Relaciones fusionales

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Por Clara Olivares

No resulta tan evidente comprender el esquema de funcionamiento de una relación fusional.

El concepto parte de la idea de fusión: f. Acción y efecto de fundir o fundirse.

Real Academia de la Lengua

 

En otras palabras, las relaciones fusionales se caracterizan por el hecho de que una persona, literalmente, se “funde” con otra dando como resultado una pérdida total o parcial de la propia identidad.

Este tipo de relación se suele establecer desde la niñez hasta la adolescencia. Por lo general, se da entre padre(s) e hijo(s).

Es el progenitor quien establece este tipo de vínculo, en donde al niñ@ le resulta prácticamente imposible negarse.

¿Por qué?

Básicamente por la sencilla razón de que es un niñ@, y, como tal, depende del adulto para estructurarse internamente y así poder sobrevivir.

¿Qué necesitaría un niñ@ para crear una base sólida que le permita crecer con una identidad fuerte?

Se podrían resumir en tres puntos.

  1. Sentir el amor del adulto y tener una conexión con él
  2. Recibir suficiente cuidado y nutrición (física, psíquica y emocional)
  3. Aprender las estructuras y normas necesarias para interiorizar los límites y, por lo tanto, sentirse seguro.

Desgraciadamente la totalidad de estos puntos no suelen estar presentes en este tipo de relaciones.

Un padre/madre con una débil estructura psíquica, “fagocita” al hij@ para apoyarse en él/ella con la esperanza (inconsciente) de que éste le dé todo aquello de lo que carece.

En este caso, el adulto no le proporciona ninguno de los puntos que describo más arriba, y si lo hace, es de manera muy precaria.

Así, la situación del adulto hace que éste no reconozca las necesidades ni los deseos del niño. Dicho de otra forma, le niega.

Es incapaz de permitir que las señales, necesidades y deseos del bebé/niñ@ sean los que determinan las acciones y no las necesidades y los deseos de los padres.

Los niñ@s que han sufrido este tipo de relaciones suelen repetir el mismo esquema cuando son adultos. Lo repiten porque fué ese modelo el único que tuvieron.

Para ser aceptados y queridos aprendieron a fundirse con el otro sacrificando así su propia identidad.

Más adelante, con sus parejas, vuelven a recrear el mismo patrón

Son personas que desean que sus parejas y ellas sean, literalmente, una sola persona.

No hay diferenciación entre una y otra. Les resulta imposible concebir otro tipo de relación.

Este tipo de personas suelen establecer vínculos (inconscientemente) con el otro buscando ese amor, disfrute y/o protección del cual carecieron

Este déficit hace que esta búsqueda se convierta en su meta, dándose los siguientes tipos de comportamiento:

  1. los que salen a perseguir su meta
  2. los que niegan esa meta y van en contra de ella
  3. Los que se mueven entre un extremo y el otro, o dicho de otro modo, los ambivalentes.

Como señalo más arriba, se recrea el mismo tipo de vínculo que tuvieron en su infancia con la madre. Con sus parejas expresan la misma forma de relacionarse que su propia madre tuvo con ellos.

Hablaríamos entonces de cuatro formas básicas de establecer el vínculo:

  1. Búsqueda de un apego seguro: el individuo se siente angustiado por lo que con frecuencia busca en los demás ayuda y apoyo. Se sienten cómodos con la intimidad, se dejan conocer y suelen confiar en los demás. Probablemente tuvieron una relación cálida con uno de los progenitores o con ámbos. Percibieron la relación de sus padres como buena y basan las suyas propias en la confianza.
  1. Evitación de intimidad: son individuos que les cuesta mucho reconocer su propia angustia y por ende la búsqueda de apoyo. Son personas que no se sienten cómodas con la intimidad y no les gusta depender de nadie, razón por la cual les cuesta mucho abrirse a su pareja. Han tenido madres frías con tendencia a juzgar y a rechazar al otro. No creen mucho en la durabilidad de las parejas y la intensidad de su amor decrece con el tiempo.
  1. El apego ansioso-ambivalente: son individuos que muestran una hipersensibilidad hacia las emociones con matices negativos y muestran su angustia de manera intensa. Presentan grandes dudas respecto a su propia valía y suelen sentirse incomprendidos por el otro. Buscan parejas complicadas con una carga sexual muy fuerte con las cuales puedan vivir su amor ansioso. Seguramente tuvieron un padre/madre intrusivo y/o ambivalente que fueron percibidos como injustos. Buscan relaciones fusionales basadas en la dependencia afectiva y la idealización.
  1. Apego desorganizado y desorientado: expresan conductas contradictorias, como por ejemplo, se acercan pidiendo apoyo mirando hacia otro lado, o saludan al otro girando la cabeza sin mirarle.

