El valor terapéutico de la palabra

 mujer bla, bla, bla

Por Clara Olivares

No soy la primera ni seré la última en escribir sobre los enormes beneficios que tiene hablar sobre lo que nos inquieta y perturba.

La palabra posee la peculiaridad de liberar el alma.

En incontables ocasiones callamos. Por miedo, por creer que de nada sirve decir las cosas, por evitar conflictos, etc. Las causas por las que guardamos silencio son muy variadas.

Pero lo que no solemos pensar es que, precisamente, si hablamos, si nombramos las cosas, los fantasmas que albergamos en nuestro interior pueden encarnarse a través de la palabra y dejar de asustarnos.

No en vano, el eje central de las terapias consiste en poner en palabras lo que nos asusta o molesta, y al hacerlo, el poder que ésto poseía de perturbarnos y sumirnos en las brumas del mundo fantasmal, desaparece.

Si conseguimos expresar esos miedos, esos temores, esos secretos, etc. nos liberaremos de esa carga y seremos más libres.

La palabra, siendo algo aparentemente banal, encierra tal riqueza que al hacer uso de ella, actúa como un bálsamo.

Por esa razón es tan terapéutica, nos libera y dejamos de estar prisioneros por el mundo de los fantasmas y de las creencias, entre otras cosas.

También es cierto que algunas palabras están envenenadas, se utilizan para causar daño y para dominar.

Es importante estar alerta para detectar el veneno. Como lo he dicho en otras ocasiones, la “tripa” nunca miente. El cuerpo es el primero en registrar la agresión. Por eso es primordial que se abran los canales de percepción y se desplieguen las antenas para captar las actuaciones de ese tipo.

El cambio que ocurre cuando podemos poner en palabras y nombrar aquello que nos tiene paralizados, o atemorizados, es que aquello que vive en nuestro interior actuando como un veneno que nos carcome, se neutralice.

Recordemos que lo que no se nombra, no existe. Precisamente, es gracias a la palabra que el mundo se encarna.

Existen muchas familias en las que la palabra está secuestrada.

La regla imperante es el silencio. Sus miembros son capaces de ver y sentir lo que está sucediendo en su entorno pero al no nombrarlo, se enferma (física y psíquicamente).

Es como si a través de los síntomas se representara el drama familiar.

El trabajo a realizar es el de liberar la palabra permitiendo que las personas hablen.

No me cansaré de repetir, una y otra vez, la enorme importancia que tiene hablar para poseer un buena salud mental y mejorar la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Es muy fácil caer en las garras de la interpretación y de los malos entendidos por no decir las cosas. Con esta actuación sólo conseguiremos llenarnos de ira y resentimiento, perjudicando seriamente la relación con el otro.

El malestar que podemos llegar a sentir es muy grande. Me pregunto por qué no somos capaces de hablar la mayoría de las veces y optamos por permanecer en silencio.

Desde aquí os invito a intentar hablar. Los beneficios que obtendréis con ésta práctica siempre serán enormes.

Puede que al principio resulte difícil superar los prejuicios, pero sin duda el esfuerzo redundará en ventajas tanto para el que nombra como para el que escucha.

En mi próximo artículo hablaré sobre cómo decir las cosas.

(Imagen: www.reflejounpensamiento.blogspot.com)

Comunicación perversa (3)

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Por Clara Olivares

Antes de abordar el tema, considero que es necesario tener en cuenta algunos conceptos fundamentales de la comunicación.

Todo mensaje presenta dos aspectos: el contenido y la relación. El contenido hace referencia a la palabra, y la relación es todo lo que se comunica a través del lenguaje no verbal y que determina el tipo de vínculo que se crea entre ambas personas.

Por ejemplo, alguien puede decir “te quiero” mientras lee el periódico o mira para otro lado, o bien, acompañar la palabra con un beso. ¿Cuál de los dos casos confirmaría esa declaración?

Si el contenido y la definición de la relación concuerdan, es decir, ante una afirmación amorosa existe una expresión que la confirma, entonces no se crea confusión.

Es en el intercambio de la comunicación entre dos personas como se define el tipo de relación. La naturaleza de una relación queda condicionada por la valoración de los procesos comunicativos por parte de los interlocutores.

Todos los intercambios de comunicación son simétricos o complementarios en función del principio en el que están basados, así serán intercambios cimentados en la igualdad o en la complementariedad.

Por ejemplo, una madre con su hij@, o un jef@ con su emplead@, (complementaria) o dos amig@s, o compañeros de juego (simétrica).

Una relación puede ser simétrica en unos aspectos y complementaria en otros. Imaginemos una relación trabajador-patrón. En el aspecto laboral es una relación complementaria, pero si salen al campo de fútbol a jugar un partido, mientras juegan se transformará en una relación simétrica.

En el caso de la comunicación perversa se emiten mensajes contradictorios y simultáneos, es decir, se dice una cosa con la palabra y al mismo tiempo se niega lo dicho con el lenguaje no-verbal.

Ésta recibe el nombre de comunicación paradójica y el efecto que produce en el otro es la parálisis. Órdenes del tipo: “debes amarme, o, sé espontáneo”, son en sí mismas una paradoja que impide una elección entre dos alternativas.

Si alguien ama a otra persona es porque lo desea, no porque se lo ordenan. Así mismo, si me imponen ser espontáneo, si intento serlo automáticamente dejo de serlo.

La persona en cuestión se encuentra ante una disyuntiva: ¿a quién creo? ¿A la persona que significa mucho para mí? o ¿le hago caso a mi percepción?.

En la mayoría de los casos, aparece este maltrato en el seno de una relación vital (bien sea amorosa, laboral, etc.). Ésto hace que para quien la sufre sea inasumible dudar de lo que esa persona dice, en consecuencia se piensa que quién está equivocad@ es él e irremediablemente se duda de la propia percepción.

¿Cómo pensar que una madre miente? o ¿que una pareja maltrata?

De esta forma se afianza la relación asimétrica entre ambas personas. No hay que olvidar que el perverso busca establecer una relación dominad@r-dominad@ basada en el poder y el dominio.

