Relaciones fusionales

www.telejunior.blogspot.com

 

Por Clara Olivares

No resulta tan evidente comprender el esquema de funcionamiento de una relación fusional.

El concepto parte de la idea de fusión: f. Acción y efecto de fundir o fundirse.

Real Academia de la Lengua

 

En otras palabras, las relaciones fusionales se caracterizan por el hecho de que una persona, literalmente, se “funde” con otra dando como resultado una pérdida total o parcial de la propia identidad.

Este tipo de relación se suele establecer desde la niñez hasta la adolescencia. Por lo general, se da entre padre(s) e hijo(s).

Es el progenitor quien establece este tipo de vínculo, en donde al niñ@ le resulta prácticamente imposible negarse.

¿Por qué?

Básicamente por la sencilla razón de que es un niñ@, y, como tal, depende del adulto para estructurarse internamente y así poder sobrevivir.

¿Qué necesitaría un niñ@ para crear una base sólida que le permita crecer con una identidad fuerte?

Se podrían resumir en tres puntos.

  1. Sentir el amor del adulto y tener una conexión con él
  2. Recibir suficiente cuidado y nutrición (física, psíquica y emocional)
  3. Aprender las estructuras y normas necesarias para interiorizar los límites y, por lo tanto, sentirse seguro.

Desgraciadamente la totalidad de estos puntos no suelen estar presentes en este tipo de relaciones.

Un padre/madre con una débil estructura psíquica, “fagocita” al hij@ para apoyarse en él/ella con la esperanza (inconsciente) de que éste le dé todo aquello de lo que carece.

En este caso, el adulto no le proporciona ninguno de los puntos que describo más arriba, y si lo hace, es de manera muy precaria.

Así, la situación del adulto hace que éste no reconozca las necesidades ni los deseos del niño. Dicho de otra forma, le niega.

Es incapaz de permitir que las señales, necesidades y deseos del bebé/niñ@ sean los que determinan las acciones y no las necesidades y los deseos de los padres.

Los niñ@s que han sufrido este tipo de relaciones suelen repetir el mismo esquema cuando son adultos. Lo repiten porque fué ese modelo el único que tuvieron.

Para ser aceptados y queridos aprendieron a fundirse con el otro sacrificando así su propia identidad.

Más adelante, con sus parejas, vuelven a recrear el mismo patrón

Son personas que desean que sus parejas y ellas sean, literalmente, una sola persona.

No hay diferenciación entre una y otra. Les resulta imposible concebir otro tipo de relación.

Este tipo de personas suelen establecer vínculos (inconscientemente) con el otro buscando ese amor, disfrute y/o protección del cual carecieron

Este déficit hace que esta búsqueda se convierta en su meta, dándose los siguientes tipos de comportamiento:

  1. los que salen a perseguir su meta
  2. los que niegan esa meta y van en contra de ella
  3. Los que se mueven entre un extremo y el otro, o dicho de otro modo, los ambivalentes.

Como señalo más arriba, se recrea el mismo tipo de vínculo que tuvieron en su infancia con la madre. Con sus parejas expresan la misma forma de relacionarse que su propia madre tuvo con ellos.

Hablaríamos entonces de cuatro formas básicas de establecer el vínculo:

  1. Búsqueda de un apego seguro: el individuo se siente angustiado por lo que con frecuencia busca en los demás ayuda y apoyo. Se sienten cómodos con la intimidad, se dejan conocer y suelen confiar en los demás. Probablemente tuvieron una relación cálida con uno de los progenitores o con ámbos. Percibieron la relación de sus padres como buena y basan las suyas propias en la confianza.
  1. Evitación de intimidad: son individuos que les cuesta mucho reconocer su propia angustia y por ende la búsqueda de apoyo. Son personas que no se sienten cómodas con la intimidad y no les gusta depender de nadie, razón por la cual les cuesta mucho abrirse a su pareja. Han tenido madres frías con tendencia a juzgar y a rechazar al otro. No creen mucho en la durabilidad de las parejas y la intensidad de su amor decrece con el tiempo.
  1. El apego ansioso-ambivalente: son individuos que muestran una hipersensibilidad hacia las emociones con matices negativos y muestran su angustia de manera intensa. Presentan grandes dudas respecto a su propia valía y suelen sentirse incomprendidos por el otro. Buscan parejas complicadas con una carga sexual muy fuerte con las cuales puedan vivir su amor ansioso. Seguramente tuvieron un padre/madre intrusivo y/o ambivalente que fueron percibidos como injustos. Buscan relaciones fusionales basadas en la dependencia afectiva y la idealización.
  1. Apego desorganizado y desorientado: expresan conductas contradictorias, como por ejemplo, se acercan pidiendo apoyo mirando hacia otro lado, o saludan al otro girando la cabeza sin mirarle.