Abría este artículo diciendo que este tipo de relaciones no son tan evidentes de explicar. Quienes las han padecido, perciben de manera inconsciente el mundo más desde la intuición que desde la cabeza. Aunque, paradójicamente, usen la racionalización como mecanismo de defensa.

En mi próximo artículo hablaré sobre la compasión.

(Imagen: www.telejunior.blogspot.com)

¿Qué es la realidad?

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Por Clara Olivares

La semana pasada tuve una conversación muy interesante con una buena amiga sobre este tema.

De hecho, todo lo que hablamos me inspiró escribir este artículo.

Ella es una artista plástica, que no cesa de buscar y de indagar en su campo.

Nuestra conversación giró en torno a la pregunta de ¿qué es lo que conforma la realidad? ¿Existe? y si es así, ¿quién la determina?

Lo que me pareció extremadamente interesante de la comunicación con ella, fue que cada una contemplaba la realidad desde dos ángulos diferentes: una desde la pintura y la otra desde las relaciones interpersonales.

Uso el término “comunicación” ya que fue gracias al intercambio de los dos puntos de vista que cada una aportaba, que fue surgiendo y se fue construyendo una nueva realidad.

Para mí fue un acto de comunicación y de creación en estado puro.

Lo curioso del asunto es que llegamos a la misma conclusión: la realidad es una construcción que solemos hacer en solitario.

No existe UNA sola y única realidad, aquella que cada persona percibe la componen un sinnúmero de factores.

En la mayoría de las ocasiones ni siquiera somos conscientes de ellos. Pareciera que aquello que denominamos “realidad” fuera la verdad.

Y estimo que, esta afirmación esta muy lejos de ser cierta.

Encuentro que el hecho de viajar y conocer otras culturas, nos enriquece enormemente. Simplemente el hecho de saber que existen otras “realidades” nos abre los ojos para comprender que “mi” realidad no es la única.

Porque ¿de qué estamos hablando?

¿De uno solo de los aspectos del caleidoscopio con el que percibimos el mundo?

Si así fuera, a lo mejor nos estamos quedando cortos. Nos falta una buena parte de la información.

Como anoto más arriba, son múltiples los aspectos que se ponen en juego a la hora de sacar conclusiones.

Elementos como: la educación que hemos recibido, nuestro entorno social, el tipo de familia del que procedemos, nuestra situación laboral y personal, nuestro estado civil, nuestra profesión, etcétera, etcétera, etcétera, son algunos de los puntos de vista que sería bueno tener en cuenta.

Como reza el dicho popular: “cada uno habla de la feria según como le fue en ella”.

Los dichos encierran siempre una enorme sabiduría.

Cabría preguntarse: ¿Qué es lo que me hace afirmar que tal o cual corriente de pensamiento, o pictórica, o política, etc. es la correcta?

Me atrevería a decir que depende color del cristal con el que se esté mirando.

Muchas de las “verdades” en que se apoya aquello que conforma la llamada realidad, están legitimadas por alguien que representa el poder (presidentes, banqueros, empresarios, colectivos, padres, madres, herman@s, etc.) , y, este hecho hace que éstas se tomen como ciertas.

Entonces, ¿quién decide qué es la realidad?

Cada uno de nosotros, sin duda.

Entre mayor sea el número de aspectos que tengamos en cuenta a la hora de sacar nuestra conclusión, ésta será más rica.

Si contemplamos exclusivamente un sólo aspecto, la visión que tengamos será muy limitada.

Este fenómeno se suele observar en la visión de ciertas personas y de algunos grupos radicales. No es posible establecer un diálogo con ellos, ya que contemplan la realidad desde un solo lugar.

Si somos capaces de colocarnos en ese sitio, nos sorprenderá comprobar que lo que afirman no está exento de razón, ya que mirado desde ese ángulo, la verdad que aparece es la misma que pregonan.