Pero volvamos a las estrategias que despliega.

Una de ellas es rechazar la comunicación directa: elude las preguntas directas, no nombra nada pero lo insinúa todo (levanta los hombros, suspira,…) de forma que la víctima se pregunte “¿qué habré hecho? o, ¿qué tendrá?. Como nada se habla claramente, lo reprochado puede ser cualquier cosa. Su comunicación verbal es escasa.

Niega la existencia del reproche y del conflicto, así paraliza a la víctima (es absurdo defenderse de algo que no existe).

Deforma el lenguaje: utiliza una voz monocorde, insulsa, ausente de cualquier tonalidad afectiva y por la que asoma el desprecio y la burla. Es muy importante abrir la escucha para detectar el tono y no quedarse en el contenido.

Utiliza mensajes vagos, imprecisos y contradictorios, como por ejemplo, “imposible!, o, ya debería ud. saberlo”. Nunca va a explicar por qué es imposible ni qué es lo que debería saber.

También miente, es sarcástic@, se burla del otr@ y lo desprecia.

Suele descalificar constantemente, privando al otro de todas sus cualidades: “lo haces mal, eres inept@…”

También le fascina enfrentar a unos y otros sembrando cizaña, provoca celos y rivalidades mediante alusiones que siembran la duda: “¿No crees que fulano es así o asá?”.

Así mismo, suele generar rumores falsos sobre el otr@ de forma tal que este último no pueda identificar su origen.

Por último, suelen ser dogmáticos e impositivos. La verdad es su privilegio, todo lo que no se acerque a su discurso no existe.

Como podréis comprobar, lo más prudente es alejarse de estos seres lo más rápidamente posible, y si esto no es posible, hay que neutralizarlos.

Recordad que con un pervers@ NO HAY CASO!!!! Descartad cualquier intento de salvarles… son casos perdidos.

A menos, claro, que por un milagro pudieran deprimirse y se volvieran human@s, sintiendo.

En mi próximo artículo hablaré sobre el valor terapéutico de la palabra.

(Imagen: www.estarguapas.com)

¿Qué hacer ante un@ pervers@? (2)

www.muyalfondodemi.blogspot(2)

Por Clara Olivares

Como ilustra la imagen, si un perverso se cruza en nuestro camino lo aconsejable es alejarse.

A ser posible, literalmente, es decir, poniendo tierra por medio. Y si no lo es, es aconsejable buscar un alejamiento en la relación, de forma que se circunscriba de forma exclusiva al contexto de la misma (trabajo, vínculo de sangre, amistad, etc.) sin buscar ni esperar jamás una cercanía emocional.

¿Que hacer para escapar de sus garras?

Nunca hay que olvidar que con un perverso es IMPOSIBLE establecer un vínculo de igual a igual, más aún, ningún tipo de relación interpersonal.

Ellos sólo buscan las relaciones de fuerza en las que se crea un intercambio del tipo dominador-dominado. Evidentemente, ya sospechamos quién se ubicará en el lugar dominante.

Cree firmemente que cualquier relación parte de la desconfianza y la manipulación. Piensa que nadie escapa a este principio.

El perverso abortará sistemáticamente cualquier intento que la persona haga porque aflore el conflicto (contrariamente a lo que está en el imaginario de mucha gente, el conflicto es sano y necesario).

Con él se reconoce al otro como interlocutor con el que puedes estar o no de acuerdo, pero siempre se parte del hecho que el otro EXISTE. El conflicto permite establecer una relación simétrica (las dos personas están al mismo nivel y se reconocen mútuamente como seres humanos).

Recordemos que para un@ pervers@ el otro no existe, es un objeto.

Por eso es tan importante lograr que no consiga su objetivo al lograr que el otro funcione de la misma forma que él. En el momento en que respondemos utilizando su mismo esquema, él ha ganado.

Su objetivo primordial es destruir al otro y que mejor forma de hacerlo que pervirtiéndolo, es decir convirtiéndolo en alguien semejante a él.

Es importante recordar que un@ pervers@ no siente culpa, por eso no hay que caer en el juego de hacerlo sentir culpable con recriminaciones, acusaciones, etc.

Desde el principio, tenemos la partida perdida. Ell@s son tremendamente hábiles para convertir en culpable a quien le hace un reproche. Ell@s nunca son culpables de nada, el problema siempre es del otro.

En cuanto a la descalificación sistemática que hace, es recomendable no caer en ese juego.

Me explico: ante una descalificación (sin base real, nunca la tiene) lo habitual y lo normal es que la persona agraviada proteste e intente justificar que ella no es así. El perverso no lo reconocerá nunca y lo seguirá descalificando, entonces la persona se esforzará por aportar más pruebas, pero él seguirá negándolo.

Este intercambio desembocará en un juego infernal en el que el agraviado NUNCA va a ganar. Por esta razón lo más inteligente es renunciar a modificar la imagen negativa que de nosotros nos devuelve el perverso.

Con decirle: “sí, quizás soy aburrida (o una nulidad, o, una calamidad, etc.) “, le cortamos de raíz su juego. Pensemos que al buscar destruir al otro, ataca su imagen devolviéndole un retrato negativo de sí mismo. Nadie soporta tener una auto-imagen negativa, por esa razón es fácil caer en su juego.

Va destruyendo poco a poco la valía del otro hasta conseguir que pierda toda su autoestima.

Es importante no creer lo que nos dice sobre nosotros. Busca el lugar que más le duele al otro y es allí donde asesta el golpe.

De ahí la inmensa importancia que tiene estar alerta para reconocer lo más rápido posible el veneno que intenta inocular y desactivarle el juego.

Los pasos a seguir se podrían resumir en cuatro puntos:

1. Identificar

2. Actuar

3. Resistir psicológicamente

4. intervención de la justicia, si es necesario.

La descripción que he venido haciendo de ell@s, posee varios elementos que permiten identificar con mayor rapidez a estos personajes. Soy consciente que hacerlo no siempre es evidente, ell@s saben muy bien cómo camuflarse. Pero también sé que una vez que se ha sufrido a uno de ellos se desarrolla un olfato muy fino para poder identificarlos.

