras siempre trae consecuencias, bien sea para nosotros mismos o para otros.

«Esta culpabilización educativa o la educación culpabilizante, influye igualmente en el tipo de relación que establecemos con el otro: altruísta, egoísta, etc.»

«… la educación es la transmisión del mito familiar y el mito social de una época determinada. Este conjunto va a construír una neurosis normal, es decir, aquella que hace que un individuo se haga preguntas«.

Preguntémonos si era posible o no cuestionar nuestro entorno, más específicamente a nuestros padres y a nuestra familia.

¿Qué consecuencias traía ese cuestionamiento? A mayor fragilidad menor espacio para la duda, es decir, entre más frágil esté una familia o un individuo, menor será la posibilidad de cuestionarle nada. En muchos casos esta fragilidad viene dada por el miedo.

«No hay que olvidar las ventajas y las desventajas que la culpabilización conlleva si se aplica en exceso o en defecto, es decir, si se centra exclusivamente en una sola técnica, puede igualmente tener efectos patógenos dando lugar a neurosis, fobias, inhibiciones y síntomas.

Neuburger expone de manera clara y contundente las consecuencias que conlleva una culpabilización demasiado laxa o demasiado estricta.

El hecho de poder ir identificando elementos de nuestra propia historia nos aportará una información muy valiosa sobre lo que somos. La información desemboca en la comprensión y ésta en la apertura de la consciencia.

«Resumiendo: para alguien para quien la culpabilización paterna es la que está más presente, diría: quiero ser respetado. La culpabilización materna, expresaría: quiero ser amado, y la fraternal: quiero ser apreciado, estimado y reconocido.»

«Nace así la pregunta, ¿pero estas personas son capaces de escuchar al otro, de interesarse verdaderamente por él, de amarle?«

Y con éste planteamiento se iría al siguiente paso: ya tengo identificado el tipo de culpabilización en el cual crecí, y ahora, ¿qué hago con ello?

Decidir qué me apetecería hacer con esta información. Puedo utilizarla para dominar a otros, o, puedo utilizarla como punto de partida para un viaje personal hacia la consciencia.

Me parece que lo importante es que seamos nosotros quienes tomemos la decisión. Quizás en el pasado no tuvimos la oportunidad de elegir pero hoy sí.

«Porque mostrar interés por el otro cobra sentido cuando se obtiene con la reciprocidad aquello que cada uno espera. Por ejemplo, yo amo en el otro su capacidad  para demostrarme, mediante su testimonio, que me respeta, o, que me ama, o, que me da un reconocimiento.»

«En el primer caso (vía paterna) las personas con este tipo de culpabilización aman a la familia, el segundo grupo (vía materna) aman a la pareja y el tercero (vía fraternal) aman los grupos asociativos no importa de qué índole sean.»

La clave radica en la pregunta: ¿con que técnica estoy funcionando hoy? Si comprendo de dónde vengo podré entender lo que ahora soy y decidiré hacía dónde me quiero dirigir.

Encuentro el viaje de inmersión fascinante y por el hecho de emprenderlo vale la pena estar vivo. ¿No os parece?

En mi próxima entrega hablaré sobre el deseo.

(Imagen: www.blogs.periodistadigital.com)

 

¿Tenemos un espacio para el placer en nuestra vida?

(Por Clara Olivares)

Creo que la palabra «placer» ha sido bastante denostada y ha estado asociada a «bajas pasiones«, «vicios«, «desenfrenos«, vamos, que socialmente ha estado (y está) muy mal vista.

Casi todos hemos sido educados para abordar la existencia desde el «debes»/»deberías», «tienes que»/»tendrías que» sin darle un espacio a un «me gustaría», o, a un «desearía»/»no desearía», y no hablemos de un «no quiero».

Alguna vez que me he atrevido a manifestar abiertamente que «no quiero» tal cosa, y de forma inmediata (e imagino que inconsciente) las personas de mi entorno me han lanzado un «sí bueno, pero deberías…»

Y yo también he lanzado el mismo discurso. Pareciera que manifestar nuestro deseo abiertamente es algo que continúa estando penalizado por la sociedad así como por nosotros mismos.

Decir claramente lo que se desea o no se desea, crea desazón, incomodidad y miedo en el otro.

El sistema de creencias en el que crecimos está fundamentado en un discurso cuyo eje central es el deber.