Uno de los grandes aprendizajes que me permitió hacer la mediación, fue el de aprender a contemplar la realidad desde los puntos de observación de cada una de las personas implicadas en un conflicto.

La visión que tenemos de lo que llamamos realidad, cambia y se modifica a lo largo de la vida.

Cuando somos jóvenes, es habitual que seamos muy radicales y contemplemos el mundo desde una sola óptica. Esto nos suele convertir en personas muy integristas.

Pero felizmente, esta enfermedad se cura con la edad.

Entre más joven se es, menos puntos de vista se suelen contemplar. A medida que nos vamos haciendo mayores, nuestra perspectiva de la vida se va ampliando. Las cosas dejan de ser en blanco o negro para convertirse en una enorme gama de grises.

Las pasiones se van transformando, nos apaciguamos y dejamos de ser tan vehementes.

Dependiendo de la mirada que tengamos al contemplar el mundo, así será la realidad que emerja.

Si pensamos y creemos que todas las personas son retorcidas, interesadas y falsas, de esa misma forma percibiremos a la gente que nos rodea.

Solemos proyectar en el otro nuestros deseos y/o nuestras carencias, consciente o inconscientemente. Muchas veces “necesitamos” que ese otro (o el mundo) sea como yo desearía que fuera, y soy incapaz de verle como es en realidad.

Este mismo principio se aplica en función de la percepción que tenemos del mundo exterior (la sociedad y/o el otro). Si lo vivimos como una amenaza, o, como un aliad@, o, como un enemig@, estos se convertirán a su vez en una amenaza, en un aliad@, o en un enemig@.

Solemos recrear nuestra propia historia en la relación con el otro. Por lo general se hace inconscientemente: repetimos los mismos patrones de conducta que, o bien, ejercieron con nosotros, o bien, aquellos que nuestra familia utilizaba en su relación con el exterior.

Sería interesante hacer una recapitulación de nuestras relaciones para observar qué es lo que estamos repitiendo.

En mi próximo artículo hablaré sobre la forma particular que tenemos de encarar las vicisitudes de la vida.

(Imagen: www.depoemasycorazones.blogspot.com)

¿Cómo se construyen las relaciones?

 

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Por Clara Olivares

Este artículo me lo ha inspirado el comentario que dejó un lector del blog a quién le estoy muy agradecida. Sus palabras me han hecho reflexionar y analizar los puntos que planteaba.

Dado que los seres humanos somos por naturaleza gregarios y que ésto nos hace vivir en sociedad, es interesante echarle un vistazo a la forma en que se construyen las relaciones con otros.

El primer impulso que nos hace acercarnos a otro individuo suele ser la necesidad.

Si observamos el funcionamiento social de los primates, éstos, al igual que nosotros, buscan la forma de llegar a pertenecer a un clan.

Da igual la vía que utilice para entrar en él, es importante ser incluido ya que éste le procura compañía, protección y amparo, además de una pertenencia.

Y cualquier ser humano necesita una pertenencia.

Dentro del grupo aprende varias cosas, como por ejemplo, las reglas de convivencia, aquello que está permitido y lo que no, a quien obedecer y a quién temer, etc.

Los seres humanos aprendemos las mismas cosas y casi de la misma forma.

Nuestro primer núcleo de aprendizaje lo conforma la familia. Luego, cuando comenzamos a socializarnos interactuando con el exterior, aprendemos en el colegio las normas que rigen al clan, en este caso, la sociedad a la que pertenecemos.

Por eso me parece que, partiendo de las necesidades personales y sociales, busquemos establecer lazos con el otro.

En función de cómo ha sido ese aprendizaje, así estableceremos las bases de nuestras relaciones interpersonales.

De nuestra percepción del mundo, la de nuestra familia y de la realidad de las personas que conforman nuestro núcleo social, surgirán los ideales que buscamos en otro.

Elegiremos nuestras parejas y amigos entre aquellas que obedezcan a ese ideal.

Unas veces coinciden y otras veces no.

En algunas ocasiones, de forma inconsciente, le atribuimos al otro cualidades que éste no posee.

Luego viene el batacazo cuando comprobamos que la realidad y las  expectativas que tengo son diferentes, o, incluso, opuestas a aquellas que buscamos.