La acción es el siguiente paso, para ello es primordial parar inmediatamente sus juegos.

La resistencia psicológica es importantísima a la hora de atravesar esa situación. Lo más probable es que las personas cercanas tomen partido e incluso lleguen a pensar que uno exagera.

Buscar apoyo en aquellos amigos incondicionales, éstos son aquellos que no juzgan y que están ahí.

Si fuese necesario, se debe buscar la ayuda profesional.

Lo importante es no quedarse aislado (eso será lo que buscará el perverso) y encontrar arropamiento y apoyo.

Es lamentable constatar la proliferación de estos personajes. Parece que la sociedad en que vivimos favorece su expansión. Confiemos en que no durará mucho tiempo.

Concluyo afirmando que un perverso actúa porque puede, es decir, ejerce su perversión porque el entorno social y familiar lo permite.

En mi próximo artículo hablaré sobre la comunicación perversa.

(Imagen: www.muyalfondodemi.blogspot.com)

Hijos parentalizados

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Por Clara Olivares

Creo que para comprender mejor este fenómeno es necesario esquematizar someramente los grupos que conforman una familia.

La familia nuclear está formada por: el grupo de los padres y el grupo de los hijos, ambos con diferentes roles y perteneciendo a distintas categorías.

Luego está la familia extensa, aquella que abarca tres generaciones, incluiría a los abuelos y a los tí@s.

Para conseguir una buena salud mental es necesario que éstas entidades estén claramente diferenciadas. Desafortunadamente no siempre es así, en algunos casos los roles y las categorías están confundidos, mezclando todos los niveles.

Una de las consecuencias de esta confusión es que algunos padres parentalicen a uno o a varios de sus hij@s.

Cuando uno de los padres arrastra una inmadurez emocional, puede que esa carencia le conduzca a escoger, de manera inconsciente, a uno o a varios de sus hijos para llenarla.

Nos encontramos entonces frente a un hijo parentalizado.

Existen dos tipos de perentalización:  la primera hace referencia a aquella en la que aparece una inversión de roles evidente entre padres e hijos (puede ser instrumental y/o emocional). La segunda es cuando uno de los padres hace una promesa a su hijo, de manera directa o indirecta, de forma que ese hijo abandona el grupo de sus iguales (hermanos) creyendo que será incluído en el nivel de los padres.

Lo dramático de esta versión es que se trata de una falsa promesa: un hijo jamás puede estar al nivel de los padres por la sencilla razón de que es “hijo”.

Voy a hablar en primer lugar del tipo número uno.

El lugar que debería ocupar el padre (o madre) es reemplazado por el hijo, dando lugar a niños que en lugar de jugar y descubrir el mundo, tienen que ocuparse de las labores domésticas o de cuidar y proteger a sus padres.

Quien cuida, protege, guía y da sostén es el hijo en lugar del progenitor.

Así encontramos pequeños que se hacen responsables de ocuparse de sus hermanos, de hacer la comida, limpiar la casa, etc., labores de las que debería ocuparse el adulto.

También suelen asumir el cuidado y la atención de alguien que enferme en la familia: vela porque éste tome los medicamentos, esté atendido, acompañado, etc.

Éstos son ejemplos de la parentalización de tipo instrumental.

La emocional es un poco más compleja: recae sobre los hombros del pequeño todo el peso de ser el sostén emocional del adulto. Convirtiéndose en aquél que escucha, cuida, apoya, protege y es depositario de las confidencias de su padre o de su madre.

En estos casos se hace evidente una falta de límites por parte del adulto. Hay cosas que un hijo no debe saber ni debe escuchar, y mucho menos debe hacer.

La imposibilidad por parte del adulto de establecer límites, es algo más común de lo que imaginamos.

Esta carencia trae consecuencias que alteran la interiorización de la noción de límites (absolutamente necesaria para una sana construcción de la identidad) en el hijo. Si alguien no tiene claro hasta donde puede llegar, es decir, en qué lugar comienza a diferenciarse del otro, será complicado que sepa quién es.

Así mismo, cuando crece, es probable que el niñ@ sea consciente de la parentalización de que fué objeto y la ira comience a aumentar en su interior.

No es de extrañar que éstas personas busquen de manera inconsciente parejas y amig@s que funcionen de la misma forma que sus padres en un intento neurótico de conseguir un “esta vez si sale bien”. Lo que no saben es que, a menos que lo trabajen de forma consciente, jamás saldrán bien las cosas con el tipo de persona que suelen escoger, es imposible que con él/ella funcione la relación.

Qué malas pasadas nos juega el inconsciente, ¿no?

El segundo tipo de parentalización se caracteriza por un desplazamiento del hijo en cuestión a un lugar que lo sitúa entre el grupo de los hermanos o “fatría” y el grupo de los padres.

Es una especie de limbo en el que queda en medio de los dos grupos sin pertenecer a ninguno de los dos.

De un plumazo, esta designación le perjudica la relación con sus hermanos. Éstos lo perciben como un espía infiltrado de los padres, lo que conlleva que delante de él ellos tengan que ser muy cuidadosos con lo que dicen y hacen por miedo a que los delate ante sus propios padres.

Para compensar, el primogenitor que lo escoge le proporciona privilegios que, por otra parte niega a sus hermanos, pero cuidando mucho de que éstos no interfieran con el lugar que como padre o madre ocupa. Es decir, el poder de que dispone este hijo es relativo.

Con esta estrategia el padre o la madre ratifica esa promesa velada que le hizo a su hij@, trayendo como consecuencia un incremento de la rabia y del rechazo de los hermanos y dificultando aún más su relación con ellos.

Este hijo entonces, ¿a quién es leal? Por lo general a sus padres, ya que ellos representan el poder. Es aquí cuando aparecen los “delatores”, los “chivatos” que todos hemos conocido.

La parentalización siempre es nefasta para quienes la han sufrido. Ambos tipos generan una rabia enorme, ya que a ese hij@ le han robado literalmente su niñez y le han estropeado su capacidad de relacionarse de forma sana con sus iguales y con quienes ocupan puestos de poder.