Abría este artículo diciendo que este tipo de relaciones no son tan evidentes de explicar. Quienes las han padecido, perciben de manera inconsciente el mundo más desde la intuición que desde la cabeza. Aunque, paradójicamente, usen la racionalización como mecanismo de defensa.

En mi próximo artículo hablaré sobre la compasión.

(Imagen: www.telejunior.blogspot.com)

El amor

www.imagui.com

Por Clara Olivares

Me parece que este término ha sufrido demasiados manoseos: se le ha utilizado en muy distintos contextos. Es más, creo que es tan amplia la gama de sentimientos que abarca que resulta inabarcable y difícil de definir.

Evocando la época del colegio, en cada fin de curso era obligado escribir alguna máxima en los cuadernos de las amigas a manera de recuerdo de nuestro paso por ese lugar y momento.

De entre todas ellas hay una que permanece en mi memoria hasta hoy: “todo amor implica sufrimiento, si no quieres sufrir no ames. Pero si no amas, ¿para qué quieres vivir?”

Y a medida que envejezco, estoy cada vez más de acuerdo con ella.

Finalmente, ¿qué es una vida sin amor?

No en vano se le han dedicado a este tema películas, canciones, libros, cuadros, esculturas, etc. Parece que forma parte consustancial de nuestra naturaleza.

¿Quién no ha sufrido un desamor? y ¿quién no ha levitado cuando está enamorad@?

Y estar enamorado no significa que sólo sea de una persona, se siente pasión por un Dios, por una expresión artística… Si no, recordemos algunos de los poemas que escribió Santa Teresa de Jesús:

“VIVO SIN VIVIR EN MÍ
Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero
….”

¿No expresa cada verso un arrobamiento, una exaltación y una pasión sin límites?

Hay amores que se escriben con mayúsculas, y, los hay que van en minúsculas. Ésto no quiere decir que, con el paso del tiempo, el que comenzó con minúsculas se transforme en uno mayúsculo y viceversa.

De lo que sí estoy completamente convencida, es que, no podemos vivir sin él.

Cómo decía más arriba, en algunos casos, aquel amor que se inició siendo algo pequeño, termina por convertirse en una pertenencia. En un vínculo en el cual nos apoyamos y que contribuye a cimentar nuestra identidad.

Buscando definiciones del término amor, encontré que en casi todas ellas aparecía la compasión y el apego como sentimientos relacionados con él.

Como mediadora presencié casos de separación y divorcio. Me fijé que, en algunos matrimonios, lo que más hacía sufrir a las personas, no era tanto la rotura de la pareja sino más bien la pérdida del vínculo.

Porque, en estos casos, “ser una persona casada” significaba poseer una identidad, tener una pertenencia.

Y si me remito a la definición que aparece en el diccionario, el apego que sintamos por otro contribuye a definirme como persona. Cuando éste se pierde, una parte de uno mism@ se resquebraja.

Ay! el amor. Cuántos quebraderos de cabeza (y de corazón) nos da.

Me atrevería a decir que, cuando se trata de este tema, lo que hace que sea tan doloroso es que el corazón es el que sufre. La cabeza (la razón) no “duele”.

Es igual que sea a causa de una pareja, de una familia, de un@s herman@s, de un@s hij@s, de una asociación o de un@s amig@s… Un desamor siempre duele, y, a veces, incluso resulta insoportable.

Padecer a causa de un desamor siempre constituirá una fuente de dolor.

Retomando el segundo término que se repetía en las definiciones de amor: la compasión, me parece muy oportuna, ya que en los tiempos revueltos en que nos ha tocado vivir, ésta no es un valor al que se le haga mucha publicidad.

La capacidad que cada persona posee para sentir compasión por otra, la sitúa dentro del grupo de sujetos privilegiados que no temen mostrarse humanos.

Y esta manifestación del amor resulta un bálsamo entre tanta inhumanidad.

Me parece que compadecerse de otro es una de las singularidades que nos diferencia de las otras especies.