Entonces, ¿qué ha pasado? ¿Por qué razón elegimos a una persona que no obedece a lo que nosotros deseamos en el fondo de nuestro corazón?

Imagino que por una necesidad poderosa de que ést@ sea como yo desearía que fuera, no como es en realidad.

Cuando el entorno del que venimos no es muy acogedor, o, es hostil, desarrollamos una esperanza que crece agazapada de forma inconsciente, la cual se expresaría como un: “por favor, que las personas que he elegido no sean como en realidad las estoy percibiendo“.

Ésta lleva a la siguiente pregunta: ¿es este funcionamiento una constante en mi vida? y, si es así, ¿de dónde viene?

Para hallar la respuesta tendremos que retroceder en el tiempo buscando responder al interrogante: ¿dónde y cuándo lo aprendí?

Este camino se puede hacer en solitario, o, con la ayuda de un profesional.

El hilo conductor de esta búsqueda lo constituye el historial de nuestras relaciones.

Sería interesante observar si todas los tipos de relación obedecen a un mismo patrón, o, si las relaciones de amistad se conforman de forma diferente que las amorosas; o si buscamos recrear el mismo tipo de relación que tuvimos con un padre o con una madre, etc.

Lo que más me llamó la atención del comentario de mi lector, era que hablaba de la meta que se busca en las relaciones sociales.

Decía que, había observado que la meta que se perseguía generalmente era la de llegar a ser una persona independiente.

Me quedé perpleja al constatar que yo había crecido con ese mismo discurso.

Y me pregunto: ¿eso qué significa?, ¿es eso posible?, ¿de qué estamos hablando exactamente?

Ser independiente significaría “¿no necesitar a nadie?”.

Claro, si consigo ese objetivo, contrarresto de forma tajante toda posibilidad de que me duela la ausencia de ese otro que tanto anhelo.

Quizás habría que establecer una diferencia entre “ser independiente” y “ser autónomo”.

Independencia se traduce, creo yo, en un “yo puedo todo sol@”.

“Puedo” ¿con qué?. Con la vida, con el amor, con la amistad…

Volviendo al punto de partida de este artículo, no creo que sea posible no necesitar a nadie.

TODOS necesitamos a otro.

Me parece que la palabra “dependencia” se confunde con “quedar a merced de”.

Es como si se pensara que si le declaro a alguien que “le necesito” ya no podré jamás sustraerme a la dominación que ese otro tenga sobre mí.

Y, nada más lejano de la realidad.

La clave reside en tener clara la diferencia entre ser dependiente y ser autónomo.

Una cosa es establecer relaciones de dependencia, entendidas como la incapacidad de concebir la realización de una acción sin la ayuda y la presencia de otra persona. En otras palabras, sino hay un otro, yo sol@ no me puedo desempeñar.

Bien sea en el territorio social, profesional, personal, etc.

Y otra bien distinta es construir una relación teniendo siempre presente que necesito a otro, pero que no le preciso para vivir. 

En el primer caso, siempre estaré a merced de esa persona. En el segundo, iré encaminad@ a convertirme en alguien autónomo. Y una de las consecuencias que esta realidad acarrea, es que seré una persona independiente de verdad.

Muchas veces hemos adoptado la imagen de alguien falsamente independiente, es decir, de alguien que aparentemente no necesita de nadie.

Y lo que no nos damos cuenta es que desde ese lugar sí que estamos a merced de otro porque seremos terriblemente frágiles.

Es mentira que no necesitemos a otra persona. Sin ella no sabríamos jamás quienes somos.

Una cosa es la dependencia que lleva a fragilizar y otra bien distinta la dependencia que permite darnos cuenta de que siempre necesitaremos a otro.

La persona que posee más dependencias es la que es más libre.

En otras palabras, poco a poco se va perdiendo el miedo a creer que necesitar a otro significa depender de él para vivir.

Las relaciones sólo se construyen con el paso del tiempo. Es como si de una casa se tratara: hay que ir añadiendo ladrillo a ladrillo.

No se construye de un día para otro.

Os planteo dos preguntas: ¿qué tipo de casa deseo construir? y ¿es posible hacerlo con la persona que he escogido para ello?

(Imagen: www.omarortiz.wordpress.com)