Otra de las consecuencias es el aumento de un sentimiento de culpa del que el sujeto en cuestión no es capaz de discernir de donde proviene. Se siente culpable de algo pero no llega a saber a ciencia cierta de qué.

Ser conciente de ésta realidad suele ser un trago amargo, pero vale la pena tomarlo ya que, la liberación que supone se ve compensada con creces. Se llega a comprender el porqué de los comportamientos y actitudes que hemos arrastrado durante años.

Éstos no han surgido por generación espontánea, existe una razón poderosa que los avala. Ver de dónde provienen permite constatar que no son un sueño ni algo que mi imaginación ha creado.

En mi próximo artículo hablaré sobre los mecanismos de defensa.

(Imagen: www.ivanms12.blogspot.com)

Cuando nos rompen el corazón

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Por Clara Olivares

Esta idea se asocia, casi exclusivamente, con un amor no correspondido. Desafortunadamente, no es un patrimonio exclusivo de la pareja.

Todos los seres humanos creamos vínculos afectivos e identitarios con otras personas o con otros grupos.

Puede tratarse de la familia, de los amigos y/o de una institución.

Depositamos en ellos unas expectativas que nacen de múltiples factores, como por ejemplo, de la educación recibida y de la experiencia vivida.

Uno de los aspectos que juega un papel importante en este terreno, son los valores morales que cada uno de nosotr@s posee.

Éstos los vamos forjando a lo largo de nuestra vida.

En función de lo que consideramos que “debe” ser un amig@, o, una familia, o, un grupo, esperamos tal o cual respuesta.

Generalmente se sabe de qué material estamos hechos cuando nos encontramos en una situación de necesidad.

Y, también nos damos cuenta de la generosidad o del egoísmo de los otros.

Cuando se atraviesa una situación difícil y le pedimos a otro que nos socorra, esperamos que nos tienda la mano de la misma forma en que nosotros lo haríamos con él.

Cuando constatamos que priman los propios intereses sobre nuestra llamada de auxilio, se nos rompe el corazón.

La idea que nos habíamos hecho de esa persona se rompe estrepitosamente.

Como en casi todo, hay unas roturas más dolorosas que otras.

Algunas nos dejan herid@s de muerte.

En estos casos, no nos queda más remedio que recoger los trozos de nuestro corazón destrozado y recomponerlo.

De lo que no somos demasiado conscientes es de que, en algunos casos, nos rompieron el corazón siendo muy jóvenes, incluso niñ@s.

Situaciones de abandono psicológico (no necesariamente físico), desamparo y desprotección dejan huellas imborrables en el alma y en la psiquis de una persona.

Descubrir, de adulto, que nos dejaron solos ante nuestra suerte, o, que incluso fuimos nosotr@s mism@s quienes cuidamos y protegimos a nuestros padres es un duro golpe.

Con el paso de tiempo nos vamos dando cuenta de que nos hicieron añicos el corazón. Hay personas que buscan la manera de recomponerlo buscando el contacto con otros ajenos al entorno familiar y creando vínculos profundos.

Estos vínculos se van convirtiendo en una pertenencia que provee al sujeto del sostén identitario necesario para poder sobrevivir.

Cada uno de nosotr@s nace en un entorno en el que no existe ninguna posibilidad de elegir a su propia familia. Felizmente, en el caso de las amistades gozamos de un amplio margen de elección.

En la convivencia se ponen de manifiesto las cualidades y los defectos más llamativos de cada un@ de los miembr@s de nuestras familias y de nuestros allegados.

Hay quienes nacen con una predisposición innata que le impulsa a dar, es decir, a poder anteponer las necesidades de otra persona a las suyas propias.

En otras palabras, éstas son aquellas personas que poseen un corazón generoso.

Pero, de igual manera, están quienes son incapaces de dar y priman en cada ocasión sus intereses personales a los de alguno o algunos de los de la familia o de los amig@s.

Suelen ser personas egoístas, centradas en sí mism@s.

Puede que hasta que no se presenta una situación que brinda la oportunidad de mostrarse generos@ (o no), no llegamos a conocer el corazón de estas personas.

Surge entonces una pregunta: ¿Por qué no me ha ayudado cuando le necesité?

Constatar que un miembro de la familia, o alguien cercano, nos niega una ayuda cuando puede darla, hace que se nos encoja el corazón.

Es una actuación inesperada, y quizás por esa misma razón, es que nos rompe el corazón.

Finalmente, buscamos en la familia y en las personas cercanas ese gesto que nos indica que nos encontramos ante alguien que sabe dar, que puede ver más allá de sus narices, y contemplar al otro.

Podemos no estar de acuerdo con sus ideas o con su forma de vivir, pero por encima de estos aspectos está la capacidad de compadecernos de ese otro que sufre o que nos necesita.

En este punto radica la diferencia entre una persona egoísta o una persona generosa.

En algún momento de nuestra vida decidimos que tipo de interacción estableceremos con otro.

Nuestros actos revelarán cuál fue nuestra decisión.

En el próximo artículo hablaré sobre lo que implica cuidar de otro.

(Imagen: www.doctorpercyzapata.blogspot.com)

La obediencia

 

www.oratoriaencasa.wordpress,com

 Por Clara Olivares

No resulta tan fácil ni tan evidente hablar sobre este tema.

Me parece que, para abordarlo tendría que partir de las definiciones que existen del término, para así, ir desgranando todo lo que éste implica.

El término obediencia (del Lat. ob audire = el que escucha), al igual que la acción de obedecer, indica el proceso que conduce de la escucha atenta a la acción, que puede ser puramente pasiva o exterior o, por el contrario, puede provocar una profunda actitud interna de respuesta.

… Obedecer implica, en diverso grado, la subordinación de la voluntad a una autoridad, el acatamiento de una instrucción, el cumplimiento de una demanda o la abstención de algo que prohíbe.

La figura de la autoridad que merece obediencia puede ser, ante todo, una persona o una comunidad, pero también una idea convincente, una doctrina o una ideología y, en grado sumo, la propia consciencia y además, para los creyentes, Dios. (Wikipedia)

Dos de los puntos que señala me parecen muy interesantes: la escucha y la noción de autoridad.