Si alguien es capaz de sentir pesar y solidaridad al mismo tiempo por otra persona cuándo ésta atraviesa un momento difícil, o, cuando es torpe en su manejo de los afectos, o, simplemente está perdid@ y no sabe cómo manejar lo que siente, me parece uno de los regalos más bellos que un ser humano le puede hacer a otro.

Y, no siempre resulta fácil hacerlo.

Son muchas las circunstancias personales que nos impiden demostrar el amor: podríamos estar sufriendo un ataque de soberbia, o, de rabia, o, de celos y envidia, o de cualquier otra razón que nos impide ver el sufrimiento de otro.

Y, en lugar de acoger al otro, le damos una respuesta agresiva o violenta, y terminamos causándole un daño que éste no merecía.

Por ésta razón encuentro muy sano someterse a tratamientos periódicos de humildad.

A veces somos tan soberbios, que un poquito de humanidad no nos viene nada mal (por nosotros mismos y por el otr@).

Esto me recuerda a esas personas con las que tod@s nos hemos topado alguna vez en la vida: seres que parecen que le van perdonando la vida al resto de los mortales, y, esperan que, además uno debería estarles agradecidos.

Desconozco los motivos que les hace comportarse así, quizás no nos interese saberlos, a menos que se perciba en ell@s algo que les hace humanos y que, si tenemos un poco de paciencia, a lo mejor, salen de ese período de “bruticie” en que se encuentran sumid@s.

Como en tantas otras circunstancias de la vida, no siempre tenemos la disposición de ser amorosos con el otro.

Muchas veces nuestro dolor lo proyectamos en la persona que tenemos enfrente y la dañamos.

Me parece que nunca esta nunca última se lo merece.

En mi próximo artículo hablaré sobre el conflicto.

(Imagen: www.imagui.com)

 

Relaciones interpersonales: una vía de doble dirección

(Por Clara Olivares)

Solemos pensar y creer que cuando surgen dificultades y roces en una relación es porque el otro tiene un problema.

Puede que sí o puede que no, pero el hecho es que siempre la dificultad implica un “problema de las dos personas“.

El otro es como es, con sus dificultades, sus limitaciones, sus problemas. Es potestad de él o ella decidir si desea o no hacer algo con eso. En ese terreno no tenemos ni podemos tener ninguna ingerencia.

Pero lo que sí nos atañe directamente es ver qué es lo que yo puedo hacer frente a eso y en consecuencia, qué es lo que amb@s vamos a hacer con el problema que se plantea en la relación.

En las relaciones interpersonales jamás es “el problema del otro” en exclusiva. Nunca es unilateral: por pasivo o por activo se emite una respuesta. Incluso no dar una respuesta es una respuesta.

Una persona reacciona en función de lo que el otro hace o deja de hacer.

De ahí que el título de éste artículo hable de las relaciones como una vía de doble dirección.

Es decir, que el comportamiento del otro está vinculado indefectiblemente a mi propio comportamiento: … algo tendré que ver!

No es agradable ni cómodo pensar de esa forma. Siempre es más fácil pensar que el problema es del otro, no mío y por tanto es su responsabilidad solucionarlo.

Pero desgraciadamente, la realidad nos “da con la puerta en las narices” al mostrarnos, una y otra vez, que nunca un problema entre dos personas es responsabilidad exclusiva de una de ellas.

Recuerdo un caso en el que una paciente se quejaba constantemente de que su pareja se enfadaba con ella con mucha frecuencia. Rápidamente surgió la pregunta: “Y qué es lo que haces para que él se cabree tanto contigo?

Siempre hacemos o dejamos de hacer algo. En una relación de amantes, amigos, compañeros, etc. las personas implicadas no constituyen departamentos aislados y estancos.

Es un ir y venir, existe un intercambio constante entre ellos.

Si nos tomáramos un tiempo para analizar nuestras propias interacciones con otros, rápidamente comprobaríamos que es así.

Lo genial de ésto es que, tomando como punto de partida este análisis es posible hacer algo y es posible abordar las dificultades que se nos plantean en nuestra relación.

Son las personas implicadas las únicas que podrán hacer o dejar de hacer algo para mejorar o para empeorar su relación.

Nosotros decidimos, nadie más puede hacerlo.

En mi próximo artículo hablaré de lo que nos cuesta aceptar la realidad, con mayúsculas.

(Imagen: astutemarketingworks.com)