Hablar, hablar, hablar y cuando se canse, siga hablando…

(Por Clara Olivares)

En mi artículo anterior hablaba sobre la retorsión, finalmente, tanto el que la practica como el que la sufre se quedan con una desagradable sensación de frustración ya que, básicamente, el problema de base sigue sin resolverse.

El ser humano posee una herramienta única en relación al resto de las otras especies: LA PALABRA.

Gracias a ella se puede decir lo que se siente en lugar de actuarlo. Es preferible decirle al otro que se está enfadado en lugar de  pegarle…

¿Y por qué no utilizamos la capacidad de hablar que nos ha regalado la naturaleza para acabar con el malestar que producen las emociones no expresadas?

Además es gratis!

Para mí, el gran valor que posee la palabra a través del diálogo, es que libera los fantasmas que duermen en nuestro interior. Permite que éstos se encarnen y al hacerlo, dejan de ser seres que asustan y paralizan causando dolor y daño.

¿Y cómo se consigue?

Es gracias a unas sencillas estrategias de comunicación que se pueden superar los malos entendidos que suelen aparecer como un muro insalvable entre las personas.

El hecho de que «otro» y «yo» seamos dos personas diferentes implica un conflicto. Pongamos un ejemplo muy simple: uno quiere ir a cenar a un restaurante japonés y el otro a comer una hamburguesa. ¿Qué hacer si tanto el uno como el otro detesta (o simplemente no le apetece en ese momento) la cocina propuesta por el/la compañero/a?: CONFLICTO

En lugar de imponerle al otro una comida que no le gusta, ¿qué tal si encontramos un punto medio?

Hablar es evidente, pero la vida nos demuestra que lo evidente, y quizás por esa misma razón, en pocas ocasiones le hacemos caso.

Parece una soberana tontería, pero, ¿cuántas veces nos hemos quedado callados sin decir que esto o aquello no nos gusta o no nos apetece?, o, ¿en cuántas ocasiones hemos hecho un sacrificio por alguien sin preguntarle a ese alguien si eso es lo que desea?, o, ¿en cuántas ocasiones hemos terminado haciendo algo que no nos gusta ni queremos?

Damos por hecho un sinnúmero de cosas sin enterarnos jamás de si al otro eso le apetece, o, lo necesita, o…

Para dejar de tropezarnos siempre con la misma piedra, que lo único que nos aporta es malestar, sentémonos a hablar. Digamos qué nos gusta y qué no, cómo nos sentimos, cuál es nuestro deseo… Así el otro se entera de cómo es la persona que vive o trabaja con ella, la conoce y también se conoce a sí misma (resulta que descubre que a ella también le gusta la música equis y no se había dado cuenta, o, que posee una habilidad excepcional para la informática…)

La educación que hemos recibido no fomenta esta práctica. En muchos casos se piensa que si se dice lo que se siente se es maleducado, o, inadecuado, o, simplemente surge la afirmación: ¿para qué? si hablar de las emociones es cosa de viejas…

Aunque parezca increíble, para un número importante de personas, hablar de sus emociones, sensaciones y percepciones les produce vergüenza… se piensa que se es estúpido al decirlo, total ¡si es una tontería!.

De lo que aún no nos hemos dado cuenta es de que las emociones no dichas se acumulan y se fermentan. No por el hecho de esconderlas debajo de la alfombra o no hablar de ellas va a hacer que éstas desaparezcan. Al no expresarlas, sucede lo mismo que con los cadáveres que no se sepultan: se pudren y huelen! Y por más ambientador que usemos, el mal olor no se evapora.

Retomemos el simple caso expuesto arriba. Si se opta por callar y se va a comer hamburguesa, por ejemplo, el que termina comiéndose algo que no le gusta (por «darle gusto» al otro quizás) y no lo dice, lo más probable es que, primero, la cena le siente fatal, segundo, acumule un poco más de furia y frustración porque «mira los sacrificios que hago por él/ella» y, tercero, en lugar de disfrutar del momento y de la compañía regresa a casa con la sensación de estar cada vez más distanciado/a emocionalmente del otro.

En el próximo artículo hablaré de otra estrategia de comunicación muy útil a la hora de decir las cosas. No basta con hablar de ellas, hay que saber cómo hacerlo con respeto y gracia y, sobre todo, hacerlo sin causarle daño a quién lo escucha…

(Imagen: elmundo.es)