¿Qué hace que obedezcamos? ¿Por qué al escuchar la orden que nos da esa persona que “posee” el poder, acatamos su mandato?

Sin embargo, no tod@ aquel que ocupa un lugar de poder posee autoridad.

Por esa razón me gustaría incluir esta definición:

autoridad f. Derecho o poder de mandar, regir, gobernar, promulgar leyes, etc.

Persona revestida de este derecho o poder.

Crédito y fe que se da a una persona o cosa en determinada materia.

Texto que se cita en apoyo de lo que se dice: diccionario de autoridades.

 sociol. Poder justificado por las creencias de un grupo social que se somete a él.

Esta definición incluye la noción de poder. Para mí, uno de los puntos centrales del tema.

Y creo que es interesante hacer la distinción entre la obediencia porque se “debe” de la obediencia porque “se cree”.

Cuando ocupamos un lugar en el que “debemos” obedecer (como en el ejército, o, en el trabajo, por poner sólo dos ejemplos), si no acatamos las órdenes que nos dan, las consecuencias que conlleva nuestra desobediencia, pueden ser más o menos graves, según sea el caso.

Es decir, que en este caso, obedecemos porque existe un poder ante el cual “tenemos” que doblegarnos.

Las razones que nos llevan a plegarnos a las órdenes de ese poder, son muy variadas, pero me parece importante destacar el miedo a las consecuencias que acarrearía la desobediencia, como una de las principales. Y me atrevería a decir que casi la única que nos mueve a doblegarnos.

Esta es una de las múltiples herramientas de las que se vale una persona de corte psicpat@n para conseguir el control sobre el otro.

Esto no significa, en ningún momento, que la orden nos pueda parecer justa, o, que hagamos lo que nos piden por placer.

En este punto, me parece interesante diferenciar entre autoridad y autoritarismo. Quien tiene autoridad, necesariamente ocupa un lugar de poder. Le obedecemos porque queremos hacerlo.

En el caso del autoritarismo, se obedece porque se debe, un “deber” que nace, por lo general, del miedo o/y del temor.

El autoritarismo impone, ejerce un abuso de poder y obliga a obedecer; en cambio la autoridad permite que el otro tome sus propias decisiones.

Entonces, ¿dónde queda nuestra capacidad para elegir?

Y, aquí es donde entra en juego la libertad.

Como lo señalo en artículos anteriores, nosotros elegimos si acatamos o no las órdenes que nos dan. Pero no olvidemos que, la verdadera libertad radica en qué elegimos, sabiendo cuáles son las consecuencias que genera nuestra elección.

Esa es la pequeña-gran diferencia. Sopesamos las alternativas y las consecuencias que éstas traen, antes de decantarnos por una de ellas.

Obedeceremos o no la orden, en función de lo que ésta implica y de lo que se pone en juego a todos los niveles.

No resulta del todo válido decir que “nos mandaron” hacer equis cosa, cada uno de nosotros, en su fuero interno, decidió hacerlo.

Y esta realidad, en general, no suele ser un plato de nuestro gusto.

Hay una película que me llamó la atención por el final que tiene (“Devil’s advocate”, con Al Pacino, K. Reeves y Charlize Theron). Se trata de la figura del mal encarnado como alguien con mucho encanto que invita al ser humano, a través de la seducción, a optar por la alternativa más atractiva.

Al final, el demonio dice: “la cualidad que más me gusta del ser humano es la del libre albedrío”. Es cada un@ quien elige libremente qué hacer.

Cierto es que, en ocasiones, la opción de elegir no se contempla. Si otro nos amenaza con una pistola, lo más probable es que hagamos lo que nos pide, ya que preservar nuestra vida física y/o psíquica es lo más importante en ese momento.

Encuentro fascinante el papel del demonio en la película: es alguien que juega con los puntos débiles del ser humano para atraerle a su mundo. En este caso, juega con la vanidad del protagonista.

Siempre las películas que había visto sobre el tema, lo abordaban casi siempre desde el mismo ángulo: las posesiones demoníacas.

Ésta es la primera que veo que trata el tema desde la libertad que posee cada individuo para tomar las decisiones de su vida.

Y es aquí donde deseo plantear la siguiente pregunta: ¿Obedezco porque quiero, o, porque debo?.

Me gustaría pensar que cada persona escuche esa vocecita interna que le acompaña y decida “hacer lo correcto” (en otras palabras, actuar con ética), aquello que no cause daño a otro(s) y que favorezca la convivencia pacífica.

Habrá quienes posean un ámplio campo de influencia y habrá otros para quienes su círculo de personas cercanas sea reducido. A la larga, esta situación no tiene tanta relevancia.

En la medida en que cada un@ de nosotr@s pueda, ¿por qué no intentar hacer esta vida más fácil y hacérsela mas agradable al otr@?

En mi próximo artículo (15 de Julio) hablaré sobre el sentido de la vida: ¿Para qué vivir?

(Imagen: www.oraturiaencasa.wordpress.com)

La generosidad

www.cosetasdeadelita.blogspot1Por Clara Olivares

Una persona generosa, ¿nace o se hace?

Creo que ambas cosas.

Me explico: la naturaleza de aquel que ha nacido generoso le impulsará siempre a dar, mientras que el que se hace, aunque su primer impulso sea el de retener para sí, puede ir aprendiendo a dar, gracias al ejemplo de quien es generoso con él/ella.

En éste terreno la religión juega un papel importante. Para quienes crecimos en un entorno católico, éste promulga el desprendimiento material. Es decir, si con mis actos no demuestro que doy, significa que “no soy un buen cristiano”.

Pero el hecho de dar, va más allá de lo material y, evidentemente de los credos.

Se es generoso con el dinero, que usualmente, resulta la demostración más tangible. Sin embargo, el hecho de dar dinero no significa necesariamente un acto de generosidad. Cierto es que, para quien mucho tiene, desprenderse de un poco no le supone un gran esfuerzo.

El reto surge cuando, al no poseer excedentes, damos y ayudamos a otro.