El «¿qué te apetece?», o, «¿qué quieres?» se circunscribe casi exclusivamente a la carta del restaurante.

Nos han enseñado a anteponer siempre las necesidades y los deseos del otro a los nuestros.

Os propongo que hagáis una prueba: preguntadle a cualquier persona que esté en vuestro entorno qué quiere. Os quedaréis sorprendid@s al constatar que un altísimo porcentaje no lo sabe muy bien ya que no lo tiene muy claro. Es más, si se lo preguntáis a una mujer, apostaría a que casi ninguna sabría contestar de forma inmediata.

¿Realmente sabemos qué queremos?, o, ¿pensamos que lo sabemos?

Para que una sociedad funcione y sea productiva, es necesario que la población se mueva en el deber y no en el placer.

«Todo extremo es vicioso», como sabiamente reza el dicho popular.

Como todo en la vida, tanto el uno como el otro tiene sus pros y sus contras.

Operar exclusivamente en el deber o en el placer, llevará indefectiblemente a una extrema rigidez, o, al caos.

Como en cualquier arte, el equilibrio está en el punto medio. Saber vivir es un arte que se perfecciona a través de los años en la medida en que se va viviendo. Nadie nace aprendido

La reflexión que me ha suscitado la anécdota que cuento arriba es la siguiente: ¿cuál es el eje de nuestra existencia?. Funcionamos porque «toca» o existe alguna parcela en la que tenga cabida un «me gustaría».

Puede que nos hayamos vuelto muy rígidos y que la modalidad que marca nuestra existencia, sólamente puede ser ésa y nada más que ésa. Entonces,  cuando nos topemos con la frustración, ¿qué hacemos?

Para mí, dos de los principales aprendizajes que da la vida es que «no todo lo que deseo y quiero lo puedo obtener, y menos aún de forma inmediata», y «que siempre la existencia lleva una dosis (grande o pequeña) de frustración ya que ésta jamás es cómo yo desearía que fuera».

La realidad nos da una bofetada en plena cara. Todos tenemos el derecho a enfadarnos o a deprimirnos ante la frustración. Pero pasado ese momento, ¿cuánto tiempo me voy a quedar en ese estado?

Nos sorprendería constatar la cantidad de años de nuestra propia vida que utilizamos en estar furiosos y resentidos. El lugar en que nos coloca el «mírame, qué injusta ha sido la vida conmigo, pobrecit@ yo», conlleva una cantidad de beneficios secundarios.

Uno de ellos podría ser despertar la compasión en el otro, o, conseguir siempre lo que yo deseo, o… cada uno de nosotros podría hacer una larga lista con los beneficios que obtiene con la forma que tiene de relacionarse con el otro y/o con su propia vida.

Como lo comentaba en un artículo anterior, siempre es más fácil culpar a otro de mi situación actual en lugar de ver cuál ha sido mi participación en ella.

¿Y por qué no comenzamos a asumir la propia responsabilidad en cada una de las decisiones que hemos tomado? Por pasivo, o por activo, hemos aceptado ésa situación.

Me parece que mientras no demos ése paso siempre vamos a estar a merced de la rabia, o, del resentimiento, o de la culpa.

¿Cuántas promesas y propósitos no nos hemos trazado, y pasado el tiempo, hemos comprobado que nunca los llevamos a cabo? ¿Qué pasó en el camino?

Sospecho que en realidad «no lo deseábamos». En el fondo de nuestro corazón sabemos si queremos o no equis cosa.

«Yo soy mi deseo». Siempre terminamos haciendo solamente aquello que en realidad deseamos.

Nos podemos contar una cantidad de historias a nosotros mismos o a los demás, pero en el fondo de nosotros sabemos cuál es la verdadera razón que nos ha movido a hacer o a dejar de hacer algo.

La vida está compuesta de un poco de «debo» y un poco de «quiero». Si caemos en alguno de los dos extremos se producirá un desequilibrio.

Vale la pena preguntarnos: ¿Cómo estamos operando hoy? ¿Cuál es el lugar en el que me coloco para conseguir el impulso para ponerme en movimiento? ¿Es la rabia, la oposición, el rechazo, o cualquier otro el motor que me mueve?

Se nos olvida que somos nosotros mismos quienes construimos nuestra propia realidad.

¿Cómo deseamos que sea? ¿Qué queremos que esté presente y qué no?

La semana que viene hablaré sobre las crisis: que viene el coco!

(Imagen: www.arielarrieta.com)