También se manifiesta esta cualidad a través del tiempo que dedicamos a otro y a la calidad de esa dedicación, o, al interés que demostramos por su estado en general, o, a la capacidad de escuchar sus aflicciones y al acompañamiento y cercanía que le proferimos, así mismo, se demuestra la generosidad socorriendo a quien necesita apoyo.

Puede que éste último, pida o no ayuda. Si alguien nos la pide y no se la damos, dudo mucho que seamos generos@s. Pasa un tanto de lo mismo cuando nos aprovechamos de la situación de esa persona para conseguir un beneficio para nosotros mismos.

“Obras son amores y no buenas razones”, dicen en mi pueblo.

Aquello que nos mueve a dar, no tiene que ver con las motivaciones internas de cada un@. Lo que cuenta a la hora de la verdad, son los actos que ejecutamos.

Lo que finalmente nos define como seres humanos son nuestras actuaciones, y, éstas, pueden ser generosas o no.

Para la persona que nace siendo generosa, su deseo de dar aparece de forma natural. En cambio, quien carece de ese impulso, en algún momento de su vida decide, de forma conciente o inconsciente, primar siempre sus propios intereses a los del otro y actuar en consecuencia.

No creo que quienes funcionan en ese registro de forma consciente sean del todo inocentes.

Puede que uno actúe de una manera egoísta sin darse cuenta, pero, en el momento en que el otro nos señala nuestra actitud, ésta cambia (si se quiere, evidentemente).

Siempre me he preguntado la razón por la cual una persona que está en capacidad de tenderle la mano a otro, no lo hace.

No puedo evitar pensar que estoy frente a alguien egoísta, y llevado al extremo, miserable.

Quien busca de manera consciente aprovecharse de la situación desfavorable de otra persona, me habla de un individuo que opta por darle más importancia a su propio bienestar que al del otro.

Por ésta razón afirmo que no es del todo inocente, es decir, sabe lo que está haciendo de forma consciente.

Basta mirar cómo está el mundo actualmente para confirmar ésta teoría.

Quienes más, quienes menos, ha sido un pequeño grupo de avariciosos los que han propiciado la situación de debacle económico en que estamos sumidos.

La avaricia rompe el saco”, reza el dicho. Este tipo de personas me recuerda al personaje de Manolito de las tiras cómicas de Mafalda. Éste siempre quiere más.

Los antiguos griegos acuñaron el concepto de mesura. Gracias a él se mantiene un equilibrio personal y, por ende, social.

Vendría a significar la búsqueda de ese término medio que impide irse a los extremos.

Y, me parece que los tiempos que vivimos carecen de mesura.

La generosidad es una cualidad del corazón. Es desde ese lugar que se mueve un ser humano hacia la generosidad o hacia la avaricia.

Cada un@ de nosotr@ decide en un determinado momento de su vida cuál es el tipo de relación que desea entablar con el mundo y con el otro.

Ser generoso significa adelantarse a la necesidad del otro y ofrecerle lo que precisa.

Cierto es que, a veces, alguien que sufrió un chantaje afectivo por parte de otra persona que jugaba el papel de víctima para conseguir sus objetivos, le resulte confuso descifrar los mensajes de socorro que otro le envía.

El hecho de desatender esas llamadas no le convierte necesariamente a uno en una persona egoísta que sólo vela por sus propios intereses.

En su interior puede surgir la duda respecto al fin que esa persona necesitada persigue: ¿es cierto que necesita mi ayuda? o ¿me está manipulando y se está aprovechando de mí?

El momento que vivimos está sacando a la luz lo mejor y lo peor que cada un@ tiene en su interior.

Me parece que la vida nos está brindando una oportunidad para observar lo que realmente alberga nuestro corazón.

La próxima semana hablaré sobre la obediencia.

(Imagen: www.cosetasdeadelita.blogspot.com )

 

El cambio

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Por Clara Olivares

La vida es movimiento y el movimiento forzosamente lleva implícito el cambio. Nada permanece igual, todo muere o se transforma.

Sin embargo, esta verdad por lo general nos produce miedo. Creo que en contadas ocasiones nos paramos y pensamos en ello.

¿Será quizás por que hacerlo nos produce la sensación de que, a la larga, el margen de control que tenemos de nuestra existencia es más bien poco?

El cambio sobreviene a veces de forma imperceptible o, por el contrario, con mucho ruido.

Por ejemplo, puede que haya comenzado a verme las primeras canas, o una persona cercana ha roto con su pareja. O quizás de manera más dramática, ayer poseía una salud excelente y hoy me han diagnosticado una enfermedad grave.

Y, al igual que sucede en esos ejemplos, de un momento a otro nos sucede algo que hace que las bases sobre las que nos apoyábamos se tambaleen.

Vamos en dirección norte y los acontecimientos nos obligan a girar 180 grados e ir hacia el sur.

En este sentido, los orientales poseen una mayor consciencia del movimiento de la vida que los occidentales.

Existe un adagio chino que dice: “cuando estés arriba no te alegres en demasía porque luego irás hacia abajo. y, si estás abajo, tampoco sufras mucho por eso ya que pronto subirás. Todo lo que sube, baja, y todo lo que baja, sube”.

Y, con el paso del tiempo he llegado a constatar esta verdad.

La vida es cíclica, gracias al cambio ésta se renueva.

En el modelo sistémico se habla de la etapa de “crisis y cambio”, para designar ese momento en el que todo grupo, así como sus miembros, se ve abocado a generar un cambio adaptativo para superar la crisis que le(s) ha llegado.

La crisis obliga a que se produzca el cambio. Es como si viniera un terremoto que remueve las estructuras (crisis) y empuje al grupo y a sus miembros a cambiar.

Para que se produzca el cambio es necesario un período de adaptación. Existen familias en las que se intenta por todos los medios frenar e impedir que se dé la crisis.

Es como si esas personas desoyeran los gritos que emite la crisis, por lo general, a través de uno de sus miembros.

Los síntomas se presentan precisamente cuando se impide que tenga lugar la crisis.

Ésta produce miedo, sin lugar a dudas. Pero aferrarse a aquello que creíamos nos daba la seguridad, sólo es un espejismo, una ilusión que indefectiblemente traerá más dolor.

He observado que el período de adaptación necesario para digerir la crisis y hallar la solución que abrirá el camino para que se produzca el cambio, es cada vez menor.

Sobrevienen los cambios casi de forma simultánea y encadenada. El tiempo del que antes disponíamos para encajar los golpes de la vida, es cada vez más corto.

Nos vemos obligados a adaptarnos y responder muy rápidamente, me atrevería a decir que, incluso, de manera abrupta.

Siento que casi no hay tiempo para acoplarse a la nueva situación antes de que sobrevenga el siguiente embate.

No sé si las famosas profecías sobre el fin del mundo de las que durante el año pasado hablaron tanto, tengan que ver más con una transformación interna e individual que con un cataclismo.

Pareciera que, efectivamente, el movimiento social y personal es cada vez más rápido. Tanto que, en ocasiones, produce vértigo.

Lo que sí sé es que si nos enfrentamos a las crisis con rigidez, seguramente nos romperemos.

Aunque suene un poco a un discurso de adoctrinamiento, creo que, el aprendizaje que lleva implícita esta crisis global, es el de comenzar a ser flexibles como un junco.

Éste puede llegar a doblarse sobre sí mismo hasta rozar el suelo, pero luego vuelve a recobrar su forma original.

Y, me parece importante plasmar ese cambio de manera simbólica, como por ejemplo, pintando la casa, o, cambiando la imagen personal, o, simplemente, moviendo de sitio los muebles de nuestra habitación.

Repito, la vida es cambio. Gracias a él, crecemos y nos hacemos más fuertes.

La próxima semana hablaré sobre el compromiso.

(Imagen: www.detalent.blogspot.com)

El erotismo

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Por Clara Olivares

El gran olvidado en el universo de las relaciones sexuales y, muy a menudo, confundido con la pornografía.

No estoy especialmente interesada en encontrar las causas de esta confusión. Probablemente serán muchas y muy variadas.

Lo que me interesa es hablar de las diferencias enormes que existen entre ambos mundos. Precisamente la pornografía es lo opuesto al erotismo.

Cito la pornografía por ser el ejemplo más extremo, pero el concepto es el mismo para quienes conciben un intercambio sexual como una relación genital.

La pornografía se centra casi de forma exclusiva en los órganos genitales. Esta particularidad hace que se fragmente al sujeto, que se le reduzca a su genitalidad.

Se le considera sólamente un pene o una vagina. Se obvia al resto de la persona y, es esta forma de mirar al otro la que dota de perversidad a esta clase de interacción.

Una relación de tipo perverso se establece en campos muy diversos: en el intelectual, en el emocional, en el social, etc. no exclusivamente en el sexual.

La enorme diferencia entre ambos mundos, es que desde el erotismo se contempla a la pareja como un todo, es decir, además de órganos sexuales, éste posee ideas, gestos, actitudes, una manera personal de expresarse a través del lenguaje (mediante la palabra y con su cuerpo), un olor y un sabor que le son característicos, etc. por citar sólo unos pocos aspectos.

En el erotismo entran en juego todos los órganos de los sentidos: oído, vista, nariz, boca y piel.

Cada un@ de nosotr@s ha desarrollado más uno varios de estos sentidos para expresar su deseo sexual.

Estas antenas sensoriales se abren y se extienden para poder percibir y llegar a conocer a otro. Por esta razón el mundo erótico es un mundo infinito en el que no existe un tope. Siempre se abren nuevos caminos que podemos explorar.

Es en el descubrimiento del otro y de sí mismo en donde se pone en práctica toda la creatividad que cada un@ posee.

Es un lenguaje que se inventa cada pareja.

Es como si abriéramos una puerta que nos conduciría a explorar infinitas fuentes de placer, no busca exclusivamente alcanzar un orgasmo.

Es más, si éste no se produce, no importa! El objetivo es el de adentrarse en este universo no el de conseguir el clímax.

El placer lo proporciona la búsqueda, la exploración y el descubrimiento.

El campo de juego también obedece al mismo principio: cualquier entorno es válido.

La cama deja de ser el lugar de los encuentros sexuales exclusivamente.

No hay una “norma” que indique dónde ni cuándo “hay que” tener sexo.

Felizmente, el erotismo escapa a cualquier tipo de normalización que persigue encasillar y declarar que es “lo que debe ser”.

Mientras ambas partes decidan libremente lo que quieren hacer y esta actuación no perjudique a un tercero, ¿por qué no?

Yo me sonrío al ver tantas y tantas revistas que ofrecen manuales para encontrar la plena satisfacción sexual.

El otro día volví a ver la película de Clint Eastwood “Los puentes de Madison” por enésima vez. Me fascina cómo este director plasma magistralmente en imágenes el mundo erótico.

Me parece que sólamente tiene unas pocas escenas de desnudos. Muestra las infinitas vías que esa pareja encuentra para expresar su pasión.

Fascinante!

Y lo que más me fascina es que ésa es SU manera de comportarse, la que ellos encontraron y por eso les pertenece. No es extrapolable.

Os invito a navegar por este universo, jamás os decepcionará.

La próxima semana hablaré sobre el cambio.

(Imagen: www.mexico.cnn.com)

La sexualidad

www. revistaecclesia.com

Por Clara Olivares

Este tema no ha dejado indiferente a ninguna sociedad ni a ningún individuo a lo largo de la historia. Ni tampoco en la actualidad.

Sin duda alguna, durante mucho tiempo ha sido objeto de temor, ésto ha llevado a que se le controle. No siempre de la misma manera ni al mismo sexo.

Es una parte consustancial al ser humano: genéticamente nacemos XX (mujer) o XY (hombre) y a partir de este hecho comienza la aventura que nos llevará finalmente a definirnos y a convertirnos en un hombre o en una mujer, en toda la amplitud de la palabra.

Cada un@ de nosotr@s tiene una idea al respecto en la que han intervenido varios aspectos,  en especial tres: el personal, el familiar y el social.

La sexualidad constituye uno de los pilares sobre los que se asienta la identidad de cada persona.

Del cocktail de los tres aspectos mencionados antes, surge la identidad sexual.

No es un estado fijo y estático que permanece inmutable a lo largo de la vida: cambia en función del aprendizaje, de las experiencias y de las diferentes etapas por las que pasamos hasta que morimos. En la medida en que transitamos la propia existencia, observaremos como también se va transformando lo que pensábamos al respecto y la manera en que lo hemos vivido.

En la medida en que la vayamos viviendo (la sexualidad), ésta va mutando.

Una colega psicóloga y sexóloga me ofreció una visión de este tema que me sirvió para aclarar algunas de las ideas que tenía al respecto.

Decía que no existe un sexo “puro”, es imposible que se den los absolutos. Es como si se trazara una línea en la que en un extremo se ubica el hombre y en el otro la mujer. Cada un@ de nosotr@s transita a lo largo de ese continuo durante toda la vida.

Es decir, en algún momento se estará más cerca del extremo XX y en otro más del XY, o en el medio, o más hacia un lado o más hacia el otro. Lo que me venía a contar es que nunca permanecemos en el mismo lugar.

Este punto de vista ofrece un abanico enorme de posibilidades, y, encuentro que se acerca mucho a la realidad.

Si caminamos sobre la línea que mencionaba mi colega, lo personal, lo social así como lo familiar determinará por cual de los dos sexos se decanta una persona. Puede que durante una época de la vida se incline hacia un lado, y, en otra vire hacia el extremo opuesto. Lo interesante del tema es que finalmente descubrirá cuál es el lugar que desea ocupar.

Preguntas como: ¿Qué estaba bien o mal visto en el lugar donde nací? ¿Cómo abordaba mi familia el tema? ¿Se hablaba de él, o, al contrario ni se nombraba?¿Producía mucho o poco miedo? ¿A quién(s) asustaba?¿Había que reprimir ciertas actitudes o expresiones?, etcétera. Ayudarán a despejar el camino hacia el propio conocimiento.

Y, a nivel personal, ¿qué me resulta atractivo, y qué no?

Es imposible desligar cualquiera de los aspectos personal, familiar y social de los otros dos. Preguntémonos cuál era el margen de movilidad que tuve en el pasado y el que tengo ahora: ¿es el mismo? ¿ha cambiado? ¿cómo?

Un aspecto que me resulta importante mencionar es el de identificar si mi comportamiento sexual (represión, promiscuidad, etc.) está ligado con la rebeldía, o, con la oposición (que es una forma de afirmación), o, con la curiosidad, o, con la búsqueda de aventuras que me permitirán saber, a través de las experiencias qué me gusta y qué no? o, con la competencia y con la rivalidad.

En este terreno se suelen jugar auténticas batallas de poder.

Finalmente es en esa exploración en que vamos descubriendo quién soy yo. Y para saberlo, es necesario que abordemos el aspecto sexual.

A través de mi comportamiento sexual, ¿qué he buscado? y ¿a quién o a quienes iba dirigida esa búsqueda?

No es un tema de fácil acercamiento, ya que, despierta muchos fantasmas, algunos de los cuales ni siquiera me pertenecen, quizás eran de mis padres, o de mis herman@s, o del entorno en el que crecí.

La visión que mi colega ofrece desde la sexología, aborda el tema desde tres ángulos: el primero de ellos es el sexo (hace referencia a lo cultural, a lo hormonal, al desarrollo genital, es decir, al proceso mediante el cual llegamos a convertirnos en hombre o mujer). El segundo hace referencia a la sexualidad mediante la cual definimos nuestra orientación sexual (homo o heterosexual), hace referencia a cómo vivo mi proceso de hacerme hombre o mujer, y por último, la erótica, es decir, cómo expreso mi sexualidad.

Resumiendo, son tres los aspectos a tener en cuenta: el sexo (XX o XY), el aprendizaje mediante la experiencia (cómo la vivo) y la erótica (cómo la expreso).

Me resulta muy interesante volver a mirar el mundo de lo erótico. En algunas culturas ese mundo es el gran olvidado.

Si buscara su contrario, lo encontraría en el aspecto genital.

Hago un inciso en este punto para hablar de la enorme influencia que la educación católica ha tenido sobre la cultura occidental. Quizás porque ésta ha decretado que la sexualidad humana solo persigue un fin: la reproducción.

Esta búsqueda prima la satisfacción masculina exclusivamente. Sin un orgasmo por parte del hombre es inviable que una mujer quede embarazada. Este hecho hace que se centre la atención casi exclusivamente en lo genital.

Desafortunadamente este tipo de sexo es muy limitado. Reduce el intercambio sexual entre dos personas a sus genitales, en donde el objetivo final es conseguir un orgasmo. Desde esta óptica es poco lo que se puede explorar.

¿Y dónde queda el placer que no sea exclusivamente genital?

Felizmente el mundo erótico ofrece explorar un mundo infinito. Adentrándose en ese terreno es en donde podemos desplegar toda la creatividad de la que seamos capaces. Es el mundo de la fantasía (ojo! una cosa es la fantasía que alimenta el erotismo y otra cosa bien distinta es convertir al otro en mi objeto de placer y llevar a la acción mis fantasías, entonces nos adentramos en la perversión).

En el nivel erótico, toda la piel se convierte en un órgano de placer. Y no sólo la piel, también un baile, una mirada, un gesto, una indumentaria, un roce, etc.

El único objetivo ya no es el de alcanzar el orgasmo. Permite y persigue el descubrimiento del otro y de un@ mism@ mediante el juego.

Esta imagen me suscita la de dos cachorros de cualquier especie, incluida la humana: aprenden, descubren, experimentan y llegan a conocerse mutuamente y a sí mism@s a través de una actividad lúdica.

Os invito a sumergiros en este terreno, a veces insondable, oscuro y luminoso a la vez, pero del que siempre se sale aprendiendo algo más de nosotros mismos.

La semana que viene hablaré sobre el erotismo.

(Imagen: www.revistaecclesia.com)